sábado, 18 de julio de 2015

Si los tacones te incomodan, quítatelos

Necesito ser valiente para crear algo distinto. Se requiere coraje para ser uno mismo, para mantenerse firme y a la vez, no encasillarse en la defensa de ninguna postura.
Veo la apremiante necesidad de cambio, pero todavía no me he soltado del todo.
Me siento solo, he llegado al punto de darme cuenta de que nadie va a venir a ayudarme. Ni siquiera mi mente -que es la mente de la humanidad entera -puede sacarme de esta. Ya no me valen sus soluciones teóricas, ya no quiero sacar más conclusiones, emitir más juicios ni perseguir más objetivos.
De hecho, ningún deseo me llena. Ninguna búsqueda material o espiritual me motiva; no quiero seguir buscando.
¡Quiero hacer algo distinto! No quiero convertirme en un negociante. Aquí todo es un negocio. Consideramos a la naturaleza como un producto de explotación y del mismo modo tratamos a las personas. Negociamos con billetes y con sentimientos; todo es un intercambio en el que lo más importante es obtener beneficios. No quiero hacer nada para obtener beneficios.
Pero claro que quiero actuar. Claro que quiero, es solo que quiero dedicar mis energías a algo diferente, a algo que sea beneficioso para mí y para los demás, dedicarme a algo que ayude a crear vida, no a destruirla o encarcelarla.
¿Pero cómo llegarás a fin de mes? ¿Dónde vivirás? ¿De qué te alimentarás?
No lo sé, pero no me preocupa en absoluto. No tengo miedo a no poder sobrevivir. Es verdad y siento que tengo que ser sincero al respecto: No tengo miedo a no poder comprar comida o pagar una factura.
No tengo miedo porque de algún modo, siento que vivir de un modo distinto es posible. Siento que no es necesario trabajar por el miedo a no poder subsistir. Siento que es posible trabajar y actuar de un modo creativo, por la simple alegría de hacerlo. Y eso es lo que quiero hacer, lo que sea que haga, me da igual que sea escribir, barrer suelos, cosechar fruta, correr o lavar platos. Lo que no quiero es hacerlo esperando tener una recompensa. Renuncio a formar parte de ningún negocio.
Y no estoy diciendo que por pensar de esa manera soy mejor o peor que nadie; no estoy diciendo que yo estoy haciendo lo correcto y que los demás se equivocan. Lo que quiero es poner de manifiesto que un modo de vida distinto es posible; que se puede vivir sin ambición, sin temor, sin presión. Y desde luego, si yo no soy lo suficientemente valiente para hacer lo que siento, nadie lo va a hacer por mí.
Para eso, necesito ser valiente. Porque la sinceridad requiere valentía, y cuando eres sincero de verdad, también eres completamente vulnerable. Sin embargo, esto tampoco me incomoda. Nunca he sido un tipo duro, nunca he disfrutado de esconderme tras alguna máscara y nunca he tenido éxito en intentar ser algo que no soy. Me siento a gusto caminando con el corazón al descubierto, latiendo a la vista de todos.
Todo esto que he dicho me ha hecho recordar un pequeño y en apariencia insignificante evento que tuvo lugar hace un par de semanas:
Era ya muy tarde y yo no podía dormir, así que decidí salir a dar un paseo, y por una avenida poco transitada observé caminar a una pareja. Él la sostenía del brazo y ella contraía el rostro para disimular el claro dolor que sentía. ¿El motivo de su sufrimiento? Los astronómicos tacones que llevaba. Sus zapatos eran dos elevadas agujas que torturaban sus pies.
Me empapé del sufrimiento de aquella chica y vi con suma sencillez que lo único que tenía que hacer para dejar de sufrir, era quitarse los tacones, tan solo eso. Pero por supuesto que ella no se los quitó y siguió avanzando como podía.

Lo que descubrí esa noche fue que la mayoría de nosotros estamos caminando igual que esa muchacha, adoloridos e incómodos; pero la mayoría nos empeñamos en continuar el sendero con el mismo calzado; quizás por costumbre, tal vez por miedo, o porque esos tacones sean lo único que conozcamos. Pero si no nos los quitamos, nunca sabremos si otra manera de andar es posible.


domingo, 12 de julio de 2015

Deja que muera

Las últimas semanas fueron un abanico de emociones. Tuve momentos de genuina alegría, de esos en los que no hay nada externo que te empuje a sonreír, esos en los que la felicidad te viene de dentro y sin más motivo que el hecho de estar vivo.
Sin embargo, después de cada una de esas explosiones de euforia; siempre, tarde o temprano, como por un proceso de homeóstasis, las sonrisas se diluían, los latidos se apagaban y me sumía en un estado de tristeza que tampoco podía explicar.
Y si observo con detenimiento, esto me ha ocurrido durante toda mi vida, lo que pasa es que antes lo veía como algo natural; al fin y al cabo, siempre me habían dicho que la vida está compuesta de eso, de victorias y derrotas, de largas temporadas de sufrimiento que se premian con instantes de alegría. Se clasifica lo que te ocurre como positivo o negativo y se dice que la vida fluctúa entre ambos polos.
Pero una vez más, me voy dando cuenta que lo que me contaron y lo que yo mismo decidí aprender y memorizar, no es cierto.
Ahora soy consciente de que eso que llamamos positivo o negativo, es tan solo una manera de juzgar las experiencias, y las juzgamos para poder almacenarlas y así saber cómo reaccionar cuando nos volvamos a topar con una situación similar.
En mi vida he sufrido, he llorado, he experimentado un profundo conflicto y confusión, ¿Eso significa que esas experiencias fueron negativas?
No. De hecho, gracias a todas ellas he podido aprender acerca de mí mismo y del mundo. Fue cuando no salí corriendo cada vez que algo me molestaba en el interior y me lancé hacia las profundidades de mi ser como un espeleólogo, cuando el desasosiego se disolvió para dar paso a algo nuevo.
Lo mismo ocurre con las experiencias que llamamos positivas y a las que nos aferramos con tanta fuerza para que se conviertan en buenos recuerdos, de esos que te duran hasta tu último día. Eso es lo que quiere todo el mundo, ¿No?
Recordar, ya sea con fotos de cámaras digitales o imágenes capturadas por las retinas. ”Que te quiten lo bailao” dicen. Esa frase solía encantarme y me traía consuelo cada vez que me encontraba triste. Pero en esa frase lo que se busca es sentirte bien en base a lo que ya has hecho, consiste en recordarte aquello que has vivido y de algún modo, traer eso que te hizo sentir alegría en el pasado al presente para que te anime un poquito.
Pero si algo he descubierto acerca de la felicidad es que cuando es pura, no depende de ninguna acción. Sin embargo, buscamos ser felices por lo que hicimos, sacando un librito de recuerdos y releyendo sus anécdotas. También encontramos satisfacción en espiar a través de bolas de cristal y planear futuros inexistentes. Incluso queremos ser felices por lo que estamos haciendo en este instante. Queremos que la comida nos de placer, que alguna caricia nos haga sentir conectados a otra persona. Se pretende que el trabajo te haga sentir realizado, feliz y productivo; o que una excursión a la montaña te aporte paz interior. Nos creemos que la acción viene primero y concebimos a la felicidad como una consecuencia de ésta.
Está claro que toda acción tiene una consecuencia y algunas son más placenteras que otras. ¿Pero es eso la felicidad? ¿Solo un placer inmediato?
Aquí me gustaría alejarme un poco de los términos y palabras y ver si es posible indagar con más profundidad que éstos.
Cuando hablo de felicidad, hablo de una profunda conexión con la vida, de una toma de consciencia en la que te sientes fluir con la naturaleza y en la que sientes que no hay separación entre los ojos que ven y el mundo que se observa, algo que solo puede darse cuando dejas de opinar o juzgar desde un determinado punto de vista.
A partir de ahí, mi siguiente pregunta es la siguiente: ¿Por qué ese estado de armonía y conexión desaparece con tanta facilidad? ¿Por qué no dura? ¿Por qué, como dije al principio, paso de sentirme absolutamente vivo a notar cómo me desconecto de manera completa de la vida?
Y la respuesta es sencilla (no podía ser de otra forma), porque no quiero que esa llama muera. Esa llama de felicidad se extingue porque no la dejo morir, porque quiero que se mantenga encendida siempre y pongo todos mis esfuerzos en mantenerla con vida.
He pensado, durante mucho tiempo, que esa luz era producto de algo que había hecho, y por ende, buscaba repetir de manera constante aquello que me llevó hasta ese cálido refugio de felicidad.
Así, eso que en un principio era auténtico, se convierte en un recuerdo y todo recuerdo está muerto, por mucho que queramos vivir de ellos. Sin embargo, esa felicidad no es consecuencia de ninguna acción, esa felicidad es una llama ardiente y se enciende sola, cuando le das la oportunidad de hacerlo.
Tenemos miedo a no soltar esa antorcha viviente, tenemos miedo a dejar marchar su luz, tenemos miedo a que nuestras acciones no busquen recompensa. Y por eso nos aferramos con uñas y dientes a esos preciosos momentos de felicidad.
Eso es lo que he hecho todo este tiempo, sentirme feliz, aferrarme a ello, y ver cómo ese fueguito se asfixiaba entre mis dedos. Hasta que lo dejé morir. ¡Qué liberación!
Hace dos días, tuve una discusión telefónica, una pequeña discusión que me hizo sentir una vez más un agujero en el pecho. Pero luego, luego comí huevos fritos con verduras y expuse cómo me sentía a una mujer de ojos redonditos. Fui sincero conmigo y me liberé de expectativas. Salí a correr y me topé con la mirada de un chico sentado en medio de la calle, y regresé para hablarle, porque tenía que hacerlo. Él no tenía trabajo, ni casa; y yo no pretendía ayudarle, no quería darle nada ni obtener gratitud por su parte. Solo sentí que tenía que hablarle y así lo hice. Hablamos y reímos y le dije que si quería, podíamos desayunar juntos al día siguiente. Después me puse a llorar, porque no podía ni quería evitarlo. Pensé en una persona que amo y no pude pensar solo en ella, porque en ese momento, tan solo sentía amor, hacia todo y hacia nada, pero  sentía amor. Y continué corriendo, porque dejé que ese momento muriera, no me aferré a lo ocurrido y continué moviendo los pies, sudando a chorros, hasta los calcetines. Pero luego me detuve, porque tenía que hacerlo y en una porción despejada de cemento observé las estrellas, que aquella noche brillaban por encima de la contaminación lumínica y bailé junto a ellas, con ellas. Salté y me arrastré por el suelo, y sudé más, quizás más que en toda mi vida y sentí gratitud, hacia todo y hacia nada, al mismo tiempo, pero sentí gratitud.
Y dejé que ese momento muriera, para que pudiera nacer otro, de manera instantánea. Y fui hasta otra porción de cemento, solo que esta vez con canastas de hierro colgadas a tres metros de altura. Era la una de la mañana y hacía meses que no tocaba un balón de baloncesto. Olvidé el cansancio y volví a sudar, y a reír, y a saltar, y el pelo me golpeaba las mejillas. Después de eso, absolutamente exhausto, una vez más, quise hablar con sinceridad, y en un semicírculo expresé cómo me sentía al puñado de amigos que allí estaban sentados.
No quise convencer a nadie, ni hablar de opiniones, pero dije lo que sentía y lo hice con firmeza, sin miedo al rechazo.  Y así, hubo un momento de profunda comunicación, o al menos así fue para mí.
Y ahora todo eso ya ha pasado, ya no queda nada de aquella noche calurosa y húmeda. Ahora brilla el sol de mediodía y escribo con hambre porque todavía no he desayunado. Estas palabras morirán en cuanto las termine y yo, yo olvidaré todo lo que he escrito. Porque en el pasado no hay nada, y en el imaginario mañana, tampoco. Todo cuanto ha ocurrido y ocurrirá, lo hará en el mismo día; todo ocurre hoy.
Deja que muera. Deja que mueran tus miedos, tus ilusiones y expectativas, deja morir a tu identidad y los papeles que representas. Deja que mueran y muere tú también.
Y entonces, solo entonces, renace y ¡Vive!


martes, 7 de julio de 2015

No hay prisas. Ninguna

Todo lo físico caduca, desde las latas de maíz dulce a la carne humana. Por eso, el día en que respiré por primera vez empezó la cuenta atrás.
Pero me voy a dejar de metáforas y voy a ir directo al grano, a corazón abierto.
En septiembre voy a cruzar el Atlántico y aterrizaré en esa gran porción de tierra llamada América, esa a la que algunos consideran un continente y otros un solo país. Para mí, sinceramente, es tan solo tierra.
Allí me dirijo, y no sé cuándo volveré, ni si quiero hacerlo. ¡Pero ni siquiera me he ido! ¿No es gracioso?
Tan solo me quedan dos meses en España y los días del calendario me producen cierta angustia. Hay mucho que quiero hacer, o mejor dicho, que pienso que tengo que hacer.
Tengo que despedirme de mis amigos y familia, y distribuir de manera equitativa el tiempo que me queda entre todos ellos para que no se piensen que quiero a unos más que a otros. Tengo que terminar de escribir mi libro, exprimir al máximo las horas y hasta los segundos, tengo que mantenerme en forma, aprender cosas nuevas y almacenar experiencias memorables.
Pero para ser honesto, en realidad no TENGO que hacer nada de lo anterior. No tengo que hacer nada. Bueno, sí. Tengo que respirar, comer, dormir y cagar, pero eso lo hago sin ningún sentido de obligación. Ahí está la clave.
No tengo que hacer nada, no tengo deudas que saldar ni compromisos que cumplir.
Además, ¿Por qué esa obsesión por vivir con tanto dramatismo?
Es como si no vaya a volver nunca a España, aunque tal vez no lo haga. Pero insisto en que todavía no me he ido, y empezamos otra vez.
Hoy es hoy, y mañana, también será hoy. Es así de simple.
Tan solo tengo un billete de avión, pero ya he creado un mundo entero de posibilidades acerca de todo lo que puede pasar o dejar de pasar en el futuro. Y ese futuro condiciona al presente, lo estrangula y lo presiona. Así, lo que hago en este instante queda condicionado por las expectativas y la acción carece de libertad, y por tanto, de sentido.
Otra cosa de la que me he dado cuenta es que la presión en la que me he estado asfixiando no me la ha impuesto nadie. Ninguna persona ha exigido mi compañía, no hay páginas que me hayan amenazado de muerte si no las relleno antes de alguna fecha en concreto. Los días pasan, por el simpe hecho de que La Tierra está girando. Pero por algún motivo, cada noche, antes de dormir pienso: “Queda un día menos”.
No  es que esté todo el día preocupado o tirándome de los pelos por el asunto, pero en definitiva, es algo que me produce conflicto, así que qué más da que sea grande o chiquito.
Eso que acabo de decir es una justificación. He dicho eso para que quien sea que lea esto no se piense que soy un quejica depresivo. Pero si no soy capaz de ser sincero, o si lo que escribo queda condicionado por la opinión de los demás, entonces sí que estoy perdiendo el tiempo.
Así que sí, el hecho es que hay conflicto en mí y punto.
También me he cuestionado si realmente quiero emprender tal viaje, si tanto esfuerzo y preocupaciones acarrea.
Pero esa misma cuestión no tiene sentido alguno, porque estoy planteando el viaje como algo que ocurrirá en el futuro.
El futuro no se construye, no se camina hacia el mañana, tal cosa no existe. Solo hay hoy. El hoy se construye a sí mismo, y cuando me muera lo seguirá haciendo, y no habrá pasado nada de tiempo, porque el tiempo no existe.
El tiempo no existe y por eso no hay por qué apresurarse por llegar a algún sitio. Ese sitio no está allá, está aquí y ese llegar es un paso que ocurre en este instante.
No sé cómo lo veo, pero lo veo. Y se me ha pasado el miedo.
Hoy me estaba preocupando porque tal vez ya soy demasiado mayor para aprender a bailar ballet, pero no lo soy. Puedo bailar ballet, aprender a hacer piruetas y elevarme con la música.
Todo es posible y no es necesario hacerlo todo. No hay necesidad de llegar hasta el final. No se trata de cruzar la línea de meta, de terminar primero o de hacerlo en un tiempo récord. Lo que hay que hacer es tomar consciencia de que la carrera no tiene sentido, de que puedes pararte en medio del camino y oler las flores. Puedes tumbarte en la hierba y observar las nubes. Y así, sin prisa alguna, tal vez te entren ganas, ganas auténticas de correr con zancadas de guepardo y rugir con el viento. Y cuando pongas tus pies en marcha, no habrá presión por llegar a ninguna parte, tampoco te sentirás en competencia con aquellos que se mueven más rápido, o más lento, qué más da. Quizás corras unas cuantas millas, o tal vez te dé por cruzar el mundo entero, da exactamente igual.
No tengo que despedirme de nadie, ponerme nostálgico, o decir que dentro de poco comenzará un nuevo capítulo de mi vida. No hay capítulos en la vida, ni tampoco páginas, o letras. La vida es un latido, uno solo, no se necesitan más. En un latido vives y en el mismo mueres. Y nada se queda, nada permanece, por mucho que te aferres a tu pequeñas posesiones y a tus cajitas de recuerdos. ¿No es increíble?
Por eso, a media noche, la fuente del parque se apaga. Durante el día, diversos chorros salen despedidos por la fuente; unos son largos, otros cortos y algunos más gordos que flacos. Todos los chorros se exhiben a sí mismos con orgullo, y cuando menos se lo esperan, la fuente se apaga y éstos se desvanecen, quedando de ellos tan solo agua. Solo agua.

No somos los chorros, somos el agua. Eso me dijo un señor flaquito.


lunes, 6 de julio de 2015

Me llaman Ariel

En este momento escribo y escucho a Enya.
Hasta hace muy poco aborrecía la música de la cantante irlandesa, sus ritmos suaves me parecían deprimentes y me traían malos recuerdos. ¡Cómo cambia la vida!
Por eso me pregunto, ¿Quién es Ariel?
Los datos dicen que es un ser humano, varón, nacido en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia el 4 de agosto de 1992. Según el registro civil estoy soltero y en el último carné de identidad, todavía me consideran un estudiante.
A todo eso, hay que añadir que Ariel ahora tiene una doble nacionalidad, es un adulto a los ojos de la ley y está empadronado en un céntrico barrio de Madrid.
Pero todos sabemos que Ariel es más que números y letras, ¿O no?
A Ariel le han llamado hermano, mejor amigo, buena persona e imbécil. Un día, un viejecito le dijo en medio de la calle que era más burro que un arao. Todavía no entiendo lo que eso significa.
Ariel ha sido estudiante de primaria, instituto, bachillerato y universidad. Ariel quiso ser jugador de baloncesto, psicólogo y escritor.
Han dicho que Ariel se parece a actores de Hollywood, a mendigos de parque, a Jesucristo cuando me dejo barba y a Buda cuando me hago un moño encima de la cabeza.
Me han considerado loco, perezoso, inteligente, cariñoso, testarudo, desordenado e ingenuo. E incluso, han utilizado varios de esos adjetivos para describirme al mismo tiempo.
Por eso, esto de descubrir quién es Ariel me resulta contradictorio. ¿Cómo saber quién es cuando provoca reacciones tan dispares en los demás?
Hubo alguien que me dijo que me querría para siempre y en un pestañeo el amor mutó en aversión, para culminar en la amenaza de una denuncia por acoso.
Pero no son solo las otras personas las que se contradicen. Ariel ha protagonizado profundos discursos de palabras vacías, ha mentido con descaro y sus acciones, han sido claro ejemplo de hipocresía.
Ariel se embutió en la etiqueta de vegetariano y también lo marcaron como a uno de esos a los que llaman “antisistema”. Lo han llamado soñador, le han dicho que inspira, que su forma de ser alegra y también que cansa. Han querido cambiarle y amoldarle, le han marcado pautas, cada cual según su parecer. Ya que todos siempre creen saber el modo correcto de vivir para los demás.
Y sí, Ariel también pretendió lo mismo; Ariel se creó conceptos, definiciones y partió al campo de batalla a defender opiniones.
Ariel ha sido muchas cosas. Él solito ha interpretado al reparto entero de la película.
Ha hecho de hijo único, de nieto mimado y de alumno que se sienta en última fila. También ha interpretado a un adolescente rebelde, a un novio celoso, un amigo leal y a veces no tanto. Ha hecho de héroe, villano y de extra, en más ocasiones de las que hubiera querido. Ha sido el chico bueno que conoce a la chica insegura, ha sido el cabrón que no sabe guardar un secreto y el chico tímido que tartamudea con las mejillas sonrojadas. Se ha aventurado a meterse en el papel de adulto responsable y se las ha dado de veinteañero que mira a las chicas como culos con patas.
Y después de tantos personajes, mi gran pregunta es: ¿Soy realmente ese tal Ariel?
Ariel es solo un nombre (un nombre que también se las trae, ya que significa león de Dios), pero en él se almacenan todas las definiciones anteriores. ¡Cuánta carga!
En este momento solo soy alguien que escribe, alguien que bebe whisky con hielo a las 2.20 de la madrugada en una noche de verano.
Tengo padres, pero no me apetece actuar como el hijo de nadie. Esos individuos hicieron posible mi nacimiento, pero, ¿Por qué no puedo tratarlos y amarlos como a cualquier otro ser vivo? ¿Por qué tengo que tener un mejor amigo? ¿Y por qué considerar hermanos solo a las personas con las que comparto grupo sanguíneo?
No quiero amar con cercos, no quiero distinguir entre aquellos que son de mi familia, mi nación o mi especie.
El amor que brota de mi pecho da para más, para mucho mucho más. No quiero convertir el amor en una escala de valores, ni clasificar lo que siento en mucho o poco. Solo quiero amar. Solo así la vida tiene sentido.
No quiero ser escritor, quiero escribir. No quiero perseguir un estado ficticio de armonía, quiero vivir. Quiero correr y quiero callar, porque hay veces en las que no tengo nada que decir. No quiero convertirme algo, solo quiero ser yo.
Quiero que lo que haga sea cristalino, como el agua del deshielo. No quiero mentir más, no quiero aparentar más. No quiero buscar, ni escapar, no quiero distraerme cuando me aburro.
No quiero seguir a nadie, ni tampoco voy a esperar respuestas, o leer libros que disuelvan mis dudas. Quiero leer por leer, caminar sin nada que esconder. Quiero dejar de hacer las cosas a mi manera, o del modo que esperan los demás, quiero actuar sin condicionamiento alguno, sin expectativas, sin echar la vista al pasado en busca de ayuda.
No quiero obtener beneficios. La vida es sencilla. ¡Es sencilla joder!
¡Cuánta belleza en la sencillez! Lo digo de verdad y lo siento con una profundidad difícil de explicar. Qué bello es acurrucarme junto a ella, y pelar naranjas con las manos. Qué bello es despertar y también dormir, y tener la mente vacía, a completa disposición de la creatividad.
Me siento feliz, porque no soy nadie. No soy Ariel. Soy libre. Estoy vivo. ¡Dios! ¡Estoy vivo! ¡Estamos vivos! Y qué pocas veces nos damos cuenta de ello.

Estoy aquí, estoy aquí de verdad.

domingo, 28 de junio de 2015

Ese agujerito en el pecho

Mi vida se desliza como las nubes del cielo y nada puedo hacer yo para evitarlo. Unas pompas de algodón se disuelven y otras emergen. Los días pasan, la piel –de a poquito –se arruga, los ojos –aunque todo pretenden verlo –se cansan y cada vez necesitan parpadear con más frecuencia. Sin embargo, lo único que me quita el sueño es ese vacío que se cobija entre mis costillas, ese agujero que no se ve, pero que duele, incluso sin que te hagas daño.
¿Cómo se cura ese hueco? ¿Cómo se rellena algo que no tiene fondo?
Es como si siempre faltara algo, sin importar lo que haga. Da igual que me despierte temprano, que mis horas transcurran en compañía o sin ella, que sea joven o que me sienta viejo.
En esta vida he ido a pie y en bici, he cantado en la ducha y he camuflado lágrimas bajo la lluvia. He reído y me he dejado abrazar, he probado inyecciones de nostalgia y me he emborrachado de esperanza. He amado y lo sigo haciendo, pero al final del día, ese agujerito en el pecho sigue doliendo.
Durante mucho tiempo ni siquiera supe que existía, tal vez porque cada vez que el vacío se empezaba a expandir, yo huía. Cuando el silencio susurraba, lo hacía callar, me daba baños de ruido y buscaba algo que ocupe mis pensamientos.
Me enseñaron a escapar de lo que te incomoda, a ponerle parches a lo que arde y seguir andando. La mayoría camina con dolor; sufre, se queja, se cae y se levanta, haciendo lo mismo una y otra vez. Todos se mueven, todos lo hacemos, pero muy pocos sabemos a dónde vamos o por qué lo hacemos.
Algunos dicen que la existencia es un camino hacia la tumba, y también están los que hablan de algo sagrado después del último suspiro. A mí no me convence ninguna de esas teorías. No quiero pasarme los domingos rezando para ir al paraíso, pero tampoco puedo aceptar que la vida se apague con el cuerpo bajo tierra.
A veces se hace complicado no ser científico ni religioso, porque no tienes ningún pilar en el que refugiarte, no hay creencias que te alivien o hechos que respalden lo que sientes.
Me siento solo, y esa soledad me vacía por dentro.
No se me ocurren lecciones que aprender a partir de esto, no se me ocurre cómo continuar o cómo terminar. No sé qué tengo que aprender. Y lo que de verdad quiero hacer es dejar de buscar las palabras adecuadas y quitarme la correa que me ata la garganta.
No sé por qué estoy aquí, no sé quién soy. Y sí, he pasado por esto mil veces y he apuntado más de mil soluciones distintas para no volver a sentirme así, pero sigo estando en el mismo punto. Tal vez haya recorrido unos cuantos kilómetros, tal vez ahora sea más alto, o tenga más velas que soplar el 4 de agosto. Pero hace tiempo que la edad ya no me importa. Ni siquiera sé si soy joven o viejo. No me considero un adulto y todo parece indicar que ya no soy un niño. El mundo me pide que sea productivo y yo no entiendo cómo puedo serlo, porque aquí producir significa ganar, y yo, yo ya no quiero ganar.
En el mundo ya hay demasiados ganadores,  y también perdedores, pero todos están obsesionados con la victoria. Te educan para ser un campeón, pero lo que no te dicen es que no todos pueden serlo, esa es la base de cualquier competencia.
Por momentos, me siento vivo y voy con toda la fuerza del mundo, pero en otros me detengo y me pregunto a qué me llevará el sendero que estoy trazando. Aunque lo que de verdad me asusta es que en realidad no estoy trazando ninguno. No porque no quiera, sino porque hay una vocecilla en mi interior que me dice que no hay de qué preocuparse si vivo con amor.
Pero no es tan fácil lanzarse hacia un abismo con la certeza de que todo saldrá bien. Y me entra vértigo y no puedo evitar cuestionarme si estoy equivocado. ¿Y si los demás tienen razón? ¿Y si lo único que puedo hacer es agachar la cabeza, alquilar una caja de cemento para vivir, recibir billetes a fin de mes y hablar de fútbol y política en un bar los fines de semana?
Ahora me rio, porque no haré eso. No puedo.
Y me vuelve el vacío, el agujero del pecho, que se dilata y comprime con mi respiración. Alguien una vez me dijo que no piense mucho, que piense menos. Pero cuando dejo de pensar, el agujero se hace más grande y más vacío me siento.
Hay tanto que no sé. No sé conducir, ni hablar portugués, tampoco sé lo que haré mañana, ni el día siguiente. No sé por qué el cielo es azul, ni por qué me parece hermoso cuando se cubre de golondrinas. Ni siquiera sé si sé algo, o si me lo he inventado todo. No sé cuándo se acabará esta aventura ni cómo lo hará. No sé si algún día el mundo será distinto, no sé si el ser humano sobrevivirá a sus ansias de poder, y tampoco sé por qué me han entrado ganas de abrazar a mi papá, y ya de paso a mi abuela. Tal vez porque eran las personas más cercanas para abrazar.
Los acabo de abrazar y ahora estoy llorando. Me gusta abrazar, y no sé por qué, pero eso, no pretendo averiguarlo. Los abrazos me gustan porque no gano nada con ellos, no son un compromiso, ni una deuda.
Tengo ganas de acabar este texto, pero no sé cómo hacerlo. Tenía una idea, pero se me fue y se me fue porque pensé en Guatemala, y en una melena anaranjada deslizándose por allí. Y si cierro los ojos la veo, la veo aquí y siento el calor de su piel, escucho su risa y me empapo de su característico olor a tierra mojada.
Tal vez el agujero en mi pecho no sea algo malo, quizás no debería preocuparme por quedarme vacío por dentro. Porque así me siento ahora, siento que me he dejado todo en este escrito, que ya no quedan lágrimas en mis ojos, ni comida que digerir en mi estómago, tampoco tengo ya gritos atorados en la garganta.
Y no me siento mal, aunque no estoy seguro de estar bien. Y cuando actúo con espontaneidad, cuando no hay la menor intención de engaño en lo que digo, me siento libre.

El vacío da miedo, porque simboliza la muerte latiendo en nosotros. Pero la vida no puede estar llena si no se vacía antes, y ese es un proceso constante. La creación es un lienzo que se pinta con un pincel que borra cada uno de sus trazos, ya que solo así puede pintar eternamente.

jueves, 25 de junio de 2015

Cómo ser feliz a la vez que rico, buena persona y popular

¿Te sientes perdido? ¿A veces te invade la sensación de que la vida no tiene sentido? ¿Te sientes solo? ¿Buscas ser una persona exitosa? ¿Quieres reducir tus niveles de estrés? ¿Quieres encontrar a tu pareja ideal? ¿Convertirte en millonario? ¿Estás interesado en cambiar el mundo?
Si es que alguna de estas preguntas ronda por tu cabecita sin remedio, estás de enhorabuena, ya que he diseñado un método infalible para alcanzar todo lo que te propongas siguiendo nueve sencillos pasos.
Sí, has escuchado bien; tan solo nueve peldaños te separan de tus objetivos y sueños.
¿Por qué nueve y no 10?
¿Y por qué no? La decena ya está muy gastada, así que supuse que el nueve añadiría un toque de frescor.
Aquí tienes los pasos a seguir para ser feliz, a la vez que rico, buena persona y popular:
1. Escribe una lista de las metas que pretendes alcanzar y hazlo con un bolígrafo de color verde musgo, ya que dicha tonalidad activa diversas áreas del córtex prefrontal, aumentando tu capacidad de lógica objetiva disyuntiva hasta en un 43 por ciento.
2. Desayuna todos los días un licuado de leche de avena con cuatro bananas, sin quitar la piel. De ese modo tus niveles de optimismo y energía espiritual intrínseca se mantendrán al más alto rendimiento durante todo el día.
3. Cada vez que algún temor amenace con paralizarte, repítete la siguiente frase: “Yo soy un renacuajo todopoderoso”. De aquel modo recordarás lo insignificante que eres, pero al mismo tiempo tomarás conciencia de la increíble fortaleza que se esconde bajo tu humilde apariencia.
4. Cambia un billete (da igual la cifra que lo adorne) en monedas del menor valor posible y llévalas siempre contigo. De ese modo, siempre tendrás algo que darle a cualquier mendigo y no tendrás ningún cargo de conciencia.
5. Ahora rompe todas tus listas, olvida cada uno de los métodos que has seguido a lo largo de tu vida y en vez de planear e idealizar tu existencia, limítate a vivirla.
De verdad que pensaba hacer una lista de nueve pasos, pero creo que con las cinco ideas anteriores ya dije todo lo que tenía que decir: No hay método alguno.
No, no lo hay. No va a venir nadie con la receta mágica de la felicidad, el dinero no calmará tu ambiciosa sed de posesiones, ningún monje, gurú, maestro o chamán te susurrará la clave de la paz interior –lo más seguro es que ni ellos mismos sepan lo que es eso –, no importa que sepas parlotear de manera elocuente acerca de ética o moral, eso no te hará descubrir cuál es la acción correcta.
¿A qué viene todo esto?
A que hoy fui a una librería y me pasé por la zona de libros de autoayuda, donde después de echar un vistazo a los títulos que enseñaban las estanterías, descubrí que todos ellos tenían algo en común, todos intentaban responder a la pregunta “¿Cómo?”.
Todos quieren saber cómo vivir, cómo amar, cómo descubrir lo que quieres, cómo relacionarte con los demás, cómo alcanzar la iluminación, etc.
Pero, en serio, ¿A alguien le han enseñado cómo sonreír? ¿Cómo abrazar? ¿Cómo emocionarse con la primera nevada del invierno? ¿O con el primer contacto de la piel en el mar?
¡No somos máquinas, joder! A pesar de que nos hayamos acostumbrado a vivir como tales. Somos seres que andan, que sudan, respiran y sueltan carcajadas.
Nos hemos encerrado en una caja de intelecto a partir de la cuál experimentamos el mundo. Hemos separado la cabeza de nuestra esencia, los pensamientos de los latidos y hasta hemos puesto fronteras de cemento y hormigón entre nosotros y la naturaleza de la que formamos parte.
Desde esa celda de conocimientos teóricos nos preguntamos “¿Cómo?”, y de manera inmediata, surge la necesidad de crear un método para aliviar las dudas que provoca esa incómoda cuestión.
Hemos colocado a la mente en un pedestal y nos arrodillamos ante ella para rendirle culto. La mente ha diseñado ciudades, sillas y guitarras; también ha creado bombas y balas, ha ideado estrategias de guerra, ha inventado banderas y religiones.
La mente es útil, sí, y además práctica. Gracias a su ingenio yo soy capaz de cepillarme los dientes o comer tallarines enroscado con un tenedor. Pero la mente, cuando no está guiada por el corazón, es peligrosa y complicada. Una mente que actúa así se enreda sola, se pierde y se agota entre las conclusiones y expectativas que ella misma ha creado.
Y cuando la mente se satura, pregunta “Cómo”. Busca resolver el conflicto del que ha caído presa, pero no se da cuenta que es ella misma la que ha generado tal conflicto. Lo que quiero decir con esto es que la mente no puede resolver ningún problema mental, ya que eso es lo equivalente a intentar solucionar el alcoholismo con una botella de whisky en la mano.
Por tanto, cabe preguntarse si existe algo distinto a la mente, algo más. ¿Lo hay?
Yo digo que sí y me gusta llamarle corazón, porque es algo que no se ve, pero se siente, algo que late en cada uno de nosotros.
Y puedo decir con total certeza que cuando la mente permite al corazón guiar nuestras acciones, deja de buscar un método para saber cómo actuar, porque ya lo sabe.

Eso me ocurrió hoy, cuando salí de la librería. Tras abrir la puerta y respirar el aire de la calle, vi a un hombre exhalar humo por la boca y tirar una colilla a la acera. No tuve tiempo ni intención de juzgarlo, pero en un movimiento instantáneo me agaché y tiré la colilla en la papelera más cercana. Luego me di cuenta de que toda la calzada estaba cubierta de cigarrillos pisoteados, pero aquello no empequeñeció mi gesto; ya que en primer lugar nunca fue grande, pero para mí, fue correcto. 

martes, 23 de junio de 2015

El Mar y la Montaña

-¿Cómo podemos ser amigos tú y yo? –le preguntó la montaña al mar.
-¿A qué te refieres? –cuestionó el mar.
-Yo voy hacia el cielo, tú te sumerges en las profundidades de la tierra. Yo doy cobijo a los pájaros, tú eres el hogar de los peces. Yo soy vertical y tú horizontal.
-Y no solo eso –añadió el mar. –Si yo me expando, tú te hundes. Si tú te derrumbas, yo me agrando. De hecho, varias como tú componen ahora mis fondos.
-Te crees muy grande y valiente. Pero tú nunca has estado a la misma altura de la luna, ni te ha deslumbrado la cercanía de las estrellas. Tú no conoces la nieve del invierno, ni las venas abiertas del deshielo. Tú no sabes lo que se siente cuando la primavera florece sobre tu piel.
-En cambio, el amanecer pinta cuadros en mi superficie y sobre mis aguas saltan los delfines. La vida, cuando se le permite, florece en todas partes. ¿Por qué quieres compararte conmigo?
-Porque no sé cómo podemos ser amigos siendo tan diferentes –se sinceró la montaña.
-¿Eso nos impide ser amigos?
-Tú mismo lo dijiste, si tú te expandes yo me hundo.
-¿Y eso nos impide ser amigos? –repitió el mar.
-¿Me estás tomando el pelo? –se enfadó la montaña. -¡Claro que eso nos impide ser amigos! Y ¿Sabes qué? Creo que es mejor de ese modo. Tú quédate con tus olas y yo con mis crestas, tú sigue tu camino y yo haré el mío.
-Tú das origen a los ríos que se vierten sobre mis aguas, Tú los acurrucas en tus faldas, los cuidas, los alimentas y luego, dejas que fluyan hasta encontrarse conmigo. ¿Te das cuenta? Tú me das el agua que me sustenta y también la tierra que me da forma. Eres tú quién me sostiene cuando los cielos se ponen bravos y encajas en silencio, sin queja alguna, cada uno de mis golpes, hasta que las nubes se disuelven y el sol vuelve a brillar.
-Entonces, ¿Por qué tienes que hundirme para expandirte?
-Ahora puede parecer que vasto es mi cuerpo; sin embargo, hubo un día en el que yo no era más que un charco y puede que llegue otro en el que de mí tan solo queden grietas de tierra baldía –explicó el mar.
-Pero, ¿Cómo puedes secarte? ¿No es acaso el mar infinito? –se confundió la montaña.
-Soy infinito, y tú también. Pero no por el agua que contengo, al igual que tú tampoco lo eres por la altura de tus cumbres. Somos infinitos porque estamos vivos.
-Sin embargo has dicho que yo voy a hundirme y que tú te vas a secar.
-Exacto. Porque solo de lo que muere puede emerger vida nueva.
-Ahora lo entiendo. Solo cuando lo viejo se hunde puede nacer algo nuevo –sonrió la montaña.
-Por eso, precisamente, somos amigos –dijo el mar devolviéndole la sonrisa.