miércoles, 24 de febrero de 2016

Libros de una misma hoja


En una casita rodeada de praderas,  hay un libro vacío chupando mamadera. Es un bebé y un recién nacido. El mundo para él es un gran desconocido.
Todos venimos como una hoja en blanco. Sin miedo al vacío, ni a caer por el barranco. Los ojos desprenden inocencia y ni siquiera comprendemos lo que significa carencia.
¿Qué ocurre entonces al crecer? ¿Por qué las praderas dejan de florecer?
El tiempo moldea y el pasado marca. El futuro se encarga de dirigir nuestras barcas. El hoy se difumina entre quehaceres y preocupaciones, dejando a lo que late por dentro en constantes dilaciones.
Decimos que la niñez no puede –ni debe –durar. Hay que ser serio y ponerse a trabajar.
Tenemos responsabilidades y obligaciones que cumplir. Eso es lo que a la sociedad escucho decir. Así los humanos van con constantes apuros, llenando la atmósfera de hidrocarburos.
La hoja vacía se llena de tinta, sobre ella se escribe, se tacha y se pinta. Para colmo la vida tiene las páginas contadas, lo cual mantiene a la gente amargada. Las hojas se acaban y hay que rellenarlas, ya que es la única manera de aprovecharlas.
A ese proceso le llamamos madurar, a no dejar espacio en blanco sin rellenar. Lo escrito es experiencia y conocimiento, que pretendemos retener en todo momento.
Así, el libro de la vida se llena. Pero, ¿Realmente vale la pena?
Todo se graba y se recuerda. Del ayer al mañana se ata una cuerda. Lo escrito en el pasado es la mayor guía, esa que todos siguen y de la que nadie desconfía.
Buscamos predecir y buscar seguridad, pero fácil olvidamos lo que ocurre en realidad.
Y es que el libro se acabará. Hagas lo que hagas, de él nada quedará.
Podemos aferrarnos a nuestras hojitas, decir que nuestra historia es grande o bonita. Podemos luchar porque los libros permanezcan y se recuerden, pero al final, se convertirán en polvo, ¿Lo comprenden?
El libro de la vida tiene un principio y un final, como todo en el mundo de lo material. Eso puede parecer motivo de tristeza, pero habría que observar con mayor sutileza. Investiguemos pues, juntos la cuestión, si es que de verdad nos interesa de corazón.
¿Por qué tememos a la muerte? ¿Será porque la concebimos como algo inerte?
Pensamos que es lo opuesto a la vida, un túnel del que no hay salida. Por eso vamos con prisa, sin detenernos a escuchar la brisa. Siempre queriendo llegar al próximo lugar, pensando en el siguiente objetivo a terminar. Pero, ¿Llegar a dónde? ¿Terminar qué? ¿Sin si quiera pararnos para tomar un té?
Es algo paradójico lo que voy a decir, y es  que somos eternos, aunque vayamos a morir.
Lo cierto es que la vida no es un libro, ni una historia; es una hoja en blanco, sin memoria.
No hay páginas siguientes, ni arrancadas, solo hay una hoja, una sola, constantemente renovada. Una hojita en la que todo se traza, en la que sin embargo, el tiempo no pasa. En esa hoja las flores crecen, se marchitan y luego florecen. Muerte y vida son lo mismo, y entre ellas no hay ningún abismo.
De esa hoja en blanco nacemos y a ella siempre volvemos. Puede que esta existencia sea un libro de páginas contadas, pero nuestra esencia es eterna, ilimitada.

Es tiempo de volver a nacer, vivir de corazón, con todo nuestro ser. Ser niños, abrazar el instante, con infinito cariño. Cerrar los ojos, destapar cerrojos. Erizar frío, sudar calor. Dar un pasito, tener valor. Saltar, dejar de pensar, amar.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Educación

A principios de mes dio comienzo una nueva aventura. Salí de casa de mi mamá, caminé ladera abajo con una mochila enorme y me embutí en un minibús que cruzaría La Paz de sur a norte. Para los que no estén acostumbrados a la jerga local, los minibuses son furgonetas, las cuales dudo que hayan sido creadas para ser utilizadas como transporte público. Pero como estamos en Bolivia, estos cochecitos recorren los laberintos de La Paz con una buena cantidad de personas retorciéndose en sus asientos.
Así transcurrió la primera parte del viaje, con mis rodillas levantadas, chocando contra el asiento de adelante, y la mochila sobre mis faldas, tapándome la vista.
Después, sin embargo, tocaba rearmarse, crujirse la espalda y subir a un teleférico limpio y rojo. Un teleférico cuya estación de origen cuenta con un sinfín de empleados uniformados que sonríen,  cortan tus boletos y te guían a tu espaciosa cabina. La Paz, como se puede ver, es una ciudad de opuestos.
Sin embargo, la última parada del teleférico estaba ya por encima del cráter que es La Paz, y es que acabábamos de arribar a El Alto, la interminable planicie que se extiende por encima, una ciudad en la que se respira polvo y comercio.
Allí teníamos que tomar otro minibús, si cabe, todavía más pequeño; en el que atravesar una avenida repleta de desvíos, y así llegar a la penúltima parada de la travesía.
Estaba cerca, pero todavía faltaba tomar un trufi (taxi compartido) de corto recorrido. Al bajar de éste, ya solo había que dar unos cuantos pasos hasta Luz de Esperanza, una fundación en la que viven chicos que se han criado en la calle. Ese era nuestro destino.
En esa fundación, Colleen –la gringuita pecosa con la que estoy –y yo íbamos a hacer de voluntarios. Se suponía que teníamos que enseñar a los chicos a leer y escribir, y una vez a la semana darles clases de inglés. Para ello, la directora del centro nos recomendó bombardear a los chicos con dictados.
-Que copien y que copien, una y otra vez; hasta que se les quede –nos dijo.
Y nosotros, para qué mentir, le hicimos caso. Esa señora lleva más de 15 años en la fundación, lo cual, además de otorgarle experiencia, le confería una gran autoridad.
Nada más llegar, te das cuenta de que aquí, ella es la mandamás. Tan solo hace falta ver que su oficina es la única que está en un segundo piso y que desde allí arriba, como un halcón, controla todo lo que ocurre en el lugar.
Pero volviendo al tema de los dictados; no funcionaron. Los chicos no tenían motivación alguna para leer, escuchar y copiar historias que nada tenían que ver con ellos. Las clases fueron un fracaso, pero todo lo que ocurría fuera de éstas me fue haciendo despertar.
Gotita a gotita, los chicos se fueron abriendo con nosotros y conocer sus historias me dio una perspectiva completamente distinta. Éstos son muchachos que han deambulado entre aceras por más tiempo del que se imaginan, la mayoría llevan años sin pisar un aula. Ellos han tenido una existencia complicada y violenta. Ellos han sentido en su propia piel lo peor de nuestra especie y sus pulmones han absorbido la contaminación que destila el egoísmo y la agresividad.
Y antes de proseguir, rogaría que se abstengan de sentir pena, porque la pena es un sentimiento inútil, que nace de la culpa de saberse superior que otro.
Estos jovenzuelos, son personitas normales, tan ordinarios como tú y yo. No hay ningún ser humano mejor que otro.
Los chicos me han enseñado que el espíritu humano es incorruptible. Todos tenemos una brújula en el interior, un algo cálido y bueno que late en cada uno de nosotros. Y podemos desviarnos de esa calidez, alejarnos hacia lugares gélidos, extraviarnos en las cicatrices que deja la memoria y sufrir por la incertidumbre del futuro; pero nuestro corazón no puede perderse, y siempre que estemos dispuestos a regresar, tan solo tenemos que escuchar sus latidos.
Con esa sensación en el pecho volví a casa de mi madre, para pasar el carnaval con la familia.
La situación con mi mamá estaba un tanto delicada. Yo vine a Bolivia para poder verla, ya que había transcurrido más de una década desde nuestro último encuentro. Mi prioridad era compartir con ella, con calma; conocernos, de a poquito, sin prisas.
Sin embargo, me topé con que ella sí tenía prisas, y muchas, por ella y por mí. Además, al parecer, nuestras prioridades son distintas. Para ella, lo más importante es que yo gane dinero y que invierta mi tiempo en un trabajo que pueda dármelo. Esa es su mayor preocupación, lo cual le hace imposible disfrutar de mi compañía, o incluso darse cuenta de que es la primera vez en diez años que nos vemos.
Así, escuchando constantes reproches, dejé a mi mamá una vez más. De nuevo, tocaba estrujarse en los minibuses y relajarse con las vistas en el teleférico, para llegar a El Alto.
Tocamos el timbre de la fundación y los chicos nos abrieron con una gran sonrisa. La directora se había marchado hacía unas horas y la libertad se respiraba en el ambiente.
Libertad, lo que más extrañan los chicos de su anterior vida.
Eso me dijo uno de ellos cuando le pregunté si echaba de menos la calle. “La libertad” fue su respuesta inmediata. Eso me hizo pensar, ¿Saben?
Si la única manera de ser libre es viviendo en la calle, algo va muy mal con este mundo que hemos creado.
En el momento que crucé por segunda vez las puertas de la fundación, todo mi ser se removió. Ante mis ojos aparecieron imágenes de mi etapa de estudiante, volvieron las tareas, las notas y la presión por estar aprobado. También volvieron las voces de mi madre y de todas las personas que viven preocupadas por lograr la tan ansiada seguridad material. Luego vi el mundo, con todas sus obsesiones superficiales, con sus figuras autoritarias y el miedo a las represalias. Y por último me vi a mí mismo, en ese instante, cuestionándome cómo debía comportarme con aquellos chicos, preguntándome cómo podía enseñarles a leer y escribir.
Entonces observé mi alrededor y vi al Huayna Potosí abriéndose paso entre las nubes. Y en ese instante recordé lo que de verdad importa en esta vida.
Y es que no importa el dinero, ni las posesiones, ni siquiera importa saber leer, sumar o restar. Lo que de verdad importa es ser una buena persona. Y no digo buena como opuesta de mala, hablo de esa bondad que no tiene contrarios, de esa luz que no conoce de sombras.
Vivir con bondad en el corazón y amor en nuestras acciones, eso es lo único que importa.
Desde entonces, ya no ha habido más dictados, pero creo que todos hemos aprendido más que nunca.
Y es que la educación no se puede encarcelar en un aula y un puñado de letras. La educación está en un partido de baloncesto al atardecer y en un día entero cocinando, hablando de verdad, con palabras que surgen de las entrañas. Se educa compartiendo un desayuno, haciendo flexiones y parándote de cabeza en una postura de yoga.  La auténtica educación no conoce de maestros y aprendices, sino de personas que aprenden juntas.
Y los caminos del aprendizaje son infinitos. Se puede hacer pan, cavar zanjas, alimentar gallinas, jugar fútbol e incluso leer y hasta escribir.
Así que aquí estoy, en un terreno perdido sobre el vasto altiplano, cobijándome del frío con mantas y los brazos de Colleen. Aquí escuchamos, aprendemos y compartimos con muchachos de ojos color marrón, marrón oscuro, con brillo dentro, como la mirada de los pajaritos.



domingo, 31 de enero de 2016

Hace poco me encontré cuatro hermanos

Ahora mismo veo a dos delante de mí, la otra todavía duerme y el que falta se encuentra en el oriente del país. Todos ellos comen, ven y sienten.
A uno le apasiona la música. Todas las mañanas nos regala desde su habitación las melodías extraídas de su violín. Tiene el pelo revuelto y oscuro, y no lo lava con champú. Además, dice que no come queso, pero no es capaz de resistirse a una buena pizza. Le llaman Rodrigo y le queda tan solo medio año para terminar el colegio. Los estudios no le interesan en exceso, pero está deseoso de aprender. Tiene zapatos de suela plana y con ellos sube montañas escarpadas y recorre ciénagas interminables, siempre con su cámara colgando a la cintura, lista para capturar cualquier obra artística ofrecida por la naturaleza.
Después tenemos a un joven espigado de piernas hábiles, que utiliza para jugar al fútbol. Es un chico que al principio tan solo decía lo básico, pero que sonríe con ternura y se expresa con tranquilidad. Él cocina salsa de tomate con choclo y está perfeccionando sus dotes culinarias. Tiene el mismo nombre que su papá; por eso le llaman Toñito hijo. Ahora no se encuentra aquí, y su ausencia se siente, pero sé que pronto lo veré de nuevo, y que jugaremos al ping pong, a las cartas o que iremos a alguna cancha de césped y volveré a caer en cada uno de sus amagues con el balón en los pies.
El siguiente es el chico de los ocho pulmones, el que corre con mochila y que sube escaleras de cuatro en cuatro. Se llama Bernardo, aunque yo siempre le digo Berni. Se ríe, pinta y come pan, a todas horas. Con él, además, compartimos la afición de la canasta y la pelotita naranja. Y hasta que me doblé el tobillo, le acompañaba a sus entrenamientos, en los que me dedicaba a divertirme junto a un puñado de quinceañeros. Berni está loco y rebosa vida. Su energía es contagiosa y cada día, al mediodía, él es el encargado de bañarme con una manguera de agua helada.
Y por último está la pequeña Beatriz. Betty, la de la voz dulce, la de los panqueques y las tartas de chocolate. Ella lee mucho y ha visto todas las películas de Yao Miyasaki. Como todos en la familia, se desliza como cabra por las montañas y siempre escoge los caminos más abruptos y resbalosos, porque según ella, son más lindos. Le encanta la palta y disfruta de manera particular al ganar en el juego del monopoly. Al principio me preocupaba no caerle bien, pero en cuanto dejé de intentar causarle una buena impresión, empecé a disfrutar de su simple presencia, a compartir y sobre todo a observar y escuchar. Así, de a poquito la voy descubriendo, a mi hermanita.
Esos son mis cuatro hermanos y en teoría yo soy el mayor. Sin embargo, yo no me siento más grande que ellos. Tal vez lo sea en estatura, quizás yo tenga barba y algunas arrugas; no es que no quiera reconocer eso, sino que no siento que tenga que atribuirme la autoridad que viene impuesta con la edad.
Cuando crecía, lo hice siendo el más pequeño, recibiendo las bromas pesadas de mi primo mayor, añorando hacerme grande para estar a la altura –tanto física como mental –de los demás. Ahora, como es evidente, he crecido, al menos en centímetros. Pero no me siento un adulto y tampoco pretendo serlo, al menos de esos que presumen de seriedad, que ríen con mesura y que con la excusa de la experiencia, ya no ven al mundo como algo vibrante y nuevo.
Tan solo sé que soy responsable de mí mismo, de lo que hago y lo que pienso. Siempre lo he sido, aunque en ocasiones todavía lo olvido.
Pero voy aprendiendo, o mejor dicho, descubriendo, lo que significa madurez; y es que para mí, madurar significa ser valiente para equivocarte, humilde para observarlo e inocente para no juzgarte.
Si me creyera el mayor de la camada, y por ello me otorgara alguna clase de superioridad, entonces me privaría de la oportunidad de conocer a mis hermanos, porque ellos no son adolescentes o muchachos, son personitas, de las que cada día aprendo algo nuevo.
Es hermoso tener hermanos, pero también, por dentro me pregunto: ¿No será que todos somos hermanos y hermanas?
Lo digo en serio. Los cuatro seres humanos de los que hablo eran antes completos desconocidos que vivían del otro lado del mundo, tan solo había escuchado rumores sobre su existencia y particularidades. Ahora vivimos juntos, escucho sus muelas triturando, siento sus pasos en el piso de arriba, veo sus caras recién levantadas y la luna en cuarto creciente en sus sonrisas. Ahora somos auténticos hermanos, pero en teoría, siempre lo fuimos.
¿No será que ocurre lo mismo con el resto de personas del planeta? ¿No será que todos somos hermanos latentes, que en algún momento, de alguna vida, quizás incluso esta misma, nos llegaremos a encontrar?
Tal vez no compartamos grupos sanguíneos, y quizás nuestras narices y ojos luzcan distintos. Pero todos llevamos sangre en las venas y todas las narices olisquean y todos los ojos espían entre las pestañas.
¿Y si tan solo necesitáramos de la oportunidad de conocernos? Tan solo disponer de un espacio en el que compartir y expresarnos, con ganas de descubrirnos, pero sobre todo, ¿Qué pasaría si viéramos a cada desconocido como un hermano perdido, en lugar de un simple extraño?
Qué grande sería la familia y qué diferente sería el mundo.
De momento, lo que a mí me toca es disfrutar de los hermanos que he encontrado y de los que vayan apareciendo por el camino.



domingo, 24 de enero de 2016

No te olvides del Gatito

En el jardín había una pantera, negra (naturalmente), fuerte y esbelta. Era una pantera hermosa y tranquila. Pero del otro lado del jardín, por entre las bardas de madera, asomaba el ojo de un tigre, un tigre ansioso por mostrar su poder. Y la intención que tenía para mostrarlo, era atravesando la barda y desafiando a la pantera, lo cual a mí me asustó mucho.
Sí, yo estaba también en el jardín, con la pantera, a quien yo quería mucho.
No me pregunten qué hacía yo allí, yo no elegí ser parte de la historia, ésta decidió que yo formara parte de ella.
Así pues, cuando veía la mirada husmeadora del tigre a través de las bardas, mi corazón se aceleraba y mis ojos se dirigían preocupados hacia la pantera, que se encontraba tranquilamente sentada sobre el césped. Yo me preguntaba cómo podía estar tan tranquila cuando un tigre con viles intenciones acechaba del otro lado. Sin embargo, también me parece interesante cuestionar cómo era que yo estaba tan seguro de las intenciones del tigre con tan solo mirarlo.
De cualquier manera, a la mañana siguiente, el tigre atravesó la barda y empezó a rondar a la pantera. No la atacó ni hizo ademán de intentarlo, pero yo gritaba pavorido y me tiraba de los pelos.
De repente, me di cuenta de que la pantera estaba atada con unas cadenas y que estaba completamente inmovilizada. Entones mi miedo alcanzó su punto máximo y temiendo que el tigre aprovechara la situación para finalmente atacar a la pantera, yo me lancé a intentar quitarle las cadenas. Pero no pude, de ningún modo. Intenté con todas mis fuerzas, pero por mucho que tirara o que lograra moverlas un poco, éstas se reajustaban y se enredaban aún más en la piel de la pantera.
Sin embargo ésta, seguían inmutable. Parecía no preocuparle el tigre que la rondaba ni las cadenas que la aprisionaban. Yo en cambio, estaba desesperado y lo estuve todavía más cuando me percaté de que las cadenas se transformaron en alambres con púas.
En ese momento salí corriendo a pedir ayuda. Y por algún motivo, aparecieron allí varias personas que conozco, incluyendo primos, hermanos y amigos. Todos ellos intentaron ayudarme y juntos tratamos de liberar a la pantera, tarea en la que fracasamos.
Entonces, los demás dieron un paso atrás y se convirtieron en meros espectadores, mientras yo continuaba con mi desesperado intento de poner en libertad a la pantera. El tigre, mientras tanto, seguía con su tranquila ronda a mi alrededor, lo cual hacía que el corazón me latiera deprisa y que un sudor frío se almacenara en mi frente, cayendo gotita a gotita a través de las cejas.
La angustia era máxima, al igual que la tensión y yo seguía sin poder desenredar los alambres. Hasta que me rendí y me invadió la tristeza. La pantera estaba perdida y yo no podía hacer nada para ayudarla. Recuerdo que cerré los ojos, o tal vez miré hacia otro lado, incluso puede que me haya ido o que todo el jardín y todo lo que allí estaba ocurriendo desapareciera, no sabría decirlo con certeza.
Lo que sí puedo decir es que al cabo de un rato, no sé cuánto exactamente, volvió el jardín, volvió la gente observando la escena y el tigre rondando. Lo único que cambió, fue que en vez de haber una pantera, había un gatito, un pequeño gatito moteado que tenía las patas amarradas con alambres de púas.
Yo sentí un cariño inmenso hacia la pequeña criatura y me quedé observándolo, esta vez sin intentar liberarlo. Por algún motivo, sabía que yo nada podía hacer al respecto. Y entonces, el gatito, con un solo movimiento rebosante de habilidad, se liberó de los alambres sin causarse siquiera un rasguño.
Y en ese momento todo cobró sentido. Sentí que ese gatito tenía toda la fuerza una pantera, toda la fuerza del mundo y que no necesitaba de nadie para ser libre. Él ya lo era.
Fue extraño y carezco de explicaciones, pero una vocecita que parecía venir de ninguna parte, me dijo que lo más importante de la historia era que no olvidase que en realidad yo era el gatito.
En realidad yo era el gatito. No era el observador, no era ese Yo pensante que se pasa todo el cuento preocupado y desesperado por intentar liberar al felino. Ese Yo que tenía miedo del tigre y que estaba convencido de que éste tenía intenciones malvadas, cuando en realidad, tan solo daba vueltas alrededor mío. Ese Yo que quería resolver la situación, pero que nunca llega a conseguirlo, porque a pesar de todos sus esfuerzos y de creerse el protagonista del cuento, nunca fue más que un mero observador. En realidad yo era el gatito.

Fue entonces cuando desperté.


jueves, 21 de enero de 2016

Una mañana nueva

Reencuentros y abrazos. Observo la belleza durmiendo bajo una manta blanca. Siento la tristeza de aquellos cuyo corazón está consumido por la ambición. Siento en el alma gratitud por poder escribir un día más, por haber despertado y porque algún día, moriré.
Me siento tranquilo. Hay paz, incluso en el caos, incluso en las miradas que con pena buscan arrancar compasión. Hay ganas de correr y gritar, incluso cuando las piernas ya no se sostienen. Hay vida en ti, en mí y en el mundo, a pesar de las complicaciones, a pesar del egoísmo y el miedo. Lo veo, lo huelo y lo palpo.
He visto atardeceres que explican el sentido de la vida, el sentido total y completo. Tan solo hace falta mirar, escuchar el viento, pararte en seco, dejar de pensar, conectar con eso que no tiene nombre, pero que está latiendo en ti y en todas partes. Hay una esencia infinita en este mundo, hay algo sagrado en esta vida, algo inmenso e inexplicable.
Las respuestas siempre son simples y siempre vienen solas. Hay que abandonar toda búsqueda, dejar todas las guerras, empezando por las que se libran en lo más profundo del corazón. De hecho, es ahí donde todas las batallas empiezan, es ahí donde se da a luz a la corrupción y la violencia, en uno mismo.
Hay que vivir, y no sé cómo más te lo puedo decir. Hay que aprender y descubrir, hay que abrir los ojos y también hay que cerrarlos, porque las cosas más importantes no se aprecian con las retinas.
No hay que buscar cielos o infiernos, no hay que buscar excusas para hacer el bien. No hay que esforzarse por ser bueno, no hay que ganarse la existencia eterna. No hay que preocuparse por vidas pasadas o vidas futuras. Tan solo hay vida, y está aquí y ahora.
Que el dinero no te consuma, que su búsqueda no te corrompa y que el miedo a perderlo no te encadene. No prestes, ni te endeudes. Tan solo da, sin esperar recompensas, y tan solo recibe, sin culpa ni remordimiento.
Hemos venido a este mundo sin ninguna deuda que saldar. Todos, todos nosotros tenemos derecho a dormir y a comer, por el simple hecho de estar vivos. No hay que ganarse la vida. Hay que vivir, y hacerlo de corazón, es lo único que hay que hacer. No tienes que ganarte mi confianza, no tienes que venderte y yo no tengo que comprarte. No somos mercancía joder, no somos objetos inertes, ni un valor numérico. Las relaciones no son negocios, la vida no es un mercado.
Estoy solo y estoy contigo. Tengo alas, pies y escamas. Duermo por las noches y disfruto de los abrazos. Me gusta correr descalzo y observar a través de ventanillas de autobús.
Amo a mi familia, aunque no sea mía. Amo a las flores, cuando florecen y cuando se marchitan.
Tengo manos que bailan con el viento y nada más. No necesito nada más. No hay nada que se pueda poseer, nada es  mío y nada es tuyo. La tierra es de la tierra y cuando nuestros cuerpos se consuman, lo harán sobre ésta.
Te quiero y me quiero, porque es lo mismo. Todo es lo mismo. La separación no existe. No hay vencedores y vencidos, no hay víctimas y culpables, buenos o malos. Incluso la vida y la mueren juegan en harmonía, abrazándose, fundiéndose en el unísono.


Reflexión y reconciliación

He estado huyendo de este momento durante días. En el proceso he estado estreñido y con diarrea. He sentido nauseas, soledad e incomprensión, por parte de los demás y por parte mía, que supongo que es lo más importante. También me he cortado dos veces el mismo dedo y en el camino me he doblado el tobillo y me ha dolido como nunca antes.
Llegué a este país con el corazón en paz y rebosante de vida. El conflicto del mundo se veía pequeñito y aunque mis pies caminaban sobre la misma tierra que los demás, los problemas por los que ellos eran carcomidos a mí no me afectaban. No se trataba de prepotencia, ni alguna clase de sentido de superioridad, tan solo era bienestar interior, de ese que no depende de nada o de nadie, ese bienestar que se basa en una constante elección de vivir en el presente.
Pero, de a poquito, me fui distrayendo, fui almacenando pensamientos y recuerdos. Me olvidé de limpiar por dentro, comencé a tomarme de manera personal las críticas y a reaccionar ante ellas.
Y sí, me afecta que casi todos los días me repitan que estoy perdido, que vivo de sueños, que soy inmaduro, que he tenido una vida privilegiada y que hasta ahora no me he ganado nada.
Me afecta que mi tía vaya a hacerle un juicio a mi otra tía, y que dos hermanas se conviertan en enemigas por el maldito dinero. Me afecta que todo se base en dinero, que todo el puto mundo gire en torno a los billetes. Pero lo que más me jode es que a mí también me entre el miedo a no tenerlo, a no ser capaz de conseguirlo.
Así, tengo miedo a no conseguir un estúpido trabajo en el que pasar mis días y del que obtener un salario a fin de mes. Me afecta que las personas no me puedan ver más allá de mi capacidad para ganar un sueldo. Parece que eso es lo único valioso, lo único que realmente merece mención.
Y me entristezco, me incomodo y me entran ganas de desaparecer. ¿Qué sentido tiene esto?
Y más me duele juzgarme, ser duro conmigo mismo, reprocharme las preocupaciones y mi falta de fortaleza para resistir todo esto.
Me afecta no ser tan fuerte como creía. Me afectan las comparaciones y siempre perderlas.
Me afecta estar perdido y no tener respuestas. Me afecta haber visto la vida con claridad y que ahora todo sea borroso y confuso.
Me afecta estar mal conmigo mismo y que ese malestar se expanda a lo que me rodea, me molesta que en este momento tan solo irradie malestar.
No me siento cómodo donde estoy y ni siquiera encuentro comodidad bajo mi piel. No sé qué hacer, ni a dónde ir. Pero entonces miro, escucho y me pierdo, me pierdo de verdad, en este momento, con miles de formas y aromas y escucho, escucho. Escucho.
Estoy aquí. Nunca me he ido. Hay algo que siempre está.
Nunca es suficiente. Es una locura. Nunca basta con lo que hay, con lo que somos y lo que hacemos. No basta con despertar por la mañana, no basta con decir buenos días, no basta con desayunar y tal vez charlar acerca del clima cambiante. No basta con estar vivo hoy. Siempre hay que buscar un después, siempre hay que buscar un mañana, un siguiente paso. Y ese paso que darás después es siempre más importante que el que estás dando ahora. No importa que escriba, importa que publique y que se vea. No importa que respire, importa que produzca beneficios. No importa que el tobillo me duela, tan solo importa el día en que vuelva a correr con naturalidad.
No tiene ningún sentido. Y acabo de llegar al increíble estado de sudar de todo, ese estado en el que te das cuenta de que no eres nadie y que tu mente es minúscula, ese estado en el que tan solo existe esto, lo que está ocurriendo y que nada más importa.
Necesito un abrazo, un abrazo de mí mismo. Hacer las paces, acariciarme y observarme con comprensión. Darme un besito, revolverme el pelo y decirme que no hace falta esperar a que todo salga bien; todo ya es como tiene que ser. Sentir amor, hacia cada uno de mis músculos y articulaciones, dar las gracias a mi estómago e intestinos por hacer todo lo posible por digerir la comida de La Paz. Empezar por mí, o empezar por esas flores blancas del jardín, aprender de su inocencia e impregnarme del rocío que cubre sus hojas.
No hay ningún sito al que llegar. Tal vez, cuando mi tobillo vuelva a su tamaño normal, mis pies se desplacen hacia alguna parte y que en efecto, llegue a algún lugar. Pero no me refiero a un lugar físico, me refiero a que no hay cimas que alcanzar, cimas psicológicas, cimas de prestigio o lugares ficticios que en tu cabeza otorguen la tan ansiada seguridad.
No tengo nada que demostrar, a nadie, sobre todo a mí mismo. No tengo nada que defender, ni ningún motivo por el que luchar. No voy a luchar.

A tomar por culo todo. Empecemos de nuevo. Por primera vez.

martes, 29 de diciembre de 2015

La polilla que se creía colibrí

Había una vez una polilla grande, pero no tan grande. Era una polilla que recogía néctar y tenía una particular predilección por unas florecitas moradas.
Cada mañana y cada tarde se dirigía hacia las plantas de flores moradas y sobre ellas revoloteaba por horas y horas, metiendo su piquito entre los pétalos.
La polilla, al igual que todas las polillas, no sabía que era una polilla. Ella tan solo sabía que estaba viva y que le encantaba el néctar. Sin embargo, los humanos, cada vez que veían a esta polilla, soltaban suspiros de ternura y no paraban de decir lo hermosa que era.
Pero los humanos –al igual que la misma polilla –no sabían que la polilla era una polilla. Y a partir de ahora, para no repetir tanto la palabra “polilla”, vamos a llamar a nuestra polilla “Trevor”, y de ese modo, la historia será más personal.
Así pues, los humanos no sabían que Trevor era una polilla. Ellos estaban seguros de que Trevor era un colibrí. ¡Sí, un colibrí!
Y es que Trevor, como dije antes, era una polilla grande, pero tampoco tan grande, con lo cual era del tamaño de un colibrí pequeño. Además, recogía néctar de flores moradas, otra característica de los colibrís. Pero, por encima de todo, Trevor tenía unas alitas muy muy inquietas, las cuales batía con toda su energía mientras se desplazaba entre las flores. Esas alitas eran la principal cualidad por la que los humanos pensaban que era un colibrí.
Y los humanos, como todos sabréis, adoran a los colibrís, porque piensan que son pequeños y adorables. Y como Trevor parecía uno, los humanos también la adoraban.
Trevor, por su parte, disfrutaba de las adoraciones, y cuando escuchaba que alguien le gritaba “¡Hermosa!” o “¡Qué linda!” o “¡Qué alas tan pequeñas y bonitas!”, Trevor se sentía halagada y volaba todavía con más precisión y más estilo.
A esta altura del cuento, antes de proseguir, veo necesario presentaros a otro personaje, y es que es muy importante. Se trata de la mariposa Yala, que era una mariposa gris, gorda y vieja. Era la típica mariposa que intentarías sacar de tu cuarto si es que se las arreglara para entrar. Porque seguro que sabéis que a los humanos no les gustan las mariposas grises, gordas y viejas. Ellos prefieren las mariposas coloridas, esbeltas y jóvenes.
Pero Yala, a parte de los atributos mencionados, era una criatura observadora, astuta y un poco envidiosa.
Fueron esas las cualidades que hicieron posible que participe en este relato. Porque, ocurrió que Yala observó con detenimiento a Trevor y además sentía envidia de la polilla, ya que ésta recibía cariño y cumplidos, cosa que ella nunca había escuchado. Y como era astuta, Yala se dio cuenta del motivo real por el que los humanos adoraban a Trevor y decidió contarle a Trevor lo que en realidad estaba ocurriendo.
-Te confunden con un colibrí –le dijo. –Por eso te quieren. Si supieran que eres una polilla, te despreciarían, como a mí.
Sin embargo Trevor no entendía lo que la mariposa le decía y realmente quería entenderla, así que para salir de dudas, preguntó: “¿Qué es una polilla?”
-¡Boba! Es lo que tú eres –respondió Yala de mala manera, y es que además de envidiosa, también era un poco brusca. –Tú eres una vulgar y simple polilla.
-¿Y eso es malo? –preguntó Trevor.
Yala no tenía respuesta a esa pregunta, pero como seguía siendo empujada por la envidia, decidió darle a Trevor una lección práctica.
-La próxima vez que vayas a las flores moradas, no muevas tus alas muy rápido, tan solo muévelas como una polilla normal, y verás a lo que me refiero –dijo Yala.
Trevor no sabía cómo movía las alas una polilla normal, pero siguió las instrucciones de Yala y cuando estuvo cerca de las flores, dejó de aletear tan rápido como de costumbre.
Al principio, cuando los humanos la vieron, comenzaron con sus típicos cumplidos hacia Trevor, pero cuando observaron con detenimiento sus alas, sus patas y sus antenas, los humanos soltaron muecas de asco.
-¡No es un colibrí! –decían.
-¡Es una polilla! –se lamentaban.
Al escuchar esto, Trevor se sintió muy triste y por fin comprendió que los colibríes son mejores que las polillas.
Trevor se alejó de las flores moradas y se dirigió hacia unos arbustos muy apartados en el bosque. Y allí conoció al tercer personaje de nuestra historia, que era precisamente un colibrí.
Y la manera en que Trevor y el colibrí –cuyo nombre era Juancho –se conocieron fue cuanto menos, curiosa.
Juancho vio a Trevor volando con gesto triste entre los arbustos y decidió acercarse a hablarle. Y es que Juancho era un pájaro muy sensible y cuando veía a alguien triste se solía acercar para ver qué ocurría.
-¿Qué te ocurre polillita? –preguntó Juancho con voz suave.
-Hoy he descubierto que las polillas son peores que los colibrís –respondió Trevor.
-¿¡Cómo!? –se sorprendió Juancho. –Nunca había oído algo semejante.
-Es lo que los humanos dicen –argumentó Trevor. –Cuando se creían que era un colibrí, todos me adoraban, y cuando descubrieron que soy una polilla, todos me despreciaron.
Juancho soltó un gran “hmmmm” y se quedó un momento en silencio, reflexionando acerca de lo que acababa de decir la polilla. Y es que Juancho, aparte de ser un pájaro sensible, también era un pájaro reflexivo, y prestaba mucha atención a cómo funcionan las cosas.
-Te voy a decir tres cosas polillita –dijo finalmente. –Primero, nadie es mejor que nadie. Los colibrís no son mejores que las polillas y los humanos no son mejores que los colibrís. Segundo, si te comparas con los demás, entonces vas a seguir creyendo que hay mejores y peores, a eso es lo que lleva la comparación. Y tercero, tú no eres una polilla.
Y dicho esto, Juancho empezó a batir las alas y se despidió de Trevor. Porque aparte de ser sensible y reflexivo, Juancho era un pájaro poco hablador y una vez decía lo que tenía que decir, solía proseguir su camino sin mirar atrás.
La polilla quedó desconcertada y durante largo tiempo estuvo meditando acerca de las palabras de Juancho. Creía entender los dos primeros puntos, pero realmente no entendía eso de que no era una polilla. Todos le habían dicho y repetido que era una polilla y la habían hecho sentir como tal, pero luego llegaba ese pajarillo y le decía que no lo era.
Si no era una polilla, ¿Qué era?, ¿Quién era?
Trevor pensó y pensó, hasta que llegó un momento en el que dejó de pensar. Y en ese instante se dio cuenta de que la barriguita le sonaba de hambre. Con tanto pensamiento, hacía tiempo que no iba a tomar néctar.
Así que puso en marcha sus alas y se dirigió hacia las flores moradas. Ya de camino se acordó que allí estarían los humanos y que seguramente la volverían a despreciar por ser una polilla. Sin embargo, esas flores moradas eran sus favoritas, así que decidió ir de igual manera.
Trevor se alegró mucho cuando vio que en aquella ocasión no había humanos cerca de las flores. Así que ella se acercó con tranquilidad a los pétalos y comenzó a beber el néctar. ¡Qué rico que estaba!
Pero de repente, y sin que Trevor se diera cuanta, un niño comenzó a observarla con mucho detenimiento. Y poco después, su mamá fue a buscarlo y se lo encontró mirando las flores.
-¿Qué haces hijito? –preguntó la mamá.
-Estoy viendo a esa pequeña… no sé lo que será, pero, ¡Es hermosa! –respondió el niño señalando a Trevor.
-Es un colibrí, por eso es hermoso –argumentó la mamá, orgullosa de poder identificar la criatura que su hijo señalaba. Pero entonces se fijó con más atención y se percató de que no se trataba de un pajarito. -¡No! Es una polilla, ¡Qué decepción!
-Colibrí o polilla, sigue siendo hermosa –afirmó el niño con una sonrisa.
Y Trevor, que había estado escuchando la conversación desde las flores, sonrió y se sintió muy feliz. Y por fin lo comprendió. Daba igual ser polilla, o colibrí, era lo mismo ser una flor o una hormiga, era como había dicho Juancho, solo si se comparaba con los demás, se sentiría peor o mejor que el resto. Todas las criaturas vivas eran hermosas a su manera, desde los humanos a las mariposas, ¡Las mariposas!
Trevor se acordó en ese momento de la vieja Yala y de que quizás a ella nunca le habían dicho lo hermosa que era y que tal vez por eso era una mariposa tan envidiosa y brusca.
Así que Trevor fue en busca de la mariposa y la encontró descansando sobre una rosa.
-¡Yala! –gritó emocionada cuando la vio.
-¿Qué quieres? –refunfuñó Yala.
-Eres hermosa –dijo Trevor, con los ojos cargados de ilusión. –Eres hermosa y me encantan tus alas grandes y grises, y también tu barriguita redonda y también tus antenas arrugadas.
Yala estuvo a punto de contestar de manera brusca (como siempre había hecho), pero por algún motivo no pudo. Eso es lo que tiene el amor, que derrite incluso los corazones más duros. Y el amor de Trevor era tan puro que hasta Yala se contagió de él.
A partir de entonces, Yala dejó de ser envidiosa y brusca, aunque siguió siendo gris y gordita. Además, ella y Trevor se hicieron grandes amigas y todos los días vuelan juntas entre las flores moradas.
¿Cómo lo sé?

Lo sé porque Juancho el colibrí, me lo ha contado. Y Juancho, aparte de ser un pájaro sensible, reflexivo y directo, es un pájaro sincero. De eso podéis estar seguros.