martes, 18 de octubre de 2016

Cuando te conocí

El mundo se regocijaba en sí mismo. Las mariposas estiraban sus trompas y las flores se abrían, disfrutando del cosquilleo. Las mañanas les cantaban a los atardeceres y las estrellas reían, todas ellas, sin hacer el más mínimo ruido. Las moscas cosquilleaban las piernas peludas y los aguacates maduraban al sol de mediodía.
Había árboles altos por aquella entonces, árboles de mango que extendían sus ramas generosas, brindando su dulce fruto a cualquier viandante.
También había muchos viandantes, y aunque parezca mentira, todos tenían tiempo, o mejor dicho, no vivían con tiempo. Ni siquiera sé por qué les digo viandantes, cuando en realidad eran tan solo andantes. Ellos andaban y se paraban, con la barriguita siempre dispuesta a engullir un mango más.
No sé cuánto me cambió el viaje, o si tan si quiera el viaje me cambió. Tal vez fui yo el que cambié sin necesidad de moverme, o quizás no haya cambiado en absoluto. Habría que cuestionar incluso si yo existo.
Recuerdo el día que te conocí, tan solo pensarlo me hace sonreír. Tú dormías, como un bebé, roncando como un cocodrilo hambriento; yo quería despertarte, mas mi intención no era asustarte. Eras una criatura tan pequeña, te veías tan frágil e inocente.
Te vi crecer, expandirte y fundirte con los ríos. Te vi ser roca, madera y tierra.
Recuerdo cuando tu boca quemaste con café ardiente, y cuando en tu primer otoño se te amarillearon las hojas. Recuerdo la primera ola que formaste y también tu primer vuelo, cómo olvidarlo, sobrevolando aquel lago, salpicándote las patas y luego fundiéndote con un cielo rosado.
Recuerdo las lágrimas de elefante, el comercio de especias en el mercado y los garbanzos cocidos con zapallo.
Un día desperté y tenía cuatro hermanos. Luego volví a abrir los ojos y resulta que en realidad no tengo nada. No te tengo ni a ti vida, ni siquiera a ti, pues tú te tienes sola. Y tanto tiempo he pasado creyendo que era yo el que te observaba, tantos recuerdos en los que creía que tú estabas allí fuera, manifestándote con tus mil formas. Y al final resulta que yo no existía y que al único que observaba era a mí mismo.
¡Qué complicado se antoja con palabras!
El lenguaje enreda y parece que pone trampas. Y si lo que quisiera decir, lo dijera solo con palabras, entonces lo escrito no tendría ningún sentido.
La palabra es la forma, pero en la misma forma está la esencia. La raíz profunda de los árboles, se manifiesta en la punta de sus hojas. La inmensidad del océano cobra forma en la última ola que se quiebra, ya sobre la playa, ante los pies descalzos de un recién nacido.

Recién nacido, así eras tú cuando te conocí. Y ahora lo eres otra vez. Porque todo lo que muere, vuelve a nacer.

domingo, 21 de agosto de 2016

La cucaracha Magda

Hola, soy Magda. Me encantan los tomates, sobre todo los podridos, esos bien jugositos y oscuros. ¡Mmm qué rico!
Lamentablemente, hace décadas que no veo un solo tomate. Desde que los humanos se extinguieron, nadie en este mundo volvió a cultivar tomates.
¡Esos humanos! Todos los demás están muy contentos de que ya no existan, en especial las otras cucarachas. ¡Ah, olvidé decirlo! Yo también soy una cucaracha.
Bueno, la cuestión es que las demás están muy felices sin los humanos. Y yo las entiendo, esos dos patas larguiruchas nos odiaban a muerte, y la mayoría de mis congéneres nunca entendió por qué.
-Vivíamos en sus casas y comíamos su comida –yo intentaba hacerles entender. Y bien sabido es que los humanos hacían lo que sea por defender lo que creían suyo. Aunque bueno, fue esa actitud la que los llevó a la guerra y luego a su extinción.
Había muchas cosas que no entendía de los humanos, como que siempre quisieran matarnos, incluso a mí. Y eso que yo procuraba ser muy respetuosa cuando estaba en sus casas. Pero aun así, aunque yo tan solo estuviera tomando una siesta en su cocina, nada más verme, ellos sacaban sus esprays, sus cucharelas y cuclillos aflilados para matarme. Aunque el arma más temida por todas las cucarachas, eran sus enormes pies, los mayores asesinos de cucarachas.
Pero los humanos cultivaban tomates. Siempre admiré eso de ellos. Podían ser violentos, egoístas y un poco tontos, pero sus tomates… ¡Qué delicia! ¡Qué nostalgia! ¡Lo que daría por volver a ver ese color rojo! ¡Esa piel suave! ¡Ese aroma dulce! ¡Esa pulpa suave y ese particular toque ácido!
Pero después de la gran explosión, los tomates desaparecieron junto con los humanos. Nosotras, en cambio, nos hicimos más grandes y más fuertes, aunque no necesariamente más inteligentes. Bueno, ahora las cucarachas sabemos leer y escribir, hay cucarauniversidades y escuelachas. Y ahora, mis congéneres ya no viven en huequitos húmedos y oscuros, o bueno, sí que lo hacen, nada más que ahora tienen que pagar para vivir en huecos húmedos y oscuros supuestamente más lujosos. También han surgido diversas religiones y culturas entre las cucarachas de distintos lugares, lo cual generó conflicto porque cada cual se creía mejor que las demás. Por eso se han creado fronteras y diferentes países cucarachences, aunque se ha acordado que exista un gobierno global cucarachil.
Todos dicen que ahora las cucarachas son muy civilizadas y que es una gran era para ser una cucaracha. Ahora ya no hay que esconderse, no hay que preocuparse de los insecticidas ni de los pies genocidas. Pero, no sé, yo echo de menos la emoción de escabullirme cuando un zapato se alzaba para aplastarme, extraño entrar a hurtadillas en alguna despensa y sentir la adrenalina correr por mis patas ante la posibilidad de que me pillen in grafanti. ¿Se dice así?
Perdonen si no escribo muy bien, es que yo nunca fui a una cucarauniversidad.
Pero, no sé, decía que ahora la alimentación de las cucarachas es totalmente distinta. Ya no se come lo primero que se pille, ahora hay que ir a un dupermercado para poder comprar comida. Y eso, es otra cosa que no entiendo. ¿Por qué ahora tenemos que pagar por la comida? Antes nunca teníamos que pagar por nada, y ahora hay que pagar por todo.
Y me avergüenza un poco decirlo, pero la verdad es que yo no entiendo muy bien lo que significa “pagar”. Lo único que sé es que cuando vas al dupermercado, tienes que tener canicas, que son como unas bolitas pequeñitas de cristal, que en el dupermercado intercambias por comida.
¿Y cómo obtienes las canicas? Trabajando en las industrias; dicen que en Cuca Corp dan muchas canicas a sus empleados. Sin embargo, he oído que Cuca Cola los hace trabajar un montón y apenas les dan canicas.
Ya lo ven, ahora todas las cucarachas están obsesionadas con las canicas.
Por eso, yo decidí irme. Todo ese mundo cucarachil me parecía muy complicado. Agarré todas mis pertenencias y me fui. Bueno, en realidad no agarré nada, porque soy una cucaracha de las antiguas, de esas que no tienen pertenencias. Pero me apetecía decir “agarré mis pertenencias y me fui”, me parece que suena bonito. ¡Ay! Perdón por todas estas interrupciones, a veces me entretengo y digo barbalibundades.
Tan solo me fui. Paso a pasito me alejé de la ciudad. ¡Ah, olvidé decirlo! Las cucarachas ahora construyen ciudades también, las hacen mayormente con tierra artificial, otra cosa que no entiendo.
Fue un largo viaje el que hice. Después de dejar la ciudad me vi rodeado de una tierra muerta y devastada. Yo nunca había salido de la ciudad, que por cierto, se llama Gran Basural. De hecho, yo nací allí, cuando los humanos todavía existían y en lugar de Gran Basural, ellos tenían su propia ciudad, una muy conocida… cómo se llamaba… ¡Ah, ya recuerdo! Se llamaba Nueva Yorkas o algo así, creo. Pero recuerdo que fue allí mismo donde ocurrió una de las grandes explosiones que extinguió a los humanos. Supongo que por eso, los alrededores de la ciudad todavía estaban tan desolados.
Yo caminé y caminé, hacia el oeste de Gran Basural. Siempre me gustó el oeste porque por allí se pone el sol, y me gustaba ver el atardecer mientras andaba. Y a medida que la ciudad quedaba atrás fui empezando a ver más vida. Vi praderas empezando a crecer, e incluso vi pequeños bosquecitos de árboles muy jóvenes. Pero ningún sitio me llamó la atención como para quedarme, así que seguí caminando, patita por patita.
En un momento determinado me cansé de ir en la misma dirección, así que decidí emprender rumbo al norte. Yo recordaba que los humanos siempre decían “has perdido el norte”. Por eso, yo deduje que si perder el norte era algo malo, dirigirte hacia él debía de ser algo bueno.
Así que andé y andé, no sé por cuánto tiempo, hasta que llegué a un lugar en el que había muchos muchos lagos, uno al lado del otro. A mí me encantan los lagos, así que esa tierra me gustó desde el principio, y además, donde hay agua hay mosquitos, y los mosquitos son de mis amigos preferidos. No sé, quizás sea algo que tenemos todas las cucarachas, pero no conozco a ninguna que no se lleve bien con los mosquitos, tal vez sea porque los compadecíamos, ya que si hay alguna criatura que los humanos odiaran más que a nosotras, eran los pobres mosquitos.
Así pues, yo me interné en esa tierra de lagos y mosquitos y de repente, vi un gran bosque, ¡Un bosque de verdad! Yo nunca había visto un bosque, pero sabía que aquel era un bosque de verdad. Había árboles enormes, había plantas, musgo, pequeños pantanos ¡Y hasta ciervos! Otros seres que nunca había visto, pero había escuchado que eran muy nobles.
Sin embargo, mi mayor sorpresa llegó cuando entre los árboles vi una columna de humo subir y perderse en el horizonte. Decidí acercarme y para mi gran sorpresa, ¡Vi una casa humana! De ahí salía el humo, de una de esas chimenúas, o como se llamen. Pero eso no era todo, a las afueras de la casa había un hermoso huerto con pepinos, lechugas, cebollas y… ¡Tomates!
Tomates rojitos, jugosos y deliciosos, que pronto madurarían o mejor aún, ¡Se podrirían!
Y luego lo vi a él, a Facundo, el primer humano –humano vivo –que veía después de la gran explosión. Mi primera reacción fue la de querer escapar, pero me contuve. En cuanto vi los tomates, supe que yo tenía que vivir allí, toda mi vida había transcurrido para llevarme a aquel lugar, a ese momento, y el miedo, en esa ocasión no tenía ninguna posibilidad de vencer. Así que yo respiré profundo y me acerqué decidida a Facundo, para pedirle permiso para vivir en aquel lugar y comer sus tomates. Y por supuesto que en aquel momento yo no sabía que Facundo se llamaba Facundo, pero quería introducirlo en la historia con su nombre.
Bueno, la cuestión es que yo me acerqué a él y en cuanto él me vio, toda mi valentía se me fue por las patas y me alejé disparada. Pero, mira tú las vueltas que da la vida, resultó que Facundo era un amante de las cucarachas, que las había estudiado durante años y que incluso, gracias a sus conocimientos sobre cucarachas y previendo la gran explosión, construyó un pequeño agujero, húmedo y calentito en el que refugiarse. Él rogó a muchos otros humanos que hicieran lo mismo que él, pero los demás se negaron a meterse en huecos como cucarachas.
Por eso él fue el único superviviente, y a pesar de sentirse muy triste al principio, luego se dio cuenta de que lo único que podía hacer era sentirse agradecido por estar vivo. Sin embargo, él tampoco había vuelto a ver a una cucaracha después de la gran explosión. Por eso, cuando me vio huir despavorida, él corrió detrás de mí y me levantó del suelo entre sus manos. Luego me miró muy profundamente y susurró: Gracias.
Por eso, yo ni siquiera tuve que pedirle permiso para vivir en su finca, fue él quien prácticamente me rogó que me quedara. Además, resulta que él, a diferencia de los demás humanos, no defendía lo que era suyo, sino que más bien lo compartía, porque había llegado a la conclusión de que en realidad no tenía nada. ¿Así que para qué defenderlo?
Pero eso no es todo, ¡También resulta que Facundo amaba los tomates tanto como yo! Solo qué él prefería comerlos en salsa en lugar de podridos. Bueno, nadie es perfecto.
¡Ah! Y Facundo tiene un montón de canicas en su casa. Al principio yo pensé que él era una especie de millonario, pero luego me explicó que los humanos no compraban cosas con las canicas, sino que las utilizaban para jugar. Sobre todo los niños humanos disfrutaban mucho de ese juego. Yo me maté de risa al escucharlo.
¿No es increíble que ahora las cucarachas se maten por esas pequeñas canicas?
En fin, que aquí estoy ahora, durmiendo en un agujerito húmedo y calentito, comiendo tantos tomates como me entran en la barriguita, compartiendo mi vida con un humano.


sábado, 13 de agosto de 2016

BÁSKET

Hoy me pregunté, ¿Por qué? ¿Por qué me gusta tanto?
Me puse mis shorts pestilentes del día anterior, agarré la pelotita naranja y fui corriendo a la cancha. Las canchas de básket son lo que más me gusta de este barrio. Todas ellas tienen ese cemento lisito y nuevo que no resbala, todos los aros son rojos y tienen la sagrada mallita. Sé que es un cliché, pero el sonido de esa red cuando una pelota la atraviesa es simplemente hermoso.
Puse música en mis oídos y empecé, completamente solo, en un día húmedo, caliente y soleado. Dos botes por aquí, entre las piernas, primer paso fuerte, segundo y salto; bandejita con la izquierda. Finta, hesitation move y tiro en suspensión… ¡Tooon! Rebota en el aro. Mis porcentajes estaban muy bajos, pero yo seguía corriendo, saltando, haciendo amagues al aire e intentando acercar mis dedos lo más posible al aro con cada brinco.
Así terminé empapado en sudor y con las gafas empañadas en poco más de una hora. Pero no había terminado, después me puse a hacer sentadillas y otros ejercicios. Porque resulta que ahora, con 25 añacos, se me ha ocurrido la idea de que quiero clavarla, hacer un mate, colgarme del aro.
A los 16 dejé de jugar basket en plan competitivo. Hasta esa edad, quería llegar lejos, quería ser un ganador, un líder y competir al máximo nivel posible. Pero esa actitud acabó con mi juego. Y es que es eso, amo tanto este deporte porque es un juego. Y jugar es lo que más disfruto en esta vida.
Al no estar en un equipo y no jugar partidos oficiales los fines de semana, me pregunté si el basket desparecería de mi vida. ¡Ja! Nada que ver. Entonces recuperé esa alegría de meter un triple en una cancha vacía, o tirarte al suelo por un balón suelto, jugando una pichanga con tus amigos. Y no sé, al principio tenía como una espinita clavada dentro, por no haber alcanzado mi potencial. Recuerdo que yo siempre era un gran jugador en los entrenamientos, pero en los partidos desaparecía.
Pero hay algo con lo que conecto cuando juego, hay algo que despierta y que late y baila. Hay algo especial en el eco que hace la pelota al rebotar, en el chillido de los zapatos, en la manera en la que el cuerpo se estira y se contrae esquivando defensores en el aire.
Y hoy, después de sudar en la cancha, volví a casa, comí unos ricos pimentones rellenos con dos huevos fritos y me bajé al sótano a ver el partido.
(A partir de ahora voy a hablar de jugadores y cosas de basket sin hacer ninguna introducción ni explicación, es solo una advertencia)
Jugaba Argentina contra Lituania. Yo estaba súper tenso, intentando respirar profundo, apretando las mandíbulas cuando el Chapu fallaba otro triple, o cuando los grandotes de Lituania se quedaban con todos los rebotes ofensivos. No estaba disfrutando para nada, hasta que vi a Manu hacer una de sus jugadas clásicas y meterse hasta debajo del aro en frente de un montón de gigantropoides. ¡UUUUOOOOOOOOOO! ¡Qué belleza!
Eso era lo que estaba mal, no estaba disfrutando del juego. ¡Es un juego!
Y sí, Argentina perdió al final. Pero verlos jugar juntos, ver a Facu corriendo a mil por hora sin bajar el ritmo, como si tuviera ocho pulmones. Ver a Manu meter triples y soltar bombas con 39 primaveras, ver a Carlitos Delfino ganar en velocidad a los lituanos y meter bandejas suaves como la seda… Ese chico llevaba tres años sin jugar.
Poder verlos es un regalo. Y sí, lo admito, siento apego hacia ellos y todavía me importa mucho que lleguen lejos en la competición. Quiero que ganen y que sean felices.
Pero siento que todo eso es pasajero y superficial, lo siento así, sin ningún ánimo de juzgarme.
Y sin embargo, también siento algo muy puro en el juego. Veo que detrás de la presión, la ambición, la agresividad y el miedo a perder… Pfff son un montón de cosas chungas. Pero detrás de eso, hay algo que me mueve por dentro.
No sé por qué siento eso hacia el equipo de básquet de Argentina. Me importa un bledo que sean Argentina, no es el país, son ellos; son ese puñado de personas que en teoría no conozco con las que siento una gran conexión.
Hoy mientras veía el partido, les hablaba en voz alta, llamándoles por sus nombres y apodos, y lo más chistoso de todo es que no me sentía ridículo.
Me gusta que no se sienten más pequeños, ni más viejos, aunque lo son. Es como que no hacen caso a lo establecido, y no lo hacen como un acto de rebeldía o como queriendo demostrar algo, tan solo se entregan con todo su ser y les importa un bledo lo demás. Y sí, se frustran, hacen faltas sucias y a veces despotrican cuando fallan. No son perfectos, no son héroes y tampoco son mis ídolos. Pero es un regalo verlos y me gustaría que ganen por lo menos el bronce, porque eso demostraría que todo es posible, que no importa si no eres el más fuerte y el más alto, o el más conocido y talentoso; que ellos ganen demostraría que todo se puede cuando te entregas por completo.
Pero entonces recuerdo que nadie tiene que demostrarme nada. Y lo único que queda por hacer es disfrutarlos y agradecerles por jugar tan bonichu. Da igual la medalla y el resultado final.
El único legado que tenemos es este momento. Eso es lo que siento, que vivimos siempre pensando en lo que conseguiremos en el futuro, y luchamos por ello, luchamos con todo lo que tenemos, y si conseguimos lo que queríamos, nos enorgullecemos de ello hasta aburrirnos y luego empezamos otra vez el ciclo desde el principio.
Y para mí una vez más, lo único que importa de verdad es jugar. Y sé que eso suena a frase de perdedor, pero me da igual ser un perdedor, eso no es más que una etiqueta sin ningún valor.
-¡Eso es lo que dicen los perdedores!
¿Y qué pasa si dejas de intentar ganar? Para mí, lo que ocurre, es que empiezas a jugar y a disfrutar. Porque al menos yo, cuando quiero ganar; también intento a toda costa no perder, y si pierdo me siento mal. Pero también cuando gano, al cabo de un tiempo, esa sensación de victoria se va, siempre se va. Y tal vez sea porque no haya logrado ninguna victoria importante en mi vida, pero la verdad, no creo que se trate de eso.

Así pues, al menos yo, me voy a jugar. O debido a la hora, a dormir. Aunque la barriguita está vacía, así que tal vez me vaya a zampar algo antes.

lunes, 8 de agosto de 2016

El silencio

No se escucha nada. El silencio respira tranquilo, sin pensamientos que lo perturben, sin palabras que lo enmudezcan.
El mundo entero huye del silencio. La vida consiste en silenciar al silencio. ¿No es paradójico?
Desde que despierto hasta que vuelvo a dormir, tan solo busco algo que me mantenga alejado del silencio. Cualquier cosa vale. Vale la tele. Vale la música, los chistes, las preocupaciones y las ocupaciones, todo vale para acallar al silencio.
Pero el silencio, de algún modo, siempre está ahí. Y todos lo sentimos. Llega un momento en el que no podemos escapar de él y lo sentimos, muy profundo, inundándonos con su muda melodía. ¿Es que acaso canta el silencio?
Antes de escribir esto, estaba buscando música adecuada para la situación, fue entonces cuando surgió esta idea de escribir acerca del silencio. Una idea que surgió del silencio mismo.
Ahora estoy callado y quieto. Soy consciente de mi respiración y de alguna cigarra que canta incansable allá afuera. El pensamiento vuelve y se pregunta qué sentido tiene todo esto. ¿Qué es el pensamiento?
Tal vez una ola, porque ahora ya no está. ¿Es posible escribir sin pensar? ¿De dónde vienen las palabras?
Del silencio. Todo nace del silencio. El ruido surge del silencio. ¿Qué es ese silencio?
Nada. El silencio es la nada.
Una mañana desperté con el sabor de un sueño todavía latiendo en mi pecho. El sueño había sido intenso, vívido, real. Pero a medida que los sentidos externos se agudizaban, el sueño se desvanecía. Pero su esencia retumba con fuerza. Soñé recorrer un sendero rodeado de pastizales, tal vez con algún lago de fondo. Soñé llegar a las puertas de un castillo de piedra y ver allí a mi padre, a mi abuela y tal vez a otras personas. Ellos me ven acercarme y me preguntan: ¿Qué es lo que quieres?
Y la respuesta sale sola, en tan solo una palabra: Nada. No quiero nada.
Entonces despierto y siento paz, una paz vacía y silenciosa.
No quiero nada. ¿Qué significa eso?
La nada da mucho miedo. Por eso queremos ser algo, tener algo, llegar a algún sitio. Pero, después de todo, esta vida es tan solo un latido en el eterno silencio.
¿No será que el silencio es la melodía eterna? ¿No será que el silencio es la propia vida?
La nada es muerte. Al menos eso es lo que creemos. Llamamos muerte al silencio, y por eso nos aterra, porque no lo entendemos. Lo único que vemos es que nosotros no formamos parte de esa nada, de ese silencio.
Y cuando digo nosotros, digo Yo. En el silencio Yo no existo. En el silencio no hay pasado, ni futuro, no hay planes ni objetivos, no hay ambición, orgullo o vergüenza. En el silencio no hay nada. Pero, ¿Será que hay vida en esa nada?
Da miedo fundirte en la nada. Pero vinimos de la nada.
Actuamos como si lo único que existe es lo manifiesto, por eso hay tanto temor a desaparecer.
-¡No eres nada! –se dice como insulto. ¿No es gracioso?
Silencio. Otra vez silencio. En el silencio puedo escuchar, puedo oír el murmullo constante de la nevera y también puedo escucharme a mí mismo. Tan solo cuando hay silencio puedo sentirme, observarme y comprenderme.
El silencio no juzga, no planea ni recuerda. El silencio tan solo escucha, tan solo escucha. ¿Y si tan solo escucháramos?
Siempre he creído que lo importante era hacerte escuchar, que tu voz se oiga, a ser posible que retumbe…. Pero, ¿Y si tan solo escuchamos?
Escuchar es desaparecer, rugir es permanecer. Y hay que permanecer para vivir. ¿O no?
La vida es acción, mientras que el silencio es quietud. ¿Es muerte la quietud?
Pero, más importante aún, ¿Es vida la acción?
Tal vez no haya vida y muerte, sino uno. Quizás tan solo hay uno.
En un libro que me llegó al corazón, leí acerca de un lugar mágico, se trataba de una fuente en la que nacían flores de belleza inconmensurable, flores que brotaban del agua, se abrían, se marchitaban y luego desaparecían, para volver a nacer.
Todos sabemos que desapareceremos, pero no sabemos qué ocurrirá después. Ese es el miedo por excelencia, ese no saber qué ocurrirá si desaparecemos. Por eso luchamos día tras día, para buscar algo que nos haga sentir seguros y nos aleje de la incertidumbre.
¿Es ese el sentido de la vida? ¿Buscar seguridad?
No hago estas preguntas para hallar una respuesta. No quiero encontrarle sentido a la vida. No quiero hacer que mi vida tenga sentido. En realidad, no quiero nada.
De niño, me enseñaron que cuando se te cae una pestaña hay que soplarla y pedir un deseo. Y a lo largo de los años, he soplado muchas muchas pestañas, y he pedido cientos de deseos, pero ahora, cuando tengo una pestaña entre mis manos, tan solo soplo. Es una sensación linda soplar pestañas y no desear nada.
Y si no deseas nada, ¿Por qué vives?
No creo que haga falta un motivo para vivir. La vida en sí misma es el motivo.
Ahora mismo el silencio es cómodo y ligero. Los pensamientos vienen y se van como nubes, y a veces, incluso, dejan el cielo completamente despejado. Y es hermoso. Tampoco quiero librarme del pensamiento. No quiero calmarlo o controlarlo. No quiero nada.
En el silencio me pierdo, me pierdo de tal manera que me encuentro. Y soy el silencio mismo, hablando, ¡Qué chistoso!
El silencio es como una fuente, una fuente vacía de la que emana todo. ¿Y dónde estoy yo?
Estoy aquí, escribiendo, pensando en cómo terminar de escribir. Y ya no hay silencio, porque hay un gran barullo en la cabeza para acabar este texto de manera apropiada. El silencio no vuelve, la paz se esfuma, el pensamiento traquetea, la mente se agota y vuela de aquí para allá. Me juzgo, intento justificarme, buscar una solución, volver al estado de paz, pero no se puede.
Ahora sonrío. El silencio no puede aflorar cuando se le llama a gritos.


viernes, 5 de agosto de 2016

Una nueva vuelta al sol

He buscado mucho en esta vida. He deseado ser mejor y he planeado cómo conseguirlo. Me he preocupado. He vivido con miedo y ambición. He intentado poseer a personas y objetos. He mentido, he sido falso y agresivo. He sentido tristeza y nostalgia. He gritado enfurecido, he dado portazos.
También he querido dejar de desear ser mejor y dejar de planear cómo conseguirlo. He intentado dejarme de preocupar. He luchado por vencer mis miedos y no actuar con ambición. He pretendido que no quiero ni poseo nada ni a nadie. He querido dejar de mentir y actuar con falsedad. He intentado controlar la agresividad y dejar de sentirme triste y nostálgico. He ahogado gritos de rabia y he intentado dejar a las puertas en paz.
¡Feliz cumpleaños!
Pienso, pienso, pienso, pienso y pienso. Pienso en lo que es bueno y lo que es malo, pienso en lo que haré y lo que hice, pienso en webadas generalmente. Me juzgo cuando pienso y quiero dejar de pensar y complicarme. Me pongo serio e intento ser estricto con mi mente.
Pienso en la imagen que doy, pienso si es buena o mala. Casi siempre pienso si algo es bueno o malo. Pienso en si tiene sentido lo que escribo y si a alguien le interesa lo que digo. Pienso en que hay que dejar de pensar para ser feliz.
¡Caca pedo pis papa frita con kétchup Heinz!
La vida es seria, es una cosa muy seria y hay que tomársela en serio, hay que vestirse de manera apropiada y hay que poner los puntos sobre las íes. Las palabras agudas acabadas en vocal, “n” o “s”, se acentúan.
Hay reglas de ortografía, reglas sociales y reglas de tráfico. Hay reglas para amar, para trabajar, para andar y para comer.
Hay apología al control. Tienes que controlarte a ti mismo y a los demás.
Badabadadú. Jrocotombawe Jonson. Basquet con chingolosaurios.
Ayer cumplí 25 años y completé una vuelta más alrededor del sol.
Y ahora estoy aquí. Vivo. He respirado durante 25 años, ¿No es increíble?
He comido tantos espaguetis en esta vida… Ayer comí espaguetis y hoy comí las sobras de los espaguetis. ¡Y qué salsa!
Picamos ajitos muy pequeñitos, junto con una hermosa cebolla blanca y una enorme y brillante berenjena. Pusimos todas esas verduras a la sartén y las freímos con comino, pimienta blanca, orégano y un toque de vinagre de vino tinto. El aroma salía en forma de vapor, esparciéndose por toda la cocina, haciendo agua la boca. Por último, cuando las berenjenas ya estaban en su punto, agregamos abundantes tomates frescos, cosechados en las fincas cercanas y los sofreímos tan solo un poco, para todavía poder sentir en la boca algunos trocitos.


Cocinar es algo mágico, como cualquier cosa que se hace con total atención. Es algo sagrado el preparar tus alimentos, agradecerles y sentir cómo pasan a formar parte de tu cuerpo. Es fascinante la nutrición.
Comimos los espaguetis con vistas a un río, pero antes de comer guardamos un momento de silencio para bendecir esa comidita.
Fue un gran cumpleaños el día de ayer. Fue muy especial despertar junto a Colleen y abrazarnos sin ninguna prisa en la cama.
Fue un día tranquilo en el que me sentí muy agradecido. ¡Qué bella es la sencillez!
La vida es algo sagrado, algo profundo, algo que late y que siempre escucha. Pero la vida, solo se la vive cuando hay verdadera sencillez. Y no me refiero a la sencillez que se busca, que se desea y se planea.
La sencillez siempre está. El amor siempre está. Tú siempre estás.
Por eso se dice que lo más importante es ser tú mismo. Aunque en realidad, lo más importante es dejarte ser tú mismo. Y aún se puede decir de manera más sencilla: Dejarte ser.
Y es que no hay un tú mismo, o un yo mismo. Qué manía con crear separación, pero luego todos estamos buscando unión. No hay un yo o un tú, tan solo hay un ser, y para ser, hay que rendirte por completo, dejar de oponer resistencia y dejarte ser. Dejar de ser.
Jajajajajja
Y ya sé que rendirse suena algo muy complicado, pero yo veo más complicado y costoso mantenerse en una lucha constante durante toda la vida.
Creo que este es el momento perfecto para dejar de estar tenso, para relajarse y bailar, o callar, o cruzar las piernas y observar… Todo empieza por escuchar. Tomar conciencia de que estás aquí y lo que eso significa.

Así que nada, a gozar!


lunes, 25 de julio de 2016

Querido Tío

Te escribí esto allá por el mes de mayo, pero por algún motivo este texto nunca salió de la carpeta de documentos del ordenador. En parte, si soy sincero, no te lo mostré antes por puro olvido. Simplemente lo escribí y no recordé que estaba ahí…
En fin, ahora está aquí y es para ti, para mí, y para todos, en realidad:

La vida sigue fluyendo bajo mis pies y entrando a mis pulmones con cada respiración.
Ahora mismo estoy en la casa de mi mamá, sentado en medio de la sala, escuchando el violín que toca Rodrigo.
Recuerdo cuando estábamos en Castellón, también en medio de una sala, hablando sobre mi mamá. Recuerdo cómo la definías y las anécdotas que contabas sobre ella. Antes todo esto que estoy viviendo era un esbozo de sueño, un lugar muy lejano. Y ahora estoy aquí. Y cada día me resulta difícil no sentirme agradecido y afortunado por poder estar aquí.
Mi relación con mi mamá ha sido un proceso de aclimatación, de paciencia y comprensión, por parte de ambos. Ha sido algo tremendamente bello conocerla y convivir con ella, una experiencia que los dos necesitábamos.
Es un regalo estar aquí, conocer a mis hermanos, comer con ellos, jugar con ellos, poder darles las buenas noches. Siento que la vida en sí es un gran regalo y que cuando tu mente está despejada y prestas atención, te das cuenta de la magia que exhala todo este mundo.
Y eso me hace recuerdo a ti, cuando contabas historias acerca de tu trabajo y describías todo lo que observabas cuando estabas atendiendo a los clientes. Veías gente de todo tipo, con diferentes actitudes, veías la playa, las olas y los atardeceres. Y quizás la palabra para describir lo que observabas no era “perfecto”, pero sí hermoso.
Eso me ocurrió el otro día cuando fui al centro de La Paz. Vi gentes y vi las miradas cansadas de algunas de ellas. En algunos había risa, en otros preocupación y en otros prisa. En la calle había basura, se escuchaban bocinazos y se olía a combustible quemado. Todo aquello no era perfecto, pero era bello sin lugar a dudas. Tan solo había que observar con atención y darte la oportunidad de no juzgarlo. Aquel día, también fui consciente de que el auténtico bienestar no llega de fuera, sino que está muy dentro de ti.
Y en ese bienestar está implícita la gratitud. Y por eso te escribo hoy, para decir gracias, aunque eso ya lo he hecho mil veces.
 Y es que, ¿Sabes qué tío?
A menudo, cuando estoy solo y cierro los ojos, te veo a ti. Te veo a ti, a Cathy y a todos los Castellonenses. Es algo muy real que me ocurre, que me vienen intensas ráfagas, como latidos, en los que siento que todas las personas están aquí mismo. Y en esos momentos, veo imágenes de ustedes y momentos que compartimos, instantes que se abren y se cierran como las pestañas, en los que se escuchan sonidos humanos, en los que veo paisajes y recorro senderos por el medio del bosque. En esos momentos realmente siento que estoy conectado con todo, que el mundo respira al unísono. Y me invade una profunda gratitud, hacia todo, hacia la comida que entra por tu boca y a toda la gente, plantas y otros seres vivos que hicieron posible que ese bocado se funda con tu saliva. Y sientes humildad, una tremenda humildad en la que te despojas de individualismos o delirios de grandeza, porque en todo tu ser vibra la belleza de la sencillez.
Y no sé, simplemente quería compartir eso contigo. Porque te quiero y porque sí. Porque Castellón es un refugio para mí, un lugar en el que he aprendido, de ustedes y de mí mismo.
Además, como seguramente te habrán comentado, a finales de agosto, Colleen y yo volvemos a España y tenemos muchas ganas de verlos y compartir con ustedes. Pero ese momento ya llegará cuando tenga que llegar. Y, la verdad, no tengo prisas porque llegue.
Ahora estoy aquí y estoy bien. Entonces, te preguntarás ¿Por qué he decidido volver a España?
Al principio, yo mismo lo cuestionaba y me creaba conflicto no tener una respuesta. Pero lo cierto es que no la hay. Simplemente era un impulso de mi corazón; el mismo que hace tiempo fue el responsable de traerme a Bolivia.
Quizás suene extraño, pero las grandes decisiones que he tomado en mi vida, no las he hecho con la cabeza, sino con esa vocecita interior, esa que no ha sido moldeada por la experiencia, esa que suena como un niño inocente sin ninguna clase de condicionamiento.
No tengo respuestas tío, y creo que tampoco las estoy buscando.  
Así, no sé por qué no te he escrito antes, ni por qué elegí hacerlo ahora. Pero así me ha brotado y me siento feliz haciéndolo.
Pero a pesar de haber estado casi un año sin vernos, no me siento lejos de ti, ni de nadie en realidad. Tal vez sea porque hablo de ustedes de manera frecuente o porque lo que vivimos juntos es parte de mi ser, no lo sé.
La verdad es que solo me siento alejado de los demás y separado de ellos, cuando estoy alejado de mí mismo, cuando me enredo en mi cabeza, preocupándome por el futuro o torturándome con el pasado.
Y ahora me acabo de acordar una cosa que Colleen me dice cada día al despertar, nada más abrir los ojitos, me mira y con una sonrisa de aun dormida dice:
“Hoy es un día completamente nuevo, lleno de posibilidades, nunca ha existido otro día igual en toda la historia de los días”.
¡Qué lindo! ¿No?
Veo que es sumamente cierto, y al escucharlo, me hace tomar conciencia de que este día, al igual que todos, es una hoja en blanco, vacía, donde cualquier cosa es posible.
Dicho esto, tan solo me gustaría desearte un hermoso día, que allá ya es primavera y seguro el clima ya te invita a darte unos bañitos en el mediterráneo.
Te mando un fuerte abrazo y nos vemos pronto!



sábado, 23 de julio de 2016

Vivir en el campo

¡Y finalmente ocurrió!
¡Trabajé y gané dinero!
Dediqué un continuo número de horas a realizar una tarea por la cual obtuve una compensación económica.
Ahora puedo decir con orgullo que ya no soy un zángano de la sociedad. Soy una persona productiva, trabajadora y responsable.
Pero, ¿Saben qué?
Todo esto es una ilusión. ¿Qué es real? ¿Qué es lo que importa? ¿Por qué hay tanto miedo?
¿Por qué no vivimos simplemente?
Durante dos semanas recogí frutos del bosque en una finca orgánica. Me pagaban 10 dólares por hora, y al principio tan solo recogía esos frutitos para obtener la mayor cantidad de billetes al final de la jornada.
La ambición es algo muy fuerte, un impulso que te mueve y te sacude. Yo quería más, pero en realidad no sabía por qué. ¿Para qué querer más?
Parece algo estúpido preguntarlo, porque todos quieren más; desde los que no tienen nada hasta los que supuestamente tienen todo. Pero, ¿Es que realmente alguien tiene algo?
¿Qué es nuestro? ¿Por qué queremos algo que sea nuestro? Algo que sea mío y solo mío.
Antes me sentía juzgado por no trabajar y no ganar dinero, me sentía un vago, alguien sin aspiraciones en la vida, una persona sin metas. Sentía que estaba viviendo una ilusión; viviendo gratis en este mundo, tan solo cocinando, comiendo, lavando platos, durmiendo y jugando básquet.
Pero ahora siento, y de verdad que lo siento, que todo lo demás es una ilusión. El dinero, las posesiones, el poder, la reputación, las leyes y normas sociales… Todas ellas existen, pero tan solo existen dentro de este enorme juego que nos hemos montado.
¿Y qué pasa si ya no quieres jugar?
¿Qué pasa si no quieres pagar impuestos y deudas? ¿Qué ocurre si no votas? ¿Si no te identificas con un país, una cultura o un apellido?
¿Qué pasa si dejas de buscar? ¿Si dejas de esperar?
No lo sé. Pero, si dejo de intentar ser un adulto, si dejo de esforzarme por ser Ariel Arguedas Fernandez, si dejo de luchar por mantenerme seguro, si dejo de tener miedo a convertirme en un vagabundo y dejo de pensar en cómo vivir, en todo lo que tengo que hacer y cumplir para seguir viviendo… Si dejo de hacer todo eso, siento que estoy vivo, solo cuando dejo de luchar por ser alguien, solo cuando dejo de intentar sobrevivir.
¿Qué pasa si dejas de luchar?
Todos me dicen –y yo me digo –que lo único que ocurre cuando dejas de luchar es que empiezas a morir. Pero tal vez sea necesario morir, porque esto que llamamos vida, para mí no tiene ningún sentido.
Lo que sí tiene sentido para mí, es amar, vivir, abrazar, reír, cultivar verduras y cultivar relaciones, plantar semillas, semillas de pepino y semillas de amistad. Tiene sentido parar de pensar y respirar, tranquilo, sin ningún sentimiento de deuda u obligación.
Y sí, también le veo sentido a trabajar. A limpiar las hierbas que rodean los cultivos, a regar las plantas, a picar verduras. Le veo sentido a la educación, a aprender. Le veo sentido al descubrimiento del mundo, a saber cómo utilizar un machete y un martillo. Le veo sentido a la creatividad, en cualquiera de sus formas.
Pero no le veo sentido a hacer algo para obtener otra cosa a cambio, ya sea dinero, aprobación o prestigio. Y no le veo sentido, porque para mí, es simplemente demasiado complicado.
Siento lo mismo cuando me fijo en los ingredientes de una lata de comida procesada y no entiendo ninguno de los ingredientes. ¿Por qué tiene que ser tan complicado?
Y quizás algunos sean buenos entendiendo cómo funciona este mundo, y se dediquen a estudiarlo e intentar buscar la manera en que pueden beneficiarse de éste. También sé que otros quieren entender cómo funcionan las cosas para explicárselas a los demás y hacer las cosas más justas.
Sé que mucha gente con muy buenas intenciones está muy metida y comprometida en el sistema que hemos creado. Pero yo, lo único que entiendo de este mundo y de este sistema, es que se basa en el miedo.
Yo siempre he tenido miedo, y siempre he encontrado una excusa para mantenerlo. Después de todo, ¿Quién está tan loco como para vivir sin miedo?
Hace casi una semana que tenía ganas de escribir todo esto, pero en mi cabeza lo visualizaba de manera diferente. Me imaginaba narrando todo lo que he experimentado, todas las cosas que he hecho y que he aprendido. Ya que siento que las últimas semanas han sido muy significativas para mí.
Estoy en una granja, con unas personitas llamadas Doug y Jo Ann. Con ellos he macheteado espinas, he movido rebaños de ovejas, he aprendido cómo hacer un buen pesto, he cosechado frambuesas y he compartido una mesa en la que se disfruta de la comida.
También, ha sido muy importante para mí recoger frutos y que me paguen por ello. Fue muy bueno observar la ambición en mí, verla y no juzgarla, ni juzgarme. Darme cuenta de que el dinero es tan solo dinero, que cuando lo tienes en tus manos es tan solo papel que utilizas para algunas cosas, pero que no es mío y que en realidad no es de nadie.
En el trabajo de los frutos, también aprendí acerca del valor de la comida, de la cantidad de tiempo y trabajo que requiere cultivar y cosechar los alimentos, pero sobre todo, también me he dado cuenta de lo distantes que estamos de lo que comemos. En realidad, veo que estamos muy distantes de cosas muy básicas que damos por sentadas, mientras estamos ocupados en nuestras vidas tan complicadas.
Al recoger esos frutos me di cuenta de la importancia de lo que yo estaba haciendo, y es que esos frutos iban a alimentar a otras personas. Daba igual que yo hiciera dinero o no, lo que de verdad importaba, era recolectar esos frutitos con amor y entusiasmo; algo que no podía hacer cuando mi mente tan solo estaba ocupada contando las horas que llevaba ahí y lo que me tenían que pagar cuando terminase.
El amor requiere una ausencia absoluta de egoísmo.
En estas semanas, esta es la primera vez que me he permitido no estar ocupado y escribir. Y siento que aunque he estado ocupado en cosas que me interesaban, sigue siendo necesario detenerte, parar y descansar.
En estas semanas he tenido tiempo para trabajar con amor y sin amor, y he notado la diferencia. El cuerpo se agota cuando no hay amor en lo que haces, la mente se aburre y el corazón se encarcela.
Y también veo que aunque ames lo que haces, cuando te fuerzas a hacerlo, cuando sigues un régimen o te ciñes a un horario, el amor se desvanece.
Lo he notado en mí, cuando el cuerpo me pedía una siesta y en lugar de eso, le daba trabajo. Los músculos no actúan igual, no se mueven con la misma fluidez, porque claro, los estás forzando.
También sentí una tremenda presión por demostrar a los demás y a mí mismo que puedo ser un trabajador duro, que soy una persona seria y responsable. Pero, ¿Para qué demostrar nada? ¿Qué es lo que tienes que demostrar?
En algunos momentos me sentí orgulloso de mí mismo y quería compartir ese orgullo. Pero ahora, no sé por qué, no siento orgullo de lo que hice. Tampoco siento vergüenza por tener un fajo de billetes en la cartera, ni me siento culpable por haber hecho cosas sin amor en algunos momentos.
Tan solo estoy aquí, una vez más, expresándome a través de unas palabras. Y no importa lo que ocurrió antes, no importa lo que yo hice o lo que tú hiciste. Tan solo importa que estamos aquí, en este momento, que estamos vivos, que todo es posible.

Al fin y al cabo, hay que estar muy loco para vivir con miedo.