sábado, 27 de mayo de 2017

Caracoles


Hay caracoles, pequeños y babosos, de antenas pegajosas y mentes curiosas, seres nobles y educados, que se juegan el pellejo para llegar al otro lado.
Tengo miedo de repetirme, de decirme lo mismo y olvidarme de lo aprendido. Tengo miedo a que me lean y a que no me lean. Tengo miedo a perderme el presente por preocuparme del futuro, y tengo miedo de que el futuro me robe el presente. Tengo miedo al mundo y a sus reglas. Tengo miedo a los permisos de residencia y las Visas. Tengo miedo al dinero, a no tenerlo y a poseerlo, a convertirme en su esclavo y a darle más importancia de la que tiene. Tengo miedo al dolor y a desaparecer, tengo miedo a que mi voz no se oiga y que mis pasos no dejen huella. Tengo miedo de ser arrogante y también tengo miedo de no confiar en mí mismo. Tengo miedo a estar solo y a perderme en la muchedumbre. Tengo miedo a admitir que tengo miedo. Tengo miedo a no hacer lo que siento, a no seguir lo que me late por dentro. Tengo miedo a que mis miedos sean más grandes que mis sueños.
Tengo miedo, y quisiera no tenerlo. Quiero mostrarme seguro y firme, con confianza en la mirada y claridad en mis pasos.
Pero bueno, a pesar de todo, estoy aquí, y tengo algo que decirme:
Recuerda la lluvia, recuerda los charcos que forma y la melodía que crean sus gotas. Recuerda tu risa, esa aguda y explosiva, que sale sola, sin motivo aparente. Recuerda la felicidad de correr con los brazos extendidos, y los pies deslizándose tan rápido como pueden. Recuerda las miradas con las que te has cruzado, recuerda la vida que las inundaba. Recuerda las finales de los Spurs en 2014. Recuerda esa madrugada en la que llorabas a las 6 de la mañana por ese equipo de Básquet. Recuerda a los chicos del Alto y a tus hermanos. Recuerda a tu mamá y a tu papá, la casa de Mamá Agarita. Los consejos de la Ushi. Crecer con el Rafo, tu arrogancia de niño. La competitividad extrema con Daniel. Mario Vazquez.
No hacemos esto para publicar en ningún sitio. No haces esto para ser reconocido ni por dar una imagen. Haces esto por los caracoles del mundo, por esos caracolitos a punto de ser hervidos en el mercado. Haces esto por los Forest Gump del mundo. Porque el verdadero amor no juzga, el amor no entiende de buenos o malos, el amor se entrega, sin preocuparse, sin poner condiciones.
Recuerda a Colleen y sus piernas peluditas, su mirada destellante, sus constelaciones de estrellas. La Yahita y sus patitas de pájara, Panchito y su pelo rizado, Berni y sus ojos oscuros. Su mamá y su cara redondita, su papá y sus chistes, Mateichu y sus actitudes. Richard y su mente científica. Mis profesores, todos ellos. Los mendigos con los que compartí monedas y momentos. Las personas que me han sonreído, el burrito que se me acercó en el prado. Los caballos, las rosas, los ríos, los árboles. La familia de sangre  y la familia de especie, la familia de vida, y la familia de objetos inertes, pero vivos, porque todo vive, incluso lo muerto. Hay vida en el cementerio, en las casas y los ladrillos de edificios. Hay vida en los mosquitos que pican y en los mosquitos que mueren.
Guille y sus palabras reflexivas. Peg y sus explicaciones, Frank y sus monosílabos. Upper ARLLINGTONg. Bolivia. España, Perú, Chile, Dinarmarca. Todo es lo mismo, todo es uno.
Corre, Salta vuela, daan igual os errores ortorgradficos. SE CIERRAN LOS DEDOS, SE AGRANDA EL CORAZO´N , SE CREAN PORTALES, ENTRE LA TIERRA Y EL SOL. Somos Bestias pardas!
Somos Ginóbili, somos melenas al viento y calvas cabezas. Somos pies sucios y zapatos lujosos, somos Harvard y Yale, somos analfabetos sin nada más que piel. SOMOS GRANDES Y pequeños, somos el griito que nace del silencio, somos nada y somos todo.
Somos el lago de Ohio, su aguas claras y somos FRED, SU ACENTO ININTELIGIBLE, EL UNIVERSO ENTERO Y UN PUNTO DIMINUTO escrito en papel.
Esto es por ti, por mi y por todos, porque todo es igual. No hay prisa. Hay un moco colgando de mi nariz que me hace reír. Recuerda todo. Pero no recuerdes nada. No hay nada que recordar, porque todo está aquí.
Vive. Tan solo vive Arielito. Vive porque esta vida vale la pena, en cada momento, en cada comida, cada instante es un regalo tan tan grande, tan tan precioso. Cuida este instante, dale mimos, abrazos y besos.



lunes, 24 de abril de 2017

Volver

Volver a Bolivia. Poco más que un año después, ¿Quién me lo iba a decir?
Hace un año y dos días me estaba subiendo a un bus para emprender un viaje de 18 horas desde el trópico al altiplano. Al entrar a ese bus decía adiós a la ciudad en la que nací y crecí. Sentía dolor en el corazón, pero también alegría, esa alegría que permanece incluso cuando todo ya ha acabado, esa sensación de haber vaciado tu alma y corazón, sin haberte reservado nada, ese sentimiento curioso, en el que la vida hace las paces con la muerte.
Y hoy estoy en Valencia, al costado derecho de la Península Ibérica, viviendo en la tierra en la que pasé mi adolescencia. Cuando dejé este lugar, nunca pensé que volvería a vivir aquí.
Y aquí estoy, en un quinto piso sin ascensor, escribiendo con mis pies sobre una mesa de cristal, bebiendo agua con cal y escuchando el murmullo de la avenida del Puerto.
Tanto ha pasado en un año, y a la vez tan poco… Siento que cada vez me es más difícil recordar, y al mismo tiempo, de cuando en cuando, me vienen intensas ráfagas de todo lo vivido. Me vienen imágenes, olores y sonidos que transportan a tiempos pasados y que fantasean con otros aún por llegar.
Hoy, por ejemplo, escuché dentro de mí las voces de Jeff y Bryan, unos amigos de Austin, a los que nunca olvidaré.
Hay tantos rostros impresos en mi corteza cerebral, tantas sonrisas y miradas, gestos serios y ceños fruncidos, mejillas radiantes y frentes pálidas, narices con pecas y párpados con arrugas, todos ellos conformando la cara de la humanidad.
Siento que he visto tanto y que la gente aún me llama joven. ¡Qué afortunado me siento de estar vivo! De poder respirar y escuchar zumbidos de abejas.
En ocasiones he sentido que no merezco esta vida, que no me la he ganado, que no he sufrido para llegar hasta aquí. Pero, ¿A dónde he llegado?
A ningún lado. Mi gratitud más profunda no viene de las cosas que he conseguido, del lugar en el que me encuentro o de posibles hazañas de las que podría presumir. Mi gratitud más profunda viene hacia la vida. La vida me fascina. Por eso escribo en este blog llamado “Nací para Vivir”, porque haga lo que haga, ese título contiene mi esencia, o mejor dicho, la esencia que la vida quiere expresar en mí.
Siento tanta gratitud hacia tanto que ni siquiera valdría la pena mencionarte, pero si estás leyendo esto, te aseguro que te doy las gracias. En serio, si estás leyendo esto, gracias de corazón por darte tiempo para recorrer estas páginas y conocer un poco acerca de lo que siento. Muchas gracias y ten por seguro que si algún día te veo, seguramente te abrace, y fuerte.
Pero bueno, volviendo al principio, voy a ir a Bolivia una vez más, esta vez con fecha de vuelta, pero, ¿Qué es volver y qué es ir?
Y es curiosa la sensación que tengo. Quiero compartir mi alegría con todo el mundo, quiero gritarle a la luna y susurrarle a los pastos que voy, que he comprado los vuelos, que estoy emocionado por lo que me espera el 4 de julio, que este año no será en Minnesota, viendo arder una fogata gigante ni durmiendo en una tienda. Quiero contar que voy a Bolivia, pero al mismo tiempo no quiero faltarle el respeto a este momento, a este precioso momento de madrugada, en el que los ojos se empiezan a cansar y las piernas a adormecer.
Una vez más, de la nada, surge la pregunta, ¿Cuál es el sentido de todo esto?
Y una vez más, me rio, porque la vida pierde su sentido en el momento en el que intentas buscárselo. ¿Verdad Carlitos?
Hoy me siento inspirado para dar otro consejo, que sería este:
No des por sentado este instante, no dejes de dar un beso, decir te quiero o dar las gracias porque piensas que ya habrá más momentos para hacerlo. No te pierdas la oportunidad de hacer un gesto de cariño a un desconocido, y por desconocido me refiero a todo el mundo, incluso a ti mismo. Este instante es tan precioso, y como todo lo auténticamente bello, es frágil y vulnerable. Este momento se va y no vuelve, pero por favor, que estas palabras no siembren miedo, que no hay por qué tenerlo, porque cada momento es único y en cada instante hay una nueva oportunidad. No hay por qué tener prisa, que no vamos a ninguna parte. Seamos como el río, que fluye por donde puede, y que con certeza sabe que llegará al océano, aunque desconoce cómo o cuando lo hará, él tan solo sabe porque ya está ahí, porque el río es el manantial que nace y es el mar al que desemboca. Por eso, cuando nos sentimos que estamos en esa parte seca del río, esa cuyas orillas se agrietan y el agua fluye en un hilo, podemos recordar que somos el río entero y que de algún modo, llegaremos al océano. Y aun así, el objetivo no es llegar, sino disfrutar del camino y aprender de lo que éste nos va deparando.

Que voy a Bolivia en Julio, pero que ahora estoy aquí y aquí voy a estar hasta que ya no esté.


lunes, 27 de marzo de 2017

El Equilibrio Natural

El otro día fui testigo de una pelea de gaviotas. Había al menos una decena de ellas surcando los edificios, dando giros bruscos, todas ellas persiguiendo a una de las aves, que sostenía algo en su pico. Las alas batían con fuerza, los cuerpos se movían frenéticos, en un espectáculo majestuoso y violento al mismo tiempo.
Hasta que por fin, después de un buen rato de persecución, una de las gaviotas logró arrebatarle lo que tenían en el pico a la otra, pero sin poder controlarlo, el objeto cayó al suelo, justo en medio del paso de cebra, justo cuando el semáforo peatonal estaba en verde.
Y yo, que hasta entonces ejercía de espectador de aquella escena, me convertí en protagonista. El objeto caído resultó ser un par de alas de golondrina, unidas mediante carcomidas articulaciones, carentes ya de carne. No había resto de la cabeza, ni del cuerpo, tan solo las alas.
Primero me acerqué para observarlas, y luego, sentí con claridad lo que había que hacer.
Recogí las alas y volví a la acera. Levanté la vista al cielo y ya no había ni rastro de las gaviotas. Al final, tanta pelea para nada.
Recorrí media calle y me metí en una placita, para luego internarme entre una espesa mata de arbustos. Ahí en medio deposité las alas y le dije a la golondrina que descanse en paz.
No puedo expresar lo significativo que fue ese momento para mí.
La vida es este instante. No te confundas, me hablo a mí, pero la voz tiene eco, y llega a lugares inesperados, y cada cual escucha lo que puede y lo que necesita.
La vida es este instante, no es mañana ni ayer, la vida no es sueño, ni objetivo, ni logro. Y tal vez pienses que da igual, tal vez no quieras vivir este instante, quizás te sepa a poco. Pero la realidad es que todo ocurre ahora. Ahora es cuando el corazón late, cuando las nubes se mueven, despacito por el cielo, cuando los vecinos andan y sus pasos retumban. Es ahora.
Y en este ahora está mi vida entera, la vida entera. Lo estoy experimentando todo. Hay veces que no hay otra explicación.
Existe ese sentimiento indescriptible, que no es alegría ni tristeza, nostalgia o añoranza, ese sentimiento que engloba, que abraza mejor dicho.
Abrazar, que gesto tan noble, tan simple. Qué simbólico abrir los brazos, agarrar la totalidad y cerrarlos, dejando que el todo suspire hasta convertirse en nada, en su continuo ciclo natural.
Y es que hay un equilibrio en esta vida, hay un equilibrio natural y profundo, algo que mueve la esencia. Hay una conexión creativa, un algo que cosquillea, una vibración que lo sacude todo, como si de mil tambores se trataran.
Da igual lo que hagas, lo que pienses… Da igual que mates, o que siembres, que luches, que te sientes, que leas, que gruñas o que te revientes. Hay un equilibrio natural y no hay nada mejor que nada. No hay nada inherentemente malo, ni bueno, Y en estas mismas palabras me contradigo, pues no hay verdades absolutas.
Pero hay un equilibrio natural, y en ese equilibrio hay vida y hay muerte. Ese equilibrio no se provoca ni se logra, a ese equilibrio se vuelve y con él se fluye, sin resistencia.
Y aunque no se quiera, todo vuelve a ese equilibrio, de una manera u otra. Como esas alas de golondrina.
Todo empieza en este instante, en este mismo momento. Aquí y ahora.

Abraza. Si pudiera darte un consejo, sería ese. Abraza tanto como puedas. Abraza a las personas, a la arena, a los árboles, abraza las gotas de lluvia y abraza el viento cuando sopla fresco. Abraza los miedos e inseguridades, abraza esa sensación de sentirte pequeñito, abraza las lágrimas cuando derramas tristeza. Abraza las arrugas de la vejez y la energía desmedida de la juventud, abraza la calma del riachuelo y el estruendo de la cascada. Abraza los días y las noches, abrázate antes de dormir y al despertar.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Moonlight

Las gaviotas planean sobre el puerto, el agua se mece tranquila, pero constante, dejando reflejos en una lona blanca que hace de techo. Hay gente que patina, humanos que siguen ritmos con sus piernas, personas en bici, turistas andando, gatos callejeros, dando pasitos callados. Las nubes se mueven y las banderas ondean.
La arena está húmeda todavía, y el mar ruge despacito, como un ronquido, como si se estuviera levantando. El sol juega al escondite con las nubes y las palmeras le bailan al viento.
Yo me descalzo y mis pies agradecen la textura fría y esponjosa, los miles de granitos metiéndose entre los dedos. Hay un grupo de adolescentes en la playa, intentando hacer acrobacias, pero sobre todo, moviendo el cuerpo, de vez en cuando tirándose en la arena y hablando, una conversación que no escucho, ni entiendo. Pero, de algún modo, me veo en esos muchachos, y sinceramente, me alegra que casi no miran sus teléfonos móviles.
Hay tanta vida en una mañana, en un desayuno, en cada instante. La diversidad ronda en las esquinas, lo diferente reina sobre lo corriente, pero aun así nos asusta lo que desconocemos, y de esa desconfianza nacen nuestros conflictos que separan y que dividen la vida en razas, países, géneros y religiones.
Y tal vez sea simplista reducir los problemas de la vida a un párrafo, pero hoy he visto una película sencilla y a la vez profunda. Una película que me hizo pensar en el racismo, la segregación, la masculinidad, la homosexualidad y el sistema educativo, pero lo más importante, más que hacerme pensar, me hizo sentir, sentir algo que no puedo explicar ni pretendo entender. Y al salir de ver la película, levanté la vista al cielo y me topé con la luz de la luna, y no pude evitar sonreír y también llorar.
Me siento muy agradecido por poder expresar mi sensibilidad. Además, realmente siento que los momento más intensos de mi vida han sido aquellos en los que me expresé sin pudor alguno, esos instantes en los que, como me gusta decir, me hinqué ante la vida con los brazos extendidos, sin nada que esconder ni aparentar.
Pero siento que todavía no he sido vulnerable del todo en mis clases.
Llevo ya dos semanas como profesor, “trabajando” como se suele decir. Sin embargo, no me gusta decir a la gente que ahora trabajo. No sé, tengo la sensación de que cuando utilizo esa palabra, los demás la interpretan como que por fin me he rendido ante el sistema y que ahora soy una persona común y corriente, con sus ingresos y sus gastos que cubrir.
No me gusta esa interpretación, ni tampoco me gusta creer que doy clases por dinero, o que ser profesor es un esfuerzo o alguna clase de sacrificio.
La verdad, sin embargo, es que estoy exhausto y que tengo mucho menos “tiempo libre” que antes. Gran parte de mis pensamientos y energías van ahora dedicados a mis alumnos, niños, adolescentes y adultos. Invierto muchas horas preparando las clases, en parte por mi nula experiencia en este campo, y en parte para hacer el intento de enseñar de manera más dinámica que la corriente.
Es raro esto de enseñar. Yo, enseñando. Me rio al pensar en ello. ¿Quién me lo iba a decir?
Me viene a la cabeza una canción de Calle 13 en la que dice: “Lucho por la educación y nunca fui buen estudiante”.
Hace poco me sentía mal por no tener títulos y ahora, todavía sin ellos, soy profesor. ¿De qué?
De Inglés. Pero ahora me doy cuenta, una vez más, de que la asignatura realmente no importa, la educación siempre trata acerca de la vida y cómo vivirla con coherencia. Y en eso, da igual que seas catedrático universitario, profesor infantil o como en mi caso, enseñes Inglés en una academia. La educación es una gran responsabilidad, como lo es el comer, hacer la compra, o las palabras que usas para comunicarte. En realidad, el acto de vivir en sí mismo es una gran responsabilidad, porque nada está aislado de nada, por tanto, todo lo que hacemos tiene una gran importancia e influencia en todo.
En estas dos semanas, no sé si he enseñado algo, pero desde luego, he aprendido mucho. He aprendido de las peleas del grupo de niños, del desinterés de los adolescentes, de cada comentario, de los errores gramaticales en el “past simple”.
Esta vida es un regalo, un don, una bendición, como quieras llamarlo. Y la vida no te pide nada a cambio, vivir no es una deuda, no hay nada que devolver, ni exigencias que cumplir. La Vida, con mayúsculas, la vida que es todo y nada, el origen y el desemboque, esa Vida es amor puro, que se entrega de todo corazón, para dar forma a cada una de las criaturas de este mundo y este universo. Al menos así lo siento yo, siento esa esencia en mí y al ser consciente de ella, la siento en todos, en todas partes. Y siento que mi única responsabilidad es vivir, vivir de verdad, entregándome con todo mi ser en esta existencia. Esa es mi responsabilidad.
En este momento doy clases de Inglés, vivo a diez minutos de la playa y como guisos de frejol o lenteja varias veces por semana. Mi responsabilidad es disfrutar esos guisos, saborear el aroma salado del mar, sentir los latidos que mantienen con vida este cuerpo y tomar conciencia del corazón que hace vibrar el mundo entero.
Vivir ahora, consciente de que tengo todo el tiempo del mundo, o mejor dicho, consciente de que el tiempo no existe.
Recordar el porqué de las cosas, recordar por qué voy en bici a una estación de tren y me subo a un vagón tres veces por semana, recordar que lo importante de ese viaje no es el Inglés, sino la vida, la vida de todas las personitas con las que ahora comparto mis tardes. Darles mi 100% es el porqué de ese viaje.
Vivir con pasión y paciencia, dedicación y entusiasmo, con calma y sin miedo, con amor, comprendiendo, soltando, abrazando, acariciando el pasto, levantando la vista de cuando en cuando, observar el cielo, ese cielo que cualquiera puede ver, sin importar quien sea o dónde se encuentre, ese cielo que nos envuelve a todos , sin hacer diferencias.


lunes, 6 de marzo de 2017

Carta a un primo hermano

Ayer entré a tu página de fotografía de Facebook y me descargué unas cuantas fotos de paisajes que tienes ahí, esas fotos asombrosas como decía Tiana.
El propósito de las fotos era enseñarlas a uno de mis grupos de alumnos. Y es que resulta que ahora soy profesor de inglés. Al final, el idioma que desde pequeñito mi papá me forzó a aprender, el idioma al que de a poquito le fui pillando el gusto, el idioma que me facilitó viajar a Gringolandia y conocer a toda la familia de Colleen, al final ese idioma lo estoy utilizando para compartirlo con otras personitas.
En la clase de ayer les mostré esas fotos para que vean un poco acerca de Bolivia, y qué mejor retrato visual que la belleza que capturas con tu cámara y tu tripodio. Creo que la clase fue un éxito, todos se quedaban boquiabiertos al ver el despeñadero de Arubai, las noches estrelladas, los atardeceres de la Chiquitanía y la niebla de camino a Cochabamba. Y con inevitable orgullo, les decía que esas fotos eran de mi primo, y les mostraba tu nombre en la esquina inferior. Uno de los chicos me dijo: “Tell your cousin he is the puto amo”.
Llevo una semana como profesor y siento un profundo afecto hacia la academia en la que estoy. Siento que conmigo han dado un verdadero salto de fe. No les mostré ningún currículum, les dije que no tenía experiencia previa y no me realizaron ninguna prueba de nivel o hacerme realizar una clase de práctica para ver mi dinámica. Simplemente me explicaron lo que buscaban en el equipo y si yo estaba interesado. Una vez les dije que sí, rellenamos ese papelito que se llama contrato de trabajo y ahora tengo clase todos los días.
Y no sé, cuando alguien confía en ti de esa manera, lo único que puedes hacer es poner todo de ti para que las cosas salgan lo mejor posible. Y eso he hecho. Es algo bonito e indescriptible prepararme mis clases, preguntarme cómo puedo enseñar a esas personitas, cómo puedo enseñarles algo más que inglés. Porque aun siendo una clase de inglés, creo que no importa la asignatura, la educación tiene que tratar acerca de la vida y de cómo vivirla con coherencia. Y es una oportunidad tremenda y una responsabilidad muy grande estar en la posición de enseñar algo.
Y me encanta, me encanta ir en bici a la estación de tren y montarme en un vagón, observando paisajes campestres durante 15 minutos hasta llegar a la academia. Me encanta entrar en un aula, recordar mi etapa de estudiante, recordar las cosas buenas y las malas, y saber que yo también voy a cometer errores, pero estoy atento para poder evolucionar.
Además, lo más increíble de todo es que Colleen también está dando clases en la misma academia, nos metieron a los dos. De hecho, era a Colleen a quien querían entrevistar y al terminar, ella mencionó que tenía un novio que también hablaba inglés, que si necesitaban otro profesor, y ahí, un poco de rebote, por suerte, por fortuna o simple causalidad, acabé yo también ahí. ¿No es mágico?
Y ahora, esta mañana, estaba hablando con Colleen acerca de las posibilidades de la vida, y que con estas clases, aparte de poder comprar fruta y verdura, vamos a poder ahorrar. Ahorrar billetes de colores cuyo propósito para mí está más que claro: Ir a Bolivia y compartirlo con ustedes, compartirlo con todos, con la vida misma.
Y eso me hace llorar y me hace sentir el pecho caliente, porque siento que hay equilibrio en mí, no siempre, pero lo hay. Me da paz sentir que no tengo ambición en el corazón y me da claridad la firmeza con la que siento que quiero vivir con sencillez. Tomar lo que necesito de la vida y disfrutarla, en toda su complejidad. Aceptar y dejar fluir. Agua que no has de beber, déjala correr. No soy el primero en decirlo ni soy especial en absoluto, incluso los Rolling Stones ya lo cantaban: “You can’t always get what you want, but if you try sometimes, you might find, you get what you need”.
Si buscas lo más vital nomás, mamá naturaleza te lo da. Creo en esas palabras, porque son más que palabras.
Y sueño, primo, sueño. Sueño con Diciembre de este año, con cascadas que rugen y ríos con playa, sueño con fuegos que alimentan ollas de espaguetis, sueño con hermanos, primos, abuelas y bisabuelas. Sueño con el calor tropical, tejados rojos y baldosas de patio, sillas blancas y niños corriendo.
Me siento tan lleno de gratitud, tanta que a veces siento que voy a estallar, hay tanta energía en este cuerpo, en este mundo, tantas posibilidades…


P.D.: Aparte de las clases de inglés, también estoy haciendo excursiones con niños, y eso es simplemente una gozada. Es puro gozo llevar a los niños de excursión, compartir con ellos, escucharles, observarles, jugar, correr, saltar y vivir, y luego ver cómo se suben en su autobús y desearles suerte, saber que probablemente no los volverás a ver, pero que han dejado huella en el corazón.


viernes, 17 de febrero de 2017

Semáforos en verde

Hace unas semanas, volvía a casa en bici por una transitada avenida y tuve una racha larga de semáforos en verde. Justo antes de llegar a cada cruce, la señal que me invitaba a seguir adelante se encendía, hasta que de repente, apareció el muñequito rojo y tocó frenar y esperar un poco para continuar. En ese momento sentí que aquella era una buena metáfora de la vida. Aunque creo que tengo cierta tendencia a ver metáforas de la vida en todos lados, lo cual, por otra parte tiene sentido, ya que todo es parte de la vida.
La cuestión es que siento que las últimas semanas de mi vida han sido una consecución de semáforos en verde, señales que se encienden en el momento justo para dejarme seguir avanzando. Y no sé por qué esas luces verdes se están encendiendo para mí.
Las cosas van fluyendo con naturalidad. Colleen y yo estamos viviendo juntos, voy a la playa varias veces por semana, pedaleo mi bici todos los días, tengo tiempo para escribir, estoy haciendo excursiones con niños y personitas especiales, y la próxima semana voy a estrenarme como profesor de Inglés. En principio, voy a tener suficientes billetitos para cambiar por verduras y frutas, y también para pagar el alquiler. Además de todo eso, vivo al lado de una cancha de básquet y por primera vez en mi vida soy capaz de colgarme del aro con las dos manos. Me siento en paz, siento que tengo lo que necesito, que la vida es buena, me siento sano y joven. Duermo ocho horas al día y desayuno yogurt griego con fruta.
Me siento agradecido y afortunado, pero al mismo tiempo me pregunto por qué me está pasando esto a mí y también, aunque no quiera pensar en ello, tengo la sensación de que en algún momento, los semáforos se volverán a poner en rojo.
Ese miedo viene y va, y a veces no quiero que vuelva, pero con paciencia, estoy aprendiendo a no escapar del miedo. Estoy aprendiendo a abrazarlo, a aceptar que es parte de mí y no verlo como algo malo, porque hacer eso sería verme a mí mismo como tal. Y cuando acepto ese miedo, me dejo de preocupar por los semáforos en rojo, dejo de plantearme lo que haría cuando la vida me pida que me detenga.
Me gusta sentir que estoy arrodillado y con los brazos extendidos. Esa es mi posición favorita, porque creo que expresa total vulnerabilidad. ¡Cómo me gusta esa palabra!
VULNERABILIDAD. VULNERABILIDAD. VULNERABILIDAD.
Es liberadora, catártica, te despeja los pulmones y te aclara la mente. Ser vulnerable es no intentar ser fuerte, es rendirte, dejar de controlar, arrodillarte, sentir la humildad de la tierra en tus rodillas y extender los brazos, enseñando el pecho al descubierto, dejando los latidos al desnudo.
Y no sé, en este tiempo me he dado cuenta de pequeñas cosas que han cambiado mi vida. Me he dado cuenta de la importancia de disfrutar de cada momento, y por disfrutar me refiero a vivirlo, con todo tu ser. Esto es importante porque hay muchos momentos que me pierdo por no estar en el presente, por tener mi cabecita distraída deambulando por el mañana o el ayer.
Y al menos yo, no quiero perderme la vida, no quiero perderme este momento. Siento que cada segundo es un regalo. Por eso, me da mucha paz decir gracias cada día. Cada vez que abro los ojos por la mañana doy gracias por poder empezar un nuevo día. Cada comida agradezco por los alimentos que van a nutrir mi cuerpo. Agradezco a Colleen por su amor y su cariño, agradezco a la cajera del supermercado por su atención, al barrendero y al señor de la frutería. Agradezco a los árboles por su oxígeno, al sol por su calor o a las nubes por su sombra. Pero sobre todo, simplemente doy gracias, a nadie en particular y a todo en general, y esa frase creo que ya la dije en algún momento, pero da igual porque este es otro momento y las cosas se repiten y suceden, siendo distintas e iguales en cada una de sus facetas, por eso escribir carece de sentido, pero al mismo tiempo es algo muy importante para mí.
La cuestión es que doy gracias, a todo y a nada.
Y no sé, puede que yo tenga mucha suerte y por eso tengo tantas cosas por las que agradecer, o tal vez simplemente me conformo con poco, o quizás sea mi falta de ambición.
Pero me siento bien. Siento que estoy andando por el sendero vital que me corresponde y sigo sin saber lo que va a pasar. Eso es lo más mágico de todo. Me siento bien y me sigo sintiendo perdido. Sigo sintiendo la misma incertidumbre de siempre. Sigo sin saber el propósito de la vida, ni el por qué de mi existencia. Pero ya no busco respuestas, y en cuanto dejé de buscar, me di cuenta de que no necesito responder nada. De algún modo, lo único que he hecho ha sido aceptar el desconcierto, aceptar que no sé nada y en ese acto de humildad y sencillez, he hallado paz. Y sin buscarle propósito a la vida, veo magia en ésta, en cada paso que doy mientras la recorro en este cuerpo de piernas largas.
Amar. Dar. Compartir. Sentir. Reír. Comer. Cagar. Dormir. Crear. Jugar.
No sé qué decirte, no sé qué decirme. Pero al mismo tiempo tengo ganas de darte una sacudida y gritar que estamos vivos, te diría que hagas lo que sientes, que te escuches, que te detengas por un segundo, y te diría todo eso, porque eso es lo que me digo a mí mismo.
Y ahora que lo pienso bien, los semáforos verdes y los rojos son lo mismo. No hay ninguno que sea mejor que el otro. Como dice la frase: “En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira”.
E incluso, tal vez, la pregunta sería: ¿Y si miramos sin cristal?

All things go. You know who you are. Let it go. Kill your heroes and fly. Don’t worry cause everybody will die. We love you more than you know.


Tengo sueño. Me voy a dormir. Buenas noches!

jueves, 2 de febrero de 2017

Riesgo. Suerte. Vida. Muerte.

Hoy vi un hombre en la calle, sentado en un bordillo. Su pelo era canoso, su expresión calmada y un par de gafas en su nariz colgaban. Tenía un cartelito a sus pies. En él se podía leer:
“No tengo ingresos. Esto me da vergüenza, pero necesito una ayuda para empezar de nuevo”.
Leí eso y me paré. Por mi cabeza surcaron imágenes de todo lo que he vivido esta última semana y abrí el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. Ahí había un billetito verde.
La cabeza, en cuanto se enteró de mis intenciones, protestó:
-Es demasiado. ¡Tú no eres rico! Dale una moneda si quieres ayudarle.
Pero, por algún motivo, sentí que tenía que hacerlo. Y deposité el papelito en la caja a los pies del hombre. Sus ojos se abrieron y sus cejas se levantaron.
Yo le dije que también estaba empezando de nuevo, y que eso no sería posible sin todo lo que he recibido.
Hablamos durante un buen rato y quiero guardarme los detalles para mí. Tan solo diré que él puso palabras a los pensamientos que se habían estado gestando en mi interior durante este tiempo:
“Nada es permanente”.
Ayer, monté en bici después de mucho tiempo y el sendero hacia mi destino me condujo hacia el oeste, dándome la oportunidad de bañarme en sol poniente. La luz lo inundaba todo y coloreaba las luces con calidez. ¡Qué hermosas estaban las nubes! El rosa fundiéndose con el gris, coqueteando con el blanco, las formas cayendo, esparciéndose o simplemente flotando.
Y en ese momento de tanta belleza, una voz interior me susurró:
“¡Qué gran momento para morir!”
Parece contradictorio, que en un instante de pura vida uno piense en la muerte. Pero así me sentía yo. Estaba preparado para dejar ir toda esa belleza. No había ansias de extenderla, ni preocupación por que se acabe, sabía que terminaría, sabía que el sol se pondría, que la oscuridad llegaría, y que eso, estaba bien.
Nada es permanente. Y cuando abrazo la naturaleza finita de la vida, cuando me entrego al momento, siento la eternidad en cada uno de sus pestañeos.
No puedo expresar la emoción que me invade cuando contemplo mi existencia, consciente de que en algún momento, acabará. Y aun sabiendo que habrá un final, siento en mis entrañas que hay algo que dura para siempre. Me gusta no entenderlo, ni intentar controlarlo, tan solo vivirlo.
Ya ha empezado. Hace un tiempo hablaba de que el siguiente capítulo de mi vida consistiría en dar un salto a lo desconocido. Y ahora veo que eso ya no es algo para contemplar en el futuro, un plan lejano o una idea rondando en la cabeza. Es real.
Me la he jugado, una vez más. Y es excitante. No puedo expresarlo de otra forma. Me emociona no saber lo que ocurrirá. Me emociona lanzarme al mundo, con la certeza de que no controlo el resultado y que no tengo nada que perder.
¡Qué liberador es eso último! Y sí, estoy corriendo un riesgo, pero, el riesgo es la semilla de la que nace una oportunidad. Y, ¿Qué hay de la suerte? ¿Qué papel juega en todo esto?
No lo sé. Tampoco sé si yo tengo buena o mala suerte. De hecho, creo que la suerte no es lo uno ni lo otro. Pero sí que soy consciente de lo afortunado que soy, y que eso no me lo he ganado, pero que tampoco se lo debo a nadie. Tan solo me siento agradecido. Siento tanta gratitud en este instante. Y agradecer, me impulsa a dar. Porque lo que se llena, se tiene que vaciar, tiene que haber equilibrio. El agua no puede retenerse, tiene que fluir, seguir su camino, siempre por el sendero más sencillo, saltando, quebrando, siempre en movimiento, hasta llegar al mar.
Voy a vivir muy cerquita del mar. Me rio. No sé lo que va a pasar.
El señor del cartelito me dijo que le gusta observar la vida, y que se da cuenta de que hay muchas cosas que están mal en este mundo. Y sí, tiene razón, hay muchas cosas que están mal, aunque, siempre se puede empezar de nuevo.
Al despedirnos, le agradecí su tiempo, le deseé un buen día, que siga sus sueños y que sea feliz.

Él sonrió, posó sus ojos sobre los míos y me dijo que ya lo era.