jueves, 3 de marzo de 2016

Para los del norte

Querido Berni, quiero felicitarte por haber completado tu vigésimo tercera vuelta al sol. Me alegra saber que existes y que tus pulmones se hinchan y deshinchan.
La fecha de tu cumpleaños me hizo pensar en ti, pero el pensamiento que te mencionaba también trajo consigo a todas las otras personitas que habitan esas tierras del norte.
Nunca había pensado en Valencia o España como el norte, pero ahora lo son, al menos desde aquí abajo.
Sé que no se puede vivir de recuerdos y que los buenos momentos, cuando se intenta repetirlos o atraparlos, pueden llegar a convertirse en espinitas que se atoran en el presente, que es, como todos sabemos, lo único que realmente existe.
Sin embargo, hoy no quiero hablar de recuerdos, hoy quiero hablar de momentos, momentos que laten y pestañean, momentos que aparecen como ráfagas, momentos que soplan y que te abrazan.
Para que me entiendas, hablo por ejemplo, de esas clases de química en la última fila, intentando contener las carcajadas, mientras dibujábamos a Leonorto. Me refiero a una noche de verano, en la plaza de la Virgen, tirados sobre unas escaleras con Carlos y Panchito a nuestro lado, reflexionando sobre la vida, regateando para obtener cinco cervezas por cuatro euros.
Hablo de frisbee, y de correr a máxima velocidad sobre arena hirviendo para agarrar el disco. Hablo de las miradas seductoras de Andrés, y del baile “hari hariri” en la piscina con Panchito. Hablo de Her, esa película que nos dejó en silencio. También de pequeños gestos de cariño, de cosquillas, de celebraciones y bromas, de conversaciones a horas intempestivas y de desayunos en los que se comparte lo que brinde la nevera.
Los momentos de los que hablo nacieron, crecieron, existieron y volvieron a desaparecer, a fundirse con la nada de la que todo proviene. Los momentos son como nosotros, paréntesis en la eternidad. Son pequeños y grandotes, de extremada simpleza y aun así, de suma importancia.
Recuerdo a Carlos ponerse nostálgico por los viejos tiempos, suspirar con anécdotas pasadas e intentar resucitar aquello que en antaño se daba. A veces yo también soltaba suspiros y abría las ventanas del ayer, regodeándome en lo que ya fue.
Y hoy Berni, pienso en todos los que están allá, en el norte. En ti, en tu casa y tus sofás de cojines morados. Pienso en Panchito, sus gatas y su mamá. También en el Rubio y en sus pláticas de informática. Pienso en Carlos y sus inventos culinarios, en Andrés y en hacer ejercicio “a machete”. Y por último, cruza por mi cabeza Richard, el único que habita tierras sureñas.
¿Sabes? Tengo un hermano que me recuerda a él. Es alto y de patas finas, está un poco loco y me inspira mucha ternura. Estoy en Bolivia y Richard en Ecuador. Hacía años que no estábamos geográficamente tan cerca, y aun así, siento que estamos muy muy lejos.
¿Recuerdas ese verano de 2012?
Qué mágico que fue, estar todos juntos otra vez.
Pero lo que quiero decirte ahora, es que en agosto tengo reservado un vuelo al norte, muy al norte, nada más ni nada menos que a la tierra de Odín. Y que desde ahí iremos a España, un año después.
Un año suena a mucho y también a poco. En un año transcurre una vida entera y sin embargo es inevitable preguntarte: ¿Ya está? ¿Es eso todo?
Y sí, eso es todo; y cuando vives con todo tu corazón, sin reservarte nada, puedes dejar ir en paz a aquello que se tiene que ir.
A lo que quiero llegar con esto es que habrá reencuentro y que tengo muchas ganas de verlos, a todos ustedes, aunque, si soy sincero, todavía no. Ahora estoy contento, escuchando a mi hermano tocar violín. Hoy, cuando el reloj marque las cinco iré a entrenar basket con tu tocayo, que da la casualidad que es otro de mis hermanos.
¿Por qué te escribí esto? No lo sé. Así como no sé por qué vine a Bolivia o por qué volver a la península ibérica. La única respuesta que tengo a todas las preguntas previas, es que mi guía es ese fueguito que todos tenemos dentro, esa brújula interior de la que a veces hablo. No tengo un cómo hacer las cosas, tan solo hacer lo que siento y hacerlo lo mejor que pueda.
Una vez escuché decir a alguien que no haga nada que no sea excelente. Obviamente nuestras definiciones de excelente pueden cambiar mucho, pero a mi entender, significa hacer algo con todo cuanto tienes, dejándote la piel, el ingenio y las entrañas en dicha enmienda, sea lo que sea.

En fin Bernichu, perdón si serviste de telón de fondo para todo esto que ha brotado. Te mando un abrazo enorme. Disfruta y sobre todo, vive.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Libros de una misma hoja


En una casita rodeada de praderas,  hay un libro vacío chupando mamadera. Es un bebé y un recién nacido. El mundo para él es un gran desconocido.
Todos venimos como una hoja en blanco. Sin miedo al vacío, ni a caer por el barranco. Los ojos desprenden inocencia y ni siquiera comprendemos lo que significa carencia.
¿Qué ocurre entonces al crecer? ¿Por qué las praderas dejan de florecer?
El tiempo moldea y el pasado marca. El futuro se encarga de dirigir nuestras barcas. El hoy se difumina entre quehaceres y preocupaciones, dejando a lo que late por dentro en constantes dilaciones.
Decimos que la niñez no puede –ni debe –durar. Hay que ser serio y ponerse a trabajar.
Tenemos responsabilidades y obligaciones que cumplir. Eso es lo que a la sociedad escucho decir. Así los humanos van con constantes apuros, llenando la atmósfera de hidrocarburos.
La hoja vacía se llena de tinta, sobre ella se escribe, se tacha y se pinta. Para colmo la vida tiene las páginas contadas, lo cual mantiene a la gente amargada. Las hojas se acaban y hay que rellenarlas, ya que es la única manera de aprovecharlas.
A ese proceso le llamamos madurar, a no dejar espacio en blanco sin rellenar. Lo escrito es experiencia y conocimiento, que pretendemos retener en todo momento.
Así, el libro de la vida se llena. Pero, ¿Realmente vale la pena?
Todo se graba y se recuerda. Del ayer al mañana se ata una cuerda. Lo escrito en el pasado es la mayor guía, esa que todos siguen y de la que nadie desconfía.
Buscamos predecir y buscar seguridad, pero fácil olvidamos lo que ocurre en realidad.
Y es que el libro se acabará. Hagas lo que hagas, de él nada quedará.
Podemos aferrarnos a nuestras hojitas, decir que nuestra historia es grande o bonita. Podemos luchar porque los libros permanezcan y se recuerden, pero al final, se convertirán en polvo, ¿Lo comprenden?
El libro de la vida tiene un principio y un final, como todo en el mundo de lo material. Eso puede parecer motivo de tristeza, pero habría que observar con mayor sutileza. Investiguemos pues, juntos la cuestión, si es que de verdad nos interesa de corazón.
¿Por qué tememos a la muerte? ¿Será porque la concebimos como algo inerte?
Pensamos que es lo opuesto a la vida, un túnel del que no hay salida. Por eso vamos con prisa, sin detenernos a escuchar la brisa. Siempre queriendo llegar al próximo lugar, pensando en el siguiente objetivo a terminar. Pero, ¿Llegar a dónde? ¿Terminar qué? ¿Sin si quiera pararnos para tomar un té?
Es algo paradójico lo que voy a decir, y es  que somos eternos, aunque vayamos a morir.
Lo cierto es que la vida no es un libro, ni una historia; es una hoja en blanco, sin memoria.
No hay páginas siguientes, ni arrancadas, solo hay una hoja, una sola, constantemente renovada. Una hojita en la que todo se traza, en la que sin embargo, el tiempo no pasa. En esa hoja las flores crecen, se marchitan y luego florecen. Muerte y vida son lo mismo, y entre ellas no hay ningún abismo.
De esa hoja en blanco nacemos y a ella siempre volvemos. Puede que esta existencia sea un libro de páginas contadas, pero nuestra esencia es eterna, ilimitada.

Es tiempo de volver a nacer, vivir de corazón, con todo nuestro ser. Ser niños, abrazar el instante, con infinito cariño. Cerrar los ojos, destapar cerrojos. Erizar frío, sudar calor. Dar un pasito, tener valor. Saltar, dejar de pensar, amar.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Educación

A principios de mes dio comienzo una nueva aventura. Salí de casa de mi mamá, caminé ladera abajo con una mochila enorme y me embutí en un minibús que cruzaría La Paz de sur a norte. Para los que no estén acostumbrados a la jerga local, los minibuses son furgonetas, las cuales dudo que hayan sido creadas para ser utilizadas como transporte público. Pero como estamos en Bolivia, estos cochecitos recorren los laberintos de La Paz con una buena cantidad de personas retorciéndose en sus asientos.
Así transcurrió la primera parte del viaje, con mis rodillas levantadas, chocando contra el asiento de adelante, y la mochila sobre mis faldas, tapándome la vista.
Después, sin embargo, tocaba rearmarse, crujirse la espalda y subir a un teleférico limpio y rojo. Un teleférico cuya estación de origen cuenta con un sinfín de empleados uniformados que sonríen,  cortan tus boletos y te guían a tu espaciosa cabina. La Paz, como se puede ver, es una ciudad de opuestos.
Sin embargo, la última parada del teleférico estaba ya por encima del cráter que es La Paz, y es que acabábamos de arribar a El Alto, la interminable planicie que se extiende por encima, una ciudad en la que se respira polvo y comercio.
Allí teníamos que tomar otro minibús, si cabe, todavía más pequeño; en el que atravesar una avenida repleta de desvíos, y así llegar a la penúltima parada de la travesía.
Estaba cerca, pero todavía faltaba tomar un trufi (taxi compartido) de corto recorrido. Al bajar de éste, ya solo había que dar unos cuantos pasos hasta Luz de Esperanza, una fundación en la que viven chicos que se han criado en la calle. Ese era nuestro destino.
En esa fundación, Colleen –la gringuita pecosa con la que estoy –y yo íbamos a hacer de voluntarios. Se suponía que teníamos que enseñar a los chicos a leer y escribir, y una vez a la semana darles clases de inglés. Para ello, la directora del centro nos recomendó bombardear a los chicos con dictados.
-Que copien y que copien, una y otra vez; hasta que se les quede –nos dijo.
Y nosotros, para qué mentir, le hicimos caso. Esa señora lleva más de 15 años en la fundación, lo cual, además de otorgarle experiencia, le confería una gran autoridad.
Nada más llegar, te das cuenta de que aquí, ella es la mandamás. Tan solo hace falta ver que su oficina es la única que está en un segundo piso y que desde allí arriba, como un halcón, controla todo lo que ocurre en el lugar.
Pero volviendo al tema de los dictados; no funcionaron. Los chicos no tenían motivación alguna para leer, escuchar y copiar historias que nada tenían que ver con ellos. Las clases fueron un fracaso, pero todo lo que ocurría fuera de éstas me fue haciendo despertar.
Gotita a gotita, los chicos se fueron abriendo con nosotros y conocer sus historias me dio una perspectiva completamente distinta. Éstos son muchachos que han deambulado entre aceras por más tiempo del que se imaginan, la mayoría llevan años sin pisar un aula. Ellos han tenido una existencia complicada y violenta. Ellos han sentido en su propia piel lo peor de nuestra especie y sus pulmones han absorbido la contaminación que destila el egoísmo y la agresividad.
Y antes de proseguir, rogaría que se abstengan de sentir pena, porque la pena es un sentimiento inútil, que nace de la culpa de saberse superior que otro.
Estos jovenzuelos, son personitas normales, tan ordinarios como tú y yo. No hay ningún ser humano mejor que otro.
Los chicos me han enseñado que el espíritu humano es incorruptible. Todos tenemos una brújula en el interior, un algo cálido y bueno que late en cada uno de nosotros. Y podemos desviarnos de esa calidez, alejarnos hacia lugares gélidos, extraviarnos en las cicatrices que deja la memoria y sufrir por la incertidumbre del futuro; pero nuestro corazón no puede perderse, y siempre que estemos dispuestos a regresar, tan solo tenemos que escuchar sus latidos.
Con esa sensación en el pecho volví a casa de mi madre, para pasar el carnaval con la familia.
La situación con mi mamá estaba un tanto delicada. Yo vine a Bolivia para poder verla, ya que había transcurrido más de una década desde nuestro último encuentro. Mi prioridad era compartir con ella, con calma; conocernos, de a poquito, sin prisas.
Sin embargo, me topé con que ella sí tenía prisas, y muchas, por ella y por mí. Además, al parecer, nuestras prioridades son distintas. Para ella, lo más importante es que yo gane dinero y que invierta mi tiempo en un trabajo que pueda dármelo. Esa es su mayor preocupación, lo cual le hace imposible disfrutar de mi compañía, o incluso darse cuenta de que es la primera vez en diez años que nos vemos.
Así, escuchando constantes reproches, dejé a mi mamá una vez más. De nuevo, tocaba estrujarse en los minibuses y relajarse con las vistas en el teleférico, para llegar a El Alto.
Tocamos el timbre de la fundación y los chicos nos abrieron con una gran sonrisa. La directora se había marchado hacía unas horas y la libertad se respiraba en el ambiente.
Libertad, lo que más extrañan los chicos de su anterior vida.
Eso me dijo uno de ellos cuando le pregunté si echaba de menos la calle. “La libertad” fue su respuesta inmediata. Eso me hizo pensar, ¿Saben?
Si la única manera de ser libre es viviendo en la calle, algo va muy mal con este mundo que hemos creado.
En el momento que crucé por segunda vez las puertas de la fundación, todo mi ser se removió. Ante mis ojos aparecieron imágenes de mi etapa de estudiante, volvieron las tareas, las notas y la presión por estar aprobado. También volvieron las voces de mi madre y de todas las personas que viven preocupadas por lograr la tan ansiada seguridad material. Luego vi el mundo, con todas sus obsesiones superficiales, con sus figuras autoritarias y el miedo a las represalias. Y por último me vi a mí mismo, en ese instante, cuestionándome cómo debía comportarme con aquellos chicos, preguntándome cómo podía enseñarles a leer y escribir.
Entonces observé mi alrededor y vi al Huayna Potosí abriéndose paso entre las nubes. Y en ese instante recordé lo que de verdad importa en esta vida.
Y es que no importa el dinero, ni las posesiones, ni siquiera importa saber leer, sumar o restar. Lo que de verdad importa es ser una buena persona. Y no digo buena como opuesta de mala, hablo de esa bondad que no tiene contrarios, de esa luz que no conoce de sombras.
Vivir con bondad en el corazón y amor en nuestras acciones, eso es lo único que importa.
Desde entonces, ya no ha habido más dictados, pero creo que todos hemos aprendido más que nunca.
Y es que la educación no se puede encarcelar en un aula y un puñado de letras. La educación está en un partido de baloncesto al atardecer y en un día entero cocinando, hablando de verdad, con palabras que surgen de las entrañas. Se educa compartiendo un desayuno, haciendo flexiones y parándote de cabeza en una postura de yoga.  La auténtica educación no conoce de maestros y aprendices, sino de personas que aprenden juntas.
Y los caminos del aprendizaje son infinitos. Se puede hacer pan, cavar zanjas, alimentar gallinas, jugar fútbol e incluso leer y hasta escribir.
Así que aquí estoy, en un terreno perdido sobre el vasto altiplano, cobijándome del frío con mantas y los brazos de Colleen. Aquí escuchamos, aprendemos y compartimos con muchachos de ojos color marrón, marrón oscuro, con brillo dentro, como la mirada de los pajaritos.



domingo, 31 de enero de 2016

Hace poco me encontré cuatro hermanos

Ahora mismo veo a dos delante de mí, la otra todavía duerme y el que falta se encuentra en el oriente del país. Todos ellos comen, ven y sienten.
A uno le apasiona la música. Todas las mañanas nos regala desde su habitación las melodías extraídas de su violín. Tiene el pelo revuelto y oscuro, y no lo lava con champú. Además, dice que no come queso, pero no es capaz de resistirse a una buena pizza. Le llaman Rodrigo y le queda tan solo medio año para terminar el colegio. Los estudios no le interesan en exceso, pero está deseoso de aprender. Tiene zapatos de suela plana y con ellos sube montañas escarpadas y recorre ciénagas interminables, siempre con su cámara colgando a la cintura, lista para capturar cualquier obra artística ofrecida por la naturaleza.
Después tenemos a un joven espigado de piernas hábiles, que utiliza para jugar al fútbol. Es un chico que al principio tan solo decía lo básico, pero que sonríe con ternura y se expresa con tranquilidad. Él cocina salsa de tomate con choclo y está perfeccionando sus dotes culinarias. Tiene el mismo nombre que su papá; por eso le llaman Toñito hijo. Ahora no se encuentra aquí, y su ausencia se siente, pero sé que pronto lo veré de nuevo, y que jugaremos al ping pong, a las cartas o que iremos a alguna cancha de césped y volveré a caer en cada uno de sus amagues con el balón en los pies.
El siguiente es el chico de los ocho pulmones, el que corre con mochila y que sube escaleras de cuatro en cuatro. Se llama Bernardo, aunque yo siempre le digo Berni. Se ríe, pinta y come pan, a todas horas. Con él, además, compartimos la afición de la canasta y la pelotita naranja. Y hasta que me doblé el tobillo, le acompañaba a sus entrenamientos, en los que me dedicaba a divertirme junto a un puñado de quinceañeros. Berni está loco y rebosa vida. Su energía es contagiosa y cada día, al mediodía, él es el encargado de bañarme con una manguera de agua helada.
Y por último está la pequeña Beatriz. Betty, la de la voz dulce, la de los panqueques y las tartas de chocolate. Ella lee mucho y ha visto todas las películas de Yao Miyasaki. Como todos en la familia, se desliza como cabra por las montañas y siempre escoge los caminos más abruptos y resbalosos, porque según ella, son más lindos. Le encanta la palta y disfruta de manera particular al ganar en el juego del monopoly. Al principio me preocupaba no caerle bien, pero en cuanto dejé de intentar causarle una buena impresión, empecé a disfrutar de su simple presencia, a compartir y sobre todo a observar y escuchar. Así, de a poquito la voy descubriendo, a mi hermanita.
Esos son mis cuatro hermanos y en teoría yo soy el mayor. Sin embargo, yo no me siento más grande que ellos. Tal vez lo sea en estatura, quizás yo tenga barba y algunas arrugas; no es que no quiera reconocer eso, sino que no siento que tenga que atribuirme la autoridad que viene impuesta con la edad.
Cuando crecía, lo hice siendo el más pequeño, recibiendo las bromas pesadas de mi primo mayor, añorando hacerme grande para estar a la altura –tanto física como mental –de los demás. Ahora, como es evidente, he crecido, al menos en centímetros. Pero no me siento un adulto y tampoco pretendo serlo, al menos de esos que presumen de seriedad, que ríen con mesura y que con la excusa de la experiencia, ya no ven al mundo como algo vibrante y nuevo.
Tan solo sé que soy responsable de mí mismo, de lo que hago y lo que pienso. Siempre lo he sido, aunque en ocasiones todavía lo olvido.
Pero voy aprendiendo, o mejor dicho, descubriendo, lo que significa madurez; y es que para mí, madurar significa ser valiente para equivocarte, humilde para observarlo e inocente para no juzgarte.
Si me creyera el mayor de la camada, y por ello me otorgara alguna clase de superioridad, entonces me privaría de la oportunidad de conocer a mis hermanos, porque ellos no son adolescentes o muchachos, son personitas, de las que cada día aprendo algo nuevo.
Es hermoso tener hermanos, pero también, por dentro me pregunto: ¿No será que todos somos hermanos y hermanas?
Lo digo en serio. Los cuatro seres humanos de los que hablo eran antes completos desconocidos que vivían del otro lado del mundo, tan solo había escuchado rumores sobre su existencia y particularidades. Ahora vivimos juntos, escucho sus muelas triturando, siento sus pasos en el piso de arriba, veo sus caras recién levantadas y la luna en cuarto creciente en sus sonrisas. Ahora somos auténticos hermanos, pero en teoría, siempre lo fuimos.
¿No será que ocurre lo mismo con el resto de personas del planeta? ¿No será que todos somos hermanos latentes, que en algún momento, de alguna vida, quizás incluso esta misma, nos llegaremos a encontrar?
Tal vez no compartamos grupos sanguíneos, y quizás nuestras narices y ojos luzcan distintos. Pero todos llevamos sangre en las venas y todas las narices olisquean y todos los ojos espían entre las pestañas.
¿Y si tan solo necesitáramos de la oportunidad de conocernos? Tan solo disponer de un espacio en el que compartir y expresarnos, con ganas de descubrirnos, pero sobre todo, ¿Qué pasaría si viéramos a cada desconocido como un hermano perdido, en lugar de un simple extraño?
Qué grande sería la familia y qué diferente sería el mundo.
De momento, lo que a mí me toca es disfrutar de los hermanos que he encontrado y de los que vayan apareciendo por el camino.



domingo, 24 de enero de 2016

No te olvides del Gatito

En el jardín había una pantera, negra (naturalmente), fuerte y esbelta. Era una pantera hermosa y tranquila. Pero del otro lado del jardín, por entre las bardas de madera, asomaba el ojo de un tigre, un tigre ansioso por mostrar su poder. Y la intención que tenía para mostrarlo, era atravesando la barda y desafiando a la pantera, lo cual a mí me asustó mucho.
Sí, yo estaba también en el jardín, con la pantera, a quien yo quería mucho.
No me pregunten qué hacía yo allí, yo no elegí ser parte de la historia, ésta decidió que yo formara parte de ella.
Así pues, cuando veía la mirada husmeadora del tigre a través de las bardas, mi corazón se aceleraba y mis ojos se dirigían preocupados hacia la pantera, que se encontraba tranquilamente sentada sobre el césped. Yo me preguntaba cómo podía estar tan tranquila cuando un tigre con viles intenciones acechaba del otro lado. Sin embargo, también me parece interesante cuestionar cómo era que yo estaba tan seguro de las intenciones del tigre con tan solo mirarlo.
De cualquier manera, a la mañana siguiente, el tigre atravesó la barda y empezó a rondar a la pantera. No la atacó ni hizo ademán de intentarlo, pero yo gritaba pavorido y me tiraba de los pelos.
De repente, me di cuenta de que la pantera estaba atada con unas cadenas y que estaba completamente inmovilizada. Entones mi miedo alcanzó su punto máximo y temiendo que el tigre aprovechara la situación para finalmente atacar a la pantera, yo me lancé a intentar quitarle las cadenas. Pero no pude, de ningún modo. Intenté con todas mis fuerzas, pero por mucho que tirara o que lograra moverlas un poco, éstas se reajustaban y se enredaban aún más en la piel de la pantera.
Sin embargo ésta, seguían inmutable. Parecía no preocuparle el tigre que la rondaba ni las cadenas que la aprisionaban. Yo en cambio, estaba desesperado y lo estuve todavía más cuando me percaté de que las cadenas se transformaron en alambres con púas.
En ese momento salí corriendo a pedir ayuda. Y por algún motivo, aparecieron allí varias personas que conozco, incluyendo primos, hermanos y amigos. Todos ellos intentaron ayudarme y juntos tratamos de liberar a la pantera, tarea en la que fracasamos.
Entonces, los demás dieron un paso atrás y se convirtieron en meros espectadores, mientras yo continuaba con mi desesperado intento de poner en libertad a la pantera. El tigre, mientras tanto, seguía con su tranquila ronda a mi alrededor, lo cual hacía que el corazón me latiera deprisa y que un sudor frío se almacenara en mi frente, cayendo gotita a gotita a través de las cejas.
La angustia era máxima, al igual que la tensión y yo seguía sin poder desenredar los alambres. Hasta que me rendí y me invadió la tristeza. La pantera estaba perdida y yo no podía hacer nada para ayudarla. Recuerdo que cerré los ojos, o tal vez miré hacia otro lado, incluso puede que me haya ido o que todo el jardín y todo lo que allí estaba ocurriendo desapareciera, no sabría decirlo con certeza.
Lo que sí puedo decir es que al cabo de un rato, no sé cuánto exactamente, volvió el jardín, volvió la gente observando la escena y el tigre rondando. Lo único que cambió, fue que en vez de haber una pantera, había un gatito, un pequeño gatito moteado que tenía las patas amarradas con alambres de púas.
Yo sentí un cariño inmenso hacia la pequeña criatura y me quedé observándolo, esta vez sin intentar liberarlo. Por algún motivo, sabía que yo nada podía hacer al respecto. Y entonces, el gatito, con un solo movimiento rebosante de habilidad, se liberó de los alambres sin causarse siquiera un rasguño.
Y en ese momento todo cobró sentido. Sentí que ese gatito tenía toda la fuerza una pantera, toda la fuerza del mundo y que no necesitaba de nadie para ser libre. Él ya lo era.
Fue extraño y carezco de explicaciones, pero una vocecita que parecía venir de ninguna parte, me dijo que lo más importante de la historia era que no olvidase que en realidad yo era el gatito.
En realidad yo era el gatito. No era el observador, no era ese Yo pensante que se pasa todo el cuento preocupado y desesperado por intentar liberar al felino. Ese Yo que tenía miedo del tigre y que estaba convencido de que éste tenía intenciones malvadas, cuando en realidad, tan solo daba vueltas alrededor mío. Ese Yo que quería resolver la situación, pero que nunca llega a conseguirlo, porque a pesar de todos sus esfuerzos y de creerse el protagonista del cuento, nunca fue más que un mero observador. En realidad yo era el gatito.

Fue entonces cuando desperté.


jueves, 21 de enero de 2016

Una mañana nueva

Reencuentros y abrazos. Observo la belleza durmiendo bajo una manta blanca. Siento la tristeza de aquellos cuyo corazón está consumido por la ambición. Siento en el alma gratitud por poder escribir un día más, por haber despertado y porque algún día, moriré.
Me siento tranquilo. Hay paz, incluso en el caos, incluso en las miradas que con pena buscan arrancar compasión. Hay ganas de correr y gritar, incluso cuando las piernas ya no se sostienen. Hay vida en ti, en mí y en el mundo, a pesar de las complicaciones, a pesar del egoísmo y el miedo. Lo veo, lo huelo y lo palpo.
He visto atardeceres que explican el sentido de la vida, el sentido total y completo. Tan solo hace falta mirar, escuchar el viento, pararte en seco, dejar de pensar, conectar con eso que no tiene nombre, pero que está latiendo en ti y en todas partes. Hay una esencia infinita en este mundo, hay algo sagrado en esta vida, algo inmenso e inexplicable.
Las respuestas siempre son simples y siempre vienen solas. Hay que abandonar toda búsqueda, dejar todas las guerras, empezando por las que se libran en lo más profundo del corazón. De hecho, es ahí donde todas las batallas empiezan, es ahí donde se da a luz a la corrupción y la violencia, en uno mismo.
Hay que vivir, y no sé cómo más te lo puedo decir. Hay que aprender y descubrir, hay que abrir los ojos y también hay que cerrarlos, porque las cosas más importantes no se aprecian con las retinas.
No hay que buscar cielos o infiernos, no hay que buscar excusas para hacer el bien. No hay que esforzarse por ser bueno, no hay que ganarse la existencia eterna. No hay que preocuparse por vidas pasadas o vidas futuras. Tan solo hay vida, y está aquí y ahora.
Que el dinero no te consuma, que su búsqueda no te corrompa y que el miedo a perderlo no te encadene. No prestes, ni te endeudes. Tan solo da, sin esperar recompensas, y tan solo recibe, sin culpa ni remordimiento.
Hemos venido a este mundo sin ninguna deuda que saldar. Todos, todos nosotros tenemos derecho a dormir y a comer, por el simple hecho de estar vivos. No hay que ganarse la vida. Hay que vivir, y hacerlo de corazón, es lo único que hay que hacer. No tienes que ganarte mi confianza, no tienes que venderte y yo no tengo que comprarte. No somos mercancía joder, no somos objetos inertes, ni un valor numérico. Las relaciones no son negocios, la vida no es un mercado.
Estoy solo y estoy contigo. Tengo alas, pies y escamas. Duermo por las noches y disfruto de los abrazos. Me gusta correr descalzo y observar a través de ventanillas de autobús.
Amo a mi familia, aunque no sea mía. Amo a las flores, cuando florecen y cuando se marchitan.
Tengo manos que bailan con el viento y nada más. No necesito nada más. No hay nada que se pueda poseer, nada es  mío y nada es tuyo. La tierra es de la tierra y cuando nuestros cuerpos se consuman, lo harán sobre ésta.
Te quiero y me quiero, porque es lo mismo. Todo es lo mismo. La separación no existe. No hay vencedores y vencidos, no hay víctimas y culpables, buenos o malos. Incluso la vida y la mueren juegan en harmonía, abrazándose, fundiéndose en el unísono.


Reflexión y reconciliación

He estado huyendo de este momento durante días. En el proceso he estado estreñido y con diarrea. He sentido nauseas, soledad e incomprensión, por parte de los demás y por parte mía, que supongo que es lo más importante. También me he cortado dos veces el mismo dedo y en el camino me he doblado el tobillo y me ha dolido como nunca antes.
Llegué a este país con el corazón en paz y rebosante de vida. El conflicto del mundo se veía pequeñito y aunque mis pies caminaban sobre la misma tierra que los demás, los problemas por los que ellos eran carcomidos a mí no me afectaban. No se trataba de prepotencia, ni alguna clase de sentido de superioridad, tan solo era bienestar interior, de ese que no depende de nada o de nadie, ese bienestar que se basa en una constante elección de vivir en el presente.
Pero, de a poquito, me fui distrayendo, fui almacenando pensamientos y recuerdos. Me olvidé de limpiar por dentro, comencé a tomarme de manera personal las críticas y a reaccionar ante ellas.
Y sí, me afecta que casi todos los días me repitan que estoy perdido, que vivo de sueños, que soy inmaduro, que he tenido una vida privilegiada y que hasta ahora no me he ganado nada.
Me afecta que mi tía vaya a hacerle un juicio a mi otra tía, y que dos hermanas se conviertan en enemigas por el maldito dinero. Me afecta que todo se base en dinero, que todo el puto mundo gire en torno a los billetes. Pero lo que más me jode es que a mí también me entre el miedo a no tenerlo, a no ser capaz de conseguirlo.
Así, tengo miedo a no conseguir un estúpido trabajo en el que pasar mis días y del que obtener un salario a fin de mes. Me afecta que las personas no me puedan ver más allá de mi capacidad para ganar un sueldo. Parece que eso es lo único valioso, lo único que realmente merece mención.
Y me entristezco, me incomodo y me entran ganas de desaparecer. ¿Qué sentido tiene esto?
Y más me duele juzgarme, ser duro conmigo mismo, reprocharme las preocupaciones y mi falta de fortaleza para resistir todo esto.
Me afecta no ser tan fuerte como creía. Me afectan las comparaciones y siempre perderlas.
Me afecta estar perdido y no tener respuestas. Me afecta haber visto la vida con claridad y que ahora todo sea borroso y confuso.
Me afecta estar mal conmigo mismo y que ese malestar se expanda a lo que me rodea, me molesta que en este momento tan solo irradie malestar.
No me siento cómodo donde estoy y ni siquiera encuentro comodidad bajo mi piel. No sé qué hacer, ni a dónde ir. Pero entonces miro, escucho y me pierdo, me pierdo de verdad, en este momento, con miles de formas y aromas y escucho, escucho. Escucho.
Estoy aquí. Nunca me he ido. Hay algo que siempre está.
Nunca es suficiente. Es una locura. Nunca basta con lo que hay, con lo que somos y lo que hacemos. No basta con despertar por la mañana, no basta con decir buenos días, no basta con desayunar y tal vez charlar acerca del clima cambiante. No basta con estar vivo hoy. Siempre hay que buscar un después, siempre hay que buscar un mañana, un siguiente paso. Y ese paso que darás después es siempre más importante que el que estás dando ahora. No importa que escriba, importa que publique y que se vea. No importa que respire, importa que produzca beneficios. No importa que el tobillo me duela, tan solo importa el día en que vuelva a correr con naturalidad.
No tiene ningún sentido. Y acabo de llegar al increíble estado de sudar de todo, ese estado en el que te das cuenta de que no eres nadie y que tu mente es minúscula, ese estado en el que tan solo existe esto, lo que está ocurriendo y que nada más importa.
Necesito un abrazo, un abrazo de mí mismo. Hacer las paces, acariciarme y observarme con comprensión. Darme un besito, revolverme el pelo y decirme que no hace falta esperar a que todo salga bien; todo ya es como tiene que ser. Sentir amor, hacia cada uno de mis músculos y articulaciones, dar las gracias a mi estómago e intestinos por hacer todo lo posible por digerir la comida de La Paz. Empezar por mí, o empezar por esas flores blancas del jardín, aprender de su inocencia e impregnarme del rocío que cubre sus hojas.
No hay ningún sito al que llegar. Tal vez, cuando mi tobillo vuelva a su tamaño normal, mis pies se desplacen hacia alguna parte y que en efecto, llegue a algún lugar. Pero no me refiero a un lugar físico, me refiero a que no hay cimas que alcanzar, cimas psicológicas, cimas de prestigio o lugares ficticios que en tu cabeza otorguen la tan ansiada seguridad.
No tengo nada que demostrar, a nadie, sobre todo a mí mismo. No tengo nada que defender, ni ningún motivo por el que luchar. No voy a luchar.

A tomar por culo todo. Empecemos de nuevo. Por primera vez.