viernes, 13 de noviembre de 2015

Porque sí

Y si hiciéramos las cosas tan solo por hacerlas, sin esperar resultados, sin buscar recompensas.
Parece que las experiencias carecen de sentido si no se obtiene algo de ellas. Da la impresión de que la inspiración necesita tener un motivo, una razón de ser. Pero, ¿Y si es justo al revés?
Qué pasaría si la inspiración fuera algo puro, algo que nace sin intenciones ocultas. Qué pasaría si el único propósito de la inspiración fuera el de manifestarse. ¿Qué pasaría si el único sentido de la belleza fuera el de expresarse?
Y ya sé que aquí nuestras mentes científicas se detienen y fruncen el ceño. Aquí es cuando decimos que hasta el color, la forma y el aroma de las flores tienen un motivo, que la belleza no es otra cosa que mera adaptación, instinto de supervivencia.
A mí me gustaría indagar un poquito en lo que llamamos “instinto de supervivencia”, porque veo que por esa expresión hemos justificado nuestra violencia, egoísmo y codicia. Decimos que necesitamos sobrevivir y hacemos todo lo que sea necesario para conseguirlo. De ese modo, transformamos la inspiración y la creatividad en otro negocio cualquiera. Porque queremos obtener algo de nuestras creaciones, queremos sacar algo a cambio de la inspiración, ya que desde luego, necesitamos sobrevivir. Pero también veo que el miedo a no poder sobrevivir es lo que nos priva de la experiencia de vivir.
Por eso, algunas veces he sentido que escribir no es suficiente, que necesito obtener algo a cambio de las palabras que salen de mis dedos; da igual que sea dinero, visitas en el blog o alguien que me diga que lo estoy haciendo bien. Porque veo que el miedo a no poder sobrevivir no se limita únicamente a poder comer, sino también a alimentar nuestro ego, a nutrirlo con cumplidos, palmaditas en la espalda y pulgares levantados. Pensamos que si no recibimos aprobación por lo que hacemos, lo que hacemos no tiene sentido. Después de todo, esa es nuestra definición de éxito, recibir aprobación, ¿Verdad?
Por eso resulta que cuando escribo sin pensar en lo que vendrá después, las palabras acuden solas, y que yo tan solo las traslado desde su lugar de origen a la pantalla. Cuando escribo así, siento que yo no importo, que lo que yo obtenga a cambio no importa, tan solo importa escribir, porque hay que escribir, porque sí.
Actuar porque sí, también tiene otro nombre: Espontaneidad. ¡Qué bella es la espontaneidad!
La espontaneidad de los perros cuando se ven rodeados de verde y corren, corren con la lengua fuera, estirando las piernas, frenando, curvando, ladrando y revolcándose en la hierba. La espontaneidad de los niños cuando con preguntas sencillas ponen en duda nuestra maraña de complicaciones. La espontaneidad es algo que se disfruta, algo que incluso se busca, porque ese es uno de los motivos para emborracharte después de todo, para desconectar de ese centro de inhibiciones, para olvidarnos de los protocolos, de las expectativas ajenas y propias y extraer de la boca una liberadora dosis de honestidad. Pero, ¿Es necesario emborracharnos o drogarnos para ser espontáneos, para ser sinceros?
Desde luego, actuar con total espontaneidad es algo que da miedo, algo que puede llegar a ser peligroso, porque si todos hiciéramos lo que nos brotara de dentro, seguro que en un pestañeo estaríamos agarrándonos a puñetazos.
Pero, a mí por lo menos, la agresividad me surge precisamente cuando me reprimo, cuando me callo, cuando miento, cuando pretendo tapar a presión lo que me hierve por dentro. ¿No será que la violencia nace de la falta de espontaneidad?
No sé, ¿Por qué no nos damos una oportunidad?
Una oportunidad para vivir, para andar sin pensar en llegar, sin pensar en llegar para lograr, sin querer lograr para presumir.
Vivir sin miedo a no poder sobrevivir, ya que al fin y al cabo todos vamos a morir.
Las ardillas trepan árboles, los pajaritos saltan de rama en rama, lo estoy viendo ahora. Las plantas se mueven con el viento, ¡Qué espectáculo! Y nosotros, aunque no nos demos cuenta, aunque nos neguemos a aceptarlo, somos parte de ese espectáculo. Somos la naturaleza, aunque hayamos construido edificios, estatuas y autopistas para separarnos de ella. Pero no nos podemos separar de nosotros mismos, no podemos perdernos aunque nos sintamos perdidos.
Todo es diferente cuando actúas porque sí, cuando lavo los platos por el amor de hacerlo. Cuando corro como un cachorro, saltando y jadeando; incluso el pensamiento es distinto cuando te olvidas de los resultados y los objetivos. El pensamiento se torna más preciso, más claro, porque ya no se preocupa, porque puede utilizar todos sus recursos para crear y descubrir.

Qué refrescante es preguntar: ¿Por qué haces esto? Y que la respuesta, sea un sencillo e inocente: Porque sí.

martes, 10 de noviembre de 2015

Queridos amigos:

Queridos amigos:
Ojalá pudiera expresar lo que siento, ojalá hubiera palabras para describir la sencillez. La vida se va. La vida se va en suspiros de los que ni siquiera somos conscientes. La vida se va mientras le buscamos sentido. La vida se va mientras le buscamos solución. La vida se va entre juicios y prejuicios. La vida se va entre placeres y temores. La vida se va, se va… Y aun así, estamos vivos.
Qué fácil es todo cuando te limitas a amar, a sentir, a llorar y escuchar. Llevo más de dos meses en el supuesto país más rico del mundo. Y podría resumir mi viaje nombrando ciudades importantes o mostrando las fotos que te sacas con una sonrisa. Pero este viaje no es de esos. Este viaje ha sido doloroso en muchos sentidos. Me he roto por dentro, me he sentido pequeño e insignificante. Me he sentido fuera de lugar en casas enormes, he tartamudeado al expresarme… He discutido hasta el hastío con una persona a la que amo, he mentido a los demás para no incomodarles con mi manera de ser. He comido mucho helado y he aprendido a utilizar las libras y los grados Fahrenheit. No he podido sin embargo familiarizarme con los dólares, ya que hasta ahora siempre he tenido a alguien a mi lado contando los billetes y monedas por mí.
He visitado una universidad prestigiosa que rebosa alumnos de gran inteligencia. No se pueden imaginar lo incómodo que es estar rodeado de estudiantes que aspiran a cambiar el mundo cuando yo ni siquiera he terminado la universidad.
En este país mi corazón se ha puesto en duda. En este país en el que todos trabajan y todos estudian y todos están ocupados haciendo cosas importantes me he sentido como un vagabundo, como alguien cuya vida no tiene sentido.
He llorado, sufrido y gritado, me he preocupado, he contado historias acerca de mi futuro que yo no me creo. He pensado en dinero y en mil maneras posibles acerca de cómo ganarlo.
También he pensado en cómo mantener una relación de pareja con una chica de este país cuando tan solo puedo estar tres meses aquí. También me he preguntado si realmente me gustaría vivir en este sitio, en el país de las oportunidades, en el lugar en el que todo es posible. Lo que nadie te dice de este país es lo esclava que es la gente de las oportunidades que goza. He conocido muchas personas respetables, jóvenes, talentosas, pero todas ellas se veían tan estresadas… Todos cansados de las largas jornadas de trabajo, todos deseando que lleguen los fines de semana, todos quejándose del siguiente examen, del jefe o de los horarios, todos intentando buscar alguna excusa para seguir como están, todos buscando esperanzas en el futuro, esperando a que las cosas cambien, que las cosas mejoren.
Me han dicho que en algún momento tendré que despertar del sueño en el que vivo, me han dicho que no se puede vivir de la generosidad de los demás. Pero, si no vivimos de generosidad, ¿De qué vivimos entonces?
Vivimos de sueldos, de ambiciones y egoísmo. Vivimos de poner “Yo” por delante de “Tú”, vivimos de negocios, de apariencias y mentiras.
Este mundo está al revés, está al revés…
Pero, ¿Saben qué?
He tenido cinco días de pausa, cinco días durmiendo en un colchón inflable en una habitación de techo bajo. He pasado las mañanas remoloneando en la cama e inventando historias por la noche. He hablado con sinceridad y he cocinado espaguetis con cebolla y calabacín amarillo. Me he parado a ver mi vida, a abrazar a un amigo y a decir gracias. He visto un partido de basket en un bar y he disfrutado de un atardecer montado en una bicicleta oxidada.
Y hoy, hoy he vuelto a llorar y reír al mismo tiempo. Hoy he redescubierto que estoy vivo, que estamos vivos y que la vida es simple. Que la vida solo tiene sentido cuando la vives con honestidad, cuando no te escondes, cuando no intentas ser fuerte, ni aparentar serlo. Hoy he sentido el sufrimiento del mundo en mí. Hoy he llorado por el incendio de indonesia y porque en dos semanas veré a mi mamá por primera vez en diez años. Hoy he sentido todas las emociones de este viaje en un latido. Hoy he sentido paz en una respiración entrecortada.
La vida no se trata de lo que voy a hacer después. La vida no es el objetivo que me proponía alcanzar o el lugar al que pretendía llegar. No necesito venderme como una persona exitosa, interesante o diferente. No soy especial, no soy mejor o peor que nadie. Pero estoy vivo, estoy respirando, escribiendo, como siempre a unas horas intempestivas y tengo mocos atorados en la nariz. Mis ojos están rojos y mi corazón está tranquilo.
Me he dado cuenta que lo que de verdad importa no es lo que voy a hacer o la actividad a la que dedicaré mi vida. Mucho tiempo me he pasado pensando en el siguiente paso, en lo que haré para subsistir, en lo que puedo aportar a la sociedad.
Pero lo que de verdad puedo aportar, lo que de verdad tiene valor, es simplemente ser yo mismo, en mi completa totalidad; sin pretender ser alguien más, sin pretender hacer algo por los demás, sin querer obtener algo a cambio.
Y tengo todo el tiempo del mundo. No tengo prisas, ninguna. El miedo a que el tiempo se acabe es lo que más presión te pone encima, lo que te hace precipitarte, volverte insensible. La sensibilidad requiere tranquilidad, paciencia para observar y comprender, pero si no te tomas la libertad de andar despacio, si siempre te mantienes ocupado, la vida se va en el intento de retenerla entre las manecillas del reloj.
Y cuando soy yo mismo, cuando soy yo mismo de verdad, escribo, hablo inglés de manera decente, juego basket, sudo, me ducho con agua fría y realizo cánticos chamánicos. Cuando soy yo mismo juego al frisbee y me lanzo por el disco con todo cuanto tengo. Cuando soy yo mismo no me pregunto cómo podremos estar juntos, porque ya lo estamos.
Soy un ser humano, una criatura que vive, como la lluvia, como los helechos y las morsas y las abejas. Y la vida, la vida es la mayor fuerza que existe y está en todos nosotros. Somos la vida misma, manifestándose en mil formas distintas. Y sin embargo, qué poco vivimos y qué mucho nos complicamos; esperando, pensando, aparentando, buscando, deseando, llegando y viniendo…

Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Me voy a dormir.  

lunes, 19 de octubre de 2015

La Capital

En una guía turística leí que los monumentos que alberga Washington DC son un símbolo del poder y la estabilidad de Estados Unidos en el panorama mundial.
Yo llegué a dicha ciudad de rebote, sin expectativas y con poco más de 24 horas para recorrerla. Lo único que quería hacer era sacarme una foto con mi amigo Lincoln, pero nunca imaginé que en tan poco tiempo Washington me pudiera transmitir tanto.
Los enormes pilares que sostienen los edificios emblemáticos no me sorprendieron, tampoco el capitolio y su gran cúpula, ni siquiera la casa blanca y toda la gente que la protege. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de niños en todas partes, corriendo por los pasillos de los museos, gritando, riendo y escupiendo sinceridad en cada una de sus palabras; seguramente se organizan tours escolares de manera frecuente para visitar la capital, y a mí, de manera particular, me pareció que todos esos chiquillos le dan aire fresco a las soberbias calles y a la magnificencia de los edificios; de algún modo, esos niños me hicieron ver la ciudad con ojos más inocentes.
Y después de recorrer el famoso lago rectangular que tantas veces había visto en las películas, llegamos al Lincoln Memorial, y en cuanto subí las escaleras y me puse delante de la estatua, me invadió una sensación de profundo respeto. Me quedé quieto, observando a aquel individuo de mármol, en completo silencio; lo cual contrastaba con todos los flashes que salían disparados hacia el monumento. Yo realmente no sabía nada acerca del personaje que estaba admirando, tan solo que había sido el presidente durante la guerra civil, pero aun así tenía la piel de gallina por estar ahí y fui incapaz de sacar el teléfono para tomar una foto. Sentí que aquella era la estatua de un ser humano como otro cualquiera, uno del que no me atrevía a burlarme, uno al que tampoco pretendía idolatrar.
Con esa sensación bajé las escaleras y me dirigí hacia el monumento en honor a los caídos en la guerra de Vietnam. El monumento consistía básicamente en una pared interminable con millares de nombres esculpidos en ella; y a medida que avanzaba por ella y los nombres continuaban apareciendo, no pude retener las lágrimas. Me sentí triste, de la manera más pura posible. Sentí dolor porque de esas personas tan solo queda un nombre, pero sobre todo, porque todas ellas murieron por culpa de la guerra.
En el colegio estudié la primera y la segunda guerra mundial, así como la guerra civil española, y fui capaz de entender los motivos que provocaron tales conflictos, pude aprender fechas, personajes principales y acontecimientos destacados; lo cual también me hizo ver la guerra como algo justificable, como algo histórico, como algo normal que tiene lugar cuando las diferencias entre dos bandos son irreparables. De la guerra de Vietnam no sabía nada, nunca había leído un libro o visto un documental al respecto y esa ignorancia me confirió la inocencia necesaria para darme cuenta de lo inútil e injustificable que es la guerra en cualquier situación.
La guerra nunca es el camino hacia la paz, la guerra no deja héroes, ni bandos vencedores; el único residuo de la guerra es el dolor y eso es lo que pude ver con claridad al caminar al lado de esa pared cargada de nombres que una vez fueron personas. Qué más da que hayan sido americanos, negros, blancos o azules; esos nombres una vez fueron personas, personas que amaban, personas que reían y que tenían miedo, personas que murieron por una causa inútil; porque morir por un país es algo inútil.
Pero lo que más me dolió fue darme cuenta que las guerras no empiezan en las trincheras, la guerra empieza en el momento que intentas imponerte sobre alguien, en el instante en que actúas con ambición y no con amor. La guerra germina en el más pequeño acto de egoísmo, en los oídos que no escuchan, en las opiniones que se defienden como dogmas, en la creencia de que yo soy mejor que tú, o el mito de que tú y yo somos distintos por pensar de manera diferente, por haber nacido en lugares diferentes o por tener un color de piel diferente. El concepto de la separación es el origen de la guerra, y la guerra, como vi de manera tan vívida aquel día, tan solo puede engendrar dolor, el inherente dolor que brota cuando se comete un crimen en contra de la vida.
Y la ciudad todavía me tenía preparada una sorpresa más, cuando nos topamos con un hombre con trenzas cayendo por los hombros y una gran sonrisa en los labios. Llevaba un cartel bajo el brazo y nos dijo que un policía lo había echado del monumento de Thomas Jefferson por aquel cartelito, el cuál tan solo era un mensaje en contra del racismo.
El hombre, cuando se dio cuenta de que no teníamos prisa y nos interesaba escucharle, nos habló largo y tendido acerca de lo que él entendía por racismo y los motivos por los que existe. Él decía que el racismo no es algo casual, sino más bien estratégico, para mantener a las personas divididas, ocupadas luchando contra ellas mismas. Nos explicó el profundo condicionamiento que existe en la práctica totalidad del planeta para considerar a la raza blanca como la superior, como el ideal de belleza e incluso de éxito, al asociarla con la cultura occidental. Nos habló de las atrocidades que él ha presenciado a lo largo de su vida, relató historias que desgarraban el corazón, pero en ningún momento buscó culpables ni ocupar el lugar de una víctima. Dijo muchas cosas, pero sobre todo, las dijo con sinceridad, sin ningún otro objetivo que el de compartir lo que llevaba dentro con nosotros.
Yo le dije que veía que todo este mundo que hemos montado se basa en ilusiones, en mentiras que nos contamos a nosotros mismos, pero que hacemos reales en el momento que nos las creemos. Le dije que a veces se me hacía difícil vivir en un mundo así, tan complicado.
Y el hombrecito me dijo que por eso era tan importante descubrir lo que es verdadero, y dejar de vivir de falsedades. Dijo que la verdad se abre paso por sí sola y que todos los problemas del mundo se solucionarían con tan solo ayudar primero al que más lo necesita.
“Ayudar primero al que más lo necesita”, palabras simples y casi infantiles, pero a mí me llegaron al alma, porque vi que eran sensatas y que para hacerlas realidad se necesita una completa falta de egoísmo.
Y por último, el hombre nos puso una metáfora de la sociedad, diciendo que las personas somos cangrejos encerrados en una caja, todos mordiéndonos los unos a los otros para salir primero. Luego nos preguntó; ¿Por qué los cangrejos se muerden entre ellos en lugar de ayudarse?, pero más importante aún, ¿Por qué los cangrejos están encerrados en una caja?
-Yo no estoy aquí para pelearme con ningún cangrejo, no tengo ni tiempo ni ganas de hacerlo, y desde luego, tampoco estoy aquí para estar encerrado en una caja.
De él tan solo tengo una foto y el recuerdo de un abrazo. Hablamos por menos de dos horas, pero no necesito más para saber que aquel hombrecito es un amigo de verdad.

Un día en la capital del país no alcanzan para comprender la historia de una nación, pero un día sí que fue suficiente para darme cuenta de que la vida no se comprende a través de la historia, sino más bien a través de los ojos de un niño. Porque solo puedes comprender algo cuando no lo juzgas, cuando eres curioso, cuando es la inocencia la que te mueve.


domingo, 11 de octubre de 2015

Road trip I: Bosques, montañas y ríos

No quiero contar la historia día por día, no quiero describir sucesos ni escribir un diario de lo ocurrido, lo que sí quiero hacer, lo que necesito hacer, es destapar mi corazón por completo.
Empecé el viaje llorando, no aguanté ni diez minutos de carretera para que los ojos se me hicieran agua. Pero, ¿cómo no emocionarte cuando vives en primera persona lo que durante años has visto tan solo en la tele? Y es que estaba en un coche, recorriendo alguna vasta carretera de Estados Unidos, observando campos interminables a través de la ventanilla. Sentía que aquello no era real, pero que al mismo tiempo, era lo más real que había visto nunca.
Escuché música, vi viviendas blancas y banderas, muchas banderas, incluso en los lugares más remotos, siempre hay algún trapito con sus barras y sus estrellas. También veía de cuando en cuando a mi conductora y me deleitaba escuchándola tararear.
He disfrutado de una casita al lado del río y he tenido el placer de conocer al hombre que la cuida, un señor que lleva la camisa por debajo del pantalón y que habla de manera casi ininteligible; mas no hace falta entenderle del todo para saber que su corazón es noble. Basta con verle sonreír sin dientes para saber que su alegría es auténtica y que su mirada es sincera.
Me he bañado en un lago con una pequeña playita adornada con caca de gansos. He gritado a montañas que me devolvían la voz.
He dormido en una cama blanda y durante tres días sobre una colchoneta. He comido peanut butter hasta el hastío, he pasado frío, me he metido en sacos de dormir y he visto estrellas moverse por el horizonte. He orinado en mitad de la noche y sentido miedo al salir de la tienda en la oscuridad.
He caminado por bosques de otoño, he pisado hojas de mil colores y he admirado casadas de agua negra. He visto tanta belleza, tantos árboles y tantas ardillas, tanto cielo azul que caí en la obsesión de querer enjaularlo en una burda foto. He tomado muchas fotos, pero ninguna de ellas es capaz de encerrar la vida que pretendían capturar. Muchas de ellas son hermosas, pero tan solo porque lo que capturaban lo era aún más.
Me he sentido frustrado en plena naturaleza, he experimentado conflicto cuando todo lo que me rodeaba estaba en calma. Me he comportado con egoísmo habiendo flores regalando su aroma a mis costados. Por momentos, me volví ciego y me perdí los gusanitos que atraviesan los caminos y los halcones que planean en círculos, y me perdí todo eso por pensar en vez de vivir.
Pero todo continúa, todo fluye y se renueva cuando no te aferras a lo que ya pasó, cuando sueltas y no retienes ni una gotita de rencor. Y es que todos necesitamos reconciliación, sobre todo para con nosotros mismos.
Y así, he experimentado la gratitud que surge cuando te olvidas de ti, esa sensación de ligereza que te invade cuando no pretendes ser el centro de todo, cuando la humildad deja de ser una virtud y se convierte en una realidad. Y di gracias a los ojos castaños que me han acompañado durante todo este tiempo, di gracias por los abrazos y los besos que recibía de manera constante, di gracias por el agua limpia, por los amaneceres y la humedad que congela los pies. Di gracias al viento por peinarme, a la tierra por sostenerme y a los osos por no comerme.

Di gracias a las praderas de matas rojas, a los pinos moldeados por la brisa, di gracias a las personas que nos guiaron, con señas, mapas y sonrisas. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Contradicciones

Estoy del otro lado del atlántico, lejos de todo lo que ha sido mi mundo durante más de una década. Estoy sentado en un sofá cuyo precio no me atrevo ni calcular. Al principio, tenía miedo de sentarme en los sofás que hay aquí, y es que nunca había visto sofás más impolutos, tan brillantes y carentes de manchas. Me daba miedo tan solo mirarlos y pensar que mis calcetines sucios pudieran entrar en contacto con los cojines.
Es curioso que lo que más me haya incomodado hasta ahora de los Estados Unidos sean los lujosos sofás, pero es la verdad. Supongo que eso se debe a que nunca he entendido el lujo, al menos el lujo de las lámparas raras, los adornos de cristal o las mesas de mármol que tan solo cumplen una función decorativa.
He visto los rascacielos de Nueva York, la universidad de Harvard y a gente vistiendo camisetas de Harvard. Lo siento si hago énfasis en esto último, pero es que pensaba que lo de las camisetas solo pasaba en las películas. Sin embargo, resulta que aquí, hay mucho que parece una película, o mejor dicho, una superproducción cinematográfica. He visto farmacias del tamaño de supermercados y supermercados que parecen… bueno, no sé lo que parecen, pero son enormes y tienen de todo, incluso un pasillo entero destinado a bebidas energéticas y batidos de proteínas. He visto más comida orgánica que en toda mi vida; al parecer lo ecológico está de moda, pero tal vez tan solo sea eso, una moda. 
Al principio me preguntaba dónde estaba la gente de barrigas contentas y hamburguesas en las manos, porque lo único que veía era gente atlética, haciendo publicidad a Nike por todas partes. Hasta que un día los encontré, encontré a la gente no tan saludable; resulta que se juntan para ver partidos de fútbol (del americano), y que se pasan las horas previas al encuentro comiendo frituras y bebiendo cervezas.
Y yo me siento raro, raro y abrumado. Todo aquí se antoja contradictorio. En el barrio donde estoy la gente sonríe, pasea en bici y lleva a sus hijos a parquecitos de ensueño, aquí hay canastas de baloncesto en las puertas de los garajes y ardillas correteando por cada esquina, todo parece un paraíso, un paraíso pequeñito y cuidadosamente aislado del mundo real. Y me siento incómodo rodeado de tanta riqueza, de tantos coches y refrigeradores. Pero lo que más me contraría es que la gente que habita este sitio ha sido increíblemente amable conmigo; no me he sentido juzgado y todos los que he conocido han insistido en que apoye mis calcetines sucios en sus sofás. Han compartido la abundante comida de sus neveras e incluso me han dado permiso para jugar baloncesto en las canastas de sus garajes.
La gente rica no es mala, y sí, lo admito, yo pensaba que tener una casa enorme y dos mercedes era sinónimo de maldad. Pero ahora veo que toda esta gente es tan solo gente, ni mejor ni peor que nadie por los bienes materiales que poseen. Sin embargo, tampoco puedo negar el hecho de que aquí todos tienen mucho más de lo que pudieran necesitar. Y eso me vuelve a causar contradicción, porque la mayoría de estas personas, que han sido tan buenas conmigo, viven conscientemente inconscientes de los privilegios que gozan y de las básicas carencias que muchos sufren.
Y lo más fácil sería ponerme a hablar de todas las contradicciones que me rodean, de la hipocresía que percibo y las mentiras que envuelven al llamado sistema. Pero la verdad, la única que importa, es que yo mismo soy una maraña de contradicciones.
Da igual que mis contradicciones sean pequeñas o grandes, son igual de importantes y perjudiciales que las de los políticos o las grandes corporaciones. Y cuando hablo de contradicciones me refiero a esas cosas que no encajan, a las palabras que van en direcciones opuestas a los actos, a las opiniones que pretenden ser hechos irrefutables.
Yo estoy lleno de todo eso y para mí, no hay nada más incómodo que sentir que estoy siendo un hipócrita, que estoy intentando vender una película, a mí o a cualquiera, que nada tiene de real.
Me he dado cuenta de que contradecirte significa quedarte estancado en una posición. Cada vez que te anclas en una posición y la defiendes a capa y espada, acabarás contradiciéndote. Defender una postura o una opinión significa limitarte, encerrarte, negarte a observar la realidad con todas sus posibilidades, y veo que esa limitación es la raíz de la contradicción. Pero sobre todo, veo que cuando yo no me encierro en una manera de pensar, cuando no ejerzo ningún esfuerzo por juzgar lo que veo entre blanco y negro, es precisamente cuando siento que no acarreo ninguna contradicción. Porque, como una personita me dijo esta mañana, el mundo no es ni blanco ni negro, ni nosotros tampoco. Todos somos un complejo menjunje de grises, seres complicados que no pueden ser explicados de manera dicotómica.
Pero para ser sincero, ahora no me siento contrariado. Estoy cómodo en este sofá, apoyando mis pies sobre una mesita y escuchando unos cuantos grillos de fondo. De hecho, estoy feliz, porque estoy vivo y tengo algo de sueño. Estoy feliz, porque mis problemas son los problemas del mundo, y todos los problemas son complicados, lo que me hace pensar que las soluciones solo pueden ser sencillas. Quizás por eso, en cuanto termine de escribir esto, subiré unas escaleras acolchadas, me cubriré con una manta gruesa y abrazaré por la espalda a una chica que seguramente ya está durmiendo. La amo, así como amo al mundo, con todas sus imperfecciones.


viernes, 25 de septiembre de 2015

New York

No sé cómo describir esta ciudad, ni tampoco por qué quiero hacerlo.
Hay edificios por todas partes, hay ventanas cuadradas que se pierden en el cielo, puentes de personas y motores en marcha. Hay trapos que ondean al viento, trapos con barras y estrellas. Y me gustan esos trapos, me gustan sus colores y la forma que toman con la brisa.
Hay varios tipos de clima en esta ciudad, hay humedad y aire seco. En el subsuelo de la ciudad el calor te asfixia, pero al entrar en los vagones subterráneos el aire artificial te pone la piel de gallina. Aquí hay muchas cosas artificiales, hay calles impregnadas de luces muertas, cargadas de publicidad que vende muerte. Hay colores en los carteles y los anuncios, colores vivos, que te contraen las pupilas. Sin embargo, las aceras son grises y el cemento también, y aquí, el cemento reina en la ciudad.
Hay mil idiomas pululando, hay trajes impolutos caminando impasibles entre la mugre. Para mí, lo que da color a este lugar son las personas, éstas sí que hacen honor a las tonalidades de la vida. Aquí la gente anda rápido y lento, hay gente que sonríe y gente demasiado ocupada para hacerlo, aquí hay miradas que te calientan por dentro, hay piel clara y oscura, ojos rasgados y ojos de sapo.
Esta ciudad no es buena ni mala, aquí no he visto villanos o héroes; fíjate que ni siquiera he visto Americanos. Esto no es América, esto es tan solo tierra, tierra de la que han emergido enormes rascacielos. No sé si los habitantes de este sitio se creerán distintos a mí por tener un águila en su pasaporte, pero desde luego, no nos diferenciamos en nada. Además, en esta gente se ve reflejado el mundo entero, el mundo que hemos elegido crear, con todas sus contradicciones. Aquí la alegría se las arregla para florecer entre la apatía, del mismo modo en que el altruismo se cuela en una cultura de “selfies”. Aquí se proclama paz con pistolas colgando del cinto, aquí los esclavos se creen libres por tener un coche grande o zapatos brillantes, sin saber que la libertad de consumir es lo que los mantiene entre rejas.
En esta ciudad hay pajaritos, árboles, barrios chinos y música; sin embargo, he visto pocos ancianos. Por lo que me han dicho, no pueden permitirse el precio de vivir aquí con una pensión de jubilado. Parece que aquí solo sobreviven los productivos, es decir, los que al final de mes consiguen suficientes billetes para afrontar las facturas.
La vida de este sitio no está en sus edificios ni en sus banderas, la vida no está en las luces de Time Square, la vida está en las estrellas que su publicidad no deja ver. La sangre de esta ciudad no fluye por las avenidas de concreto, la sangre fluye por arterias directamente desde el corazón. La vida está dentro, en los latidos, en las sonrisas espontáneas. La vida está en el roble que se alza solitario en una acera, en las palomas que se bañan sobre charcos. La vida no está en el cemento de las calzadas, sino en la tierra que habita por debajo. La vida es la cara recién levantada y no el rostro enterrado en maquillaje, la vida es lo real, no lo artificial que lo recubre. El problema es que a veces lo entendemos justo al revés.

Esta ciudad está viva, pero no por su fachada o la reputación que se ha labrado, esta ciudad está viva por el simple hecho de que hay vida en ella.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Conozco un lugar


Conozco un lugar, uno al que se llega por un camino serpenteante, un camino que sube y en cuyos alrededores crecen moras, moras oscuras y redonditas, que tiñen los dientes y alegran la boca.
Sí, conozco un lugar, un lugar mágico, donde los robles te escupen y los pájaros te cagan, donde se mea en cubos y se alimenta a las plantas con dicha orina. Es un lugar con telarañas en las esquinas y mosquitos que buscan sangre por las noches. Porque aquí, aquí todo es de verdad. Aquí ves dónde va a parar tu mierda, aquí no se tiran las esponjas viejas y la marca de la ropa se tiñe de tierra.
En este lugar la vagancia no existe, ya que la falta de obligaciones acabó con ella. Aquí se canta picando piedras al mediodía, empapado en sudor y cubierto de polvo; porque aquí, si haces algo, lo haces con toda la fuerza del mundo.
 Aquí se saluda, a las mismas personas varias veces al día, y el entusiasmo no varía desde la primera a la última. Aquí se ríe sin necesidad de chistes o sarcasmos, se mira a los ojos y se duerme en literas.
Créeme, conozco un lugar en el que la mejor ducha es una cascada, un lugar donde no te obligan a fregar los platos, pero en el que todos quieren hacerlo, porque hay que hacerlo.
Aquí no se mata al silencio con conversaciones insulsas, ya que aquí el silencio es crucial para escuchar al viento ronronear. Aquí hay rocas grandes, desde las que puedes observar el cielo teñirse de calidez. Desde aquí ves nubes extenderse en un sendero de algodón por el horizonte y puedes extender los brazos sin motivo alguno mientras vacías tus pulmones con un grito. Porque sí, aquí el silencio se respeta, pero cuando hay que decir algo, se dice, da igual que salga en forma de grito, murmuro o aullido.
Conozco un lugar en el que las personas se dan la oportunidad de ser ellas mismas, en el que las apariencias se caen por el camino y las mentiras tienen patas más cortas que las hormigas. Por eso, aquí he hablado de todo, aquí he sacado temores pasados y miedos futuros, aquí he barrido culpas y he disuelto ambiciones. Aquí he hablado a la luz del sol, de la luna y de una lamparita anaranjada; y nunca se me ha juzgado por ninguna palabra. Porque este lugar es así, es una oreja gigante, una oreja con brazos, porque ten por sentado que aquí se te escucha y se te abraza por igual. Te abraza el sol cuando riega su luz por los campos, te abrazan los grillos con su melodía y las abejas con sus patas acolchadas, también te abrazan las montañas desde lejos e incluso, hasta te abrazan las personas.
Pero el lugar del que hablo, te brinda lo que le das, no como premio o castigo, ni siquiera como causa y efecto; no, este lugar no pone a nadie en su sitio, pero el que viene aquí, se da cuenta, de manera inevitable del sitio en el que se encuentra. Porque este sitio es un espejo, uno que te permite ver lo que hay detrás de tu mirada, uno que derrite máscaras y que rompe guiones. Ya que aquí nadie es un actor. Aquí no valen de nada los títulos bajo el brazo, las reputaciones que te has labrado o las metas que te propongas alcanzar.
El que viene aquí buscando algo, dura poco. El que llega cargado de expectativas retorna lleno de decepciones y el que pretende vender algo, se vuelve con la mercancía entera.
En este lugar se cultiva para el estómago y no para el bolsillo. Aquí no se comercia, ni se negocia; aquí se regala y siempre más de lo que se pide.
Sí, existe un sitio con las puertas abiertas, un lugar que no tiene dueño y que tampoco lo busca. Existe una casita en la que te sientes en casa, no porque sea tuya, sino porque precisamente, no es de nadie. Del techo cuelgan matojos de orégano, en las estanterías se almacenan frascos de cristal rellenos de frutos secos y en la cocinita se puede preparar guisos de verdura con aceite de oliva.
En el lugar del que hablo la gente se dedica a cambiar el mundo. Ahora mismo tengo delante a una mujer de pelo corto que le peina los rizos a un hombre de barbas largas; y el amor que destila la escena es una luz en sí misma. Aquí hay un manantial de alegría en el que la sencillez se baña desnuda. Y así se cambia el mundo, cepillándonos el pelo unos a otros, dando los buenos días de corazón, viviendo con alegría y sencillez; ya que solo lo simple puede disolver lo complejo.
La existencia de este lugar es la prueba irrefutable de que la armonía es real y practicable. Y quizás, si el mundo pudiera experimentar un trocito de esta paz, dejaríamos de estar en guerra, y nos daríamos cuenta de que ninguna batalla merece su precio.
En este lugar no se busca hacer del mundo un lugar mejor; aquí no se proponen soluciones, ni se establecen normas, aquí no se forman organizaciones ni se eligen nuevos líderes. Aquí no se platica, aquí se practica. Por eso, aquí el mundo justo y libre que todos quieren no es una utopía, sino una acción, una acción intensa y viva, que empieza en el corazón y que se expande con cada latido.
En todas partes la complejidad de la existencia se hace tortuosa. Te imponen obligaciones, te asignan roles, te cargan facturas y te marcan con números, para identificarte, para calificarte y ordenarte. Pero yo conozco un lugar en el que no se te exige nada, en el que no se rinden cuentas y en el que la documentación cría polvo por la falta de uso. En este lugar, la libertad es una realidad y es total. ¡Libertad total! Pero claro, eso es algo que incluso aquí, solo te puedes otorgar tú mismo. Y es que la libertad asusta, y si es total, se podría hablar incluso de pánico; porque pensamos que la libertad solo puede engendrar caos, que siendo libres nos armaríamos con lo que pudiéramos y comenzaríamos una carnicería. Se piensa que en libertad nadie haría nada, que la barbarie se impondría y que todo se derrumbaría.
Y es cierto, la libertad derrumba todo, todo lo que se tiene que derrumbar. Y si piensas que siendo libre dejarías de hacer todo lo que estás haciendo, probablemente es que tengas que hacerlo.
En el lugar del que hablo, nadie hace nada que no quiera, pero ya te digo yo que todos quieren hacer algo. Todos quieren contribuir, trabajar y crear; porque cuando te das la oportunidad de ser libre, eso es lo que en realidad ocurre, que empiezas a hacer lo que de verdad amas. Ya que la libertad, tan solo puede engendrar amor.
Conozco un lugar que nada tiene de extraordinario. Es tan solo un terreno a mitad de una montaña. El lugar no importa, porque ningún sitio se convertirá en tu refugio o tu hogar. Nos hemos creído que la llamada tierra prometida es un lugar, pero en realidad es una sensación, un algo en el estómago, un cosquilleo en el pecho, una respiración que se salta, una risa que se escapa, una lágrima calentita, es un despertar verdadero.
Pronto descenderé una vez más el sendero serpenteante y cogeré algunas moras por el camino, y quién sabe cuándo volveré a la casita y veré los matojos de orégano. Pero créeme, yo conozco un lugar, un lugar mágico y real, en el que todo es posible y donde la creatividad borbotea. Ese lugar está aquí, latiendo en mí, y desde luego, también en ti.