martes, 12 de junio de 2018

Deporte 2: Manu Ginóbili


Hoy voy a hablar de Manu Ginóbili.
Manu es un tipejo de 1.96, de patas largas y brazos finos. Nació en Bahía Blanca, Argentina, en 1977 y juega básket.
Manu va a cumplir 41 en julio y puede que finalmente este sea el año en que se retire del baloncesto.
Al principio me enamoré de su juego, de su inestable equilibrio, sus piruetas poco ortodoxas y sus engaños con la pelota. Pero sobre todo, conecté con su intensidad, con esa manera tan suya de entregarse por completo, de no reservarse ni una gota de sudor.
Hace 13 años lo veía galopar con su cabellera al viento. A pesar de su constitución delgaducha, derrochaba fuerza, juventud y talento.
En esos tiempos, Manu lo ganaba todo y se daba casi por descontado que así seguiría siendo.
A principios de los 2000’ llegaron las medallas olímpicas con Argentina y los títulos NBA con San Antonio.
Creo que a Manu nunca le importó ser el protagonista. Pero sí que quería competir, y ganar.
Por esos años, la victoria significaba llegar al podio con Argentina y levantar otra vez el trofeo con los Spurs.
Pero el tiempo pasa y el pelo se cae. Los músculos pierden consistencia, las piernas ya no corren tan rápido y la juventud se va derramando por canalitos de arrugas.
En las olimpiadas de 2012, Manu y Argentina se quedaban sin medalla por primera vez desde 2004.
En 2013, Ray Allen mataba las esperanzas de un nuevo título para los Spurs.
La gente llevaba años diciendo que Argentina estaba vieja y que los Spurs eran un equipo de ancianos.
Pero no fue hasta 2013 cuando yo también empecé a aceptarlo.
Sin embargo, al año siguiente, los Spurs volvieron a ganar, una vez más. Se sentía justo. Era como cerrar una etapa.
2014 era el final perfecto, el de vivieron felices y comieron lombrices. Era el final heroico, épico y glorioso. El final por todo lo alto.
Pero a veces las historias no terminan cuando se llega a la cima. A veces, las historian también cuentan el descenso, de pasos tranquilos y pies cansados.
Ginóbili siguió jugando, pero ya no ganó nada más. Al menos, en cuanto a títulos y medallas.
Manu jugó, de manera inesperada, las olimpiadas de Río y Argentina fue eliminada en 8vos de final. Perdieron contra Estados Unidos y sin nada reseñable que añadir.
Y sí, ese equipo de Argentina no era el de antes. Ni tampoco tenía los mismos objetivos.
Manu dijo que el simple hecho de estar ahí, en unos juegos olímpicos, por cuarta vez en su vida y a los 39 años, era un regalo.
Manu juega menos y cada año está más calvito. Cada vez mete menos puntos y sus estadísticas están en declive constante.
Pero Manu sigue siendo Manu. Y algo que disfruto, celebro y agradezco es verlo jugar. Y ver que sigue teniendo el mismo fuego en los ojos, la misma determinación cuando entra a canasta entre gigantes atléticos y 15 años más jóvenes que él. Lo único que ha cambiado es el resultado, ya que ahora hay más caídas y fallos.
Quizás me equivoque, quizás esté idealizando a Manu, pero siento que ya no juega para ganar un nuevo título.
Siento que el Manu de ahora juega por puro amor al deporte, porque lo disfruta. Disfruta jugar y él solo sabe jugar de una manera, dando todo lo que tiene.
Las victorias ahora son distintas.
Los Spurs están eliminados de los playoffs desde hace más de un mes. Tan solo ganaron un partido en las eliminatorias. Un partido. Pero un partido bastó para sentirse campeón, para echar los puños al aire una vez más y rugir victorioso.
En Rio, hubo un partido contra Brasil, uno que vi desde Estados Unidos, en el borde de un sofá muy cómodo. Me temblaron las manos, se me puso la piel de gallina y terminé con los ojos empapados. Argentina ganó y celebró en el centro del campo, abrazados, cantando, riendo y llorando.
La victoria no dio premios, tan solo cansancio. Tanto así que Manu no jugó el siguiente partido y Argentina lo perdió por paliza. Entonces, ¿De qué sirvió?
Sirvió para disfrutarla, sufrirla, vivirla. Sirvió como ofrenda al básket. Sirvió para recordar que esa sería la última victoria de Manu con Argentina.
Y esa es la belleza que brota de aquello que es consciente de su final. A veces vivimos como si este momento fuera a durar para siempre. Damos por sentado lo que tenemos y a los que nos acompañan.
Pero todo lo que respira está destinado a dejar de hacerlo. Nacer, vivir y morir, para dejar paso a los que vienen. Ese es el ciclo natural.
Y cuando lo aceptas, cuando dejas de resistirte a desaparecer, te entra una liberadora sensación de ligereza.
Esa comprensión de que todo acaba, aclara los ojos y te permite ver lo que de verdad importa.
Y puedo ver esa claridad en Manu.
Después de tantos años viéndolo jugar, quizás ésta es la etapa que más estoy disfrutando.
Estos años de crepúsculo me han enseñado mucho. He aprendido a valorar los detalles de los días cotidianos. He dejado de hacer diferencias entre partidos importantes e irrelevantes. Porque todos los partidos importan.
Y en esto no hablo solo de básket, sino de la vida misma. No hay días más importantes que otros. Dan un poco igual las fechas señaladas en rojo del calendario. Cada momento es sagrado, una oportunidad para vivir, sentir, expresar y compartir con total intensidad.
 Eso he aprendido de Manu. Porque si hay algo que el tiempo no le ha quitado, es su esencia, esa esencia salvaje y alocada con la que salta a la cancha.
Manu colgará la camiseta en algún momento. Y entonces, Manu, dejará de ser el número 20 de los Spurs y el 5 de Argentina. En ese momento Manu pasará a ser una personita con el sendero de la vida a sus pies. Y tengo la intuición de que haga lo que haga después, seguirá marcado a fuego con su esencia.
Todo acaba. Todo se derrite y desvanece. Pero, ¿Queda algo?
Sí. Queda lo invisible, pero que se siente. Queda esa esencia ajena al tiempo, ese fueguito que vive en la ceniza.
No sé cómo un jugador de básket puede inspirarte de este modo. Pero creo que para mí la verdadera inspiración es ver a Manu como un ser humano más. Lo veo un tipo normal, y más que admiración, es cariño lo que siento hacia él.
A veces me gustaría poder encontrármelo en un parque, no para pedirle autógrafos ni fotos, sino para acercarme y decirle: “Gracias, gracias de corazón”.

P.D.: He leído el texto y no sé si he logrado transmitir lo que siento. Tampoco estaba seguro de compartir esto en el blog. No creía que a la gente le fuera a importar mucho lo que pueda decir de Manu Ginóbili. Pero luego pensé, ¿Por qué escribo? Y también pensé, ¿Cuántas personas van a leer esto? Y después pensé, ¿Qué es lo que importa cuando escribo?
Y recordé que escribo para compartir lo que siento, lo que borbotea en mi interior. Y allí, en mis adentros, quería escribir un texto para Manu, así que aquí está.



domingo, 3 de junio de 2018

Deporte parte 1: Lo que de verdad importa


Empecé a ver la NBA en 2002. Vi a los Lakers conseguir su tercer título seguido. Vi a los Spurs ganar en los siguientes años impares, dando oportunidad a Detroit y Miami a coronarse entre medias.
Vi a los Celtics y el resurgir de los Lakers entre 2008 y 2010. Los vi hundirse de nuevo y en Miami levantarse otro reinado, no sin antes permitir a los Mavs saborear la merecida gloria aunque sea por un año.
Disfruté, me emocioné, lloré y celebré con los Spurs en 2014. Y sentí prácticamente lo mismo con la histórica remontada de los Cavs en 2016.
Pero en 2017, sentí que lo que ocurría era injusto. Durant se iba a los Warriors y rompía el equilibrio de la liga. Deshacía la competición, destripaba la emoción y convertía a la NBA en algo aburrido y predecible.
Siento que Durant es un buen tipo. Klay Thompson no me disgusta. Respeto el talento de Curry, aunque no me hacen demasiada gracia sus celebraciones y su protector bucal. Pero a Draymond Green no lo aguanto.
He intentado averiguar cosas sobre su vida para poder empatizar más con él. Y tal vez pueda respetarlo y honrarlo como ser humano, pero su conducta me da asco. Me irritan sus burlas, sus bailecitos, sus gritos, su actitud… Es un jodido provocador, y disfruta tanto provocando las sensaciones que ahora mismo tengo. Eso es lo que más rabia me da, que afectándome lo que hace, estoy alimentando sus acciones.
Y ahora entra otra parte de mí, que pregunta:  ¿Qué más da? ¿Qué más dan las burlas de Draymond Green? ¿Qué más dan las finales de la NBA? ¿Qué más dan unos tipos altos botando un balón naranja? ¿Por qué me afecta? ¿Por qué veo resúmenes diarios y a veces me desvelo para ver la pinche pelota naranja?
Ni siquiera juego tanto baloncesto ahora. Ya no estoy en un equipo, no compito ni pretendo hacerlo. Tan solo voy a una cancha cercana y lanzo tiros y corro hasta que me canso.
La NBA es un negocio de miles de millones de dólares. Y aun así, a veces siento auténtica tristeza cuando un jugador que me gusta pierde y se siente mal. Empatizo con él y tan solo quiero que las cosas le salgan mejor. Pero ese tipo gana millones, tiene una vida increíblemente privilegiada y su mayor decepción es perder un partido de básket.
A veces me siento mal por gustarme la NBA. Lo veo como algo superficial, una lucha de egos y búsqueda de grandeza que se concentra en un trofeo. 30 equipos compitiendo en una carrera en la que tan solo uno puede sonreír al final de junio, mientras los demás lloran desconsolados.
Todo para que el circo empiece una vez más en octubre, con más dinero, más publicidad, más historias de prensa, con sus rumores, exageraciones y entretenimiento.
Es una locura lo que hemos creado alrededor del deporte. Y también me jode que solo veo deporte masculino. Nunca en mi vida he visto un partido de la WNBA y nunca en mi vida he tenido una atleta femenina por la que he sentido admiración.
Eso me preocupa, porque siento que estoy ayudando a perpetuar un esquema de héroes puramente masculinos.
Por eso, a veces pienso que sería mucho mejor para mí y para el mundo si apoyara y contribuyera a un deporte en el que ambos géneros puedan ser protagonistas.
¿Por qué estoy condicionado a consumir tan solo deporte masculino?
Y encima, ya no solo está el problema del género. También está la competitividad, la agresividad, la sensación de que lo único que realmente importa es ganar. El discurso de que tan solo importa llegar primero, y que si no lo haces, nada ha tenido sentido.
Y claro, por eso me frustro al ver la hegemonía de los Warriors durante los últimos años. Porque yo también tengo ese discurso integrado. Yo también creo que lo único que importa es llegar primero.
Pero, por mi salud mental y mi evolución como ser humano, creo que es hora de cambiar ese discurso.
El básket me apasiona, eso no lo puedo negar. Me gusta botar la pelotita naranja y meterla por ese cilindro con red. También me gusta ver partidos y ver seres humanos con pantalón corto correr por una cancha de parqué. Pero, ¿Qué es lo que importa de verdad?
¿Importa que ganen los Cavs y que LeBron agrande su legado? ¿Importa realmente quién levanta un trofeo dorado?
Es difícil recordar que aquello en realidad no importa. Más que nada porque la importancia del título y el trofeo se parlotea por todos lados. Para muchos aficionados y amantes del deporte, lo único que cuenta es si te quedas con el trofeo o no.
Entonces, ¿Ganar no importa?
Si consideramos que ganar es meter más goles, más canastas o anotar más puntos, entonces no; ganar no importa.
Ese afán por ganar es un problema profundo de la humanidad. Es por esa obsesión que competimos unos contra otros, que creamos rivalidades, alianzas, disputas y guerras.
Parece inocente luchar por un trofeo  e intentar sobreponerte al resto. Pero creo que no lo es.
Yo ahora mismo siento rechazo y asco hacia seres humanos, tan solo porque juegan en un equipo que no me gusta. Siento rechazo y asco por ellos… Y no sé, en general no siento esas cosas con facilidad. Pero con el deporte es muy fácil despertar esas sensaciones, ese odio y agresividad.
Y lo normalizamos. Se ve como normal odiar a tus rivales. Si te gusta el Madrid vas a odiar al Barsa…
Pero, yo no quiero seguir odiando a los Warriors. Mi corazón lleva almacenando odio hacia ellos durante casi dos años y no me sienta bien.
¿Qué puedo hacer?
Creo que seguiré viendo la NBA. Pero siento que puedo empezar a verla de un modo distinto. No sé si seré capaz, pero al menos quiero estar abierto a la posibilidad de ver partidos, emocionarme, celebrar y al mismo tiempo saber que es tan solo un juego, que lo importante son las personitas y la conexión que existe entre todos.
Quiero darle otra oportunidad a la relación que tengo con Draymond Green y verlo como un ser humano en lugar de jugador polémico y provocador del equipo que odio.
Y también quiero incursionar en otros deportes y actividades atléticas. Deportes en los que los que para ser protagonista no necesites ser hombre y estar entre los 20 y 35 años. Deportes que celebren las increíbles capacidades del cuerpo humano y que no necesiten de trofeos para engrandecer la actividad realizada.
Participar y apoyar esas actividades puede ser muy importante para crear un mundo distinto.
Deportes que nos unan, que nos unan a todos, sin separarnos en bandos. Deporte en el que podamos entregar hasta la última gota de sudor, lanzarnos por el piso, embarrarnos y rugir con fiereza. Pero que el rugido no hiera, sino que aliente.
Deportistas que no busquen ser meros maniquís de las empresas. En resumen, que el deporte no se vuelva tan solo comercio, que conserve su valiosa esencia, que como todo lo esencial, no tiene precio.

P.D.: Hace algunos meses empecé a ver American Ninja Warrior y conecté de manera muy especial con ese deporte. La plataforma televisiva es muuuuy americana y estereotípica, pero la energía que se respira en esos circuitos de obstáculos es muy especial. Los participantes van desde 21 años a más de 75. Hay enfermos de cáncer, personas que sufrieron abusos, gente normal, tipos privilegiados, madres, padres y hasta humanos con piernas protésicas.
Hay un premio gordo para el ganador, pero realmente siento que el motivo por el que la mayoría participa no es hacerse con el premio, sino demostrarse algo a sí mismos y compartir con el mundo, durante una carrera de obstáculos, lo que llevan dentro.
Además, en el programa descubrí a Jessie Graff, que se ha convertido en mi primera gran inspiración femenina del mundo del deporte.
Es mi ninja favorita y cada vez que la veo en la pista, me deja con la boca abierta, el corazón acelerado y la piel de gallina.
Así que bueno, ya era hora de que Ginóbili y Patty Mills, mis dos atletas favoritos, tuvieran compañía.
Compañía que, seguramente, seguirán aumentando y nutriéndose de diversidad.
Y por supuesto, en todo este discurso no he mencionado todavía a la que quizás es la personita más importante. Se llama Colleen Fugate, vivo con ella y es en definitiva, mi deportista favorita.
Al principio, tengo que ser sincero, sentí cierta rabia al ver que una chica era mejor que yo en muchas actividades físicas. Pero cuando salí de mi cascarón de macho dominante, me sentí feliz y tremendamente agradecido por compartir mi vida con una cabrita de montaña. Una cabra con patas de lince y aletas de delfín. Una persona que corre, hace yoga, flexiones, trepa árboles y se va a la nieve en sandalias.
Quizás esté bien ver héroes deportistas que salen en la tele, pero tal vez podríamos empezar a abrir los ojos y ver lo que tenemos a nuestro lado. Quizás ahí, en tu mismo barrio, en tu propia casa, te encuentres con auténticos atletas.
Puede que incluso, un día hagas algo que no te esperas y empieces a sentir admiración hacia ti mismo y las increíbles capacidades de tu propio cuerpo.






domingo, 27 de mayo de 2018

Momentos de Mayo


El mes empezó con visitas de amigos, callos que se desgarran y arepas con aguacate.
La gente llegó y abril se fue.
Me enteré de que mis pasos se dirigirán un poco más al oeste.
Sentí nostalgia por Lugo, por este apartamento y por la alfombra en medio de la sala.
La primera reacción al cambio es casi siempre la resistencia. Pero, cuando lo acepté, me sentí liberado. De repente, me sentí libre, con puertas abiertas y pasos ligeros.
Pero el miedo volvió. Porque toca buscar otra actividad que resulte en dinero. Y ahora resulta que no sé si quiero seguir siendo profesor de inglés. Y no sé qué otra cosa hacer. Sobre todo si quiero que me paguen por hacer dicha cosa.
A veces, me olvido del futuro y huelo rosas que brotan en las aceras. Respiro y observo gotas de agua entre pétalos. Sonrío y me siento nube que atraviesa cielos, despacio, cambiando de forma.
Pero el futuro vuelve con sus preguntas y yo tiendo a esquivarlo. Y por evitarlo, me persigue.
Este mes fui al cine solo, vi películas hindúes y documentales de educación. Me lancé al río, pisé nieve en primavera y una vez más, volví a cocinar para dos.
Ha sido un periodo de adaptación, volver a vivir en pareja. Integrar lo aprendido en solitario a la relación con la otra persona.
Este mes me sentí perdido, como siempre. Siempre hay momentos así y siempre creo que no volverán. Me siento perdido cada vez que busco respuestas y tan solo me encuentro en paz cuando dejo de ofuscarme en soluciones.
Entonces miro caracoles que salen con la lluvia y se deslizan babosos por los arbustos. Y al verlos me relajo y todo lo demás deja de existir. ¡Qué fascinantes criaturas! Con sus antenas y cuerpos blanditos.
Siento que la vida transcurre entre complicada y sencilla, entre rutinaria e impredecible.
A veces me gustaría sentir más control sobre el camino que recorro. A veces siento cosas que no sé cómo expresar. A veces me avergüenzo de lo que pienso y entierro sentimientos entre pliegues de cerebro.
Pero este mes vi semillas de roble brotar. ¿No es increíble?
Un roble brota de una bellota. Ésta se abre y busca tierra en la que asentarse.
Los robles crecen a las faldas de su madre, cobijados en hojas de otoño. Los robles crecen despacio y la mayoría no llegará a ser árbol. Pero no se puede saber cuáles vivirán y cuáles no.
Pero ahí están, con sus hojitas curvadas, aguardando el momento oportuno. E incluso los que perecen, entregarán valiosos nutrientes a los que siguen creciendo.
Vivir y morir. Aferrarse a la vida, luchar por sobrevivir. Eso es adaptativo, evolutivo, al menos eso dicen. Pero a veces me pregunto qué pasaría si dejara de luchar. ¿Moriría?
Tal vez. ¿Y qué pasaría entonces?
No lo sé. Pero en ocasiones me alivia pensar que vamos a morir. Que todos vamos a morir.
Tengo una relación curiosa con la muerte. A veces la observo con curiosidad, otras con reserva y en ocasiones con temor. A veces la aparto de mi vista y pretendo que no está ahí, en cada exhalación.
Pienso mucho. Pienso mucho y a veces doy vueltas entre pensamientos.
Mayo se fue rápido. Entre visitas, reencuentros, dos resfriados y clases de inglés.
No sé por qué escribo, ni por qué lo comparto. Pero siento que escribir me hace bien y que es muy importante para mí.
En un mes cruzaré el Atlántico, una vez más. Pero todavía no.
Hoy estoy aquí y escribo para recordar.
¿Qué cosa hay que recordar?
Nada. Todo. ¿Por qué siempre suelto tantas paradojas?
Tal vez, lo que tengo que recordar es que no tengo que avergonzarme por ser contradictorio. Que tal vez la contradicción solo sea cambio y evolución. Tal vez sientes que te contradices porque en un momento dices negro y al siguiente blanco. Pero tal vez solo estés cambiando y descubriendo.
Tal vez, todo lo que tenías que recordar ya lo has escrito.
Descansa Arielito, descansa que Mayo se va. Descansa y no tengas miedo a creer. No fuerces a los sueños a abrir los ojos, pero tampoco te fuerces a vivir de sueños.
Deja que la intuición te guíe. Recuerda y luego olvida, deja que lo aprendido se vaya.
Recuerda que el mundo es nuevo en este instante. Recuerda que acabas de nacer y que solo algo vacío se puede llenar. Recuerda que beber es tan importante como orinar.

P.D.: Una vez me dijeron que no se podía beber agua y orinar al mismo tiempo. Pero este mes, por primera vez en mi vida lo hice, y fue tremendo. ¿Para qué digo esto?
Para no morir con curiosidad.




jueves, 24 de mayo de 2018

Un viaje de valentía


Hace tiempo que quería escribir. Pero solo ahora siento toda la fuerza del mundo para hacerlo. En estas dos semanas quería escribir para seguir con la constancia del último mes. Quería escribir para que las personas que dieron “me gusta” a la página tengan algo que leer.
Quería escribir para los demás y para demostrarme cosas a mí mismo. Pero hoy no es algo que quiera, es algo que necesita salir. Algo que no hace falta forzar.
Hoy desperté con dolor de lumbares y no hice deporte. En cambio, preparé lentejas y vi un capítulo de 13 reasons why. Dormí siesta, me duché, lavé mi pelo y fui para clases.
Y en la segunda hora, ocurrió algo mágico.
Y ocurrió, como no podía ser de otra forma, de manera inesperada.
Estaba a punto de salir a hacer fotocopias para la lección del día, pero al borde de la puerta, una de las estudiantes dice que está muy indignada.
Me detuve en seco. Y escuché.
Ese simple gesto de detenerme ante la puerta, hizo que algo mucho más importante se abriera.
Es una clase de personitas de 13 y 14 años. Y hoy, dos chicas se sentían indignadas por cómo se comportan los chicos en su colegio. Estaban hartas de comentarios mezquinos, de bromas ofensivas y de gente que les pide que acepten las cosas tal como son.
Brotaron críticas, historias y sentimientos. Todo con fuerza, a veces con rabia mezclada en tristeza.  Pero todo lo que salió fue en un ambiente de respeto. Cuando alguien hablaba, los demás prestaban oídos.
De repente, dejé de sentirme profesor de inglés. Me sentí persona y tan solo veía seres humanos. El idioma que se hablaba era castellano. Y yo tenía miedo.
Las voces hacían eco y lo que resonaba era sincero y real. Pero mi cabeza todavía recordaba que estábamos en una academia de inglés, que el propósito de aquella hora era aprender dicho idioma.
Y el director entró en la clase. El miedo se agudizó. Sin embargo, su visita no tenía nada que ver con lo que se hablaba.
Cuando se fue, era momento de decidir. Era momento de ser valiente. Las personitas que tenía al frente mío ya habían decidido. Estaban compartiendo lo que les rugía por dentro en ese instante, y me habían elegido a mí como compañero de viaje.
Sin darnos cuenta, sin buscarlo si quiera, habíamos emprendido viaje hacia lo desconocido.
No sabíamos qué rumbo seguir, pero aun así surcábamos el mar.
La conversación podría catalogarse como feminista. Hubo historias del miedo que siente una chica al salir a la calle. Chicas de 14 años ya con el miedo instaurado en el manual de instrucciones. Chicas que a esa edad ya sentían la presión de las etiquetas y los roles a seguir.
Había tres chicos en la clase. La mayor parte del tiempo estuvieron en silencio. Pero escucharon. Quizás no sabían qué decir, quizás no querían decir nada. Tal vez se sentían presionados por tener que decir algo.
Pedimos su opinión, pero no forzamos nada. Podría entenderse que ellos no estaban en el barco, que aquel viaje no iba con ellos. Pero sé que escucharon. Algo dentro de mí me dice que era importante que estuvieran ahí. Y que ellos también aprendieron algo valioso de esta experiencia.
Hablamos de masculinidad, de niños que dejan de bailar ballet porque se burlan de ellos. Hablamos de chistes machistas y que si te los tomas en serio eres una “feminazi”. Hablamos de las diferencias de género, de las limitaciones que surgen de éstas. Hablamos de chicas que quieren hacer artes marciales y de que cuando les gusta el deporte, se suele decir que lo hacen bien “para ser chicas”.
Hablamos de hipocresía en los colegios, de que muchas veces importa más la reputación de la institución que el bienestar de los estudiantes.
Hablamos de mucho, sabíamos que lo que se hablaba tenía relevancia, pero todavía no entendíamos a dónde nos dirigíamos.
-¿Qué podemos hacer? –se preguntó.
-Nada –se murmuró.
Esa fue la primera respuesta, la automática. Pero no creíamos en ese “nada”. Creíamos en algo más. Creíamos en algo que todavía no conocíamos.
Al buscar posibles soluciones, no las encontramos. Pero al expresarnos con honestidad y valentía nos fuimos encontrando, unos a otros.
Hace falta ser valiente para zarpar a lo desconocido. Para no adaptarnos a algo que no está bien.
Y duele. Duele sentirte impotente, solo y pequeño. Hoy sentí mi conocida pequeñez reflejada en los ojos de esas personitas. Quizás ellas se sentían todavía más pequeñas que yo, sintiéndose adolescentes, escuchando que su voz está llena de hormonas, pero carente de experiencia.
Pero en todos ardía el mismo fuego, la misma llama que quema lo viejo, para dejar paso a lo nuevo.
En varios momentos me entraron ganas de llorar, tenía ganas de hacerlo, pero al final las lágrimas no brotaron.
Pero dije lo que sentía. Y me sentía orgulloso. Me sentía feliz. No habíamos encontrado soluciones, ni puesto fin a los conflictos. Pero me sentía orgulloso de esas personitas en frente mío. Me sentía tan afortunado por viajar con ellas.
Y al final, me di cuenta a dónde nos dirigíamos. El viaje nos llevó a lo desconocido.
Antes no sabía que lo desconocido era un destino. O bueno, mejor dicho, pensaba que el objetivo de ir hacia lo desconocido era conocerlo.
Pero, tal vez, la magia resida en no saber. En seguir latidos y escuchar historias. En juntar manos y caminar sin miedo.
Hoy me sentí valiente. Hoy todos fuimos valientes, quizás no por navegar hacia lo desconocido, sino por permanecer en él.
Esa es la verdadera valentía. Vivir en lo desconocido. En esa tierra donde las preguntas brotan y las respuestas no existen.
Y es que no sabemos si el mundo va a cambiar. No sabemos si las acciones que hieren dejarán de existir. No sabemos si las diferencias de género se evaporarán y surgirá una nueva relación entre seres humanos. No sabemos si los árboles talados volverán a crecer, o si los ríos contaminados podrán correr transparentes otra vez. No sabemos si la muerte nos reclamará hoy o mañana.
Y ser valiente significa aceptar que no sabemos, y aun así vivir. Aun así, creer y actuar en base a lo que nos late por dentro. Entregarte con todo lo que tienes, por algo que consideras justo y que valoras como sagrado, aunque no haya evidencia, aunque no haya respuestas ni teorías que nos respalden.
Hoy esas personitas de 14 años hicieron eso. Navegar con valentía por lo desconocido.
Al terminar la clase, tan solo quería decir una cosa:
-Que esto que acaba de ocurrir, siga con vida.

Dos horas después, tenía otra clase de adolescentes de 14 años. En esa clase una chica me dijo que había sacado un 9 en inglés del colegio. Estaba presumiendo que tenía esa calificación sin hablar ni entender el idioma. Yo le dije que la nota no importa mucho, que lo que de verdad cuenta es el aprendizaje.
Ella se enfadó y me dijo que estaba loco. Que lo único que importa en la educación es la nota que sacas. Con la nota puedes ir a la universidad y encontrar un buen trabajo.
Me preguntaron si yo saqué buenas notas en el instituto. Les dije que no.
-Por eso estás aquí, de profesor de inglés –contestó un chico. –Si no, serías arquitecto, ingeniero o alguna cosa importante.
Me sentí un poco triste. Pero no me sentí ofendido. En ese momento no. Tan solo me pregunté por qué me diría algo tan mezquino. Por qué diría algo tan solo por hacer daño.
Yo tenía claro quién era y por eso pude responder con amor y compasión. En ese momento no podía responder de otro modo. Porque las palabras que había dicho hacía dos horas, todavía respiraban en mi boca, aun latían con calidez en el pecho:
“Que esto siga con vida”. Que este amor, esta conexión, este viaje a lo desconocido siga con vida.
Está vivo. Y si quieres, tú también puedes unirte.

jueves, 10 de mayo de 2018

No voy a ser Alejandro Magno


De niño, me dijeron que los de símbolo Leo son competitivos y se dan aires de grandeza. Esas características encajaban conmigo.
Crecí como hijo único, como centro de  universo, merecedor de todo, heredero del reino. Fue el ambiente y era yo mismo.
Quería brillar, que me reconozcan, que coreen mi nombre, que mis pasos dejen huellas profundas.
Pero esas añoranzas se fueron desvaneciendo por el camino.
A medida que voy descubriendo lo que soy, más me doy cuenta de que mi esencia es simple y mi ambición pequeña.
Me gustan las siestas y correr desnudo. No me gusta estudiar para tener buenas notas, ni trabajar en exceso a costa de billetitos.
No siento necesidad de planificar mucho. Disfruto andando despacio y estirando las piernas en un columpio.
A veces siento tanta gratitud que me abrumo. Me siento afortunado y me pregunto por qué. Luego me doy cuenta de que también es cierto que pido muy poco y necesito apenas nada.
Soy feliz escuchando y mirando a los ojos, comiendo con la boca abierta y acariciando a un perro en la barriga.
Pero todavía queda ese lejano anhelo de grandeza, ese que todavía sueña con ser Alejandro Magno.
A veces miro lo que otras personas hacen. Veo su dedicación, el sacrificio y los resultados. Y siento envidia. Y también tristeza.
Me siento triste porque ellos serán recordados. Y yo me siento viento pasajero. Siento que de mí no quedará nada. Porque yo lo estoy eligiendo así.
Yo estoy eligiendo no caminar hacia el éxito convencional.
Mi definición de éxito ha cambiado con el tiempo. Ahora, al usar esa palabra, me refiero a cuánto estás cambiando el mundo, a la influencia de tus acciones para hacer de éste un lugar mejor.
En esa definición está presente todavía el impulso de grandeza. Quizás ya no tan centrado en el individuo, sino en las acciones que realiza. Pero todavía se busca la grandeza. Que lo que hagas sea grande. Que pese. Que se recuerde. Que se hable de ello.
Me da vergüenza reconocer mis delirios de grandeza. Pero también me avergüenza aceptar mi carencia de ambición.
Pero hoy he descubierto algo. Quizás lo olvide pronto. Sin embargo, me gustaría escribirlo, solo para recordarlo.
Hoy he sentido mi pequeñez. La pequeñez de mi ego. La pequeñez de Ariel y todo lo que identifico a ese nombre.
Ese ego, ese “Yo”, está aquí. Existe, recuerda y piensa. Pero es muy pequeño, diminuto.
Yo voy a morir, desvanecerme y apagarme, como una vela, de un soplido. O tal vez sea como una hoguera, y mi fuego vaya menguando con la leña, hasta quedar atrapado en unas brasas, para finalmente enfriarme y desaparecer entre cenizas.
Yo, realmente no importo. Pero la vida sí. La vida que respira en mí importa, y mucho.
Importan los tigres de bengala y las ballenas azules. Importa mi papá y la Wallita y las personas que me cruzo en cada acera. Importan sus pasos y sus tripas que suenan. Importa lo que transmiten sus rostros. Pero no importan sus medallas ni sus fracasos.
Hace poco escuché a alguien decir que no importaba el artista, sino el arte. Quizás esa fue la premisa que dio pie a todo lo que estoy experimentando ahora.
Cuando lo escuché, me quedé en silencio. No sabía si estaba de acuerdo o no.
A veces me he descubierto pensando en cambiar el mundo. Quería ser yo el que empezara un movimiento, el que encendiera una llama y que provocara un cambio. Pero lo importante es el cambio, no yo.
A mi ego pequeño y frágil le es imposible entenderlo. Se resiste a aceptar que él en realidad no importa.
Pero no te preocupes ego. No llores. O bueno, llora. Llora que yo te abrazo y te digo que todo va a estar bien. Eso es bonito, desahógate. Eres pequeño y siempre lo serás. Pero tienes tu lugar en mí. Y saber que en este momento existes me hace sonreír.
Gracias a ti puedo experimentar orgullo y decepción. Y de momento no puedo imaginar cómo sería vivir sin ti. Siento que es bonito que tengas un sitio en la vida, sobre todo cuando aceptas lo que eres.
Gracias a ti puedo experimentar la vida como Ariel, como individuo, con mis propias experiencias y recuerdos. Es bonito sentir eso. Pero recuerda ego, recuerda que en realidad no eres tú el protagonista. Está bien. Está bien. No te sientas mal por eso.
Una vez más me surge mencionar al océano.
Imagina un océano infinito. Lo infinito es indivisible. Es unidad. La unidad es vacío. El vacío es todo. ¿Qué pasa si el todo quiere experimentarse? ¿Saber qué se siente estar en el océano?
Y entonces aparece una gota. Y la gota se siente gota, y se mueve por el océano, y va de aquí para allá. Y de repente, se encuentra con otra gota, y se siente feliz de ver a alguien semejante a ella. Así, van apareciendo más y más gotas, todas ellas distintas y todas ellas parecidas de algún modo. Todas disfrutan de ser parte del océano.
Pero llega un día en que la primera gota se siente triste. Se siente pequeña y sabe que va a morir. Las gotas mueren. Hacen “pop” y desaparecen. La gotita tiene miedo. Le gustaría ser grande como el océano, extenso e infinito. Pero la gota olvidó que ella no está en el océano. Ella es el océano. Porque el océano, por mucho que se divida en gotas, sigue siendo indivisible.
Somos el océano. Somos el mundo, la vida y el universo, experimentándose en cuerpos humanos que son capaces de leer y escribir.
Cuando se planta un árbol, dan igual las manos que pusieron la semilla. Lo que importa es que la planta crezca. Las manos que lo sembraron son parte del árbol, el árbol mismo.
Plantar un árbol no es hacer un bien a algo externo, sino a nosotros mismos. Amar a otro ser vivo es amarte a ti mismo.
Amarte a ti mismo es expresar amor hacia la vida entera.
Dicho todo esto, ¿Qué es lo que de verdad quiero?
Quiero que las tortugas marinas no mueran con plástico en el estómago. Quiero que mueran en paz, flotando boca arriba. Quiero que las selvas crezcan fuertes y que los monos aúllen desde las ramas más altas.
Quiero que mi vida sea un regalo hacia ese mundo que todavía no está aquí. Me da igual si mis ojos llegan a ver ese mundo. Solo quiero que la posibilidad de ese mundo siga latiendo. Ese mundo de monos aulladores y tortugas que mueren en paz.
Yo también quiero morir en paz. Y un día lo haré. Pero creo que hoy no.
No voy a ser Alejandro Magno. Pero voy a vivir, porque nací para hacerlo.




sábado, 28 de abril de 2018

Un mes conmigo


Esta es la última noche que duermo solo. La última de un mes. ¡Un mes Ariel! Un mes entero contigo.
Un mes de cocinar ollas gigantes de frejoles y comerlos durante tres días seguidos. Un mes de paseos caminando despacio, observando brotar la primavera. Un mes durmiendo en el centro de la cama.
Querido Ariel, Arielito, Ari. ¿Cómo te sientes?
No lo sé. Hay mucho que quiero contar.
Por una parte, desde el principio, quería que este mes fuera memorable, quería que fuera especial y digno de recordar. Quería pasar tiempo conmigo, descubrirme y evolucionar. Quería escribir y conocer gente. Quería conectar y compartir. Quería hacer deporte, comer sano, comer rico y ser consciente de la comida que pasaba por mi boca.
Sobre la comida… Cada desayuno, almuerzo y cena, los pasé acompañado por la pantalla. No era capaz de comer tan solo mirando el plato. Necesitaba algo que me entretuviera.
Vi películas, American Ninja Warrior, resúmenes de NBA y documentales.
Muchas veces me sentí culpable por hacerlo. Y más culpable aun por no poder evitar repetirlo.
En este mes me he juzgado mucho. A veces fue difícil estar conmigo. A veces quería escapar de mi piel. A veces no tenía ganas de vivir, y tan solo quería cerrar los ojos, dormir y soñar. Quería soñar con mundos diferentes y no volver a este.
Me he sentido solo y perdido. Un día llegué a tirarme en la alfombra y hacerme un ovillo. Intenté llorar, pero no me salían las lágrimas.
Sí, ha habido momentos de tristeza. Pero siempre se han ido. Siempre se van.
Ha habido también momentos de magia, magia sencilla e inexplicable. De esa que sientes al tocar un retoño de hoja, verde, traslúcida y suave. Magia que huele a humedad y suena a canto de mirlo.
Ha habido felicidad simple y cotidiana. Felicidad que tan solo ofrece brazos abiertos.
He tenido sueños que despiertan y noches que reponen. He bailado en la sala y he reído sin compañía. Me he sentado en el césped y he recibido la calidez del sol en la barriga.
Ha sido un mes muy especial. Ha sido un tesoro y también ha sido tan solo un mes cualquiera. Un abril corriente y sin días festivos.
He viajado en autobús y reservado habitación de hotel para uno. Me he bañado en el mar y he dormido siestas sobre la arena.
He pasado cada noche con un conejito de peluche. También, siempre, antes de acostarme, me he cepillado los dientes. De esto me siento muy orgulloso. Siento que es una gran muestra de amor hacia mí mismo. Por lo menos yo, cuando no me quiero, no me lavo mucho los dientes.
Y de repente, las personitas aparecieron. Tan solo bastó una intención y dejar la puerta abierta.
Apareció gente y oportunidades de compartir. Leí enfrente de un público, y escuché poesías y canciones.
He pasado noches de juegos de mesas. Y también he pasado noches de conversaciones auténticas, de esas en las que lo más importante es escuchar.
He hecho dibujos y he visto jugar a Manu Ginóbili. He corrido siguiendo ríos y me he metido bajo cascadas.
Me he sentido vivo y agradecido, también con miedo y aburrido. He visto cielos grises y horizontes azules. He cambiado plantas de macetas y he limpiado en profundidad la cocina.
He tenido clases que nunca olvidaré. Y también he tenido clases que ya no recuerdo.
Todo parece mezclarse; lo cotidiano y lo profundo, lo relevante y lo superfluo.
No sé si este mes ha sido bueno o malo. A veces he sentido que no era suficiente, que faltaba algo. Otras he reído, porque sentía que todo, todo el universo se encontraba aquí, en un paseo de diez minutos al parque de Rosalía. Sentía que el mundo entero respiraba en todo lo que veía.
He fluctuado con rapidez entre certeza e incertidumbre. Y sigo estándolo. Eso es lo único que siempre persiste, esa mezcla de estar seguro y dudar de todo.
He pensado en mi muerte y su irrelevancia. Pero al mismo tiempo he visto lo importante que es vivir, y hacerlo con todo mi ser.
Y así, este mes se ha ido. En unas horas llegan amigos de visita.
¿Qué he aprendido?
Que, tal vez, no hay que buscar más allá. Quizás, después de todo, el mundo entero esté aquí, donde sea que estés, respirándose en este instante.
Tal vez, no necesitamos nada más que estar aquí. Tal vez este sea el sitio al que tenemos que volver. Tal vez nuestro verdadero hogar sea este momento.
Tal vez ser grande no importe. Quizás la verdadera grandeza solo se puede apreciar cuando se acepta la pequeñez.
Siento que mi cuerpo es pequeñito y que mi vida es frágil, como una margarita.
En este mes primaveral, he podido ver muchas margaritas. Al lado de casa hay una placita de pasto, cubierta en ellas. Me encantaba ver el verde cubierto en blanco y amarillo. Era increíblemente hermoso.
Pero un día fui, y las margaritas ya no estaban. Habían cortado el pasto. Quedaban algunas mutiladas y esparcidas por el suelo. Me sentí triste. Triste de verdad.
Sin embargo, pasé por allí dos días después, y las margaritas volvían a estar ahí. Todas nuevas, todas relucientes, con la misma belleza y la misma fragilidad.
En dos días el césped volvía a estar inundado por ellas. ¿No es increíble?
Yo pensaba que las margaritas eran débiles, que había que protegerlas. Nunca las pisaba, por no lastimarlas. Daba saltos como podía para esquivarlas.
Por eso, cuando las cortaron, me sentí devastado. Sentía que era casi un crimen destruir algo tan indefenso.
Pero volvieron. En dos días. Todas nuevas.
Han cortado el pasto por lo menos dos veces más, y las margaritas vuelven. Siempre vuelven.
¿Somos margaritas?
No lo sé.
Pero sé que la vida se va. La muerte llega. Y la vida vuelve.
Por una parte quiero quedarme. No quiero que esta historia se acabe. Pero sé que lo hará, y que tiene que hacerlo. Sé que el propósito de mi vida es dar paso a otra nueva.
Es como el río. Cada gota de agua, desde que nace, no se resiste, sino que se entrega. Se entrega al río y forma el río. El agua es el río. Y el río llega al mar.
Siento que todo este mes ha desembocado en este preciso instante. Y en este instante veo la necesidad de dejar de resistirse, de soltarme y entregarme a la vida.
Pero sigo teniendo un nudo en la garganta. Quiero llorar y abrazar a alguien, preferiblemente a un ser peludo, de ojos cálidos y grandes.
Me resisto. No quiero morir. No quiero desaparecer. Quiero saber que puedo seguir. Pero no lo sé.
Quiero saber que podré comer todos los días y que podré envejecer. Quiero saber que las personas harán las paces y que las selvas seguirán existiendo. Pero no puedo saberlo.
¿Entonces qué queda?
Queda hambre en el estómago. Hoy no cené. No cené. Ya estoy llorando. Y también riendo. Casi siempre pasa. Lo uno no viene sin lo otro.
No se trata de mí. No se trata de mi historia. No es mi historia. La historia del “Yo” es la historia de que la gota de agua y el río son cosas distintas.
No se trata de mí, pero experimento la vida a través de mí. ¿Tiene sentido?
Quiero entenderlo. Pero no puedo.
¿Por qué he escrito esto?
Hay algo que todavía se revuelve en mi pecho. Tengo hambre, tengo sueño. Son las 4 de la mañana. Ya llevo cuatro páginas. ¿Por qué sigo aquí?
Quiero averiguarlo. Quiero saber. Entender. Descifrar.
Quiero darle sentido a este mes de abril.
Arielito… Arielito… ¿Recuerdas esa canción?
Sí. La recuerdo: No te preocupes, te queremos más de lo que puedes imaginar.
Arielito… Arielito… Tan solo quiero decirte gracias por este tiempo. Ha sido increíble. Tienes muchas preguntas, y está bien que las tengas.
Pero, ¿Sabes qué? No necesitas encontrar todas las respuestas hoy. Quizás, incluso, no necesites respuestas. Tal vez solo necesites curiosidad y ya por el camino irás descubriendo lo que necesitas.
Tan solo recuerda que te quiero de corazón. Recuerda que tu propósito del año es aprender a Amarte.
Quieres cuidar y amar a los demás. Pero primero, déjate amar, déjate querer y abrazar. Deja que los brazos se relajen y la mandíbula se ablande. Deja que los pensamientos se vayan y la mente se quede en calma, como un lago. Un lago rodeado de pinos y con destellos de amanecer. Deja que la vida te envuelva. Confía en la vida. No trates de protegerte o buscar seguridad. La seguridad llega, si tiene que llegar. No te engañes creyendo que una actividad te dará de comer. La tierra te da de comer. Que tus acciones no se basen en querer mantenerte con vida. La vida no está hecha para mantenerse. La vida está hecha para fluir y moverse, en cambio constante.
Confía Ariel. Confía. Confía en lo que late y lo que se intuye.



lunes, 23 de abril de 2018

Salir a corazón abierto, a veces duele


Una vez tuve un profesor muy bueno, uno de esos que deja huella por dentro.
Siempre recordaré algo que hicimos con él. En una clase cualquiera, entregó un Mandala a cada estudiante y nos explicó que en la cultura hindú, esos dibujos son una representación del universo. Luego nos pidió que lo coloreáramos.
Nosotros nos quedamos un tanto perplejos. Él enfatizó en que lo importante era hacerlo lo mejor posible, pintarlo con los colores que más nos gustaran, y sobre todo, que disfrutáramos de la actividad.
Recuerdo que yo hice exactamente eso. Durante una hora pinté y pinté. Hablé un poco con mis compañeros y disfruté.
Al final, el Mandala quedó muy lindo, todo en tonos azules y verdes, si mal no recuerdo. Estaba muy contento con mi trabajo y expectante de ver qué había que hacer después.
-Ahora quiero que rompáis los dibujos –dijo él.
Todos estábamos atónitos, pero al mismo tiempo, yo me sentía emocionado. No entendía el propósito de romperlo, pero algo dentro de mí se removía.
-Esta actividad es una manera de recordarnos que lo importante de la vida no es el resultado, sino disfrutar del trayecto –concluyó el profesor.
Se me puso la piel de gallina. Fue uno de esos MOMENTOS con mayúsculas, de esos que sabes que nunca vas a olvidar. Uno de esos instantes en los que algo hace “clic” en tu interior y te das cuenta de que una puerta se ha abierto.

Hace un tiempo que quería repetir esta actividad con alguna de mis clases. Y hoy, uno de mis grupos no quería hacer nada. Entonces pensé que era el momento perfecto.
-¿Quieren hacer algo que no tiene nada que ver con inglés? –les pregunté.
-No queremos hacer nada de nada –respondieron ellos.
Con esa contestación, asumí que sí querían hacerlo.
Imprimí los mandalas. Expliqué su significado. Les di colores. Incluso les puse música. Les dije que lo más importante era relajarse y disfrutar, vivir ese momento en su totalidad.
Al principio parecían interesados. Pintaban con atención y podía ver que estaban pasando un buen rato. Pero no pasó demasiado hasta que una de las chicas sacó su móvil y dejó la pintura en un segundo plano.
Otro de los chicos se quejaba de que le dolían las manos. Otro soltaba bufidos porque no le gusta pintar, ni dibujar. Tan solo había una alumna que parecía entregada al dibujo.
Al final les dije que pararan de dibujar y les pregunté cómo se habían sentido.
-Aburrido.
-Prefiero estar en el móvil.
-Me da igual.
-A mí sí que me gustó, pero me duelen las manos.
Luego, solté lo de que había que romperlo. La chica del móvil lo hizo sin dudarlo, y no dudó en decir que aquello era una mierda de actividad.
Los demás se resistieron un poco. Y la chica que sí que había disfrutado de pintarlo se negó a hacerlo. Quería llevarse el dibujo a casa y no entendía por qué tenía que romperlo.
Dio igual que explicara varias veces que era un gesto simbólico para recordarnos que lo importante es disfrutar del  trayecto.
Se rieron en mi cara. Refunfuñaron, dijeron que habían perdido el tiempo, que mejor se quedaban en su casa estudiando para el examen de religión.
Y luego, sin más, se fueron.
Me tomó un poquito de tiempo darme cuenta de que aquello me dolió. Me dolió compartir algo muy preciado para mí y que lo rechazaran por completo.
Tuve que reunir mucha valentía para hacer la actividad. Tenía miedo que el director entre y vea a un puñado de adolescentes pintando un mandala y escuchando música en una clase de inglés. Me dolió que ellos no vieran ni valoraran eso.
Me dolió intentar hacer algo diferente, algo significativo y que ellos tan solo lo vieran como una oportunidad para no hacer nada.
Me dolió. Pero, por algún motivo, estaba listo para recibir el golpe. No es que estuviera atento para esquivarlo, es que estaba conscientemente desprotegido, dispuesto a recibir el impacto.
Y eso hice. Dejé que el dolor me golpeara, que escociera y que de a poquito, se diluyera.
Tuve una clase más, compré fideos de lentejas y luego me quedé largo rato hablando con la dueña de la tienda de al lado de casa. Fue una conversación sincera y terminó en abrazo.
Ahora, después de cenar y tras escribir esto, el dolor ya no duele tanto. O más que no doler, ahora se mezcla con otra cosa.
En el momento del golpe, me vino el impulso de juzgar a los chicos, tacharlos de superficiales y sobre-estimulados por la tecnología.
Ahora, en vez de eso, me inundó una gran ráfaga de cariño hacia ellos. Todos ellos personitas, con sus pensamientos y sus mundos interiores. Todos ellos atravesando cambios de los que tal vez no son conscientes. Quizás todos ellos obligados a ir a mis clases. ¿Cómo puedo juzgarles?
Lo único que puedo hacer es respirar hondo, dejar que el tiempo desinflame y prepararme para verlos de nuevo el miércoles.
Y una vez más, dar todo lo que tengo en esa clase. Proponer más actividades, escucharles, y sobre todo, transmitirles que me importan de verdad. Porque es cierto.
Siento un profundo amor hacia todos esos seres humanos con los que paso mis tardes. Y creo que al final, me gusta ser profesor no por enseñar algo, sino por la oportunidad de compartir y sentirme parte de esa marea de gente.
Siento que la materia impartida, ya sea carpintería, matemáticas o inglés, es la nave a la que nos subimos para emprender el viaje. Pero el aprendizaje en sí es lo que ocurre en ese espacio, las conexiones humanas que brotan durante la travesía.
Ahora mismo, ha surgido dentro de mí esta frase: La habilidad se convierte en don cuando se comparte.
Y solo conozco una manera de compartir de verdad, que es salir ahí fuera con el corazón al descubierto.
Tal vez era yo quien tenía algo que aprender con la actividad de clase. Tal vez era yo el que necesitaba recordarme que lo importante es el trayecto y no el resultado.
Y tal vez por eso, aunque el resultado dolió, no dejará cicatrices. Di todo de mí, disfruté del camino, pero las cosas no salieron como yo esperaba. Y está bien.
Quizás lo ideal sea no tener expectativas. Pero no soy una persona ideal. Estoy aprendiendo y descubriendo. Estoy vivo y quiero ayudar a crear una nueva historia para el mundo.
Por último, hoy me gustaría terminar con unas palabras que escuché decir a un jovencito Australiano de ojos profundos:
“Suelo obsesionarme con no cometer errores. Pienso que los seres humanos ya hemos cometido demasiados. Pero en esta experiencia ha habido muchas contradicciones y todos nos hemos equivocado. Ahora creo que la vida consiste en eso, ser consciente de dónde vas, pero también saber que te vas a equivocar. Cada cual con sus particulares y bellos errores. Bellos errores en un camino hacia la integridad”