lunes, 25 de julio de 2016

Querido Tío

Te escribí esto allá por el mes de mayo, pero por algún motivo este texto nunca salió de la carpeta de documentos del ordenador. En parte, si soy sincero, no te lo mostré antes por puro olvido. Simplemente lo escribí y no recordé que estaba ahí…
En fin, ahora está aquí y es para ti, para mí, y para todos, en realidad:

La vida sigue fluyendo bajo mis pies y entrando a mis pulmones con cada respiración.
Ahora mismo estoy en la casa de mi mamá, sentado en medio de la sala, escuchando el violín que toca Rodrigo.
Recuerdo cuando estábamos en Castellón, también en medio de una sala, hablando sobre mi mamá. Recuerdo cómo la definías y las anécdotas que contabas sobre ella. Antes todo esto que estoy viviendo era un esbozo de sueño, un lugar muy lejano. Y ahora estoy aquí. Y cada día me resulta difícil no sentirme agradecido y afortunado por poder estar aquí.
Mi relación con mi mamá ha sido un proceso de aclimatación, de paciencia y comprensión, por parte de ambos. Ha sido algo tremendamente bello conocerla y convivir con ella, una experiencia que los dos necesitábamos.
Es un regalo estar aquí, conocer a mis hermanos, comer con ellos, jugar con ellos, poder darles las buenas noches. Siento que la vida en sí es un gran regalo y que cuando tu mente está despejada y prestas atención, te das cuenta de la magia que exhala todo este mundo.
Y eso me hace recuerdo a ti, cuando contabas historias acerca de tu trabajo y describías todo lo que observabas cuando estabas atendiendo a los clientes. Veías gente de todo tipo, con diferentes actitudes, veías la playa, las olas y los atardeceres. Y quizás la palabra para describir lo que observabas no era “perfecto”, pero sí hermoso.
Eso me ocurrió el otro día cuando fui al centro de La Paz. Vi gentes y vi las miradas cansadas de algunas de ellas. En algunos había risa, en otros preocupación y en otros prisa. En la calle había basura, se escuchaban bocinazos y se olía a combustible quemado. Todo aquello no era perfecto, pero era bello sin lugar a dudas. Tan solo había que observar con atención y darte la oportunidad de no juzgarlo. Aquel día, también fui consciente de que el auténtico bienestar no llega de fuera, sino que está muy dentro de ti.
Y en ese bienestar está implícita la gratitud. Y por eso te escribo hoy, para decir gracias, aunque eso ya lo he hecho mil veces.
 Y es que, ¿Sabes qué tío?
A menudo, cuando estoy solo y cierro los ojos, te veo a ti. Te veo a ti, a Cathy y a todos los Castellonenses. Es algo muy real que me ocurre, que me vienen intensas ráfagas, como latidos, en los que siento que todas las personas están aquí mismo. Y en esos momentos, veo imágenes de ustedes y momentos que compartimos, instantes que se abren y se cierran como las pestañas, en los que se escuchan sonidos humanos, en los que veo paisajes y recorro senderos por el medio del bosque. En esos momentos realmente siento que estoy conectado con todo, que el mundo respira al unísono. Y me invade una profunda gratitud, hacia todo, hacia la comida que entra por tu boca y a toda la gente, plantas y otros seres vivos que hicieron posible que ese bocado se funda con tu saliva. Y sientes humildad, una tremenda humildad en la que te despojas de individualismos o delirios de grandeza, porque en todo tu ser vibra la belleza de la sencillez.
Y no sé, simplemente quería compartir eso contigo. Porque te quiero y porque sí. Porque Castellón es un refugio para mí, un lugar en el que he aprendido, de ustedes y de mí mismo.
Además, como seguramente te habrán comentado, a finales de agosto, Colleen y yo volvemos a España y tenemos muchas ganas de verlos y compartir con ustedes. Pero ese momento ya llegará cuando tenga que llegar. Y, la verdad, no tengo prisas porque llegue.
Ahora estoy aquí y estoy bien. Entonces, te preguntarás ¿Por qué he decidido volver a España?
Al principio, yo mismo lo cuestionaba y me creaba conflicto no tener una respuesta. Pero lo cierto es que no la hay. Simplemente era un impulso de mi corazón; el mismo que hace tiempo fue el responsable de traerme a Bolivia.
Quizás suene extraño, pero las grandes decisiones que he tomado en mi vida, no las he hecho con la cabeza, sino con esa vocecita interior, esa que no ha sido moldeada por la experiencia, esa que suena como un niño inocente sin ninguna clase de condicionamiento.
No tengo respuestas tío, y creo que tampoco las estoy buscando.  
Así, no sé por qué no te he escrito antes, ni por qué elegí hacerlo ahora. Pero así me ha brotado y me siento feliz haciéndolo.
Pero a pesar de haber estado casi un año sin vernos, no me siento lejos de ti, ni de nadie en realidad. Tal vez sea porque hablo de ustedes de manera frecuente o porque lo que vivimos juntos es parte de mi ser, no lo sé.
La verdad es que solo me siento alejado de los demás y separado de ellos, cuando estoy alejado de mí mismo, cuando me enredo en mi cabeza, preocupándome por el futuro o torturándome con el pasado.
Y ahora me acabo de acordar una cosa que Colleen me dice cada día al despertar, nada más abrir los ojitos, me mira y con una sonrisa de aun dormida dice:
“Hoy es un día completamente nuevo, lleno de posibilidades, nunca ha existido otro día igual en toda la historia de los días”.
¡Qué lindo! ¿No?
Veo que es sumamente cierto, y al escucharlo, me hace tomar conciencia de que este día, al igual que todos, es una hoja en blanco, vacía, donde cualquier cosa es posible.
Dicho esto, tan solo me gustaría desearte un hermoso día, que allá ya es primavera y seguro el clima ya te invita a darte unos bañitos en el mediterráneo.
Te mando un fuerte abrazo y nos vemos pronto!



sábado, 23 de julio de 2016

Vivir en el campo

¡Y finalmente ocurrió!
¡Trabajé y gané dinero!
Dediqué un continuo número de horas a realizar una tarea por la cual obtuve una compensación económica.
Ahora puedo decir con orgullo que ya no soy un zángano de la sociedad. Soy una persona productiva, trabajadora y responsable.
Pero, ¿Saben qué?
Todo esto es una ilusión. ¿Qué es real? ¿Qué es lo que importa? ¿Por qué hay tanto miedo?
¿Por qué no vivimos simplemente?
Durante dos semanas recogí frutos del bosque en una finca orgánica. Me pagaban 10 dólares por hora, y al principio tan solo recogía esos frutitos para obtener la mayor cantidad de billetes al final de la jornada.
La ambición es algo muy fuerte, un impulso que te mueve y te sacude. Yo quería más, pero en realidad no sabía por qué. ¿Para qué querer más?
Parece algo estúpido preguntarlo, porque todos quieren más; desde los que no tienen nada hasta los que supuestamente tienen todo. Pero, ¿Es que realmente alguien tiene algo?
¿Qué es nuestro? ¿Por qué queremos algo que sea nuestro? Algo que sea mío y solo mío.
Antes me sentía juzgado por no trabajar y no ganar dinero, me sentía un vago, alguien sin aspiraciones en la vida, una persona sin metas. Sentía que estaba viviendo una ilusión; viviendo gratis en este mundo, tan solo cocinando, comiendo, lavando platos, durmiendo y jugando básquet.
Pero ahora siento, y de verdad que lo siento, que todo lo demás es una ilusión. El dinero, las posesiones, el poder, la reputación, las leyes y normas sociales… Todas ellas existen, pero tan solo existen dentro de este enorme juego que nos hemos montado.
¿Y qué pasa si ya no quieres jugar?
¿Qué pasa si no quieres pagar impuestos y deudas? ¿Qué ocurre si no votas? ¿Si no te identificas con un país, una cultura o un apellido?
¿Qué pasa si dejas de buscar? ¿Si dejas de esperar?
No lo sé. Pero, si dejo de intentar ser un adulto, si dejo de esforzarme por ser Ariel Arguedas Fernandez, si dejo de luchar por mantenerme seguro, si dejo de tener miedo a convertirme en un vagabundo y dejo de pensar en cómo vivir, en todo lo que tengo que hacer y cumplir para seguir viviendo… Si dejo de hacer todo eso, siento que estoy vivo, solo cuando dejo de luchar por ser alguien, solo cuando dejo de intentar sobrevivir.
¿Qué pasa si dejas de luchar?
Todos me dicen –y yo me digo –que lo único que ocurre cuando dejas de luchar es que empiezas a morir. Pero tal vez sea necesario morir, porque esto que llamamos vida, para mí no tiene ningún sentido.
Lo que sí tiene sentido para mí, es amar, vivir, abrazar, reír, cultivar verduras y cultivar relaciones, plantar semillas, semillas de pepino y semillas de amistad. Tiene sentido parar de pensar y respirar, tranquilo, sin ningún sentimiento de deuda u obligación.
Y sí, también le veo sentido a trabajar. A limpiar las hierbas que rodean los cultivos, a regar las plantas, a picar verduras. Le veo sentido a la educación, a aprender. Le veo sentido al descubrimiento del mundo, a saber cómo utilizar un machete y un martillo. Le veo sentido a la creatividad, en cualquiera de sus formas.
Pero no le veo sentido a hacer algo para obtener otra cosa a cambio, ya sea dinero, aprobación o prestigio. Y no le veo sentido, porque para mí, es simplemente demasiado complicado.
Siento lo mismo cuando me fijo en los ingredientes de una lata de comida procesada y no entiendo ninguno de los ingredientes. ¿Por qué tiene que ser tan complicado?
Y quizás algunos sean buenos entendiendo cómo funciona este mundo, y se dediquen a estudiarlo e intentar buscar la manera en que pueden beneficiarse de éste. También sé que otros quieren entender cómo funcionan las cosas para explicárselas a los demás y hacer las cosas más justas.
Sé que mucha gente con muy buenas intenciones está muy metida y comprometida en el sistema que hemos creado. Pero yo, lo único que entiendo de este mundo y de este sistema, es que se basa en el miedo.
Yo siempre he tenido miedo, y siempre he encontrado una excusa para mantenerlo. Después de todo, ¿Quién está tan loco como para vivir sin miedo?
Hace casi una semana que tenía ganas de escribir todo esto, pero en mi cabeza lo visualizaba de manera diferente. Me imaginaba narrando todo lo que he experimentado, todas las cosas que he hecho y que he aprendido. Ya que siento que las últimas semanas han sido muy significativas para mí.
Estoy en una granja, con unas personitas llamadas Doug y Jo Ann. Con ellos he macheteado espinas, he movido rebaños de ovejas, he aprendido cómo hacer un buen pesto, he cosechado frambuesas y he compartido una mesa en la que se disfruta de la comida.
También, ha sido muy importante para mí recoger frutos y que me paguen por ello. Fue muy bueno observar la ambición en mí, verla y no juzgarla, ni juzgarme. Darme cuenta de que el dinero es tan solo dinero, que cuando lo tienes en tus manos es tan solo papel que utilizas para algunas cosas, pero que no es mío y que en realidad no es de nadie.
En el trabajo de los frutos, también aprendí acerca del valor de la comida, de la cantidad de tiempo y trabajo que requiere cultivar y cosechar los alimentos, pero sobre todo, también me he dado cuenta de lo distantes que estamos de lo que comemos. En realidad, veo que estamos muy distantes de cosas muy básicas que damos por sentadas, mientras estamos ocupados en nuestras vidas tan complicadas.
Al recoger esos frutos me di cuenta de la importancia de lo que yo estaba haciendo, y es que esos frutos iban a alimentar a otras personas. Daba igual que yo hiciera dinero o no, lo que de verdad importaba, era recolectar esos frutitos con amor y entusiasmo; algo que no podía hacer cuando mi mente tan solo estaba ocupada contando las horas que llevaba ahí y lo que me tenían que pagar cuando terminase.
El amor requiere una ausencia absoluta de egoísmo.
En estas semanas, esta es la primera vez que me he permitido no estar ocupado y escribir. Y siento que aunque he estado ocupado en cosas que me interesaban, sigue siendo necesario detenerte, parar y descansar.
En estas semanas he tenido tiempo para trabajar con amor y sin amor, y he notado la diferencia. El cuerpo se agota cuando no hay amor en lo que haces, la mente se aburre y el corazón se encarcela.
Y también veo que aunque ames lo que haces, cuando te fuerzas a hacerlo, cuando sigues un régimen o te ciñes a un horario, el amor se desvanece.
Lo he notado en mí, cuando el cuerpo me pedía una siesta y en lugar de eso, le daba trabajo. Los músculos no actúan igual, no se mueven con la misma fluidez, porque claro, los estás forzando.
También sentí una tremenda presión por demostrar a los demás y a mí mismo que puedo ser un trabajador duro, que soy una persona seria y responsable. Pero, ¿Para qué demostrar nada? ¿Qué es lo que tienes que demostrar?
En algunos momentos me sentí orgulloso de mí mismo y quería compartir ese orgullo. Pero ahora, no sé por qué, no siento orgullo de lo que hice. Tampoco siento vergüenza por tener un fajo de billetes en la cartera, ni me siento culpable por haber hecho cosas sin amor en algunos momentos.
Tan solo estoy aquí, una vez más, expresándome a través de unas palabras. Y no importa lo que ocurrió antes, no importa lo que yo hice o lo que tú hiciste. Tan solo importa que estamos aquí, en este momento, que estamos vivos, que todo es posible.

Al fin y al cabo, hay que estar muy loco para vivir con miedo.

sábado, 18 de junio de 2016

No se me ocurre título

¿Será que es posible?
¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
No lo sé, no lo sé y tal vez, dentro de un rato, a dormir.
Todo se ha roto, una vez más.
El porqué, el cómo y el cuándo realmente no importan. La cuestión es que por más que me esfuerce, no puedo ser lo que era antes.
Qué curioso, ¿Verdad? Esforzarse por ser lo que eras antes.
Eso es lo que he estado haciendo desde hace algún tiempo, rechazar por completo lo que soy ahora, queriendo volver al estado en el que antes me encontraba.
Tenía una imagen muy definida acerca de mí mismo.
Al carajo otra vez. ¿Por qué me cuesta tanto tan solo soltarme y escribir lo que de verdad quiero escribir?
Siempre empiezo con preámbulos, con dudas, con mesura, calculando y controlando.
Lo que quiero decir es que últimamente he estado hecho una puta mierda. Bueno, para ser honesto, eso tampoco es cierto.
Ahora me siento culpable por haber escrito dos palabrotas seguidas. Y pienso en mi mamá, en lo que podría decir ella si lee esto. Ya imagino su cara, la consternación en su rostro…
Pero eso son más imágenes. Esa es la imagen que tengo de ella, no ella.
Tenemos una imagen de todo, o al menos yo la tengo y no me deja vivir. No vemos el mundo por lo que es, siempre hago una interpretación de éste. Siempre tengo una opinión, un juicio acerca de todo. Y juzgar no me permite ser libre.
Por otra parte, tengo miedo a que todo acabe, tengo miedo a soltarme. Tengo miedo a soltar mis apegos, a dejar las cosas fluir por su propio curso. Quiero llevar las riendas de mi vida.
Sin embargo, la semana pasada estuve dos días en un establo. Allí pude ver muchos caballitos, y solo puedo decir que esas criaturas son majestuosas. Sus mandíbulas enormes, sus labios suaves, sus ojos como platos, envueltos en pestañas interminables. A menudo tengo visiones con esos animales, visiones en las que me siento uno de ellos, corriendo por alguna pradera, sintiendo la fuerza de la tierra en mis patas.
No obstante, los caballos que vi en el establo, estaban encerrados en celdas o en porciones cuadradas de pasto. Quizás estén bien alimentados y sanos. Tal vez esos caballos lleguen a vivir más tiempo que sus congéneres salvajes, tal vez esos caballos ni siquiera se cuestionen si son libres o no. Quizás, incluso la libertad no tenga nada que ver con vivir dentro de cuatro verjas. A lo mejor la libertad es algo mucho más profundo y puede que aquellos caballos lo sepan.
Sea como sea, en ese establo vi cuánto daño hace ponerle riendas a la vida. Esos caballos que para mí simbolizan libertad, quedaban completamente sometidos a la voluntad del que los monta.
Y siento que eso mismo estaba queriendo hacer con mi vida. Tal vez en esencia yo sea el caballo, mientras que el ego tan solo sea el jinete, ese ser que tan solo pretende controlar, dominar y poseer; y que encima tiene la desfachatez de creer que lo que hace es algo bueno.
¿Por qué solo entendemos la vida como una lucha contra esta? ¿Por qué queremos dominarla? ¿Imponernos sobre ella?
Y sí, me asusta vivir sin control. Me da miedo amarte y no tenerte. Pero más me asusta que tú si puedas hacerlo, porque entonces yo me siento obligado a hacer lo mismo.
Pero, ¿Sabes qué?
A lo que en realidad tenía más miedo de todo, era al simple hecho de reconocerlo. Tenía miedo a escribir lo que estoy escribiendo, sin filtros, sin pensar si es bonito o feo, correcto o incorrecto.
Y no, no tengo respuestas. Una vez más, no tengo ni idea de quién soy.
Ahora me doy cuenta de que las preguntas trascendentales de la vida solo son importantes como preguntas, no como una búsqueda de respuestas. Porque no hay respuestas. Tan solo hay preguntas y atención. Cuando pones toda tu atención a la pregunta, la pregunta misma abre un sendero de luz. Y no hace falta responder, porque en la pregunta está contenida la respuesta, una respuesta que no necesita ser manifestada, porque no forma parte del mundo de lo manifiesto; pero sin embargo lo crea.
Hay un lugar del que surge todo, un lugar que no se encuentra en ningún sitio. Hay algo profundo en esta vida, algo mágico que late como una melodía. Hay un corazón que palpita y que se para, a cada instante, con cada vida y cada muerte.
No tengo explicaciones. No sé por qué escribo o de dónde surgen las palabras. Pero disfruto hacerlo.
No sé qué pasará con el mundo, con la humanidad o conmigo mismo.
¿Para qué estoy aquí?
No hay otro sitio en donde estar, nunca lo hubo. Hace poco leí en un sitio que en realidad la elección no existe, que nunca ha existido y nunca lo hará. Al principio me impactó, me parecía muy crudo, pero ahora lo veo de manera diferente. Lo que hacemos es lo único que podemos hacer, todas esas alternativas que creemos habernos perdido, todos esos caminos que podríamos haber tomado, todas las posibilidades que podían haber surgido de ellos, todo eso, es tan solo un movimiento mental, no existe. La realidad es que los “Y si” y los “Si hubiera”, junto con los “Si hiciera” no existen.
Tan solo es una pérdida de energía contemplar los mundos alternativos creados con decisiones que no tomamos o que no estamos tomando.
Pero algo dentro de mí me dice que no entiendo lo que acabo de decir, y esta vez no lo entiendo a ningún nivel. Y tengo ganas de borrar lo escrito, porque me da vergüenza mostrar que hay contradicción en mí. Pero, ¿Y qué?
Una vez más, miedo. Miedo a que me juzguen, miedo a que la imagen que tengo de mí mismo se vea alterada. Y puede que todos tengan una imagen de mí, eso no lo puedo controlar.
Mañana juegan los Cavs y LeBron. Tengo muchas ganas de verlos.
Hay libertad cuando no hay riendas. La vida no va en una dirección en concreto, va en todas a la vez y a ninguna en concreto.

Hay que perderse, perderse del todo, sin miedo a no poder encontrarte. 

jueves, 16 de junio de 2016

¿Cuál es el sentido de todo esto?

En todas las historias que he disfrutado, la protagonista llega a un punto de inflexión en su vida, un momento de cambio, de realización y reflexión. Puede que sea un momento duro en su vida, un momento de sufrimiento y aceptación del que surge algo nuevo, un momento en el que se encuentra a sí mismo y a partir de entonces empiezan a vivir de verdad, teniendo claro cuál es el propósito de su existencia.
Yo creí haber tenido ese punto de inflexión. Yo creí haber descubierto el significado de la vida y que lo único que quedaba por hacer era vivirla. Creí que después de haberme parado en seco y empezado a vivir con el corazón, todo lo demás vendría solo.
Y sí, todo lo que ha llegado, ha llegado solo, sin esfuerzo alguno. Así empezó todo, sin esfuerzos ni sacrificios. Así fui a Bolivia, con una intención y sin expectativas. Y allí viví, conocí y aprendí. Allí abracé, comí y anduve. Respiré con dificultad, reí, observé y dormí.
Pero Bolivia ya no está aquí, o mejor dicho, yo ya no estoy en Bolivia. Y ocurre que Bolivia era mi gran sueño. Después de Bolivia no había plan, no tengo plan, ni objetivos.
Siento que he vivido mucho. Tanto, que a veces me siento como un abuelito, uno cansado y agradecido por todo lo que ha visto y oído. Pero luego me paro por un segundo y me pregunto: ¿Y ahora qué? ¿A dónde voy? ¿Qué hago ahora?
Y me veo aquí, en un lugar desconocido, rodeado de gente con la que no tengo demasiada afinidad. Y esta vez no hay sueños en mi interior, no hay deseos que me impulsen hacia el futuro.
Entonces vuelve esa sensación de que ya he vivido suficiente, que estoy listo para irme al otro barrio. Y luego me siento mal por pensar eso, por no estar agradecido.
Y no sé, veo a la gente de aquí, con sus ocupaciones y sus vidas eficientes, y sin ánimo de crítica, veo esa existencia tan vacía. Veo tanta prisa por llegar a ninguna parte, por ser alguien, por labrarte un nombre.
Y yo mismo busco eso de algún modo. Por eso siento ese vacío en mi interior, porque estoy buscando algo ahí fuera que le dé sentido a la existencia.
Mas no lo hay. No hay nada ahí fuera que te vaya a dar paz.
Entonces surge la pregunta: ¿Qué sentido tiene todo esto?
No estás aquí para agradar, ni impresionar. No estás aquí para hacer el bien, ni para influenciar en los demás. No estás aquí por ningún motivo en concreto.
No estás aquí para fingir, hablar y juzgar. No estás aquí porque seas mejor o peor que nadie. No estás aquí porque te lo mereces, ni porque hayas tenido suerte. No estás aquí de paso, ni en un punto intermedio. No estás aquí esperando a que llegue algo mejor. No estás aquí por los demás.
Estás aquí porque este es el único lugar que existe. Aquí y ahora es todo cuanto hay. Estás aquí para ser tú mismo. Estás aquí para relacionarte con la vida. Y lo quieras o no, esa relación siempre existe. No puedes separarte de la vida, no puedes creerte aislado de nadie.
Eso es algo que la gente no entiende. Da igual que construyas fronteras, que dividas el mundo en países, castas y religiones; no puedes estar separado de ningún otro ser humano ni de ninguna forma de vida. La vida es una sola, manifestándose en infinitas formas. Pero la forma no es la esencia, y la esencia es única.
¿Quién habla ahora?
Nadie. Sale solo. Sale de la fuente.
¿Qué sentido tiene todo esto?
La vida solo tiene sentido cuando dejas de buscárselo. Cuando te rindes al hecho de que la mente no puede hallar ninguna respuesta, porque no la hay. ¿Y qué hago con este hecho?
Olvídalo. Olvidar es la única manera de aprender. En el intento de recordar te acabas encerrando en un concepto.
Pero la mente necesita un motivo para seguir operando, para seguir luchando y buscando. Vivimos controlados por la mente. Somos la mente. Pero, ¿Sólo somos eso? ¿O somos algo más?
¿Existe algo más aparte de esa mente, de esa imagen de nosotros mismos? ¿Hay algo más profundo? ¿Algo esencial? ¿Algo que no esté en lucha constante con todo? ¿Algo que esté más allá de las limitaciones del pensamiento?
No estoy divagando. Estoy cuestionando.
Hay vida en ti Ariel. Ríndete a ella. Ríndete, suelta los hombros, respira tranquilo. Hay tiempo. Hay tiempo para todo y tienes todo lo que necesitas. Da igual dónde estés. Eso no importa. Da igual lo que te rodea, ya sean personas, árboles o edificios. Tan solo observa y escucha. No te fuerces a hablar, ni tampoco te reprimas cuando quieras decir algo. Eres libre. Eres un niño. Todos son niños, por más que se quieran hacer los serios y profesionales. Por dentro, todos somos niños, aunque a veces nos encarcelemos a nosotros mismos dentro de la piel de un adulto. Así que juega. Tu cuerpo está diseñado para eso, para jugar, para expresarse y sudar. Pero sobre todo, no te agarres a nada. Aferrarte es asfixiar, tanto a lo que te aferras como a ti mismo. Eres libre, pero solo puedes serlo cuando dejas a los demás expresarse en libertad.
Escribe cuando tengas ganas y hazlo con sinceridad. No hagas nada que no sea honesto. En el engaño, en cualquiera de sus formas es donde empieza el conflicto. El mundo entero está a tu disposición y tú estás a disposición del mundo.
No esperes al momento adecuado y no tengas miedo de empeorar. No puedes empeorar o mejorar, tan solo aprender.
Y ahora, olvídate de todo esto. Deja que estas palabras se queden en esta hoja. No te fuerces a recordarlas y no las conviertas en un dogma. Y es que estas palabras no son tuyas, por tanto no podrás poseerlas, así como no puedes poseer nada. Las palabras vienen solas cuando conectas contigo.
Planta semillas, riega las plantas, abraza los árboles, pero no esperes sus frutos. No obstante, si salen, no dudes en recogerlos y disfrutarlos, tan solo cómelos y luego cágalos.





viernes, 13 de mayo de 2016

El fabricante de tornillos maleables

Había una vez un ser vivo, de forma definida y con un alma abstracta. La criatura no tenía por qués, ni cómos, ni cuándos, ni dóndes. Ese ser tan solo vivía y se había materializado con el aspecto que tenía para vivir las experiencias que necesitaba experimentar.
Su forma definida y su esencia abstracta no entraban en conflicto, pues la materia no limitaba a lo eterno y el pensamiento no pretendía encarcelar dentro de sí mismo a lo ilimitado.
La criatura jugaba descalza y creaba tornillos maleables que encajaban y desencajaban con facilidad. Esos tornillos hacían posible que los edificios y demás construcciones cambien de forma de manera constante y que se hagan grandes o pequeñitos según las necesidades de sus ocupantes.
Y es que en el lugar donde habitaba este ser, nadie deseaba más de lo que necesitaba. Incluso, podría decir que nadie deseaba nada en absoluto, pues ni si quiera se planteaban una realidad en la que no existiera todo cuanto precisaban. Por eso, esos tornillos mágicos (por así llamarlos), hacían posible hacer más grandes los hogares cuando llegaban forasteros y necesitaban un lugar cálido en el que soñar y dormir.
Los habitantes del sitio no tenían sentido de propiedad, porque tampoco tenían sentido de identidad. Sabían que la forma no delimitaba lo que eran y vivían para vivir. Y en ese vivir, hacían el bien, sin quererlo y sin saberlo, por supuesto.
Tampoco había diferencia entre niños y adultos, pues todos reían y disfrutaban de trepar árboles para recolectar frutas juntos. ¿Y cómo era posible eso?
Era posible porque nadie se cuestionaba si era posible.
Allí todos aprendían. La vida era un aprendizaje tan vasto y diverso, que no hacía falta universidades para separar a los que estudian de los que no. Tampoco había abogados, pues no se necesitaba leyes para regir a la población ni decirle cómo debía comportarse. ¿Y cómo sabían cómo comportarse?
Porque nadie tenía una noción de lo que era comportarse bien o comportarse mal. Y como no conocían esta diferencia, tampoco tenían miedo al castigo por un mal comportamiento, ni buscaban la recompensa que sigue a la buena conducta.
No existían premios o castigos. Había tan solo, lo que ellos llamaban, una interacción de acciones. Lo que tú hacías, estaba intrínsecamente relacionado con lo que hacían los demás.
Tampoco existían presidentes o gobernantes, porque a nadie se le ocurría la necesidad de que alguien los representase.
En aquel sitio el pasto crecía verde en primavera y se amarilleaba sin pena al llegar el otoño. Las hojas caían sin remordimiento y la vida se entregaba a la muerte con los brazos abiertos.
Allí los seres vivos no buscaban un propósito y no nacían con ese sabor de estar incompletos. No buscaban respuestas que los hiciesen felices, ni pretendían convertirse en algo que todavía no eran. No conocían la palabra felicidad, pero vivían con alegría. Y estaban alegres porque no tenían ambición.
No ambicionaban éxito propio o fracaso ajeno, no ambicionaban una vida mejor, porque la vida era inmejorable. Sus motivos para reír o disfrutar, no se encontraban en lo que conseguirían al día siguiente o en lo que habían logrado el anterior. Reían con el silencio y al ver una rama mecerse con el viento, pues comprendían la belleza de la poesía en movimiento.
No buscaban impresionar ni alabar. Respiraban y sudaban (los que tenían poros para hacerlo).
Bailaban, desnudos, revolcándose por la arena, raspándose la piel y las escamas. Volaban cuando tenían alas y se arrastraban cuando les faltaban extremidades. No existían los días de la semana, pero eso sí, cuando la luna de su mundo se ponía grande, todos salían a disfrutar de la luz nocturna y tocaban instrumentos de viento que sonaban como las brisas del oeste. También había unos artesanos que construían tambores invisibles, que hacían vibrar la tierra con cada movimiento de baqueta. Todo vibraba en aquel lugar; desde los cuerpos a los órganos, pasando por la vegetación y el agua. Y es que la vibración es la chispa vital, un movimiento que surge de la nada para volverse a fundir en ésta, un fenómeno que sacude el universo, un grito que llena el aire para después ofrecerle un precioso silencio.
¡Ah! Estos seres eran muy silenciosos. Los que tenían pies, caminaban con sigilo. Los que recibieron pezuñas o patas grandes y pesadas, aunque hacían temblar el suelo que pisaban, no rompían la armonía de lo natural. Todas las criaturas se comunicaban en perfecta sincronía unas con otras, sin importar sus rasgos físicos o la supuesta especie a la que pertenecían. Algunos de los seres vivos habían desarrollado cuerdas vocales y lenguas escurridizas que les permitían expresar sonidos complejos. Aquello sin embargo, no era una cualidad de superioridad sobre los otros seres, tan solo una característica corporal que estaba a su disposición mientras habitaran aquel cuerpo.
No había seres mejores o más avanzados que otros. Nadie aspiraba a ser mejor que otro. No había luchas ni competencias. Todos eran lo que eran sin resistencia alguna. En otras palabras, se permitían ser ellos mismos, con total inocencia, con absoluta vulnerabilidad.
Mas todas aquellas criaturas vivientes sabían que había lugares en los que la vida no fluía del mismo modo. Sentían –y no como algo lejano –que había sitios en los que la vida se encontraba atascada en la materia, identificada en la forma. Pero no se preocupaban por el sufrimiento, no intentaban erradicarlo ni modificarlo de ninguna manera. Tan solo lo abrazaban, al igual que abrazaban a un árbol milenario de tronco rechoncho. Abrazaban el conflicto, el dolor y el miedo que provoca el egoísmo, y lo hacían como quien abraza a un anciano enfermo, cuyo irrevocable destino es la muerte.
Después de todo, no hay lugar para el egoísmo en la tierra sagrada. ¿Y cuál es la tierra sagrada?
Esta misma, la que estas pisando. Solo que el ego es demasiado pequeño y limitado como para percibirlo. Por eso el ego nace con un impulso de lucha y se mantiene vivo mientras se resiste a aceptar su pequeñez y limitación. Así, la liberación tiene lugar cuando hay una rendición total y completa, cuando dejas de luchar por tu permanencia como individuo. Es como saltar a lo desconocido, literalmente. Solo que ese desconocido en realidad somos nosotros mismos, nuestra auténtica esencia, nuestro verdadero hogar.

Y allí, en esas tierras vive la criatura que construye tornillos maleables que se ajustan y desajustan a su antojo, ayudando a la creación de edificios grandes y pequeñitos. Y ese lugar, ese en el que se camina descalzo y donde se toca tambores invisibles, es aquí mismo.


lunes, 2 de mayo de 2016

Cultura del físico

Ya desde niño dibujaba zambardos con músculos gigantescos. ¿Por qué importa tanto cómo luce el cuerpo?
En el barrio en el que estoy, hay al menos dos centros de depilación y otro par de salones de belleza por calle. En esos sitios salen mujeres aceitosas, sensuales y más flacas que un palo anémico. En cambio, los hombres que protagonizan los anuncios parecen espartanos mastodontes.
Y yo sufro. Sufro en ocasiones cuando me miro al espejo y veo un pecho peludo y a pesar de todas las flexiones que he hecho en mi vida, relativamente plano.
Si enduro el vientre, se me marcan entre la capita de grasa unos cuantos abdominales, pero desde luego no los suficientes como para presumir de ellos. Mis piernas son flacas y mis tobillos un tanto débiles.
En cambio, de lo que en ocasiones me siento orgulloso, es de mi espalda, que cuando meto aire a mis  pulmones se hincha y me da un aspecto de cobra, cuando extienden esas cosas que tienen alrededor de su cuello. Eso, por algún motivo, me hace sentir bien.
También me gustan mis dientes y que la mayoría estén rectitos. En cambio, no me gusta que sean pequeñitos y que tenga que usar una placa para evitar que se desgasten por las noches.
Siguiendo con la descripción de mi cuerpo, mi nariz es protuberante y torcidita, algunos incluso me han dicho que tengo un machete en medio de la cara. Luego tenemos los ojos, y en general suelen gustar, cuando se los mira con detenimiento, ya que así se puede apreciar sus diferentes tonalidades y las pestañas que los adornan.
A mí, de manera particular, me gustan mis brazos, sobre todo después de hacer ejercicio y cuando se me brotan las venitas de los hombros y los antebrazos. Toda la gente hipermazada tiene esas venitas brotadas, acompañando a sus músculos de toraco.
¡Ah! Y luego está mi pelo, con el que tengo una relación conflictiva. Y es que me gusta tener el pelo largo, pero también resulta que tengo poco y cada vez que se me cae uno, es un drama tremendo.
Y todas esas descripciones que he hecho las he sacado de lo que miro en el espejo y de lo que otras personas han opinado sobre mí.
Primero, en cuanto al espejo, no sé, es muy curioso lo que hacen los espejos. A veces, según la iluminación que haya o el momento del día, mirarme en el espejo es una gloria, y me siento hermoso, atractivo y fuerte; mientras que en otras ocasiones me siento un pedazo de mierda aplastada. Me veo calvo, con mollas en las caderas, una nariz de elefante, más peludo que un zorro ártico y con la guinda de algún granito coronando mi frente.
Y durante casi toda mi vida he intentado camuflar esas cosas que no me gustaban de mi cuerpo y resaltar los aspectos que a mí me parecían atractivos.
Y no sé, este es un tema del que me costaba hablar. Porque no es bonito admitir que te sientes tan identificado con tu cuerpo y que tienes tantas inseguridades acerca de éste. Es algo de lo que no se habla (o al menos de lo que yo no hablaba).
Yo quería mostrarme como una persona despreocupada por su aspecto, un  tipo seguro de sí mismo, pero a la vez sano, atlético y por qué no, atractivo. Pero, no sé, son tantas cosas de las que preocuparse, por las que ocuparse, tanto esfuerzo por mostrar algo a los demás, por intentar convencerlos, pero sobre todo, de convencerte a ti mismo de todas esas tonterías.
Y provoca sufrimiento querer ser algo que no eres, desear un cuerpo que no tienes. Pero así es el mundo en el que vivimos. El cuerpo es tu presentación y yo quería estar presentable, o incluso, destacable.
Es otro deseo más del ego. Destacar. Destacar por tu aspecto, por tu inteligencia o tu carisma, pero diferenciarte al fin y al cabo.
Pero en este momento digo: ¡A tomar por saco! Renacuajos en almíbar. Queso rallado con fideo. Leche de culebra malparida con tomates disecados a punto de explotar.
No tiene sentido. Todos mis problemas empiezan cuando quiero ser algo más, cuando ambiciono, cuando quiero ser mejor que otro, cuando quiero labrarme un nombre, cuando proyecto, cuando me amarro al pasado, cuando actúo condicionado, cuando me identifico, con cualquier cosa, da igual que sea el cuerpo, la mente o un país. Identificarte es encarcelarte.
Por eso, la libertada va desnuda. Y así quiero ir yo, en pelotas, corriendo por un río, salpicándome la piel sin pudor alguno.
Y así me siento feliz. Es algo que siempre he sabido. Desde que tengo memoria. Cuando he soltado mis miedos, cuando me he dejado ser, he disfrutado, he sentido y he llorado. Cuando he perdido la vergüenza y me he olvidado del orgullo. Cuando no quise ser nada más que yo mismo. Esa es mi esencia y siempre lo he sabido, aunque a veces me obligué a intentar olvidarlo. Pero no puedes olvidar de dónde vienes, no puedes olvidarte de quién eres.
Y cuando estoy así, que ahora lo estoy, veo mis deditos y me encantan, moviéndose ligeros por el teclado. Me salen lágrimas y sonrisas. Veo mis pies y mis tobillos huesudos. Qué belleza hay en el cuerpo, sea como sea. Y se empieza por ahí, queriéndolo. Acariciándote, mimándote, dándote besitos y haciendo bailes en honor a la vida.
No sé si soy guapo, feo, flaco o gordo. Tal vez algún día me quede calvo, o mi barriga crezca. Da igual. Da igual. Ahora tan solo escribo y vivo. Y no sé cómo terminar este texto, pero creo que ya está todo dicho.
Tan solo se me ocurre decirte, quien quiera que seas, que si en algún momento tú también has sentido rechazo o cierta inseguridad con tu cuerpo, el primer y único paso es amarte. Porque si amas el cuerpecito que te permite experimentar este mundo, sabrás qué hacer para que funcione bien. Cuando hay amor, la comida no se mide en nutrientes, sino en suspiros de sabor; el ejercicio se torna en danza. Los espejos dejan de reflejar lo que eres, porque lo que eres no se ve en un ordinario trozo de cristal (o cualquiera que sea el material por el que están compuestos los espejos). Cuando hay amor no hay necesidad de impresionar a nadie, porque no hace falta, porque en ti ya está todo, así que no necesitas que alguien te diga lo bien que te ves. Pero si alguien te lo dice, das las gracias y cuando alguien te dice que tu fealdad es mayor que la de los orcos, también lo agradeces, porque la belleza nunca fue la apariencia, sino más bien la esencia. Así pues, todo empieza y termina con el amor, no hay más vueltas que darle ni más cuentos que contarte.

Nada más, me gustaría terminar esta historia dos palabras que  leí en cierta ocasión en una nevera: Nos Amo.


domingo, 24 de abril de 2016

Verde, Blanco y Verde

Me siento vacío y lleno, con ganas de llorar y reír, recordar y olvidar. Después de despedirnos, después de ese abrazo, se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Pasaron por mi mente los diez años sin vernos, pasó la distancia que se deshizo, pasaron todos los momentos juntos, desde que correteábamos siendo renacuajos por el patio de Mamá Agarita, hasta que corríamos como salvajes condenados por las playas del río Wendá. Todo era un continuo, sin separación ni distancia, esos momentos eran pasados, pero seguían vivos, latiendo fuerte dentro de mí.
Y si te soy sincero, me entró miedo, me dio miedo de que ese continuo, ese conjunto de elementos vitales, de vida misma, se deshiciera, que se fuera y se perdiera. Tenía miedo y quizás todavía lo tenga, de no volverte a ver, de tener que esperar tanto para volver a sentir lo que sentimos. Y no sé, hay personas en la vida con las que conectas de una manera espontánea, con las que todo es fácil, o al menos, es fácil ser tú mismo.
Así me sentí en todo este tiempo en Santa Cruz, libre de ser yo mismo. Y claro, sé que eso no depende de ti ni de nadie, pero creo que influye la atmósfera que te rodea….
Y no sé, realmente ni siquiera quiero hablar de eso. No sé, quería agradecerte y escribir algo bonito, pero ahora estoy escribiendo como hablo, sin venas poéticas ni adornos literarios.
Ahora me siento feliz estando con mis hermanos. Ayer estábamos todos juntos, hablando, compartiendo anécdotas, siendo exagerados y dramáticos, riendo y masticando y escupiendo pepitas de mandarinas.
Esta mañana leí un capítulo de mi libro de Krinhamurti y me llegó. El capítulo hablaba de la verdadera vocación del ser humano, y leer eso, comprenderlo y prestar atención a lo que ocurre en mí mismo me hizo sentir en paz. Paz que quizás todavía sienta, aunque te extrañe, aunque en mi corazón haya un huequito por ver a mamá Agarita llorar, sentada en su sillita, diciéndonos que vayamos con Dios y que nos quiere mucho.
Hay tanto agradecimiento en mi corazón, tanta vida en mi piel, tanto por compartir, expresar y crear. Es mágica la vida, es mágica y me siento pequeño y grande. Y no sé, hacia ti tan solo siento amor. Es increíble que lo único que queda, cuando dejas ir todo lo demás, cuando dejas ir los conflictos, las ataduras y los condicionamientos, uno se olvida de todo, del rostro, del color de los ojos y de las manías y peculiaridades, porque lo único que permanece, latiendo con fuerza, apagándose y renovándose en cada instante es el amor.
Y ese amor se manifiesta de mil diversas formas. Por ejemplo, al salir de Santa Cruz vi uno de esos anuncios de Coca Cola, esos enormes carteles adorando las avenidas. Y por primera vez no sentí rechazo hacia esa marca, ni ese líquido negro; porque en ese anuncio, aunque fuera de Coca Cola, vi arte, te vi a ti, con tu camarita y tu tripodio, hablando de luz, contraste, saturación, enfoque y otras webadas que no entiendo, pero que aun sin comprenderlas, ahora me apasionan. Así es el amor y eso es lo que provoca, dejar de juzgar y ponerte a observar, con ojos libres, que no buscan llegar a conclusiones ni obtener resultados.
Y ahora recuerdo esa noche en la que hablábamos de nuestro viaje a Samaipata y me dijiste que te sentías feliz y lleno de esperanza.
También me ha venido a la cabeza una vez más el texto de Krisnamurthi y una frase en la que decía que la vida solo existe en relación. Me llama la atención porque él también dice que la libertad solo está en la auténtica soledad. Contradictorio, ¿Verdad?
Puede parecerlo, pero como te dije una vez, siento que es inevitable que el lenguaje se torne paradójico, porque la palabra no es la cosa, lo escrito es la superficie, la manifestación de la esencia, de lo profundo. Por eso, creo que hay que ir más allá de las palabras, sumergirse más profundo. No quedarnos con las apariencias, con ninguna; y las conclusiones son apariencias, capas de cemento que esculpimos para no seguir avanzando y descubriendo.
También, ahora siento que el frejol con arroz es la comida más deliciosa que he probado nunca. Porque es sencillo. Es sencillo andar y correr. Es sencillo inventar historias y jugar con Tiana; aunque otra cosa es cuando Trimbofnia (o como se escriba) aparece en escena. Es sencillo comer hasta que la pancita esté contenta y luego dormir una siesta.
Esa última tarde en Santa Cruz, cuando tu mamá tocó la bocina del jeep y ondeaste los brazos; no sé si lo viste, pero yo hice lo mismo y también me golpeé el pecho, no por hacerme el mono, sino porque todo lo que sentía estaba ahí, latiendo en mi pecho. Con ese gesto quería transmitirte todo lo que me ardía por dentro, y no tenía otra manera de expresarlo.
Después de eso, cuando te perdimos en la distancia, mi vista se perdió en las tres banderas cruceñas que ondeaban en la terminal. Verde, blanco y verde. Y el cielo azul, basura en el suelo, vendedores ambulantes poniendo la música al ambiente tratando de convencerte para que les compres cuñapés. Era una escena hermosa e irrepetible.
Hay esperanza primo, y no me refiero a la esperanza de refugiarse en una espera. Hablo de la esperanza que hay en el alma, esa vocecita que nos dice que las cosas saldrán bien, que incluso, en este momento ya lo están.
Sé que te gustaría ver una apocalipsis zombie para que el ser humano cambie y deje hacer el imbécil por el mundo. Pero no sé, tal vez no sea necesario, quizás solo haga falta soltar unas buenas carcajadas, cortar cebolla, picar pimentón, triturar ajo y freírlo todo en un rico ahogadito. Tal vez el mayor regalo que le podemos ofrecer al universo es ser nosotros mismos, con total sinceridad y espontaneidad; no negar nuestros tropiezos y conflictos, tampoco idealizar la perfección. Porque tal vez lo perfecto no esté después de la vida, sino en el traqueteo de unos bambús, meciéndose con el viento de Arubai.
Una vez me dijiste que hay que compartir con los demás lo que uno lleva dentro –o al menos eso creí escuchar yo –pero quizás lo verdaderamente importante sea compartirlo contigo mismo. Esa, creo yo, es la verdadera valentía, ser honesto contigo mismo, compartir contigo, expresarte en libertad contigo; porque al hacer eso ya lo estás compartiendo con todos los demás. Es como los campos mórficos esos que decía el gaucho de la reunión de la escuela. Todo está relacionado, todo es una sola cosa. Somos hojas de un mismo árbol, réplicas del universo entero en miniatura, gotas que contienen al océano… Se puede decir de muchas maneras y creo que todos hemos sentido eso de que lo que hacemos está interconectado con el todo. Y no hay que ser un experto en física cuántica para darse cuenta de ello, tan solo tirarse un pedo y ver cómo afecta eso a todo lo que te rodea.
“Hoy es un buen día para morir” dijiste al regresar de Arubai esa última vez. Y esa es la sensación que te dejan los días que se han vivido de verdad, que estás listo para morir, para que todo acabe, porque no hay cosas de las que arrepentirse, porque lo has dado todo y no te has reservado nada. Así me sentía cuando dejé la ciudad en la que nací, observando un atardecer nublado desde el autobús. Me sentía listo para morir. Pero también me daba miedo que todo acabe, porque, ¿Qué pasaría después?
Y ahora me doy cuenta de que lo único que puede ocurrir cuando mueres, es volver a nacer. Lo único que puede venir después de la noche, es el día. Después del invierno, la primavera. Una vez más suena paradójico, pero no son las palabras lo que importan, sino lo que hay detrás.
Y hay que morir, es necesario. Y no una vez, no de viejo, ni atropellado o devorado por un caimán; hay que morir cada día, con cada experiencia, para volver a nacer, para vivir lo que está ocurriendo como algo nuevo.
No sé cuándo nos volveremos a ver. Y cualquier cosa que diga para encontrar una respuesta confortable, a la vez que realista y esperanzadora, no hará otra cosa que dividirme por dentro y hacerme sentir en lucha y conflicto.
La verdad es que no sé. No sé lo que va a pasar, ni lo que haré, ni lo que tú vas a almorzar hoy, aunque hay altas probabilidades de que sea un frejol con arroz. La incertidumbre desconcierta, inquieta y preocupa, pero solo cuando quieres buscar seguridad en el futuro, y eso, veo yo que no existe.
Lo que sí sé, es que hay vida en ti y en mí. Sé que aprendemos, juntos, de nosotros, de la vida, de los caminos con espinas y de las quebradas anchas. Aprendemos al dormir y al andar, al dejar huellas y al borrarlas con la corriente del tiempo. Sé que te quiero y que este es el mejor día que ha existido para vivir. Sé que hay cargas por soltar y muchas más bromas por contar. Sé que hay mucho por escuchar, abrazos por dar y cielos por admirar. Sé que no nos necesitamos para ser felices, pero sé que saber que existes me hace feliz, o más que hacerme feliz, tu existencia es felicidad. Y lo mismo podría decir de Colleen, de mi mamá, de mi papá, de Ginóbili, de un manechi, de una orquídea, de tu gato muerde dedos y de las cascadas de Cuevas. La existencia de la vida es dicha pura, la simple existencia y ser parte de ella. Solo hay que reconocerla y reconocerte a ti mismo en ella, en ese fluir infinito.
Eres un niño grandote, que suda como chancho y saca fotos asombrosas. Eres una personita viva, con un corazón que late y un hígado que sufre de vez en cuando. Así pues, jrocotombea, zambardea y lorcea. Engulle y juega. Vive y bromea.
Y tal vez no sepamos cuando será la próxima vez que nos volvamos a juntar para hacer de las nuestras, pero sea cuando sea ese momento, es genial.
Y no me he equivocado al decir “Es” en lugar de “será”.