jueves, 2 de agosto de 2018

Terapia conmigo


-Queda menos, pero no importa lo que quede. No importa Arielito. Quedan 13 días de Bolivia, pero no hace falta contarlos. ¿Cómo te sientes?

-La nostalgia se hace hueco en mis pulmones, agrandándose de a poco en cada inspiración. Siento que el momento de partir se acerca, pero los días, irónicamente, transcurren con perezosa tranquilidad. Las mañanas se dilatan en largos desayunos y el resto del día se evapora entre labores domésticas y ocio compartido.

-¿Qué quieres decir Arielito? Tranquilo, puedes decir lo que sientas. Lo que sea. No hay presión alguna.

-¿Sabes qué? Creo que he estado un poquito distraído.  O buscando distraerme.

-Pero está bien. Está bien Ari. No tienes que preocuparte por eso. Los cambios no ocurren por forzarlos, ocurren cuando te das cuenta y “pff” cambias.

-He estado luchando por tener días productivos y sintiéndome un poco frustrado cuando vería que lo único que hacía era jugar Risk toda la tarde.

-A ver, señor dramático, no hace falta que pintes las cosas tan solo en blanco y negro. Sí, has jugado al Risk, ¿Y qué? Lo has disfrutado. Has derrochado adrenalina y te has echado unas buenas risas con tus hermanos, ¿Qué tiene de malo?
Es como que a tu modo, te exiges demasiado. Además, estás de vacaciones.

-Bueno, no me gusta mucho el concepto de vacaciones. No me gusta la noción de tener que descansar de lo que normalmente haces. Pienso que solo quieres desconectar de aquello que no te gusta.

-Tal vez, lo que de verdad te causa conflicto, es que no sabes cuándo van a terminar tus vacacione. No sabes cuándo vas a volver a tener un trabajo remunerado, en qué consistirá o dónde será. Y ese desconcierto es lo que te pone una presión encima para ser productivo ahora, para no sentir que estás en unas vacaciones eternas, siendo un flojo vagabundo.

-Quizás tenga miedo de ser flojo, pero también tengo miedo a no aprovechar el momento, de hacer cosas que me distraen, pero que no me llenan. Tengo miedo de que la vida se me pase en distracciones y que al final del trayecto no haya hecho nada significativo.

-Bueno, creo que lo que podemos decir es que piensas mucho Ari. Piensas y reflexionas mucho, y está bien. Y está bien ser crítico, observar tus acciones y sus consecuencias. Pero no te obsesiones. No te pierdas en esas críticas y ante todo, que las críticas no te impidan tratarte con respeto y cariño.

-Es verdad. Además, ahora estoy viendo que todo depende de la interpretación. Puedo ver el tiempo en Bolivia como poco productivo, pero sería muy injusto y falso. He ido al Abasto muchas veces y cargado pesadas bolsas de tomates y legumbres. He lavado muchos, muchos platos. Me he columpiado en lianas, he trepado árboles y jugado frisbee. He visto atardeceres sobre tierras rojas y lunas llenas alzarse entre los árboles. He disfrutado de guisos increíbles, pizzas al horno de leña y las mejores hamburguesas del mundo.

-Todo depende de la perspectiva, eso es muy cierto. Puedes decir que has hecho mucho, o que has hecho poco, puedes sentirte culpable o victorioso. Pero, al final ¿Qué es lo que importa?

-Todo importa. Importa despertar e importa dormir, dormir tapadito y con babas conectando tu boca y el colchón. Cada detalle y gesto importa. Importa estar aquí, mantener la casa limpia y disfrutar de cada uno de mis hermanos. Importan los rostros con los que te encuentras por la acera y los pastos de la cancha, que aguardan la lluvia para volver a verdear.

-Entonces, si todo importa, ¿Hay algo más importante por encima de todo?

-Quizás no más importante, pero sí esencial; el amor. Importa amar(te) y entregarte. Y cuando amas, da igual lo que estés haciendo. El amor es la referencia y brújula, no la productividad. Y no importa cuán vacía o carente de sentido sea la experiencia que estás atravesando, siempre puedes retornar al amor.

-¿Cómo te sientes ahora?

-Con ganas de reír. Acabo de hacer terapia conmigo mismo. ¿No es eso raro?

-Creo que todos somos raros y que dejar aflorar la rareza es algo lindo.

-Está siendo un gran viaje. Una linda experiencia. Estoy aprendiendo y disfrutando. El futuro sigue siendo un misterio y el presente sigue siendo un regalo.

-Sigamos entonces. Sigamos cantando desde la parte de atrás de una camioneta. Sigámosle cantando a las estrellas, golpeando turriles a modo de tambores, sigamos riendo sin más motivo que el de estar vivos.



miércoles, 18 de julio de 2018

Más


Es media noche. La computadora descansa sobre una mesa de madera amarillenta.
Hay una mamá tomando agua en la cocina, un hermano jugando con las teclas del piano. Hay varios seres humanos en esta casa. Hay cereales de maíz, ajís en vinagre y papayas puestas boca abajo en la nevera.
Hay una canchita de pasto medio seco al otro lado de la ventana. Hay luna que crece y estrellas que adornan la noche.
Mañana se cumplen tres semanas desde que llegué.
El tiempo vuela, pero de algún modo, también se ha detenido.
El futuro parece que recién llegará mañana, y el mañana, como siempre, se sigue postergando.
El domingo pasado hice una excursión y ayudé a niños a trepar árboles. Le dije gracias a un toborochi e hice alabanzas a una fogata, acompañado por canticos tribales.
Fue un día muy lindo, uno de esos que te deja el cuerpo reventado, los pies hinchados y el alma sonriente.
Los días se van transformando en recuerdos y hoy sentí muchas ganas de escribir.
No sé qué decir, pero quiero escribir.
Quiero escribir acerca de mis pequeñas rutinas diarias. Todos los días desayuno largo y despacio, esparciendo mantequilla y echando avena a jugos de naranja. Voy al súper a comprar queso, le doy los buenos días al portero y bromeo  con mis hermanos.
A veces me descubro queriendo más. Siempre se puede querer más.
Vi el mundial de fútbol como no lo hacía en muchos años. Durante los partidos nos apoltronábamos en un sofá de tres plazas alentando a tipitos corriendo por algún césped de Rusia. Y disfruté mucho de la experiencia, sobre todo cuando la final acabó y la presidenta de Croacia salió al campo de la mano de Macron. Llovía y ella lloraba de emoción, regalando abrazos que se veían auténticos.
Me gusta detenerme de vez en cuando, cada vez que lo piden las piernas, y observar las huellas del camino recorrido. Las pisadas se irán perdiendo entre hierba, polvo y viento, pero siento que hay algo de ese sendero que sigue conmigo.
Es como que al cerrar los ojos puedo vivir de nuevo todo lo que ha pasado. Y me gusta, me gusta sentir que Lugo y mis amiguitos están aquí, latiendo en estas tierras tropicales.
Me siento bien, pero septiembre ya empieza a preguntarme qué voy a hacer.
Y yo sigo posponiendo la respuesta que voy a darle.
No sé si estoy escapando del futuro o si todavía no es momento de mirarle a los ojos y plantearle mis planes.
De momento, la vocecita de mi interior me susurra: “Tranquilo, deja correr las cosas”.
La excursión con las niñas del domingo me recordó que pasar días con cachorros humanos me llena el corazón.
Me siento niño, ligero, curioso y despreocupado. Me siento adolescente, dudoso, cambiante y perdido. Y también, me siento adulto, con conocimientos que cercan posibilidades y ojos que juzgan antes de ver.
Pero ante todo, me siento personita, humano bípedo y con pulgares oponibles. Aunque ahora mismo mi pulgar izquierdo no es muy oponible, debido a una dobladura medio grave jugando básket.
Además, me estoy dando cuenta de que tal vez no haga falta esperar a septiembre para tomar grandes decisiones. Tal vez, ni siquiera haga falta tomar grandes decisiones.
Estoy aquí. Bolivia. Hermanos. Mamá, primos, Arubai, familia. Estoy aquí. Y no puedo estar en otro sitio más que aquí. No quiero preguntarme qué voy a querer decidir en septiembre.
Septiembre no es más especial que hoy. Hoy escribo. Hoy expreso lo que llevo dentro. Y eso es lo único que quiero hacer. Expresar y compartir.
Arielito, Arielito. ¿Recuerdas cuál es tu propósito para este año?
Sí, lo recuerdo. No se trata del futuro, no se trata de septiembre, de posibles trabajos, ni de dónde vas a vivir.
Mi propósito de este año es amarme. Por eso me hablo con cariño y soy paciente con mis arranques de inseguridad.
No te preguntes si lo que estás haciendo es suficiente, no te preguntes si puedes hacer más. Siempre se puede hacer más. Pero la vida no se trata de eso. El “más” hay que dejarlo para las sumas.
No hace falta hacer más cosas, o hacerlas mejor. No hace falta más seguridad, ni más textos en el blog. No hace falta escribir más.
La seguridad está dentro, en esa certeza interna, esa confianza que no puede justificarse, en la intuición de que las cosas saldrán bien. Bien no como opuesto de mal, sino como Bien, Bien a secas, sin opuestos de contradicciones. Ese Bien que no se puede discutir ni argumentar, ese que no sale automático y sin pensar cuando te preguntan qué tal, sino que se siente borbotear dentro, como un volcán de sonrisas incontenibles que te rascan la barriga.
No te obsesiones con más Arielito.

Abrazando y dando gracias al Toborochi, el árbol panzoncito

viernes, 22 de junio de 2018

El misterio del Mañana


Hay tiroteos en escuelas, gente que muere en balsas y personas que cierran fronteras. Hay manifestaciones por el aborto, gente que se opone y debates que se abren.
Hay incendios forestales, plástico en los fondos marinos y comunidades indígenas desterradas.
¿Y yo qué hago?
Yo me preocupo por el futuro. Por mi futuro. ¿Qué haré? ¿Cómo lo haré? Y lo más importante, ¿De dónde sacaré dinero?
Todo eso parece tan irrelevante en medio de todo lo que ocurre en este mundo nuestro. Y da la sensación de que no hay acciones correctas.
Puedo centrarme en mí, en tener estabilidad económica, ahorrar, cotizar a la seguridad social y en 30 años esperar a tener una pensión.
Pero eso se antoja monótono, aburrido, insulso. Porque por dentro siento que una vida humana es más que eso. Que hay que explorar, sentir, palpar, aprender, conectar y compartir.
Me digo que hay que disfrutar. Que mañana puedo morir. Que todos vamos a morir.
Y luego me pregunto cómo disfrutar. Cómo disfrutar de esta vida sabiendo todo lo que está ocurriendo en cada esquina.
Cómo buscar mi felicidad cuando para tanta gente esa no es una opción. Cómo buscar un trabajo que me apasione cuando tantas personas tan solo buscan sobrevivir.
Me siento culpable, luego impotente. Y después me digo que no tiene sentido.
Siento que nacer en este mundo fue despertarme sobre un juego de mesa bastante retorcido. Un juego de leyes complejas y en general carentes de sentido común. Un juego que se basa en la desigualdad, y en que para que ganar, siempre tiene que haber alguien que pierda.
Y a veces tengo ganas de dejar de jugar. Dejar de preocuparme por sobrevivir y mandar todo a la mierda.
Me entran ganas de andar, andar lejos y sin cargas. Andar hasta cansarme y luego dormir.
A veces, cuando no tengo ganas de vivir, me apetece cerrar los ojos y dormir, caer en un sueño profundo y sobrevolar mundos distintos a éste.
Pero luego voy a un río, veo el agua, a las libélulas y las hojas de roble mecidas por el viento. Escucho ranas y algas bailar con la corriente. Y entonces la vida vuelve a mí. Y me siento agradecido, tan solo por estar ahí, por ser parte de ese momento.
¿Cómo puede haber tanta belleza y a la vez tanto dolor?
Veo niños corriendo, veo la espontaneidad, la creatividad humana. Siento el cariño de una mirada, el calor de un abrazo, los acordes de una guitarra. Pero luego veo los impulsos egoístas, el yo antes que tú, la avaricia que no se llena y el miedo que desemboca en agresión.
Luego salgo a caminar y voy a un parque. Me siento en un banquito y veo estelas de sol entre ramas. Entonces escribo, me escribo a mí mismo y lo hago con amor, con paciencia y tolerancia. También dibujo y el resultado es algo infantil, muy colorido y no demasiado realista. Me avergüenzo un poco, pero en realidad me siento bien. Una sensación revitalizante se extiende bajo mi piel.


Esas palabras de cariño y ese dibujo de niño me hacen sentir vivo, en paz conmigo y con el mundo. Pero el mundo no ha cambiado. El mundo sigue como es.
No sé cuántas veces he dicho en los últimos años que no sé qué voy a hacer. Cada vez que la seguridad y la estabilidad asoman en el horizonte, se esfuman como la niebla, y queda el viejo misterio de lo desconocido.
Lo desconocido, tan familiar a estas alturas, pero que hasta ahora, no se deja conocer.
Tal vez vaya a Nepal, quizás enseñe inglés, puede que me quede en Lugo, o que haga un voluntariado en Finlandia, no lo sé.
No sé lo que voy a hacer. Pero me quiero dar un consejo:
Hay tiempo. Hay tiempo Arielito. No hay por qué apresurarse. Ve a Bolivia, déjate envolver por los vientos del sur, y el polvo que traen consigo. Báñate desnudo en cascadas y úntate la cara con barro. Disfruta con las personitas que allí te esperan. Agradéceles, mímales y abrázales con todas tus fuerzas.
Vive y camina. En ese andar el mañana se convertirá en hoy. Pero siempre habrá un mañana en el horizonte. Un mañana que nunca dejará de ser un misterio.

P.D.: Bajo un puente, al lado de un río hay un grafiti. En él se lee: “Serendepia, hallazgo afortunado e inesperado, que se produce cuando estás buscando otra cosa”.
Siempre lo leo cuando paso por ahí, y por algún motivo, me reconforta y me siento tranquilo.




martes, 12 de junio de 2018

Deporte 2: Manu Ginóbili


Hoy voy a hablar de Manu Ginóbili.
Manu es un tipejo de 1.96, de patas largas y brazos finos. Nació en Bahía Blanca, Argentina, en 1977 y juega básket.
Manu va a cumplir 41 en julio y puede que finalmente este sea el año en que se retire del baloncesto.
Al principio me enamoré de su juego, de su inestable equilibrio, sus piruetas poco ortodoxas y sus engaños con la pelota. Pero sobre todo, conecté con su intensidad, con esa manera tan suya de entregarse por completo, de no reservarse ni una gota de sudor.
Hace 13 años lo veía galopar con su cabellera al viento. A pesar de su constitución delgaducha, derrochaba fuerza, juventud y talento.
En esos tiempos, Manu lo ganaba todo y se daba casi por descontado que así seguiría siendo.
A principios de los 2000’ llegaron las medallas olímpicas con Argentina y los títulos NBA con San Antonio.
Creo que a Manu nunca le importó ser el protagonista. Pero sí que quería competir, y ganar.
Por esos años, la victoria significaba llegar al podio con Argentina y levantar otra vez el trofeo con los Spurs.
Pero el tiempo pasa y el pelo se cae. Los músculos pierden consistencia, las piernas ya no corren tan rápido y la juventud se va derramando por canalitos de arrugas.
En las olimpiadas de 2012, Manu y Argentina se quedaban sin medalla por primera vez desde 2004.
En 2013, Ray Allen mataba las esperanzas de un nuevo título para los Spurs.
La gente llevaba años diciendo que Argentina estaba vieja y que los Spurs eran un equipo de ancianos.
Pero no fue hasta 2013 cuando yo también empecé a aceptarlo.
Sin embargo, al año siguiente, los Spurs volvieron a ganar, una vez más. Se sentía justo. Era como cerrar una etapa.
2014 era el final perfecto, el de vivieron felices y comieron lombrices. Era el final heroico, épico y glorioso. El final por todo lo alto.
Pero a veces las historias no terminan cuando se llega a la cima. A veces, las historian también cuentan el descenso, de pasos tranquilos y pies cansados.
Ginóbili siguió jugando, pero ya no ganó nada más. Al menos, en cuanto a títulos y medallas.
Manu jugó, de manera inesperada, las olimpiadas de Río y Argentina fue eliminada en 8vos de final. Perdieron contra Estados Unidos y sin nada reseñable que añadir.
Y sí, ese equipo de Argentina no era el de antes. Ni tampoco tenía los mismos objetivos.
Manu dijo que el simple hecho de estar ahí, en unos juegos olímpicos, por cuarta vez en su vida y a los 39 años, era un regalo.
Manu juega menos y cada año está más calvito. Cada vez mete menos puntos y sus estadísticas están en declive constante.
Pero Manu sigue siendo Manu. Y algo que disfruto, celebro y agradezco es verlo jugar. Y ver que sigue teniendo el mismo fuego en los ojos, la misma determinación cuando entra a canasta entre gigantes atléticos y 15 años más jóvenes que él. Lo único que ha cambiado es el resultado, ya que ahora hay más caídas y fallos.
Quizás me equivoque, quizás esté idealizando a Manu, pero siento que ya no juega para ganar un nuevo título.
Siento que el Manu de ahora juega por puro amor al deporte, porque lo disfruta. Disfruta jugar y él solo sabe jugar de una manera, dando todo lo que tiene.
Las victorias ahora son distintas.
Los Spurs están eliminados de los playoffs desde hace más de un mes. Tan solo ganaron un partido en las eliminatorias. Un partido. Pero un partido bastó para sentirse campeón, para echar los puños al aire una vez más y rugir victorioso.
En Rio, hubo un partido contra Brasil, uno que vi desde Estados Unidos, en el borde de un sofá muy cómodo. Me temblaron las manos, se me puso la piel de gallina y terminé con los ojos empapados. Argentina ganó y celebró en el centro del campo, abrazados, cantando, riendo y llorando.
La victoria no dio premios, tan solo cansancio. Tanto así que Manu no jugó el siguiente partido y Argentina lo perdió por paliza. Entonces, ¿De qué sirvió?
Sirvió para disfrutarla, sufrirla, vivirla. Sirvió como ofrenda al básket. Sirvió para recordar que esa sería la última victoria de Manu con Argentina.
Y esa es la belleza que brota de aquello que es consciente de su final. A veces vivimos como si este momento fuera a durar para siempre. Damos por sentado lo que tenemos y a los que nos acompañan.
Pero todo lo que respira está destinado a dejar de hacerlo. Nacer, vivir y morir, para dejar paso a los que vienen. Ese es el ciclo natural.
Y cuando lo aceptas, cuando dejas de resistirte a desaparecer, te entra una liberadora sensación de ligereza.
Esa comprensión de que todo acaba, aclara los ojos y te permite ver lo que de verdad importa.
Y puedo ver esa claridad en Manu.
Después de tantos años viéndolo jugar, quizás ésta es la etapa que más estoy disfrutando.
Estos años de crepúsculo me han enseñado mucho. He aprendido a valorar los detalles de los días cotidianos. He dejado de hacer diferencias entre partidos importantes e irrelevantes. Porque todos los partidos importan.
Y en esto no hablo solo de básket, sino de la vida misma. No hay días más importantes que otros. Dan un poco igual las fechas señaladas en rojo del calendario. Cada momento es sagrado, una oportunidad para vivir, sentir, expresar y compartir con total intensidad.
 Eso he aprendido de Manu. Porque si hay algo que el tiempo no le ha quitado, es su esencia, esa esencia salvaje y alocada con la que salta a la cancha.
Manu colgará la camiseta en algún momento. Y entonces, Manu, dejará de ser el número 20 de los Spurs y el 5 de Argentina. En ese momento Manu pasará a ser una personita con el sendero de la vida a sus pies. Y tengo la intuición de que haga lo que haga después, seguirá marcado a fuego con su esencia.
Todo acaba. Todo se derrite y desvanece. Pero, ¿Queda algo?
Sí. Queda lo invisible, pero que se siente. Queda esa esencia ajena al tiempo, ese fueguito que vive en la ceniza.
No sé cómo un jugador de básket puede inspirarte de este modo. Pero creo que para mí la verdadera inspiración es ver a Manu como un ser humano más. Lo veo un tipo normal, y más que admiración, es cariño lo que siento hacia él.
A veces me gustaría poder encontrármelo en un parque, no para pedirle autógrafos ni fotos, sino para acercarme y decirle: “Gracias, gracias de corazón”.

P.D.: He leído el texto y no sé si he logrado transmitir lo que siento. Tampoco estaba seguro de compartir esto en el blog. No creía que a la gente le fuera a importar mucho lo que pueda decir de Manu Ginóbili. Pero luego pensé, ¿Por qué escribo? Y también pensé, ¿Cuántas personas van a leer esto? Y después pensé, ¿Qué es lo que importa cuando escribo?
Y recordé que escribo para compartir lo que siento, lo que borbotea en mi interior. Y allí, en mis adentros, quería escribir un texto para Manu, así que aquí está.



domingo, 3 de junio de 2018

Deporte parte 1: Lo que de verdad importa


Empecé a ver la NBA en 2002. Vi a los Lakers conseguir su tercer título seguido. Vi a los Spurs ganar en los siguientes años impares, dando oportunidad a Detroit y Miami a coronarse entre medias.
Vi a los Celtics y el resurgir de los Lakers entre 2008 y 2010. Los vi hundirse de nuevo y en Miami levantarse otro reinado, no sin antes permitir a los Mavs saborear la merecida gloria aunque sea por un año.
Disfruté, me emocioné, lloré y celebré con los Spurs en 2014. Y sentí prácticamente lo mismo con la histórica remontada de los Cavs en 2016.
Pero en 2017, sentí que lo que ocurría era injusto. Durant se iba a los Warriors y rompía el equilibrio de la liga. Deshacía la competición, destripaba la emoción y convertía a la NBA en algo aburrido y predecible.
Siento que Durant es un buen tipo. Klay Thompson no me disgusta. Respeto el talento de Curry, aunque no me hacen demasiada gracia sus celebraciones y su protector bucal. Pero a Draymond Green no lo aguanto.
He intentado averiguar cosas sobre su vida para poder empatizar más con él. Y tal vez pueda respetarlo y honrarlo como ser humano, pero su conducta me da asco. Me irritan sus burlas, sus bailecitos, sus gritos, su actitud… Es un jodido provocador, y disfruta tanto provocando las sensaciones que ahora mismo tengo. Eso es lo que más rabia me da, que afectándome lo que hace, estoy alimentando sus acciones.
Y ahora entra otra parte de mí, que pregunta:  ¿Qué más da? ¿Qué más dan las burlas de Draymond Green? ¿Qué más dan las finales de la NBA? ¿Qué más dan unos tipos altos botando un balón naranja? ¿Por qué me afecta? ¿Por qué veo resúmenes diarios y a veces me desvelo para ver la pinche pelota naranja?
Ni siquiera juego tanto baloncesto ahora. Ya no estoy en un equipo, no compito ni pretendo hacerlo. Tan solo voy a una cancha cercana y lanzo tiros y corro hasta que me canso.
La NBA es un negocio de miles de millones de dólares. Y aun así, a veces siento auténtica tristeza cuando un jugador que me gusta pierde y se siente mal. Empatizo con él y tan solo quiero que las cosas le salgan mejor. Pero ese tipo gana millones, tiene una vida increíblemente privilegiada y su mayor decepción es perder un partido de básket.
A veces me siento mal por gustarme la NBA. Lo veo como algo superficial, una lucha de egos y búsqueda de grandeza que se concentra en un trofeo. 30 equipos compitiendo en una carrera en la que tan solo uno puede sonreír al final de junio, mientras los demás lloran desconsolados.
Todo para que el circo empiece una vez más en octubre, con más dinero, más publicidad, más historias de prensa, con sus rumores, exageraciones y entretenimiento.
Es una locura lo que hemos creado alrededor del deporte. Y también me jode que solo veo deporte masculino. Nunca en mi vida he visto un partido de la WNBA y nunca en mi vida he tenido una atleta femenina por la que he sentido admiración.
Eso me preocupa, porque siento que estoy ayudando a perpetuar un esquema de héroes puramente masculinos.
Por eso, a veces pienso que sería mucho mejor para mí y para el mundo si apoyara y contribuyera a un deporte en el que ambos géneros puedan ser protagonistas.
¿Por qué estoy condicionado a consumir tan solo deporte masculino?
Y encima, ya no solo está el problema del género. También está la competitividad, la agresividad, la sensación de que lo único que realmente importa es ganar. El discurso de que tan solo importa llegar primero, y que si no lo haces, nada ha tenido sentido.
Y claro, por eso me frustro al ver la hegemonía de los Warriors durante los últimos años. Porque yo también tengo ese discurso integrado. Yo también creo que lo único que importa es llegar primero.
Pero, por mi salud mental y mi evolución como ser humano, creo que es hora de cambiar ese discurso.
El básket me apasiona, eso no lo puedo negar. Me gusta botar la pelotita naranja y meterla por ese cilindro con red. También me gusta ver partidos y ver seres humanos con pantalón corto correr por una cancha de parqué. Pero, ¿Qué es lo que importa de verdad?
¿Importa que ganen los Cavs y que LeBron agrande su legado? ¿Importa realmente quién levanta un trofeo dorado?
Es difícil recordar que aquello en realidad no importa. Más que nada porque la importancia del título y el trofeo se parlotea por todos lados. Para muchos aficionados y amantes del deporte, lo único que cuenta es si te quedas con el trofeo o no.
Entonces, ¿Ganar no importa?
Si consideramos que ganar es meter más goles, más canastas o anotar más puntos, entonces no; ganar no importa.
Ese afán por ganar es un problema profundo de la humanidad. Es por esa obsesión que competimos unos contra otros, que creamos rivalidades, alianzas, disputas y guerras.
Parece inocente luchar por un trofeo  e intentar sobreponerte al resto. Pero creo que no lo es.
Yo ahora mismo siento rechazo y asco hacia seres humanos, tan solo porque juegan en un equipo que no me gusta. Siento rechazo y asco por ellos… Y no sé, en general no siento esas cosas con facilidad. Pero con el deporte es muy fácil despertar esas sensaciones, ese odio y agresividad.
Y lo normalizamos. Se ve como normal odiar a tus rivales. Si te gusta el Madrid vas a odiar al Barsa…
Pero, yo no quiero seguir odiando a los Warriors. Mi corazón lleva almacenando odio hacia ellos durante casi dos años y no me sienta bien.
¿Qué puedo hacer?
Creo que seguiré viendo la NBA. Pero siento que puedo empezar a verla de un modo distinto. No sé si seré capaz, pero al menos quiero estar abierto a la posibilidad de ver partidos, emocionarme, celebrar y al mismo tiempo saber que es tan solo un juego, que lo importante son las personitas y la conexión que existe entre todos.
Quiero darle otra oportunidad a la relación que tengo con Draymond Green y verlo como un ser humano en lugar de jugador polémico y provocador del equipo que odio.
Y también quiero incursionar en otros deportes y actividades atléticas. Deportes en los que los que para ser protagonista no necesites ser hombre y estar entre los 20 y 35 años. Deportes que celebren las increíbles capacidades del cuerpo humano y que no necesiten de trofeos para engrandecer la actividad realizada.
Participar y apoyar esas actividades puede ser muy importante para crear un mundo distinto.
Deportes que nos unan, que nos unan a todos, sin separarnos en bandos. Deporte en el que podamos entregar hasta la última gota de sudor, lanzarnos por el piso, embarrarnos y rugir con fiereza. Pero que el rugido no hiera, sino que aliente.
Deportistas que no busquen ser meros maniquís de las empresas. En resumen, que el deporte no se vuelva tan solo comercio, que conserve su valiosa esencia, que como todo lo esencial, no tiene precio.

P.D.: Hace algunos meses empecé a ver American Ninja Warrior y conecté de manera muy especial con ese deporte. La plataforma televisiva es muuuuy americana y estereotípica, pero la energía que se respira en esos circuitos de obstáculos es muy especial. Los participantes van desde 21 años a más de 75. Hay enfermos de cáncer, personas que sufrieron abusos, gente normal, tipos privilegiados, madres, padres y hasta humanos con piernas protésicas.
Hay un premio gordo para el ganador, pero realmente siento que el motivo por el que la mayoría participa no es hacerse con el premio, sino demostrarse algo a sí mismos y compartir con el mundo, durante una carrera de obstáculos, lo que llevan dentro.
Además, en el programa descubrí a Jessie Graff, que se ha convertido en mi primera gran inspiración femenina del mundo del deporte.
Es mi ninja favorita y cada vez que la veo en la pista, me deja con la boca abierta, el corazón acelerado y la piel de gallina.
Así que bueno, ya era hora de que Ginóbili y Patty Mills, mis dos atletas favoritos, tuvieran compañía.
Compañía que, seguramente, seguirán aumentando y nutriéndose de diversidad.
Y por supuesto, en todo este discurso no he mencionado todavía a la que quizás es la personita más importante. Se llama Colleen Fugate, vivo con ella y es en definitiva, mi deportista favorita.
Al principio, tengo que ser sincero, sentí cierta rabia al ver que una chica era mejor que yo en muchas actividades físicas. Pero cuando salí de mi cascarón de macho dominante, me sentí feliz y tremendamente agradecido por compartir mi vida con una cabrita de montaña. Una cabra con patas de lince y aletas de delfín. Una persona que corre, hace yoga, flexiones, trepa árboles y se va a la nieve en sandalias.
Quizás esté bien ver héroes deportistas que salen en la tele, pero tal vez podríamos empezar a abrir los ojos y ver lo que tenemos a nuestro lado. Quizás ahí, en tu mismo barrio, en tu propia casa, te encuentres con auténticos atletas.
Puede que incluso, un día hagas algo que no te esperas y empieces a sentir admiración hacia ti mismo y las increíbles capacidades de tu propio cuerpo.






domingo, 27 de mayo de 2018

Momentos de Mayo


El mes empezó con visitas de amigos, callos que se desgarran y arepas con aguacate.
La gente llegó y abril se fue.
Me enteré de que mis pasos se dirigirán un poco más al oeste.
Sentí nostalgia por Lugo, por este apartamento y por la alfombra en medio de la sala.
La primera reacción al cambio es casi siempre la resistencia. Pero, cuando lo acepté, me sentí liberado. De repente, me sentí libre, con puertas abiertas y pasos ligeros.
Pero el miedo volvió. Porque toca buscar otra actividad que resulte en dinero. Y ahora resulta que no sé si quiero seguir siendo profesor de inglés. Y no sé qué otra cosa hacer. Sobre todo si quiero que me paguen por hacer dicha cosa.
A veces, me olvido del futuro y huelo rosas que brotan en las aceras. Respiro y observo gotas de agua entre pétalos. Sonrío y me siento nube que atraviesa cielos, despacio, cambiando de forma.
Pero el futuro vuelve con sus preguntas y yo tiendo a esquivarlo. Y por evitarlo, me persigue.
Este mes fui al cine solo, vi películas hindúes y documentales de educación. Me lancé al río, pisé nieve en primavera y una vez más, volví a cocinar para dos.
Ha sido un periodo de adaptación, volver a vivir en pareja. Integrar lo aprendido en solitario a la relación con la otra persona.
Este mes me sentí perdido, como siempre. Siempre hay momentos así y siempre creo que no volverán. Me siento perdido cada vez que busco respuestas y tan solo me encuentro en paz cuando dejo de ofuscarme en soluciones.
Entonces miro caracoles que salen con la lluvia y se deslizan babosos por los arbustos. Y al verlos me relajo y todo lo demás deja de existir. ¡Qué fascinantes criaturas! Con sus antenas y cuerpos blanditos.
Siento que la vida transcurre entre complicada y sencilla, entre rutinaria e impredecible.
A veces me gustaría sentir más control sobre el camino que recorro. A veces siento cosas que no sé cómo expresar. A veces me avergüenzo de lo que pienso y entierro sentimientos entre pliegues de cerebro.
Pero este mes vi semillas de roble brotar. ¿No es increíble?
Un roble brota de una bellota. Ésta se abre y busca tierra en la que asentarse.
Los robles crecen a las faldas de su madre, cobijados en hojas de otoño. Los robles crecen despacio y la mayoría no llegará a ser árbol. Pero no se puede saber cuáles vivirán y cuáles no.
Pero ahí están, con sus hojitas curvadas, aguardando el momento oportuno. E incluso los que perecen, entregarán valiosos nutrientes a los que siguen creciendo.
Vivir y morir. Aferrarse a la vida, luchar por sobrevivir. Eso es adaptativo, evolutivo, al menos eso dicen. Pero a veces me pregunto qué pasaría si dejara de luchar. ¿Moriría?
Tal vez. ¿Y qué pasaría entonces?
No lo sé. Pero en ocasiones me alivia pensar que vamos a morir. Que todos vamos a morir.
Tengo una relación curiosa con la muerte. A veces la observo con curiosidad, otras con reserva y en ocasiones con temor. A veces la aparto de mi vista y pretendo que no está ahí, en cada exhalación.
Pienso mucho. Pienso mucho y a veces doy vueltas entre pensamientos.
Mayo se fue rápido. Entre visitas, reencuentros, dos resfriados y clases de inglés.
No sé por qué escribo, ni por qué lo comparto. Pero siento que escribir me hace bien y que es muy importante para mí.
En un mes cruzaré el Atlántico, una vez más. Pero todavía no.
Hoy estoy aquí y escribo para recordar.
¿Qué cosa hay que recordar?
Nada. Todo. ¿Por qué siempre suelto tantas paradojas?
Tal vez, lo que tengo que recordar es que no tengo que avergonzarme por ser contradictorio. Que tal vez la contradicción solo sea cambio y evolución. Tal vez sientes que te contradices porque en un momento dices negro y al siguiente blanco. Pero tal vez solo estés cambiando y descubriendo.
Tal vez, todo lo que tenías que recordar ya lo has escrito.
Descansa Arielito, descansa que Mayo se va. Descansa y no tengas miedo a creer. No fuerces a los sueños a abrir los ojos, pero tampoco te fuerces a vivir de sueños.
Deja que la intuición te guíe. Recuerda y luego olvida, deja que lo aprendido se vaya.
Recuerda que el mundo es nuevo en este instante. Recuerda que acabas de nacer y que solo algo vacío se puede llenar. Recuerda que beber es tan importante como orinar.

P.D.: Una vez me dijeron que no se podía beber agua y orinar al mismo tiempo. Pero este mes, por primera vez en mi vida lo hice, y fue tremendo. ¿Para qué digo esto?
Para no morir con curiosidad.




jueves, 24 de mayo de 2018

Un viaje de valentía


Hace tiempo que quería escribir. Pero solo ahora siento toda la fuerza del mundo para hacerlo. En estas dos semanas quería escribir para seguir con la constancia del último mes. Quería escribir para que las personas que dieron “me gusta” a la página tengan algo que leer.
Quería escribir para los demás y para demostrarme cosas a mí mismo. Pero hoy no es algo que quiera, es algo que necesita salir. Algo que no hace falta forzar.
Hoy desperté con dolor de lumbares y no hice deporte. En cambio, preparé lentejas y vi un capítulo de 13 reasons why. Dormí siesta, me duché, lavé mi pelo y fui para clases.
Y en la segunda hora, ocurrió algo mágico.
Y ocurrió, como no podía ser de otra forma, de manera inesperada.
Estaba a punto de salir a hacer fotocopias para la lección del día, pero al borde de la puerta, una de las estudiantes dice que está muy indignada.
Me detuve en seco. Y escuché.
Ese simple gesto de detenerme ante la puerta, hizo que algo mucho más importante se abriera.
Es una clase de personitas de 13 y 14 años. Y hoy, dos chicas se sentían indignadas por cómo se comportan los chicos en su colegio. Estaban hartas de comentarios mezquinos, de bromas ofensivas y de gente que les pide que acepten las cosas tal como son.
Brotaron críticas, historias y sentimientos. Todo con fuerza, a veces con rabia mezclada en tristeza.  Pero todo lo que salió fue en un ambiente de respeto. Cuando alguien hablaba, los demás prestaban oídos.
De repente, dejé de sentirme profesor de inglés. Me sentí persona y tan solo veía seres humanos. El idioma que se hablaba era castellano. Y yo tenía miedo.
Las voces hacían eco y lo que resonaba era sincero y real. Pero mi cabeza todavía recordaba que estábamos en una academia de inglés, que el propósito de aquella hora era aprender dicho idioma.
Y el director entró en la clase. El miedo se agudizó. Sin embargo, su visita no tenía nada que ver con lo que se hablaba.
Cuando se fue, era momento de decidir. Era momento de ser valiente. Las personitas que tenía al frente mío ya habían decidido. Estaban compartiendo lo que les rugía por dentro en ese instante, y me habían elegido a mí como compañero de viaje.
Sin darnos cuenta, sin buscarlo si quiera, habíamos emprendido viaje hacia lo desconocido.
No sabíamos qué rumbo seguir, pero aun así surcábamos el mar.
La conversación podría catalogarse como feminista. Hubo historias del miedo que siente una chica al salir a la calle. Chicas de 14 años ya con el miedo instaurado en el manual de instrucciones. Chicas que a esa edad ya sentían la presión de las etiquetas y los roles a seguir.
Había tres chicos en la clase. La mayor parte del tiempo estuvieron en silencio. Pero escucharon. Quizás no sabían qué decir, quizás no querían decir nada. Tal vez se sentían presionados por tener que decir algo.
Pedimos su opinión, pero no forzamos nada. Podría entenderse que ellos no estaban en el barco, que aquel viaje no iba con ellos. Pero sé que escucharon. Algo dentro de mí me dice que era importante que estuvieran ahí. Y que ellos también aprendieron algo valioso de esta experiencia.
Hablamos de masculinidad, de niños que dejan de bailar ballet porque se burlan de ellos. Hablamos de chistes machistas y que si te los tomas en serio eres una “feminazi”. Hablamos de las diferencias de género, de las limitaciones que surgen de éstas. Hablamos de chicas que quieren hacer artes marciales y de que cuando les gusta el deporte, se suele decir que lo hacen bien “para ser chicas”.
Hablamos de hipocresía en los colegios, de que muchas veces importa más la reputación de la institución que el bienestar de los estudiantes.
Hablamos de mucho, sabíamos que lo que se hablaba tenía relevancia, pero todavía no entendíamos a dónde nos dirigíamos.
-¿Qué podemos hacer? –se preguntó.
-Nada –se murmuró.
Esa fue la primera respuesta, la automática. Pero no creíamos en ese “nada”. Creíamos en algo más. Creíamos en algo que todavía no conocíamos.
Al buscar posibles soluciones, no las encontramos. Pero al expresarnos con honestidad y valentía nos fuimos encontrando, unos a otros.
Hace falta ser valiente para zarpar a lo desconocido. Para no adaptarnos a algo que no está bien.
Y duele. Duele sentirte impotente, solo y pequeño. Hoy sentí mi conocida pequeñez reflejada en los ojos de esas personitas. Quizás ellas se sentían todavía más pequeñas que yo, sintiéndose adolescentes, escuchando que su voz está llena de hormonas, pero carente de experiencia.
Pero en todos ardía el mismo fuego, la misma llama que quema lo viejo, para dejar paso a lo nuevo.
En varios momentos me entraron ganas de llorar, tenía ganas de hacerlo, pero al final las lágrimas no brotaron.
Pero dije lo que sentía. Y me sentía orgulloso. Me sentía feliz. No habíamos encontrado soluciones, ni puesto fin a los conflictos. Pero me sentía orgulloso de esas personitas en frente mío. Me sentía tan afortunado por viajar con ellas.
Y al final, me di cuenta a dónde nos dirigíamos. El viaje nos llevó a lo desconocido.
Antes no sabía que lo desconocido era un destino. O bueno, mejor dicho, pensaba que el objetivo de ir hacia lo desconocido era conocerlo.
Pero, tal vez, la magia resida en no saber. En seguir latidos y escuchar historias. En juntar manos y caminar sin miedo.
Hoy me sentí valiente. Hoy todos fuimos valientes, quizás no por navegar hacia lo desconocido, sino por permanecer en él.
Esa es la verdadera valentía. Vivir en lo desconocido. En esa tierra donde las preguntas brotan y las respuestas no existen.
Y es que no sabemos si el mundo va a cambiar. No sabemos si las acciones que hieren dejarán de existir. No sabemos si las diferencias de género se evaporarán y surgirá una nueva relación entre seres humanos. No sabemos si los árboles talados volverán a crecer, o si los ríos contaminados podrán correr transparentes otra vez. No sabemos si la muerte nos reclamará hoy o mañana.
Y ser valiente significa aceptar que no sabemos, y aun así vivir. Aun así, creer y actuar en base a lo que nos late por dentro. Entregarte con todo lo que tienes, por algo que consideras justo y que valoras como sagrado, aunque no haya evidencia, aunque no haya respuestas ni teorías que nos respalden.
Hoy esas personitas de 14 años hicieron eso. Navegar con valentía por lo desconocido.
Al terminar la clase, tan solo quería decir una cosa:
-Que esto que acaba de ocurrir, siga con vida.

Dos horas después, tenía otra clase de adolescentes de 14 años. En esa clase una chica me dijo que había sacado un 9 en inglés del colegio. Estaba presumiendo que tenía esa calificación sin hablar ni entender el idioma. Yo le dije que la nota no importa mucho, que lo que de verdad cuenta es el aprendizaje.
Ella se enfadó y me dijo que estaba loco. Que lo único que importa en la educación es la nota que sacas. Con la nota puedes ir a la universidad y encontrar un buen trabajo.
Me preguntaron si yo saqué buenas notas en el instituto. Les dije que no.
-Por eso estás aquí, de profesor de inglés –contestó un chico. –Si no, serías arquitecto, ingeniero o alguna cosa importante.
Me sentí un poco triste. Pero no me sentí ofendido. En ese momento no. Tan solo me pregunté por qué me diría algo tan mezquino. Por qué diría algo tan solo por hacer daño.
Yo tenía claro quién era y por eso pude responder con amor y compasión. En ese momento no podía responder de otro modo. Porque las palabras que había dicho hacía dos horas, todavía respiraban en mi boca, aun latían con calidez en el pecho:
“Que esto siga con vida”. Que este amor, esta conexión, este viaje a lo desconocido siga con vida.
Está vivo. Y si quieres, tú también puedes unirte.