sábado, 21 de abril de 2018

No puedo evitar enamorarme


Hay voces que vienen de lejos y con fuerza, cargadas de ríos, vacías de agua.
Hay cascadas que llenan y lluvias que no mojan. Hay seres que sufren y lagartijas que corren, escapando del sol. Hay fuegos que nacen de dentro y montañas que se alimentan de tierra.
Hay compañías que absorben y soledad que enloquece. Hay palabras que despejan la nada, y nada que consume el todo.
Las canciones laten y vibran, destellando cachitos de sol. Los pasos se enredan y los pies huelen a queso. Los fideos se enroscan y el arroz se tuesta para que no se pegue.
Mi nariz es ganchuda y mis lágrimas honestas. Mis dientes son planos y un poquito pequeños. Mío es nada, pues la carne es de la tierra. Los brazos se van al cielo, y los pelos para el suelo.
Somos notas de melodía. El final se improvisa, y al desvanecerse, nace uno nuevo.
Nacer para morir. ¡Todos vamos a morir!
La muerte es alivio, cuando se la acepta. Pero aun así es triste cuando un cuerpo se va. Es triste para los que quedamos aquí, para los que tan solo tenemos memoria para atrás.
Pero todos nos vamos. Muchos ya se fueron y los que estamos les seguiremos. ¿Entonces qué hacemos?
Podemos levantar la vista a las nubes y ver cómo surcan el cielo. Podemos contemplar gusanitos en el suelo. Podemos respirar y ver los brotecitos de la primavera emerger entre las ramas.
Siento alegría, y tristeza. Cierro los ojos y veo praderas, inundadas en margaritas. Hay abejas zumbantes y grillos que trinan. Hay barro que se descompone, semillas que se abren paso y cadáveres que se marchitan. Hay manos que se entrelazan, que rezan y agradecen. Dan gracias por la vida que fue y la vida que será, reunida en este instante.
Veo caminos bordeados de árboles, casitas esparcidas entre colinas. Veo Vacas mascando con placidez y siento una inmensa ternura hacia ellas. Me gusta la mirada de las vacas y sus pestañas largas.
Me gusta vivir, aunque hay días en los que no sé qué hacer. Quiero sentir la piel de gallina y que mis ojos no escatimen en lágrimas. Quiero que el corazón derrita el hielo y que no haya tanto plástico en el mundo. Quiero que las ballenas canten y que seamos capaz de escucharlas, y maravillarnos con sus canciones.
Quiero dejarme caer y que los monos sabios de las selvas me levanten. Quiero comer bananas y ensuciarme el bigote.                 Quiero compartir y dar. Quiero entregar lo que soy y lo que tengo. Quiero cuidar y dejar que me cuiden. Quiero que me abracen cuando me asusto. Quiero enterrar mi llanto en un hombro calentito y sentir manos acariciándome la espalda.
Llevo llorando desde que empecé a escribir esto. No sé por qué lloro, pero desde ayer que tenía muchas ganas. Ahora río, todavía con los ojos húmedos y las mejillas saladas.
Río porque no sé. No sé. Y al decir que no sé, me doy cuenta de que sí que sé algo.
No puedo evitar que aparezcan ráfagas de vida en mis ojos. Me aparecen risas de hermanos y primos. Tierras selváticas y montañas escarpadas. Frentes arrugadas y preguntas sin respuesta.
Me vienen visiones de este mundo. Destellos de noches estrelladas y dientes de león flotantes. Este mundo nuestro. Este mundo que no le pertenece a nadie. Este mundo que nos cobija y alimenta. Este mundo que nos respira y del que bebemos. Este mundo somos todos, los que caminamos en la superficie y los que yacemos bajo ésta. Este mundo de carreteras, comadrejas y estelas de avión. Este mundo por el que navego y en el que me relaciono. Este mundo en el que a veces pretendo ser grande y en el que en ocasiones padezco de envidia. Este mundo en el que dibujo árboles de raíces profundas y en cuyos mares me unto de sal. Este mundo de palmeras cocoteras, guitarras de seis cuerdas y hormigas trepadoras.
¿Qué puedo darte mundo?
Y sé exactamente lo que he venido a darte. La canción de “Can’t help falling in love in you”.
Porque no puedo evitar enamorarme de ti. Estoy enamorado de ti, con tus desiertos y tus sierras. No puedo evitarlo. Aunque tus glaciares se desvanezcan y las personas se maten por monedas. Aunque tus bosques se derrumben y tus océanos se tiñan de negro. Te amo. Y, de algún modo, no puedo dejar de creer en ti. Incluso en esos días en los que no me apetece vivir, y que deambulo perdido y de cara larga. No puedo dejar de creer en ti, en que empezar de nuevo es posible, y que vivir en armonía también. Creo en personas ayudando a personas. Creo en ríos cristalinos y árboles añejos. Creo en las tortugas marinas y en los huevos de colibrí.
Por eso me entrego a ti, todo lo que soy y lo que llevo dentro. Porque esta vida es un regalo y el propósito de vivir es compartirlo con el mundo.
 Así pues, me despido tarareando: “Take my hand, take my whole life too. For I can’t help falling in love with you”.




lunes, 9 de abril de 2018

Fuera de lo común


Da miedo salirse y a veces adentrarse. Pero sobre todo, da miedo ser uno mismo.
Ese es mi mayor temor. Tengo miedo a decir lo que siento y que se me juzgue. Tengo miedo a decir que estoy asustado y que me juzguen. Tengo miedo a que por tener miedo se me pase la oportunidad de ser yo mismo. ¿Se entiende?
Lo más chistoso de todo, es que cuando hablo con libertad acerca de mis miedos, éstos parecen adormilarse, hacerse ovillos y desvanecerse. Es solo cuando me resisto y los escondo, que los miedos crecen como algas marinas desenfrenadas.
El otro día salí a bailar, y vaya si bailamos. Bailamos saltando, berrinchando y sacudiendo. Aullamos, rugimos y extendimos los brazos. Bailamos como lava mezclada con huracán, como si no existiera nada más que aquella danza. Esa danza que liberaba al cuerpo y vaciaba la mente.
Hasta que llegó la persona de seguridad y nos dijo que estábamos bailando fuera de lo común y que si podíamos relajarnos un poco. Fue gracioso a la par que triste.
Da risa que te digan eso. Pero también da pena que te pidan que bailes de la manera común. ¿Qué es lo común?
Lo que nos pedían, dicho de otro modo, era que no fuéramos nosotros mismos, que nos despojáramos de nuestra esencia y nos unamos a la normalidad establecida. O también podría ser que nos pidieran relajarnos por miedo a que hagamos daño a alguien o que ocasionemos destrozos. Pero vamos a dejar esta segunda teoría de lado.
La normalidad en ese momento era mover el cuerpo con prudencia, aparentar elegancia, reír con mesura y mostrarse interesante.
La normalidad podría verse más atractiva y aseada, pero nosotros éramos sin duda alguna mucho más felices.
Poco después del comentario del guardia nos fuimos. La noche continuó siendo memorable, pero también con algunas lagunas, sobre todo por la última copa de coca cola y ron.
Hacía años que no tomaba esa mezcla y terminó dándome un poco de nauseas. Desde el primer trago sentí que el dulce gaseoso de la coca cola no encajaba bien con el alcohol.
No sé por qué he mencionado lo de la bebida. Me daba un poco de vergüenza escribirlo, pero también sentía que había que decirlo.
Me daba miedo que pueda parecer que la noche fue increíble solo porque estábamos borrachos. Pero, una vez más, ahora que ya me he abierto a aceptar el miedo, éste se ha quedado dormidito, desapareciendo entre ronquidos suaves.
Para mí, la noche fue una experiencia de liberación y conciencia. Cuando me desmelenaba entre cánticos, sentía que el mundo entero latía en mí y de mi interior borboteaba un profundo cariño hacia todos. Eso era lo que sentía.
Y he contado todo esto porque aquella noche fue un guardia quien nos pidió no salirnos de lo común. Sin embargo, la mayoría de las veces el guardia somos nosotros.
Nosotros nos negamos la posibilidad de expresar lo que de verdad somos. Somos nosotros los que nos pedimos volver a lo común.
Pero, si hacemos a un lado convencionalismos y miedos ¿Qué es lo que todos tenemos en común?
Lo común es precisamente nuestra diversidad. La manera que cada cual tiene de moverse, de hablar, de navegar por el mundo. Lo común son los distintos tonos de piel y los incontables lugares donde nacieron nuestros cuerpos.
Entonces, ¿Por qué tengo miedo a ser yo mismo?
Quizás porque el aceptar mi diversidad, significa aceptar que soy distinto, que no pertenezco, que estoy solo.
Y sí, solo hay un cuerpo como el mío, con esta configuración de lunares, arrugas y cicatrices. Solo hay una cabecita como ésta, con sus complicaciones y experiencias. Sí que da la impresión que todos somos barquitos perdidos en el océano, cada cual en busca de tierra firme, tierra que nos entienda y nos quiera por lo que somos. Pero a veces, en esa búsqueda de conexión, nos obsesionamos con encontrar algo que se nos parezca, que encaje con el diseño de nuestro navío. Y por eso asusta ver que todos los barquitos son diferentes, cada cual con su propia forma y propósito.
Ese miedo nos lleva a querer establecer patrones comunes, para que todos bailemos del mismo modo, y así sentirnos seguros y unidos.
Pero, ¿Y si la unidad residiera en abrazar nuestra diversidad?
Aceptar mis particularidades, celebrarlas y hacer lo mismo con los demás. No juzgarles, ni pretender convencerles para que se ajusten a nosotros. Animarles a soltarse y a encontrar su propio baile.
Si cierro los ojos casi puedo verlo. Un bosque iluminado por luna llena. Decenas de tambores palpitando. Flautas y trompetas, guitarras y voces canturreando a las estrellas. Gente moviéndose, cerrando los ojos; unos revolcándose, otros temblando, algunos quietos, pero todos disfrutando. Cada personita siendo ella misma, descubriendo sus propios pasos, sin imitar otros, sin imponer los suyos.
Y entre toda esa diferencia, lo único que se respira es unidad. Como pastos de la misma pradera, gotas de la misma nube cargadita de vida. Todas diferentes, todas necesarias.



viernes, 23 de marzo de 2018

SEMILLAS


Estoy frustrado. Quiero escribir. Pero sé que tengo que parar. ¿De dónde viene la inspiración?
No lo sé, ni tampoco cuándo llegará.
No quiero escribir algo que no siento o rellenar páginas sin esencia. Tampoco quiero descuidar el blog y dejarlo abandonado. No quiero decepcionar a mi audiencia, aunque sean tres personas.
Eso es de lo que de verdad quiero hablar hoy. Resulta que a 176 personas les gusta la página de Facebook de Nací Para Vivir. No sé si esas personas leen los escritos, ni siquiera sé si son personas o si son robots informáticos, o identidades ficticias.
Pero ese número de 176 me ha puesto la presión encima de escribir más y que ese número aumente. Porque me gustaría que lo que escribo llegue a más gente. Esa es la realidad en este momento. No sé si eso es bueno o malo, o si se puede clasificar de ese modo.
Hoy quería escribir algo profundo y poético, pero no hay demasiada poesía corriendo por mis venas ahora. Hay, sin embargo, cosas que decir.
Quiero decir que una parte de mí quiere invertir más tiempo y energía en Nací Para Vivir. Una parte de mí quiere que este blog se convierta en un espacio para que todas la personas se sientan libres de ser ellas mismas. Me gustaría que en este blog no solo escriba yo. Me gustaría que más personas cuenten lo que les late por dentro.
Me gustaría que nos conociéramos y que no sólo diéramos “likes”. Los “likes” sientan bien a Ariel, al que cree que escribe bien, y le gusta sentirse reconocido.
Sí, lo admito. Una parte de mí disfruta cuando ve que un texto alcanza el centenar de vistas, y se entristece cuando apenas supera una decena. Pero por dentro, cuando las olas superficiales rompen y se desvanecen, siento con claridad que el propósito de este blog es ser yo mismo. Darme la oportunidad de expresar lo que siento de verdad, sin máscaras o ropajes.
Pero también hay un motivo por el que este espacio está abierto para todos y no escrito en un diario privado. Quiero compartir mi desnudez, y de algún modo, espero –a veces desesperadamente –que hay más personas con las mismas ganas de desnudarse. Porque así  podríamos revolcarnos juntos en lodo y correr con la barriga pegajosa.
Sin embargo, tengo que admitir otra cosa. Escribir ese último párrafo hizo brincar de alegría a mi espíritu, imaginándonos a todos en una pradera, retozando como cachorros. Pero al mismo tiempo me da miedo. Me da miedo que solo yo quiera eso, y que los demás prefieran mantener los ropajes (los visibles e internos) puestos.
Esos demás siempre parecen ser el motivo de mis temores. Pero esos demás tan solo es mi propia voz crítica y escéptica, esa voz que no cree en sí misma. ¿Por qué yo intentaría cortar mis propias alas?
No lo sé. Realmente no lo sé. Los demás son una invención propia. Y si los demás no existen, eso quiere decir que solo estoy yo.
Pero yo no estoy solo. Hay árboles, comadrejas y personas de todos los colores y tamaños. Los demás existen y los demás influyen en lo que hago y lo que siento.
Entonces, en qué quedamos, ¿Existen los demás o no? ¿Existen voces ajenas que me juzgan o soy yo mismo el que se condena?
No lo sé. Pero en este momento siento que no es importante saberlo.
Creo que lo importante es ser valiente y ser uno mismo. Ser yo mismo a veces me da miedo, me pone nervioso y me hace querer esconder la cabeza en la tierra. Pero ser yo mismo se siente correcto y se siente bien.
Ser yo mismo se siente bien en mí y de algún modo sé que es bueno para el mundo. Sé que expresarme con total libertad y sinceridad es el mayor regalo que puedo brindarle a los demás.
Ser uno mismo requiere amor, amor incondicional. Al fin y al cabo, el amor solo puede ser de ese modo. Amarte por lo que eres, respetándote y cuidándote, es expresar esa energía hacia el mundo entero.
La verdad es que no sé si hay más personas que quieran compartir este espacio y correr desnudos en el barro.
La semana anterior la empecé sintiéndome solo y triste. Pero de repente, el jueves pasado, algo cambió. Y el fin de semana fue una explosión social. Tomé cervezas, comí tapas de falafel, reí, recorrí museos, conocí miradas nuevas y escuché voces distintas. Incluso, por pura causalidad me encontré con una persona con la que quería tropezarme desde hacía un tiempo.
Pero lo más curioso de todo es que la soledad se marchó antes de que la compañía apareciera. Siento que lo que ocurrió el fin de semana fue la culminación de un proceso mucho más largo y profundo.
A veces uno tiende a quedarse solo con el resultado y olvidar el recorrido. Llevaba tiempo necesitando compartirme con más personas y reflejarme en más miradas. Y por fin, este fin de semana ocurrió, justo cuando más lo necesitaba. Es como que las cosas ocurren en el momento adecuado.
Eso lo puedo decir ahora, pero cuando me ahogaba en soledad, aquello parecía eterno e imposible de remediar.
¿Recuerdan que empecé el texto diciendo que estaba escribiendo y borrando párrafos durante mucho tiempo?
Pues bien, después de dos páginas de soltarme y escribir lo que iba surgiendo, siento que todas las palabras y emociones me han llevado al mensaje original que quería transmitir, ese que estuve trazando y eliminando frenéticamente. El mensaje se resistía a salir y yo no entendía por qué. Pero ahora sé que no era su momento, yo no estaba preparado.
Pero ahora sí. Y lo que quiero decir es que somos semillas que contienen dentro de sí la posibilidad de un nuevo mundo.
A veces da la impresión de que este lugar es hostil y complicado. Parece que las reglas están bien marcadas y los límites más que establecidos. Puede que en ocasiones nos cueste imaginar otro mundo, otra manera de vivir. Cuesta, por ejemplo, imaginar un mundo en el que no hagan falta fronteras ni propiedades. Un mundo que refugie y en el que no existan refugiados. Un mundo en el que no de vergüenza ir cantando por la calle. Un mundo en el que nos escuchemos de verdad, sin pretender cambiar o someter al otro; y que si en algún momento lo hacemos, tengamos la valentía suficiente para reconocerlo, y el coraje necesario para perdonarnos.  Un mundo en el que se celebre la vida y se brinde por la diversidad. Un mundo en el que se aprenda día a día, sin buscar la perfección.
Cuesta imaginar un mundo así. Del mismo modo que a mí, el lunes pasado, me costaba imaginar que tendría un fin de semana memorable.
La semilla de un nuevo mundo late bajo la corteza del viejo. Eso es lo que quiero compartir hoy.
A veces desesperamos por ver aunque sea un brote como evidencia. Queremos ver y palpar que de verdad algo distinto es posible. Pero la magia de la vida consiste en confiar, confiar incluso cuando no se ve. Confiar en que somos semillas de cambio y redención.
Esa confianza es lo que me mantiene con vida, lo que da sentido a los días. Esa confianza en algo que no se explica, pero que se siente por dentro, cantando y galopando.
Confío en esa semilla de vida. Confío en el vacío al que me lanzo. Confío en ti y confío en nosotros.



martes, 27 de febrero de 2018

Vivir


Cierro los ojos. Las manos se relajan, el corazón retumba con calma, los pulmones se hinchan y desinflan. La mente se va, se va lejos y la estricta realidad se torna abstracta. Los colores son difusos. El concepto de mí mismo, más amplio.
Me convierto en cualquier cosa, puedo caer, romperme los huesos y luego darme cuenta de que no era yo. Yo soy el que observa el cuerpo deshecho. A veces soy espectador, a veces protagonista, y a veces, soy todo a la vez. Observo y actúo, e incluso escribo el guion. Pero el guion se escribe solo. No hay nadie con lápiz y papel trazando la historia. No hay nadie. Entonces, ¿Quién soy yo?
Los ojos se abren. Y soy Ariel. Y tengo un pasado. Nací en Bolivia, me ensarté con un alambre de puás cuando tenía tres años. Vine a España. Me gusta el deporte y los espaguetis. Voy a desayunar yogurt griego con frutas y por la tarde ir a una academia a dar clases de Inglés. Caminaré por una acera, me cruzaré con personas, les miraré a los ojos y tal vez, en algún momento, esas personas devuelvan el gesto, y quizás algo empiece de esa mirada.
Por la acera hay césped, césped verde gallego. Hay incluso flores, flores que se adelantan a la primavera, aun a sabiendas que todavía llegarán escarchas mañaneras e incluso, quién sabe, lluvia tan fría que se convierte en nieve.
La vida pasa, la vida ocurre. Tenemos horarios y a veces apresuro mis pasos para no llegar tarde. Pero luego, cuando me toca enseñar la diferencia entre “much” y “many”, y las cosas contables e incontables, resulta que el tiempo es incontable.
Las horas se cuentan, y también los segundos y los siglos; pero el tiempo es incontable.
Es una clase con niños, y ellos continúan parloteando después de la explicación. Ellos se quedan muy tranquilos con lo que acaba de suceder, pero yo me quedo boquiabierto, con piel de gallina. De repente, me dejo sentir y explorar esa frase: El tiempo es incontable.
Los meses pasan, el pelo se cae, de a poquito, y disfruto mientras existe. Lo lavo cada dos días, me ducho con agua fría, voy al mar cuando puedo y disfruto de las olas del cantábrico.
Mis colores favoritos son el verde y el azul, cuando se acercan y se abrazan, entrelazando las manos, dando forma a mares y árboles, montañas y lagos, ríos y musgo. El cielo pregunta si también puede jugar, y las ramas de un árbol viejito lo empujan al océano. Los azules se mezclan, riéndose, persiguiéndose, haciéndose indivisibles en el horizonte. Así se pasa el día, hasta que al sol le entra sueño y decide pintar el mundo de naranja, naranja calientito, naranja que achucha y te invita a refugiarte en un sitio suave y hacerte un ovillo, esperando a la oscuridad.
Así, el negro lo va tiñendo todo. El color desaparece. Pero, si la noche es lo suficientemente oscura, las estrellas salen a hurtadillas y se dedican a darse guiños las unas a las otras, soltando murmullos, contándose los secretos del universo entero.
La vista contempla y admira, hasta que los párpados pesan y una vez más, sin quererlo ni controlarlo, los ojos se cierran.



martes, 6 de febrero de 2018

La riqueza de no poseer nada

En los últimos días he reservado mi tercer vuelo a Bolivia en los últimos tres años. Los últimos dos financiados con mis propios dineritos.
A veces me pregunto por qué. Por qué volver a Bolivia, por qué cruzar el Atlántico y vivir la humedad de Santa Cruz, con sus mosquitos y sus surazos de agosto.  Por qué gastar gran parte de “mis” ahorros en realizar tal travesía.
Y como casi siempre, resulta que no tengo respuestas.
Pero en este momento siento que el dinero no importa. Realmente no importa. En este instante quiero escribir acerca de la paz que se experimenta cuando sueltas lo que tienes y abrazas el vacío que te queda.
Hay muy pocas posesiones que realmente me hacen feliz. Una de ellas es un peluche llamado Mimzi. Ella es blandita, tiene las orejas grandes y nos encontramos en una parada de bus en Valencia.
También tengo una mochila roja, un tanto gastada y con olor a sudor de viaje. Tengo esta computadora con la que escribo y a la que le doy besos de buenas noches, dándole gracias por guardar las palabras que surgen y las historias que se crean. Tengo también ¡Dos teléfonos móviles! Y uno de ellos con una cámara muy buena.
Tengo un reloj en mi muñeca, shorts morados y zapatillas de Básquet para jugar en parqué. Ahora que lo pienso, tengo muchas cosas y me daría pena que se fueran, sobre todo esta computadora y Mimzi.
En primer lugar, quiero pedir perdón a todos los seres mencionados antes, por llamarlos posesiones y más aún por llamarlos míos. Ninguno de ustedes me pertenece, tan solo estamos compartiendo esta vida juntos, pero son libres de irse cuando quieran y cuando lo necesiten, aunque a mí a veces me cueste aceptarlo.
Creo que no hay cosas inertes. Todo, a su manera está vivo y tiene una historia que contar. Y si no hay cosas inertes, mucho menos existen posesiones. Ni las personas, ni los teléfonos, ni las ideas.
Mi cuerpo no es mío, el corazón late sin que yo se lo pida y los pulmones recogen oxígeno sin pedir permiso. Y menos mal que lo hacen. Además, ¿Quién soy yo para creerme dueño de nada? O mejor dicho y más sintetizado: ¿Quién soy yo?
Sé que soy el aire que respiro, los latidos que retumban, la sangre que fluye, la saliva que se espesa, los mocos que se gestan, los dedos que se mueven y los pulgares que se oponen.
Soy una persona y también soy mamífero, soy del planeta Tierra, pero el planeta es del sistema solar y éste de la Vía Láctea, que a su vez es de otro grupo de galaxias cuyo nombre desconozco, pero que al mismo tiempo pertenecen al universo entero.
Entonces, ¿Soy una persona o soy el universo?
Me gusta sentir que soy vida del universo. Vida, para hacerlo más sencillo.
Soy Vida y no tengo nada. No necesito tener nada. Necesito, sin embargo, verduras y fideos, aire puro y agua dulce. Necesito gente con la que compartir la vida que soy. Necesito expresar lo que soy con los demás, y también escuchar lo que ellos tengan que decir, y entre toda la diversidad, descubrir la unidad de la que todo surge.
¿Y dónde quedo yo en todo ese proceso?
Yo, como individuo, con mis particularidades, gustos y experiencias, estoy aquí para compartirme con los demás. Estoy aquí para dar todo lo que me fue dado y recibir con los brazos abiertos y decir gracias.
Porque nada es mío, ni nada es tuyo. Todo nos llega, de ninguna parte en concreto, y nos corresponde pasarlo. Ahí está el equilibrio.
No tengo dinero porque lo merezca, o porque trabaje. No tengo dinero por pasar mis tardes enseñando inglés a niños y niños más grandes. No tengo dinero por mis habilidades, o mis títulos inexistentes. No tengo dinero por ser mejor o peor que nadie.
El dinero, en este mundo, me permite comprar comida y pagar por un techo, y también ir a Bolivia en los meses de verano. El dinero es un símbolo que todos asumimos como real. El dinero no es malo ni bueno. Es tan solo papel o números en una pantalla. Lo que importa no es el dinero, si no las oportunidades que brinda y las posibilidades que ofrece. Y estas oportunidades y posibilidades son un regalo, algo que, paradójicamente, no se puede comprar, ni vender.
Las naranjas, aunque cuesten 60 centavos el kilo, en realidad no tienen precio. La tierra fértil tampoco lo tiene, ni los ríos de agua fresca, ni el aire que consumen los pulmones.
El dinero es un intermediario, en mi opinión innecesario, un ente simbólico que pretende conectar los regalos ofrecidos por la vida, hacia la vida. Pero el dinero existe y en este mundo, de momento, es necesario.
Pero el dinero no es mío. Cuesta decirlo sabiendo que hay una cuenta bancaria con mi nombre. Pero aun así, lo que de verdad me hace respirar en paz es saber que no es mío. El dinero que hay en esa cuenta es un regalo, y como buen regalo, creo que la mejor manera de usarlo es generando disfrute para el mundo y para mí.
Últimamente valoro mucho la importancia de disfrutar. Disfrutar como los perros cuando ven nieve y corren y se revuelcan, olisqueándolo todo, untándose los hocicos de frío.
El disfrutar no requiere esfuerzo ni planificación, tan solo sentirte vivo y expresarlo.
Todo esto me hace ver que no importa el precio del vuelo a Bolivia, lo que importa es la oportunidad de ir y conectar con esa tierra y los seres que la habitan.
No poseo nada. Pero soy rico. Soy muy rico. ¡Soy tan rico!
Soy rico porque estoy vivo y soy consciente de mis pasos, del vapor que exhala mi boca en invierno, de la barriga hinchada después de un buen almuerzo. Soy rico por estar aquí y tener la oportunidad de escribirles y contarles acerca de mi riqueza. Esa riqueza que no es mía y que solo tiene sentido cuando la dejo ir, cuando la envuelvo en papeles de colores y la envío en navíos que recorrerán ríos y arroyos, fundiéndose en primavera musgosa, cantando con grillos e impregnándose de babas de caracol, hasta que húmeda y pegajosa llegue a todos los rincones del mundo.
Y quién sabe, tal vez incluso, transformada y con alas, un día vuelva a mí. Tan solo para que la salude, le sonría y la deje ir, otra vez.



"The best bank in the world"
A priori puede parecer que debería leerse "bench" en lugar de "bank", ya que el primero es para sentarse y el segundo para guardar riquezas. Pero qué mejor lugar para guardar la riqueza del mundo que un asientito con vistas al azul infinito.

sábado, 27 de enero de 2018

Tan solo disfrutar

Podemos enredarnos, preguntar y cuestionarnos. Criticar, resolver, observar, pensar, querer y planear.
¿Cuál es la acción correcta? ¿Cuál es el camino adecuado? ¿Qué puedo hacer yo para ayudar al mundo?
Sentirse pequeño, tener ambiciones, vivir en la cabeza, saberse culpable o buscar responsables.
Que si lo que hacemos no importa, que si no es suficiente, que no hay tiempo que alcance ni intenciones que cuenten.
Vienen oleadas de pesimismo y bocanadas de optimismo. Días grises con lluvia y resquicios de sol.
Hay clases que disfruto y se hacen hueco en la memoria profunda, hay otras que pasan como nubes, como un mero trámite.
Uno se gira hacia el ayer, y a veces entra nostalgia. Se idealiza lo que fue y se predice lo que será.
Pero estamos aquí y este momento es un regalo.
Hoy ganamos un partido de básquet. Unas personas de azul metieron más balones en una canasta que otras personas de verde. El deporte podría reducirse a eso.
Pero hubo puños en alto, abrazos fuertes, tensiones disipadas y respiraciones con aroma a tiempos nuevos.
Y es que ganar importa. Hoy no voy a pretender que la competencia no tiene relevancia. Aunque creo que, al menos yo, no competía contra los tipos de verde.
Hoy se jugaba a disfrutar y ver qué pasaba, y lo que pasó fue que nos salió el partido de la temporada.
Y la victoria aparece en un momento en el que yo me preguntaba qué carajo hago jugando en este equipo. Esta semana y todo el año, me he cuestionado por qué quería volver a estar en un equipo.
Entrenar a las 10 de la noche, después de cenar. No tener confianza en mí mismo, fallar triples, perderme jugadas y sentirme un tanto desconectado de los compañeros.
Pero creo que todos nos sentíamos de manera similar, algo desconectados, algo perdidos y sin demasiada motivación.
La vida, sin embargo, es mágica. Y hoy se nos brindó la oportunidad de celebrar, y de darnos cuenta de lo que nos llevó a este momento: Tan solo relajarnos, sin nada que perder, darlo todo, disfrutar y ver qué pasaba.
Si no disfrutamos el camino, esta vida no tiene mucho sentido.
Y quizás, el disfrutar llega solo cuando te relajas, no tienes nada que perder y lo das todo.
No hay nada que perder. Hoy necesitaba recordarme eso.
¡Puff! Qué ligereza.
Hoy he disfrutado. Pero no solo en el partido. También comí frejoles, desayuné yogurt con fruta, vi hongos morados creciendo en la tierra. Escuché pájaros cantar mientras me mecía en un columpio, dormí una siesta cubierto con una manta calentita.
Hoy redescubrí la belleza de la sencillez y de la falta de expectativas.
Puede que la victoria de hoy apenas tenga repercusiones en las estadísticas de la liga, pero sí que hace mella en mi corazón. Porque la liga en realidad no importa.
Nos inventamos trofeos, premios y títulos para incentivarnos. Nos trazamos metas y nos contamos que la motivación surge al perseguirlas.
Pero creo que la motivación más pura es la que no busca objetivos ni razones. La motivación en su esencia es disfrute y celebración por el simple hecho de estar aquí, vivos y respirando. Y en agradecimiento entregarse con todo cuanto somos al fluir de la vida.

Compartir lo que somos con el resto de criaturas vivientes y disfrutar.




martes, 2 de enero de 2018

Pantallas

¿Qué veo?
Veo pantallas. Pantallas en todos lados. Irónicamente, en este mismo momento estoy en frente de una.
Los últimos días he visto muchas pantallas. Y en ellas he visto tetas, culos, perfumes y gente conduciendo eufórica. He escuchado anuncios de cosas innecesarias que pretenden venderse como indispensables. He visto estereotipos perpetuarse, prototipos de belleza inalcanzable, noticias desastrosas o banales. En las pantallas hay mucho maquillaje, trajes impolutos, dientes blanqueados, “selfies” y fotos que pretenden enseñar vidas perfectas.
Pero todos sabemos eso. ¿Verdad?
Todos sabemos la mierda que nos tragamos todos los días. Toda la publicidad, el consumismo, el tiempo invertido en el mundo virtual.
Supongo que lo que digo o la frustración que siento no es en absoluto única. Creo que la mayoría tenemos una actitud crítica cuando hablamos de estos temas, pero generalmente hablamos del asunto como algo que ocurre a los demás, sin hacer demasiadas observaciones en nosotros mismos.
Así pues. Empezaré por mí.
Yo utilizo Youtube y Facebook mayoritariamente. Sobre todo Youtube. Ahí puedo pasarme hasta dos horas al día viendo vídeos de NBA. A veces veo otro tipo de vídeos, pero baloncesto es lo que más consumo en las pantallas.
Sin embargo, siempre llega un momento en el que ver vídeos no me basta. Me aburre y al final me pongo a hacer otra cosa. En esos momentos de aburrimiento, me siento solo y en ocasiones me gustaría tener más fuentes de distracción fácil e inmediata.
Cuando más me prendo a las pantallas es cuando me siento solo o simplemente sin saber qué hacer. Es un entretenimiento muy fácil y cercano. Tan solo me enchufo al dispositivo y ya está. Al final, supongo que es como cualquier otro tipo de droga.
Esa es mi experiencia. Ahora voy a contar cómo me siento cuando yo no estoy enganchado a una pantalla y las personas que me rodean lo están.
Me siento aún más solo y con más ganas de yo también estar distraído con alguna pantalla. Es como que siento rechazo y envidia al mismo tiempo. Y me entran ganas de gritar y sacudir a los demás. Decirles que hay un mundo detrás de las pantallas, decirles que podemos hablar, o callar, escuchar y pensar en cómo construir un nuevo mundo.
Pero, por supuesto, no lo hago. Tan solo me callo y dejo que la frustración crezca. O incluso, puede que también me esconda en una pantalla para disimular la soledad.
Algo que me causa miedo y tristeza es pensar que en realidad no queremos crear un mundo nuevo, y que preferimos mantenernos en una burbuja de dispositivos electrónicos para hacer más llevadera la existencia.
Quizás ese sea mi mayor miedo. Pensar que nos vamos a ir a la mierda no porque sea inevitable, sino porque realmente no nos importa.
Y, ¿Por qué no nos importa?
En este mismo instante, ahora mismo, la vida, en forma de personita, me acaba de decir que sí que nos importa.
Tal vez estemos un poco dormidos, unos un poco más que otros. Pero realmente siento que por dentro, si nos escuchamos con suficiente atención, todos ardemos en ganas de despertar.
Las pantallas no son el problema, son la consecuencia de nuestra sensación de aislamiento.
Queremos sentirnos parte de algo, sentir que no estamos solos y a veces las pantallas pueden servirnos de analgésico.
Hoy quiero invitarnos a hacer una reflexión sobre la manera en que interactuamos los unos con los otros, y examinar con honestidad la relación que tenemos con las pantallas. No hace falta que estallemos en críticas para sentir cierta superioridad moral. No hace falta que seamos duros con nosotros mismos o que pretendamos terminar nuestra relación con las pantallas. Pero reflexionemos sobre éstas, sobre cómo influyen en nuestra vida. Reflexionemos cómo queremos relacionarnos con el mundo y la vida, y lo que queremos expresar en ésta.
Observemos el contenido de lo que consumimos en las pantallas, y por qué lo hacemos. Observemos lo que hacemos en las redes sociales, las fotos que compartimos, las apariencias que pretendemos dar, el tipo de relaciones que tenemos, los vídeos que vemos, los estímulos con los que nos distraemos.
Creo que requiere mucha valentía observar y cuestionar nuestros hábitos y comportamientos. Pero lo más difícil, una vez empiezas esa observación, es no juzgar lo que ves dentro de ti y en los demás.
Cuanto más profundizas en la estructura de nuestra mente y sociedad, más cosas ves que te disgustan, que rechazas y que preferirías poder mantener tapadas. Pero, aunque parezca un proceso engorroso, me parece que vale la pena.
Además, creo que no es sostenible pretender mantenernos siempre anestesiados. Quizás, ya llegó la hora de despertar. Ver las cosas por lo que son, sin filtros ni eufemismos.
No sé si ustedes sienten esas ganas de crear conexiones de verdad, conexiones que se basen en miradas, abrazos y palabras sinceras. No sé si ustedes anhelan eso. Yo anhelo eso, pero también me da miedo. A veces no sé cómo relacionarme con los demás de manera auténtica, porque en ocasiones no sé lo que eso significa, y a veces aun sabiendo lo que significa, no sé si los demás querrán mirarme, abrazarme, o compartirme palabras sinceras.
Supongo que al final todo se reduce a dejar de inventarnos excusas y empezar a descubrir cómo relacionarnos con los demás, siendo nosotros mismos y dando libertad a los otros para expresarse de igual modo. Y en ese proceso de aprendizaje tal vez podamos encontrarle un huequecito a las pantallas, pero de un modo radicalmente distinto al que estamos acostumbrados.
¿Cuál sería ese huequecito? ¿Cómo sería esa nueva relación con las pantallas?

No lo sé. Pero quizás podamos empezar a averiguarlo.