viernes, 28 de julio de 2017

EX

Hoy desperté sobresaltado. Tuve un sueño con mi ex…
En primer lugar, no me gusta esa palabra: “ex”. No me gusta porque en mi vida solo hay dos personas a las que podría otorgarle ese título, pero tan solo utilizo ese término para referirme a una de ellas.
“Ex” me suena a lejano, impersonal, dos letras que reflejan algo que se perdió y que ya no está. No me gusta esa palabra, pero menos me gusta utilizarla y que me salga de manera natural cuando hablo de la persona con la que tuve el sueño anoche.
No hablo con esa persona desde hace tres años y medio, pero casi siempre que la menciono es para recalcar lo diferentes que éramos y de cómo esa relación no iba a ninguna parte desde el principio. Además, cuando surge una conversación acerca de ella, no voy a mentir, lo hace en un tono sarcástico y burlón, centrado únicamente en mi versión de la historia.
Pero hoy, después de ese sueño, he sentido la necesidad de comunicarme con ella.
Así que, por si algún enrevesado capricho de la vida hace que acabes leyendo esto, estas palabras son para ti:
En primer lugar, lo siento. Lo siento de verdad. Es algo que nunca te dije cuando separamos nuestros caminos. Estoy seguro de que tomé la decisión correcta, no solo para mí, sino para los dos, por la sencilla razón de que yo ya no podía dar todo mi ser en la relación que teníamos; y en la vida he aprendido que algo solo puede florecer cuando te entregas con todo lo que tienes.
No te pido disculpas porque nuestra relación terminase, lo hago por lo que vino después. Siento que en los años que vinieron luego no he sabido valorar lo que tuvimos, ni honrarte en mi memoria.
La verdad es que conocerte me llenó el corazón de esperanza. Apareciste en un momento en el que me sentía muy solo, y en el que no estaba listo para afrontar esa soledad. Entraste en mi vida como un soplo de aire fresco, y todo me parecía fascinante en ti; tu nacionalidad, tu cultura, tu familia, tu manera de entender la cocina, la carrera que estudiabas. Fue un placer conocerte e irte descubriendo.
Recuerdo que al principio nunca discutíamos, y eso me extrañaba, tanto así, que un día le dije a un amigo que estaba deseando que tuviéramos nuestra primera pelea, tan solo para asegurarme de que lo que teníamos era real.
Y ese día llego. Y no fue una discusión, sino varias, por diversos temas. Creo que es justo decir que los dos nos atrincherábamos en nuestras fortalezas, y desde ahí pretendíamos convencer al otro de nuestra opinión. Esas discusiones nos desgastaban, como gotitas de agua que se derraman sobre una roca, hasta partirla.
Uno de los temas principales de discusión fueron los celos. Los dos los padecimos, pero solo puedo hacerme responsable de mis acciones, así que por eso, también lo siento. Siento haberte juzgado y haberme obsesionado con las personas que vinieron antes que yo. Siento haber sido tan egoísta y haber tenido tan poca confianza en mí mismo como para exigirte haber sido el único en tu vida y en tu corazón. Siento haber volcado mis propias inseguridades en ti y no haberte tratado con todo el cariño que merecías.
Yo tenía mucho por aprender en aquel entonces, y ahora incluso más. Pero comprendí valiosas lecciones contigo. Siempre voy a recordar esa tarde en la que yo te estaba dando una de mis charlas acerca de cómo cambiar el mundo, presumiendo de mis códigos morales y de que mi mayor prioridad en la vida era ayudar a los demás; y de repente, en medio de mi cháchara, tú te metiste a la avenida y te acercaste a un coche que estaba parado. Su conductor estaba fuera, intentando empujarlo, y tú, con total naturalidad, te ofreciste a ayudarlo. Después de sonreír con ironía, yo también me uní a la faena y el tipo pudo meterse de nuevo al auto y ponerlo en marcha.
Sin embargo, el momento por el que más te agradezco, llegó después. Era una mañana de principios de verano. El curso universitario había terminado y yo acababa de suspender 7 asignaturas. Estaba echado en tu sofá, cabizbajo y pensativo, y cuando me preguntaste qué pasaba, intenté resistirme y decirte que todo estaba bien. Pero claro, tú insististe, y al final, después de un gran suspiro, te dije que sentía que yo no valía la pena. Me empezaron a brotar riachuelos de los ojos y saqué todo lo que llevaba dentro; te hablé de mi miedo a ser considerado tan solo un número, y que si hablábamos de números, yo era un fracaso. Te hablé del sentimiento de mediocridad que me envolvía, te dije que nunca en mi vida había destacado, que siempre me había quedado a medias. Te conté mis miedos a ser juzgado y a ser considerado como alguien insignificante, pero sobre todo, te hablé de ese profundo temor a que el mundo no pudiera ver que yo era más que una persona que suspendía 7 asignaturas en un semestre. Y tú me dijiste que ya era mucho más que eso. Me miraste a los ojos, sujetaste mis manos y me dijiste que era un chico con un corazón bueno, que quería hacer el bien y que era sensible al sufrimiento de las personas. Me dijiste que daba lo mejor de mí a la gente que conocía, y que mi alegría y energía contagiaban a los demás.
Aquel día, quizás sembraste la primera semillita que me hizo dar cuenta de que las notas de la universidad no eran lo más importante en la vida.
Aunque no quisiera, eres parte de mí. Pero, ¿Sabes qué? Quiero, y te lo agradezco.
No sé qué estarás haciendo en tu vida, qué caminos estarás recorriendo o con qué personitas estarás compartiendo tus días. No sé si te volveré a ver, o si algún día volveremos a hablar, pero necesitaba decirte esto.
Además, creo que al principio no fui del todo sincero cuando dije que estas palabras eran para ti, porque en definitiva, también son para mí.
Creo que después de este relato, no necesitaré volver a referirme a ti como “ex”. Tu nombre basta, y suena mucho más bonito.

Ojalá que tu corazón siga retumbando con fuerza y que en él no lleves cargas, sino entusiasmo y ligereza.

miércoles, 26 de julio de 2017

Esta Tierra Importa

Voy a hablar de un pedazo de tierra al que se llama Bolivia.
Aquí hay árboles de barrigas gorditas, tierras planas y montañas que rascan los cielos. Aquí hay ciudades de hormigas, vientos del sur, ríos grandes y desiertos de sal.
En estas tierras crece pasto húmedo, de ese que todas las mañanas se moja, aunque no llueva. Hay caminos de tierra y atardeceres que los tiñen de rosado. También se respira verde en los bosques, un verde que parece meticulosamente compinchado con el azul del cielo, creando contraste y a la vez equilibrio, entre lo que está arriba y lo que descansa abajo.
Aquí hay yuca en el oriente y papas para elegir en occidente. Hay choclo y locoto, cacao en los yungas y monos que rugen desde la profundidad de la selva. Hay pájaros de mil colores, mosquitos de diversos tamaños, hornos de barro y hamacas que se mecen despacio, entre postes. Hay altiplano, tan extenso como alcanza la vista, cubierto de siluetas de llamas y casitas dispersas. Hay frío, calor, humedad que se pega y frío que te agrieta. Y cómo olvidar la noche, que se viste negro y en cuyo manto se regocijan las estrellas, esparcidas como mil luciérnagas a través de la oscuridad.
Aquí, también hay que decirlo, hay basuras de plástico que adornan las calles y autos viejos exhalando humo negro. Hay naturaleza que se arrasa y destruye para ser transformada en billetes verdes, o números escritos en una pantalla. Aquí se alzan edificios de cristales relucientes al lado de viviendas derruidas. Hay anuncios que venden belleza en tratamientos de depilación, y que enseñan felicidad en botellas de coca cola.
En esta tierra hay avenidas atascadas, bocinazos, latas de cerveza, perros huesudos, canales que se utilizan de vertedero y centros comerciales gigantescos. Hay hoteles de lujo, niños que venden chicles, deslizándose descalzos. Hay vacas con joroba, campos de soya transgénica y tomates de goma.
Entonces, ¿Es Bolivia fea o hermosa?
Quizás la respuesta no pueda darse de manera tan dicotómica. Pero de lo que estoy seguro es de que este lugar vale la pena.
Sin embargo, aquí percibo cierta energía de pesimismo, o mejor dicho, de desinterés. Y esa energía no solo la siento aquí, sino en la humanidad, como una especie de letargo generalizado.
A veces llegamos a creer que esta vida y esta Tierra no valen la pena. Cada cual encuentra su excusa adecuada para decir que ya nada importa. Y uno de los mayores problemas es que nos sentimos insignificantes. Eso en particular me ocurre a menudo, creerme chiquito y que mis acciones no tienen relevancia.
Y esa misma sensación de insignificancia y pequeñez he sentido en la gente al llegar a Bolivia.
No me considero patriótico, pero creo que aquí no valoramos lo suficiente este suelo que nos cobija.
Creo que lo primero que hay que hacer es detenernos y observarnos, mirarnos unos a otros y hacerlo de verdad; observar nuestro pelo, nuestras narices gordas o flaquitas, las manchas de la piel, nuestras arrugas, las venas que se deslizan por los brazos, nuestras piernas y torsos, tomar conciencia de que somos humanos, todos únicos y todos iguales, al mismo tiempo.
Valorar lo que somos, aceptando lo que somos; seres vulnerables y de increíble capacidad creativa, explorando un lienzo con infinitas posibilidades. Y ver que eso se extiende a cada personita que habita este lugar, sin importar lo que haga, lo que sienta o lo que esté atravesando. Siento que es crucial entender que aunque queramos buscar mil excusas para dividirnos, estamos en esto juntos, nos guste o no.
Yo creo en nosotros, creo que podemos crear un mundo que se base en el cariño y en un profundo sentido de unidad, en el que podamos expresarnos de manera libre y sincera, un mundo que no busque ser perfecto y que tampoco lo exija. Un mundo en el que todos tengamos derecho a tropezar y no sentir vergüenza por ello.
Y sí, en Bolivia hay pobreza, corrupción y sufrimiento, como en todo el mundo. No se trata de cerrar los ojos a lo que no nos gusta, ignorar lo que nos desagrada o inyectarnos apatía para que nos deje de importar.
No pretendo dar consejos ni decir a nadie lo que tiene que hacer. Tampoco se me ocurren soluciones o planes estructurados para mejorar las cosas.
Lo único que tengo claro es que esta tierra vale la pena. Vale la pena escurrirla entre tus dedos y darle gracias. Vale la pena darle todo mi amor y dedicación a este mundo y a cada persona con la que me encuentre. Valen la pena todos los seres que habitan este planeta, en todas sus formas, tamaños y colores.

Acabo de observar que tal vez resulte confuso saber cuándo me refiero a Bolivia y cuando estoy hablando del planeta cuando uso la palabra “tierra”, pero es que siento que en realidad son lo mismo.
La idea de este texto surgió queriendo hablar de Bolivia y con la intención de hacer que la valoremos más, que veamos que su gente, su cultura y todo cuanto contiene vale la pena y merece ser reconocida como algo valioso. Pero, a medida que escribía, me di cuenta de que también necesitaba hablar acerca de la importancia de valorarnos a nosotros mismos y a toda la vida en general. Me di cuenta de que uno no se puede centrar en una sola porción de tierra y en solo una parte de la población.
Quería expresar en este texto cuánto me importa la tierra en la que nací, pero la verdad es que al expresar cariño hacia este lugar, me vinieron también cálidos latidos con aroma a España y a las personas con las que he podido compartir mi vida por la península ibérica. Y tampoco puedo olvidarme de Estados Unidos y sus bosques y la casa del río en Ohio.
Es como que quería hacer que Bolivia sea más importante que los demás, darle un lugar privilegiado en mi corazón, pero siendo sincero, no puedo. No puedo querer más un pedazo de tierra que otro. No sé, creo que el amor tiene eso, que es imposible dirigirlo a un punto en concreto. El amor brota y se esparce y llega, impregnándolo todo, calando hondo, haciéndote cosquillas, dándote ganas de reír y derramar lágrimas al mismo tiempo.

En fin, que con este texto tan solo quiero decirle a todo el mundo que valoremos el lugar en el que estamos, cualquiera que sea. Que abramos los ojos y que los cerremos cuando haga falta, que no tacañeemos abrazos y que no escondamos lo que somos, ni de dónde venimos.


martes, 11 de julio de 2017

3 Días. 3 Continentes

Son las 7 de la mañana en Sao Paulo, mi última parada antes de llegar a Bolivia (si es que llego).

Capítulo 1: Valencia
Cada día había cosas que hacía por última vez. La última comida en nuestro apartamento, la última vez que bajaba los cinco pisos, la última vez que recorría el río o que pedaleaba en bici.
En Valencia, hace seis meses, me convertí en profesor y ha sido una experiencia trepidante, llena de emociones, desafíos, inseguridades, alegrías, cansancio, energía, gritos, consejos y planificación de actividades. Me siento en paz conmigo mismo después de haber terminado el curso. Este año pude comprobar algo que ya sabía, y es que cuando algo te apasiona, le echas ganas y te despojas de excusas.
Había días que estaba durmiendo la siesta y cuando sonaba el despertador, lo que menos me apetecía era realizar una travesía para estar con unos chiquillos que no quieren estar en un aula a las 5 de la tarde. En la universidad, cuando la desmotivación acechaba, yo me entregaba a ella, y ni siquiera había conflicto o duda cuando sonaba el despertador; lo apagaría y seguiría durmiendo.
¿Cuál es el cambio? A veces, por sonar como un héroe, les decía a los demás que en esta ocasión no se trataba solo de mí, que esta vez había personitas que contaban conmigo. Pero eso es una mentira cochina. Estoy seguro que la mayoría de mis alumnos hubieran celebrado a lo grande si yo faltaba a clase. No lo hacía por los demás, lo hacía por mí. Apagaba el despertador, me cambiaba y si todavía me notaba aturdido, me comía un cuadradito de chocolate negro, pero iba. Era como una especie de compromiso conmigo mismo, y siempre, en cada trayecto a clase, me preguntaba: ¿Dónde te gustaría estar en este momento?
La respuesta era siempre la misma: Aquí. Si pudiera elegir hacer cualquier cosa y estar en cualquier sitio, sería aquí y haría esto mismo, ir a dar clases.
Siento que en la clase me transformo. Me siento con confianza, mis hombros se echan para atrás, camino con soltura y mis manos parece que bailen al son de mis palabras. No sé con exactitud por qué me gusta ser profesor, pero lo disfruto de verdad. De eso sí que estoy seguro, porque no solo disfruto los grandes momentos, esos en los que sientes que estás compartiendo conocimientos, en los que los chicos son creativos y colaboran entre ellos y una energía de entusiasmo llena el ambiente; sino que también he aprendido a disfrutar de las expectativas frustradas, del desinterés,  las provocaciones, los intentos de chantaje, las ganas de hacer pipí y hasta mis propios errores. Estos últimos son abundantes y aun así, difíciles de digerir. Dar clases me está ayudando a exponer en una bandeja mis fallos e imperfecciones, y así, dejándolos a la vista, empezar a darme cuenta de que tal vez no haga falta llamarlos fallos e imperfecciones. Sino tal vez, aspectos de mí mismo a los que suelo tener rechazo, pero parte de mí al fin y al cabo.

Capítulo 2: Casablanca
Vuelo de dos horas y escala de 24 antes de partir hacia Sao Paulo. Y todo ese tiempo da para muchas reflexiones. Al dejar Valencia y emprender este viaje, brotaba una vez más la pregunta de qué vendría después.
Cuando el avión despegó,  mi cabeza recorrió en imágenes los meses pasados y me sentí tranquilo, tanto por las clases, como por el tiempo compartido con las personas de la ciudad del Turia. Me sentía pleno, cargado de abrazos y deseos de buena suerte. Sin embargo, al mirar hacia adelante, ya no había tanta tranquilidad, sino más bien incertidumbre.
Lo bueno de los aeropuertos es que mi cabeza se centra en lo que se tiene que centrar y nada más. Palpo mis bolsillos con frecuencia para asegurarme que todo está en su sitio, controlo el tiempo que queda para embarcar y me aseguro de que mi botella esté cargada de agua.
Por eso, no fue hasta llegar a mi hotel cuando las divagaciones acerca del futuro volvieron a asaltarme. Y sí, reservé un hotel en las afueras de Casablanca, uno con piscina, jardines con rosas, cama grande, aire acondicionado y un cachorrito que no paraba de morder los tobillos. Me costó 56 euros y me sentía muy avergonzado de haber tomado una decisión así. Me sentía culpable y sentía que aquella decisión no encajaba con mi perfil humilde y ahorrativo. Pero bueno, la verdad es que quería descansar bien, tener mi propia habitación y nadar en la piscina.
Como decía antes, en el hotel me volvieron las divagaciones. Estaba en mi hotel con piscina y jardines y no podía disfrutarlos del todo porque mi cabeza estaba anclada en el futuro, ya no solo en lo que haría, sino en el sentido de lo que haría. ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué sentido tiene estar aquí?
Entonces vi unos pajarillos agruparse en una esquina de la piscina y tomar sorbitos al tiempo que cantaban con alegría mañanera. Y en ese momento volví, volví a ese instante y a la vida y me di cuenta, maravillado, de dónde estaba. En Marruecos, donde hace dos años trepé una montaña y casi muero congelado, donde vi estrellas fugaces surcar dunas y donde me enamoré de Colleen.
Sin motivo alguno, recordé un atardecer en la playa, hace poco, jugando a las palas con Berni y los otros lorzombawers. Yo corría y me tiraba por la arena, me estiraba y me lanzaba con total determinación incluso a las pelotas que sabía que no podía llegar.
Ese es el sentido de la vida, sentía dentro de mí, lanzarte con todo tu ser incluso allí donde no puedes llegar, porque habrá un momento en el que llegarás… o no. Llegar en realidad no importa, sino lanzarte, con todo tu corazón, pulmones y tripas. Siempre queremos buscar el sentido al final, o con la excitación previa, que no tiene nada de malo. A mí todavía me alegra el alma recordar el título de los Spurs en 2014, o volver a Cuevas el año pasado. También me emociona ver a mis hermanos y a mi mamá en unas horas, pero ahora estoy aquí, en el aeropuerto de Sao Paulo, escribiendo y con muchas ganas de hacer pipí.

Capítulo 3: Sao Paulo
Estoy al lado de la puerta 246, acabo de llenar por tercera vez mi botella y estoy listo para el abordaje. Llegué ayer a este sitio estando carcomido por dentro y derruido por fuera. Así, me tiré al suelo abrazado a mis mochilas y me quedé dormido. Me levanté una hora después y volví a dormir una hora más, repitiéndose ese mismo proceso hasta tres veces. Aquí la piel va del rosa pálido al negro, pasando por un gran número de tonalidades marrones, el mestizaje característico de Latinoamérica, o mejor dicho, de la humanidad. Solo he pisado baldosas de aeropuerto en Brasil, pero ya siento gran cariño y conexión a esta cultura y este idioma cantarín.
Este viaje me ha machacado, pero también ha revitalizado una llama de hermandad en mis adentros. Ver tanta gente, tan distinta, tantos ropajes y expresiones, y al mismo tiempo, todas personas, todos con cabezas complicadas que juegan malas pasadas, pero todos con el potencial de ser ellos mismos y lanzarse con todo su ser a por esa pelota imposible en la playa.
En esta gran familia humana, ya no busco perfección. Esta familia nuestra tan solo necesita una sólida base de cariño y confianza mutua, y a partir de ahí ir aprendiendo, de a poquito, como los cachorritos torpes y vulnerables que somos.



P.D.: Ya llegué a Bolivia.




sábado, 27 de mayo de 2017

Caracoles


Hay caracoles, pequeños y babosos, de antenas pegajosas y mentes curiosas, seres nobles y educados, que se juegan el pellejo para llegar al otro lado.
Tengo miedo de repetirme, de decirme lo mismo y olvidarme de lo aprendido. Tengo miedo a que me lean y a que no me lean. Tengo miedo a perderme el presente por preocuparme del futuro, y tengo miedo de que el futuro me robe el presente. Tengo miedo al mundo y a sus reglas. Tengo miedo a los permisos de residencia y las Visas. Tengo miedo al dinero, a no tenerlo y a poseerlo, a convertirme en su esclavo y a darle más importancia de la que tiene. Tengo miedo al dolor y a desaparecer, tengo miedo a que mi voz no se oiga y que mis pasos no dejen huella. Tengo miedo de ser arrogante y también tengo miedo de no confiar en mí mismo. Tengo miedo a estar solo y a perderme en la muchedumbre. Tengo miedo a admitir que tengo miedo. Tengo miedo a no hacer lo que siento, a no seguir lo que me late por dentro. Tengo miedo a que mis miedos sean más grandes que mis sueños.
Tengo miedo, y quisiera no tenerlo. Quiero mostrarme seguro y firme, con confianza en la mirada y claridad en mis pasos.
Pero bueno, a pesar de todo, estoy aquí, y tengo algo que decirme:
Recuerda la lluvia, recuerda los charcos que forma y la melodía que crean sus gotas. Recuerda tu risa, esa aguda y explosiva, que sale sola, sin motivo aparente. Recuerda la felicidad de correr con los brazos extendidos, y los pies deslizándose tan rápido como pueden. Recuerda las miradas con las que te has cruzado, recuerda la vida que las inundaba. Recuerda las finales de los Spurs en 2014. Recuerda esa madrugada en la que llorabas a las 6 de la mañana por ese equipo de Básquet. Recuerda a los chicos del Alto y a tus hermanos. Recuerda a tu mamá y a tu papá, la casa de Mamá Agarita. Los consejos de la Ushi. Crecer con el Rafo, tu arrogancia de niño. La competitividad extrema con Daniel. Mario Vazquez.
No hacemos esto para publicar en ningún sitio. No haces esto para ser reconocido ni por dar una imagen. Haces esto por los caracoles del mundo, por esos caracolitos a punto de ser hervidos en el mercado. Haces esto por los Forest Gump del mundo. Porque el verdadero amor no juzga, el amor no entiende de buenos o malos, el amor se entrega, sin preocuparse, sin poner condiciones.
Recuerda a Colleen y sus piernas peluditas, su mirada destellante, sus constelaciones de estrellas. La Yahita y sus patitas de pájara, Panchito y su pelo rizado, Berni y sus ojos oscuros. Su mamá y su cara redondita, su papá y sus chistes, Mateichu y sus actitudes. Richard y su mente científica. Mis profesores, todos ellos. Los mendigos con los que compartí monedas y momentos. Las personas que me han sonreído, el burrito que se me acercó en el prado. Los caballos, las rosas, los ríos, los árboles. La familia de sangre  y la familia de especie, la familia de vida, y la familia de objetos inertes, pero vivos, porque todo vive, incluso lo muerto. Hay vida en el cementerio, en las casas y los ladrillos de edificios. Hay vida en los mosquitos que pican y en los mosquitos que mueren.
Guille y sus palabras reflexivas. Peg y sus explicaciones, Frank y sus monosílabos. Upper ARLLINGTONg. Bolivia. España, Perú, Chile, Dinarmarca. Todo es lo mismo, todo es uno.
Corre, Salta vuela, daan igual os errores ortorgradficos. SE CIERRAN LOS DEDOS, SE AGRANDA EL CORAZO´N , SE CREAN PORTALES, ENTRE LA TIERRA Y EL SOL. Somos Bestias pardas!
Somos Ginóbili, somos melenas al viento y calvas cabezas. Somos pies sucios y zapatos lujosos, somos Harvard y Yale, somos analfabetos sin nada más que piel. SOMOS GRANDES Y pequeños, somos el griito que nace del silencio, somos nada y somos todo.
Somos el lago de Ohio, su aguas claras y somos FRED, SU ACENTO ININTELIGIBLE, EL UNIVERSO ENTERO Y UN PUNTO DIMINUTO escrito en papel.
Esto es por ti, por mi y por todos, porque todo es igual. No hay prisa. Hay un moco colgando de mi nariz que me hace reír. Recuerda todo. Pero no recuerdes nada. No hay nada que recordar, porque todo está aquí.
Vive. Tan solo vive Arielito. Vive porque esta vida vale la pena, en cada momento, en cada comida, cada instante es un regalo tan tan grande, tan tan precioso. Cuida este instante, dale mimos, abrazos y besos.



lunes, 24 de abril de 2017

Volver

Volver a Bolivia. Poco más que un año después, ¿Quién me lo iba a decir?
Hace un año y dos días me estaba subiendo a un bus para emprender un viaje de 18 horas desde el trópico al altiplano. Al entrar a ese bus decía adiós a la ciudad en la que nací y crecí. Sentía dolor en el corazón, pero también alegría, esa alegría que permanece incluso cuando todo ya ha acabado, esa sensación de haber vaciado tu alma y corazón, sin haberte reservado nada, ese sentimiento curioso, en el que la vida hace las paces con la muerte.
Y hoy estoy en Valencia, al costado derecho de la Península Ibérica, viviendo en la tierra en la que pasé mi adolescencia. Cuando dejé este lugar, nunca pensé que volvería a vivir aquí.
Y aquí estoy, en un quinto piso sin ascensor, escribiendo con mis pies sobre una mesa de cristal, bebiendo agua con cal y escuchando el murmullo de la avenida del Puerto.
Tanto ha pasado en un año, y a la vez tan poco… Siento que cada vez me es más difícil recordar, y al mismo tiempo, de cuando en cuando, me vienen intensas ráfagas de todo lo vivido. Me vienen imágenes, olores y sonidos que transportan a tiempos pasados y que fantasean con otros aún por llegar.
Hoy, por ejemplo, escuché dentro de mí las voces de Jeff y Bryan, unos amigos de Austin, a los que nunca olvidaré.
Hay tantos rostros impresos en mi corteza cerebral, tantas sonrisas y miradas, gestos serios y ceños fruncidos, mejillas radiantes y frentes pálidas, narices con pecas y párpados con arrugas, todos ellos conformando la cara de la humanidad.
Siento que he visto tanto y que la gente aún me llama joven. ¡Qué afortunado me siento de estar vivo! De poder respirar y escuchar zumbidos de abejas.
En ocasiones he sentido que no merezco esta vida, que no me la he ganado, que no he sufrido para llegar hasta aquí. Pero, ¿A dónde he llegado?
A ningún lado. Mi gratitud más profunda no viene de las cosas que he conseguido, del lugar en el que me encuentro o de posibles hazañas de las que podría presumir. Mi gratitud más profunda viene hacia la vida. La vida me fascina. Por eso escribo en este blog llamado “Nací para Vivir”, porque haga lo que haga, ese título contiene mi esencia, o mejor dicho, la esencia que la vida quiere expresar en mí.
Siento tanta gratitud hacia tanto que ni siquiera valdría la pena mencionarte, pero si estás leyendo esto, te aseguro que te doy las gracias. En serio, si estás leyendo esto, gracias de corazón por darte tiempo para recorrer estas páginas y conocer un poco acerca de lo que siento. Muchas gracias y ten por seguro que si algún día te veo, seguramente te abrace, y fuerte.
Pero bueno, volviendo al principio, voy a ir a Bolivia una vez más, esta vez con fecha de vuelta, pero, ¿Qué es volver y qué es ir?
Y es curiosa la sensación que tengo. Quiero compartir mi alegría con todo el mundo, quiero gritarle a la luna y susurrarle a los pastos que voy, que he comprado los vuelos, que estoy emocionado por lo que me espera el 4 de julio, que este año no será en Minnesota, viendo arder una fogata gigante ni durmiendo en una tienda. Quiero contar que voy a Bolivia, pero al mismo tiempo no quiero faltarle el respeto a este momento, a este precioso momento de madrugada, en el que los ojos se empiezan a cansar y las piernas a adormecer.
Una vez más, de la nada, surge la pregunta, ¿Cuál es el sentido de todo esto?
Y una vez más, me rio, porque la vida pierde su sentido en el momento en el que intentas buscárselo. ¿Verdad Carlitos?
Hoy me siento inspirado para dar otro consejo, que sería este:
No des por sentado este instante, no dejes de dar un beso, decir te quiero o dar las gracias porque piensas que ya habrá más momentos para hacerlo. No te pierdas la oportunidad de hacer un gesto de cariño a un desconocido, y por desconocido me refiero a todo el mundo, incluso a ti mismo. Este instante es tan precioso, y como todo lo auténticamente bello, es frágil y vulnerable. Este momento se va y no vuelve, pero por favor, que estas palabras no siembren miedo, que no hay por qué tenerlo, porque cada momento es único y en cada instante hay una nueva oportunidad. No hay por qué tener prisa, que no vamos a ninguna parte. Seamos como el río, que fluye por donde puede, y que con certeza sabe que llegará al océano, aunque desconoce cómo o cuando lo hará, él tan solo sabe porque ya está ahí, porque el río es el manantial que nace y es el mar al que desemboca. Por eso, cuando nos sentimos que estamos en esa parte seca del río, esa cuyas orillas se agrietan y el agua fluye en un hilo, podemos recordar que somos el río entero y que de algún modo, llegaremos al océano. Y aun así, el objetivo no es llegar, sino disfrutar del camino y aprender de lo que éste nos va deparando.

Que voy a Bolivia en Julio, pero que ahora estoy aquí y aquí voy a estar hasta que ya no esté.


lunes, 27 de marzo de 2017

El Equilibrio Natural

El otro día fui testigo de una pelea de gaviotas. Había al menos una decena de ellas surcando los edificios, dando giros bruscos, todas ellas persiguiendo a una de las aves, que sostenía algo en su pico. Las alas batían con fuerza, los cuerpos se movían frenéticos, en un espectáculo majestuoso y violento al mismo tiempo.
Hasta que por fin, después de un buen rato de persecución, una de las gaviotas logró arrebatarle lo que tenían en el pico a la otra, pero sin poder controlarlo, el objeto cayó al suelo, justo en medio del paso de cebra, justo cuando el semáforo peatonal estaba en verde.
Y yo, que hasta entonces ejercía de espectador de aquella escena, me convertí en protagonista. El objeto caído resultó ser un par de alas de golondrina, unidas mediante carcomidas articulaciones, carentes ya de carne. No había resto de la cabeza, ni del cuerpo, tan solo las alas.
Primero me acerqué para observarlas, y luego, sentí con claridad lo que había que hacer.
Recogí las alas y volví a la acera. Levanté la vista al cielo y ya no había ni rastro de las gaviotas. Al final, tanta pelea para nada.
Recorrí media calle y me metí en una placita, para luego internarme entre una espesa mata de arbustos. Ahí en medio deposité las alas y le dije a la golondrina que descanse en paz.
No puedo expresar lo significativo que fue ese momento para mí.
La vida es este instante. No te confundas, me hablo a mí, pero la voz tiene eco, y llega a lugares inesperados, y cada cual escucha lo que puede y lo que necesita.
La vida es este instante, no es mañana ni ayer, la vida no es sueño, ni objetivo, ni logro. Y tal vez pienses que da igual, tal vez no quieras vivir este instante, quizás te sepa a poco. Pero la realidad es que todo ocurre ahora. Ahora es cuando el corazón late, cuando las nubes se mueven, despacito por el cielo, cuando los vecinos andan y sus pasos retumban. Es ahora.
Y en este ahora está mi vida entera, la vida entera. Lo estoy experimentando todo. Hay veces que no hay otra explicación.
Existe ese sentimiento indescriptible, que no es alegría ni tristeza, nostalgia o añoranza, ese sentimiento que engloba, que abraza mejor dicho.
Abrazar, que gesto tan noble, tan simple. Qué simbólico abrir los brazos, agarrar la totalidad y cerrarlos, dejando que el todo suspire hasta convertirse en nada, en su continuo ciclo natural.
Y es que hay un equilibrio en esta vida, hay un equilibrio natural y profundo, algo que mueve la esencia. Hay una conexión creativa, un algo que cosquillea, una vibración que lo sacude todo, como si de mil tambores se trataran.
Da igual lo que hagas, lo que pienses… Da igual que mates, o que siembres, que luches, que te sientes, que leas, que gruñas o que te revientes. Hay un equilibrio natural y no hay nada mejor que nada. No hay nada inherentemente malo, ni bueno, Y en estas mismas palabras me contradigo, pues no hay verdades absolutas.
Pero hay un equilibrio natural, y en ese equilibrio hay vida y hay muerte. Ese equilibrio no se provoca ni se logra, a ese equilibrio se vuelve y con él se fluye, sin resistencia.
Y aunque no se quiera, todo vuelve a ese equilibrio, de una manera u otra. Como esas alas de golondrina.
Todo empieza en este instante, en este mismo momento. Aquí y ahora.

Abraza. Si pudiera darte un consejo, sería ese. Abraza tanto como puedas. Abraza a las personas, a la arena, a los árboles, abraza las gotas de lluvia y abraza el viento cuando sopla fresco. Abraza los miedos e inseguridades, abraza esa sensación de sentirte pequeñito, abraza las lágrimas cuando derramas tristeza. Abraza las arrugas de la vejez y la energía desmedida de la juventud, abraza la calma del riachuelo y el estruendo de la cascada. Abraza los días y las noches, abrázate antes de dormir y al despertar.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Moonlight

Las gaviotas planean sobre el puerto, el agua se mece tranquila, pero constante, dejando reflejos en una lona blanca que hace de techo. Hay gente que patina, humanos que siguen ritmos con sus piernas, personas en bici, turistas andando, gatos callejeros, dando pasitos callados. Las nubes se mueven y las banderas ondean.
La arena está húmeda todavía, y el mar ruge despacito, como un ronquido, como si se estuviera levantando. El sol juega al escondite con las nubes y las palmeras le bailan al viento.
Yo me descalzo y mis pies agradecen la textura fría y esponjosa, los miles de granitos metiéndose entre los dedos. Hay un grupo de adolescentes en la playa, intentando hacer acrobacias, pero sobre todo, moviendo el cuerpo, de vez en cuando tirándose en la arena y hablando, una conversación que no escucho, ni entiendo. Pero, de algún modo, me veo en esos muchachos, y sinceramente, me alegra que casi no miran sus teléfonos móviles.
Hay tanta vida en una mañana, en un desayuno, en cada instante. La diversidad ronda en las esquinas, lo diferente reina sobre lo corriente, pero aun así nos asusta lo que desconocemos, y de esa desconfianza nacen nuestros conflictos que separan y que dividen la vida en razas, países, géneros y religiones.
Y tal vez sea simplista reducir los problemas de la vida a un párrafo, pero hoy he visto una película sencilla y a la vez profunda. Una película que me hizo pensar en el racismo, la segregación, la masculinidad, la homosexualidad y el sistema educativo, pero lo más importante, más que hacerme pensar, me hizo sentir, sentir algo que no puedo explicar ni pretendo entender. Y al salir de ver la película, levanté la vista al cielo y me topé con la luz de la luna, y no pude evitar sonreír y también llorar.
Me siento muy agradecido por poder expresar mi sensibilidad. Además, realmente siento que los momento más intensos de mi vida han sido aquellos en los que me expresé sin pudor alguno, esos instantes en los que, como me gusta decir, me hinqué ante la vida con los brazos extendidos, sin nada que esconder ni aparentar.
Pero siento que todavía no he sido vulnerable del todo en mis clases.
Llevo ya dos semanas como profesor, “trabajando” como se suele decir. Sin embargo, no me gusta decir a la gente que ahora trabajo. No sé, tengo la sensación de que cuando utilizo esa palabra, los demás la interpretan como que por fin me he rendido ante el sistema y que ahora soy una persona común y corriente, con sus ingresos y sus gastos que cubrir.
No me gusta esa interpretación, ni tampoco me gusta creer que doy clases por dinero, o que ser profesor es un esfuerzo o alguna clase de sacrificio.
La verdad, sin embargo, es que estoy exhausto y que tengo mucho menos “tiempo libre” que antes. Gran parte de mis pensamientos y energías van ahora dedicados a mis alumnos, niños, adolescentes y adultos. Invierto muchas horas preparando las clases, en parte por mi nula experiencia en este campo, y en parte para hacer el intento de enseñar de manera más dinámica que la corriente.
Es raro esto de enseñar. Yo, enseñando. Me rio al pensar en ello. ¿Quién me lo iba a decir?
Me viene a la cabeza una canción de Calle 13 en la que dice: “Lucho por la educación y nunca fui buen estudiante”.
Hace poco me sentía mal por no tener títulos y ahora, todavía sin ellos, soy profesor. ¿De qué?
De Inglés. Pero ahora me doy cuenta, una vez más, de que la asignatura realmente no importa, la educación siempre trata acerca de la vida y cómo vivirla con coherencia. Y en eso, da igual que seas catedrático universitario, profesor infantil o como en mi caso, enseñes Inglés en una academia. La educación es una gran responsabilidad, como lo es el comer, hacer la compra, o las palabras que usas para comunicarte. En realidad, el acto de vivir en sí mismo es una gran responsabilidad, porque nada está aislado de nada, por tanto, todo lo que hacemos tiene una gran importancia e influencia en todo.
En estas dos semanas, no sé si he enseñado algo, pero desde luego, he aprendido mucho. He aprendido de las peleas del grupo de niños, del desinterés de los adolescentes, de cada comentario, de los errores gramaticales en el “past simple”.
Esta vida es un regalo, un don, una bendición, como quieras llamarlo. Y la vida no te pide nada a cambio, vivir no es una deuda, no hay nada que devolver, ni exigencias que cumplir. La Vida, con mayúsculas, la vida que es todo y nada, el origen y el desemboque, esa Vida es amor puro, que se entrega de todo corazón, para dar forma a cada una de las criaturas de este mundo y este universo. Al menos así lo siento yo, siento esa esencia en mí y al ser consciente de ella, la siento en todos, en todas partes. Y siento que mi única responsabilidad es vivir, vivir de verdad, entregándome con todo mi ser en esta existencia. Esa es mi responsabilidad.
En este momento doy clases de Inglés, vivo a diez minutos de la playa y como guisos de frejol o lenteja varias veces por semana. Mi responsabilidad es disfrutar esos guisos, saborear el aroma salado del mar, sentir los latidos que mantienen con vida este cuerpo y tomar conciencia del corazón que hace vibrar el mundo entero.
Vivir ahora, consciente de que tengo todo el tiempo del mundo, o mejor dicho, consciente de que el tiempo no existe.
Recordar el porqué de las cosas, recordar por qué voy en bici a una estación de tren y me subo a un vagón tres veces por semana, recordar que lo importante de ese viaje no es el Inglés, sino la vida, la vida de todas las personitas con las que ahora comparto mis tardes. Darles mi 100% es el porqué de ese viaje.
Vivir con pasión y paciencia, dedicación y entusiasmo, con calma y sin miedo, con amor, comprendiendo, soltando, abrazando, acariciando el pasto, levantando la vista de cuando en cuando, observar el cielo, ese cielo que cualquiera puede ver, sin importar quien sea o dónde se encuentre, ese cielo que nos envuelve a todos , sin hacer diferencias.