sábado, 18 de junio de 2016

No se me ocurre título

¿Será que es posible?
¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
No lo sé, no lo sé y tal vez, dentro de un rato, a dormir.
Todo se ha roto, una vez más.
El porqué, el cómo y el cuándo realmente no importan. La cuestión es que por más que me esfuerce, no puedo ser lo que era antes.
Qué curioso, ¿Verdad? Esforzarse por ser lo que eras antes.
Eso es lo que he estado haciendo desde hace algún tiempo, rechazar por completo lo que soy ahora, queriendo volver al estado en el que antes me encontraba.
Tenía una imagen muy definida acerca de mí mismo.
Al carajo otra vez. ¿Por qué me cuesta tanto tan solo soltarme y escribir lo que de verdad quiero escribir?
Siempre empiezo con preámbulos, con dudas, con mesura, calculando y controlando.
Lo que quiero decir es que últimamente he estado hecho una puta mierda. Bueno, para ser honesto, eso tampoco es cierto.
Ahora me siento culpable por haber escrito dos palabrotas seguidas. Y pienso en mi mamá, en lo que podría decir ella si lee esto. Ya imagino su cara, la consternación en su rostro…
Pero eso son más imágenes. Esa es la imagen que tengo de ella, no ella.
Tenemos una imagen de todo, o al menos yo la tengo y no me deja vivir. No vemos el mundo por lo que es, siempre hago una interpretación de éste. Siempre tengo una opinión, un juicio acerca de todo. Y juzgar no me permite ser libre.
Por otra parte, tengo miedo a que todo acabe, tengo miedo a soltarme. Tengo miedo a soltar mis apegos, a dejar las cosas fluir por su propio curso. Quiero llevar las riendas de mi vida.
Sin embargo, la semana pasada estuve dos días en un establo. Allí pude ver muchos caballitos, y solo puedo decir que esas criaturas son majestuosas. Sus mandíbulas enormes, sus labios suaves, sus ojos como platos, envueltos en pestañas interminables. A menudo tengo visiones con esos animales, visiones en las que me siento uno de ellos, corriendo por alguna pradera, sintiendo la fuerza de la tierra en mis patas.
No obstante, los caballos que vi en el establo, estaban encerrados en celdas o en porciones cuadradas de pasto. Quizás estén bien alimentados y sanos. Tal vez esos caballos lleguen a vivir más tiempo que sus congéneres salvajes, tal vez esos caballos ni siquiera se cuestionen si son libres o no. Quizás, incluso la libertad no tenga nada que ver con vivir dentro de cuatro verjas. A lo mejor la libertad es algo mucho más profundo y puede que aquellos caballos lo sepan.
Sea como sea, en ese establo vi cuánto daño hace ponerle riendas a la vida. Esos caballos que para mí simbolizan libertad, quedaban completamente sometidos a la voluntad del que los monta.
Y siento que eso mismo estaba queriendo hacer con mi vida. Tal vez en esencia yo sea el caballo, mientras que el ego tan solo sea el jinete, ese ser que tan solo pretende controlar, dominar y poseer; y que encima tiene la desfachatez de creer que lo que hace es algo bueno.
¿Por qué solo entendemos la vida como una lucha contra esta? ¿Por qué queremos dominarla? ¿Imponernos sobre ella?
Y sí, me asusta vivir sin control. Me da miedo amarte y no tenerte. Pero más me asusta que tú si puedas hacerlo, porque entonces yo me siento obligado a hacer lo mismo.
Pero, ¿Sabes qué?
A lo que en realidad tenía más miedo de todo, era al simple hecho de reconocerlo. Tenía miedo a escribir lo que estoy escribiendo, sin filtros, sin pensar si es bonito o feo, correcto o incorrecto.
Y no, no tengo respuestas. Una vez más, no tengo ni idea de quién soy.
Ahora me doy cuenta de que las preguntas trascendentales de la vida solo son importantes como preguntas, no como una búsqueda de respuestas. Porque no hay respuestas. Tan solo hay preguntas y atención. Cuando pones toda tu atención a la pregunta, la pregunta misma abre un sendero de luz. Y no hace falta responder, porque en la pregunta está contenida la respuesta, una respuesta que no necesita ser manifestada, porque no forma parte del mundo de lo manifiesto; pero sin embargo lo crea.
Hay un lugar del que surge todo, un lugar que no se encuentra en ningún sitio. Hay algo profundo en esta vida, algo mágico que late como una melodía. Hay un corazón que palpita y que se para, a cada instante, con cada vida y cada muerte.
No tengo explicaciones. No sé por qué escribo o de dónde surgen las palabras. Pero disfruto hacerlo.
No sé qué pasará con el mundo, con la humanidad o conmigo mismo.
¿Para qué estoy aquí?
No hay otro sitio en donde estar, nunca lo hubo. Hace poco leí en un sitio que en realidad la elección no existe, que nunca ha existido y nunca lo hará. Al principio me impactó, me parecía muy crudo, pero ahora lo veo de manera diferente. Lo que hacemos es lo único que podemos hacer, todas esas alternativas que creemos habernos perdido, todos esos caminos que podríamos haber tomado, todas las posibilidades que podían haber surgido de ellos, todo eso, es tan solo un movimiento mental, no existe. La realidad es que los “Y si” y los “Si hubiera”, junto con los “Si hiciera” no existen.
Tan solo es una pérdida de energía contemplar los mundos alternativos creados con decisiones que no tomamos o que no estamos tomando.
Pero algo dentro de mí me dice que no entiendo lo que acabo de decir, y esta vez no lo entiendo a ningún nivel. Y tengo ganas de borrar lo escrito, porque me da vergüenza mostrar que hay contradicción en mí. Pero, ¿Y qué?
Una vez más, miedo. Miedo a que me juzguen, miedo a que la imagen que tengo de mí mismo se vea alterada. Y puede que todos tengan una imagen de mí, eso no lo puedo controlar.
Mañana juegan los Cavs y LeBron. Tengo muchas ganas de verlos.
Hay libertad cuando no hay riendas. La vida no va en una dirección en concreto, va en todas a la vez y a ninguna en concreto.

Hay que perderse, perderse del todo, sin miedo a no poder encontrarte. 

jueves, 16 de junio de 2016

¿Cuál es el sentido de todo esto?

En todas las historias que he disfrutado, la protagonista llega a un punto de inflexión en su vida, un momento de cambio, de realización y reflexión. Puede que sea un momento duro en su vida, un momento de sufrimiento y aceptación del que surge algo nuevo, un momento en el que se encuentra a sí mismo y a partir de entonces empiezan a vivir de verdad, teniendo claro cuál es el propósito de su existencia.
Yo creí haber tenido ese punto de inflexión. Yo creí haber descubierto el significado de la vida y que lo único que quedaba por hacer era vivirla. Creí que después de haberme parado en seco y empezado a vivir con el corazón, todo lo demás vendría solo.
Y sí, todo lo que ha llegado, ha llegado solo, sin esfuerzo alguno. Así empezó todo, sin esfuerzos ni sacrificios. Así fui a Bolivia, con una intención y sin expectativas. Y allí viví, conocí y aprendí. Allí abracé, comí y anduve. Respiré con dificultad, reí, observé y dormí.
Pero Bolivia ya no está aquí, o mejor dicho, yo ya no estoy en Bolivia. Y ocurre que Bolivia era mi gran sueño. Después de Bolivia no había plan, no tengo plan, ni objetivos.
Siento que he vivido mucho. Tanto, que a veces me siento como un abuelito, uno cansado y agradecido por todo lo que ha visto y oído. Pero luego me paro por un segundo y me pregunto: ¿Y ahora qué? ¿A dónde voy? ¿Qué hago ahora?
Y me veo aquí, en un lugar desconocido, rodeado de gente con la que no tengo demasiada afinidad. Y esta vez no hay sueños en mi interior, no hay deseos que me impulsen hacia el futuro.
Entonces vuelve esa sensación de que ya he vivido suficiente, que estoy listo para irme al otro barrio. Y luego me siento mal por pensar eso, por no estar agradecido.
Y no sé, veo a la gente de aquí, con sus ocupaciones y sus vidas eficientes, y sin ánimo de crítica, veo esa existencia tan vacía. Veo tanta prisa por llegar a ninguna parte, por ser alguien, por labrarte un nombre.
Y yo mismo busco eso de algún modo. Por eso siento ese vacío en mi interior, porque estoy buscando algo ahí fuera que le dé sentido a la existencia.
Mas no lo hay. No hay nada ahí fuera que te vaya a dar paz.
Entonces surge la pregunta: ¿Qué sentido tiene todo esto?
No estás aquí para agradar, ni impresionar. No estás aquí para hacer el bien, ni para influenciar en los demás. No estás aquí por ningún motivo en concreto.
No estás aquí para fingir, hablar y juzgar. No estás aquí porque seas mejor o peor que nadie. No estás aquí porque te lo mereces, ni porque hayas tenido suerte. No estás aquí de paso, ni en un punto intermedio. No estás aquí esperando a que llegue algo mejor. No estás aquí por los demás.
Estás aquí porque este es el único lugar que existe. Aquí y ahora es todo cuanto hay. Estás aquí para ser tú mismo. Estás aquí para relacionarte con la vida. Y lo quieras o no, esa relación siempre existe. No puedes separarte de la vida, no puedes creerte aislado de nadie.
Eso es algo que la gente no entiende. Da igual que construyas fronteras, que dividas el mundo en países, castas y religiones; no puedes estar separado de ningún otro ser humano ni de ninguna forma de vida. La vida es una sola, manifestándose en infinitas formas. Pero la forma no es la esencia, y la esencia es única.
¿Quién habla ahora?
Nadie. Sale solo. Sale de la fuente.
¿Qué sentido tiene todo esto?
La vida solo tiene sentido cuando dejas de buscárselo. Cuando te rindes al hecho de que la mente no puede hallar ninguna respuesta, porque no la hay. ¿Y qué hago con este hecho?
Olvídalo. Olvidar es la única manera de aprender. En el intento de recordar te acabas encerrando en un concepto.
Pero la mente necesita un motivo para seguir operando, para seguir luchando y buscando. Vivimos controlados por la mente. Somos la mente. Pero, ¿Sólo somos eso? ¿O somos algo más?
¿Existe algo más aparte de esa mente, de esa imagen de nosotros mismos? ¿Hay algo más profundo? ¿Algo esencial? ¿Algo que no esté en lucha constante con todo? ¿Algo que esté más allá de las limitaciones del pensamiento?
No estoy divagando. Estoy cuestionando.
Hay vida en ti Ariel. Ríndete a ella. Ríndete, suelta los hombros, respira tranquilo. Hay tiempo. Hay tiempo para todo y tienes todo lo que necesitas. Da igual dónde estés. Eso no importa. Da igual lo que te rodea, ya sean personas, árboles o edificios. Tan solo observa y escucha. No te fuerces a hablar, ni tampoco te reprimas cuando quieras decir algo. Eres libre. Eres un niño. Todos son niños, por más que se quieran hacer los serios y profesionales. Por dentro, todos somos niños, aunque a veces nos encarcelemos a nosotros mismos dentro de la piel de un adulto. Así que juega. Tu cuerpo está diseñado para eso, para jugar, para expresarse y sudar. Pero sobre todo, no te agarres a nada. Aferrarte es asfixiar, tanto a lo que te aferras como a ti mismo. Eres libre, pero solo puedes serlo cuando dejas a los demás expresarse en libertad.
Escribe cuando tengas ganas y hazlo con sinceridad. No hagas nada que no sea honesto. En el engaño, en cualquiera de sus formas es donde empieza el conflicto. El mundo entero está a tu disposición y tú estás a disposición del mundo.
No esperes al momento adecuado y no tengas miedo de empeorar. No puedes empeorar o mejorar, tan solo aprender.
Y ahora, olvídate de todo esto. Deja que estas palabras se queden en esta hoja. No te fuerces a recordarlas y no las conviertas en un dogma. Y es que estas palabras no son tuyas, por tanto no podrás poseerlas, así como no puedes poseer nada. Las palabras vienen solas cuando conectas contigo.
Planta semillas, riega las plantas, abraza los árboles, pero no esperes sus frutos. No obstante, si salen, no dudes en recogerlos y disfrutarlos, tan solo cómelos y luego cágalos.





viernes, 13 de mayo de 2016

El fabricante de tornillos maleables

Había una vez un ser vivo, de forma definida y con un alma abstracta. La criatura no tenía por qués, ni cómos, ni cuándos, ni dóndes. Ese ser tan solo vivía y se había materializado con el aspecto que tenía para vivir las experiencias que necesitaba experimentar.
Su forma definida y su esencia abstracta no entraban en conflicto, pues la materia no limitaba a lo eterno y el pensamiento no pretendía encarcelar dentro de sí mismo a lo ilimitado.
La criatura jugaba descalza y creaba tornillos maleables que encajaban y desencajaban con facilidad. Esos tornillos hacían posible que los edificios y demás construcciones cambien de forma de manera constante y que se hagan grandes o pequeñitos según las necesidades de sus ocupantes.
Y es que en el lugar donde habitaba este ser, nadie deseaba más de lo que necesitaba. Incluso, podría decir que nadie deseaba nada en absoluto, pues ni si quiera se planteaban una realidad en la que no existiera todo cuanto precisaban. Por eso, esos tornillos mágicos (por así llamarlos), hacían posible hacer más grandes los hogares cuando llegaban forasteros y necesitaban un lugar cálido en el que soñar y dormir.
Los habitantes del sitio no tenían sentido de propiedad, porque tampoco tenían sentido de identidad. Sabían que la forma no delimitaba lo que eran y vivían para vivir. Y en ese vivir, hacían el bien, sin quererlo y sin saberlo, por supuesto.
Tampoco había diferencia entre niños y adultos, pues todos reían y disfrutaban de trepar árboles para recolectar frutas juntos. ¿Y cómo era posible eso?
Era posible porque nadie se cuestionaba si era posible.
Allí todos aprendían. La vida era un aprendizaje tan vasto y diverso, que no hacía falta universidades para separar a los que estudian de los que no. Tampoco había abogados, pues no se necesitaba leyes para regir a la población ni decirle cómo debía comportarse. ¿Y cómo sabían cómo comportarse?
Porque nadie tenía una noción de lo que era comportarse bien o comportarse mal. Y como no conocían esta diferencia, tampoco tenían miedo al castigo por un mal comportamiento, ni buscaban la recompensa que sigue a la buena conducta.
No existían premios o castigos. Había tan solo, lo que ellos llamaban, una interacción de acciones. Lo que tú hacías, estaba intrínsecamente relacionado con lo que hacían los demás.
Tampoco existían presidentes o gobernantes, porque a nadie se le ocurría la necesidad de que alguien los representase.
En aquel sitio el pasto crecía verde en primavera y se amarilleaba sin pena al llegar el otoño. Las hojas caían sin remordimiento y la vida se entregaba a la muerte con los brazos abiertos.
Allí los seres vivos no buscaban un propósito y no nacían con ese sabor de estar incompletos. No buscaban respuestas que los hiciesen felices, ni pretendían convertirse en algo que todavía no eran. No conocían la palabra felicidad, pero vivían con alegría. Y estaban alegres porque no tenían ambición.
No ambicionaban éxito propio o fracaso ajeno, no ambicionaban una vida mejor, porque la vida era inmejorable. Sus motivos para reír o disfrutar, no se encontraban en lo que conseguirían al día siguiente o en lo que habían logrado el anterior. Reían con el silencio y al ver una rama mecerse con el viento, pues comprendían la belleza de la poesía en movimiento.
No buscaban impresionar ni alabar. Respiraban y sudaban (los que tenían poros para hacerlo).
Bailaban, desnudos, revolcándose por la arena, raspándose la piel y las escamas. Volaban cuando tenían alas y se arrastraban cuando les faltaban extremidades. No existían los días de la semana, pero eso sí, cuando la luna de su mundo se ponía grande, todos salían a disfrutar de la luz nocturna y tocaban instrumentos de viento que sonaban como las brisas del oeste. También había unos artesanos que construían tambores invisibles, que hacían vibrar la tierra con cada movimiento de baqueta. Todo vibraba en aquel lugar; desde los cuerpos a los órganos, pasando por la vegetación y el agua. Y es que la vibración es la chispa vital, un movimiento que surge de la nada para volverse a fundir en ésta, un fenómeno que sacude el universo, un grito que llena el aire para después ofrecerle un precioso silencio.
¡Ah! Estos seres eran muy silenciosos. Los que tenían pies, caminaban con sigilo. Los que recibieron pezuñas o patas grandes y pesadas, aunque hacían temblar el suelo que pisaban, no rompían la armonía de lo natural. Todas las criaturas se comunicaban en perfecta sincronía unas con otras, sin importar sus rasgos físicos o la supuesta especie a la que pertenecían. Algunos de los seres vivos habían desarrollado cuerdas vocales y lenguas escurridizas que les permitían expresar sonidos complejos. Aquello sin embargo, no era una cualidad de superioridad sobre los otros seres, tan solo una característica corporal que estaba a su disposición mientras habitaran aquel cuerpo.
No había seres mejores o más avanzados que otros. Nadie aspiraba a ser mejor que otro. No había luchas ni competencias. Todos eran lo que eran sin resistencia alguna. En otras palabras, se permitían ser ellos mismos, con total inocencia, con absoluta vulnerabilidad.
Mas todas aquellas criaturas vivientes sabían que había lugares en los que la vida no fluía del mismo modo. Sentían –y no como algo lejano –que había sitios en los que la vida se encontraba atascada en la materia, identificada en la forma. Pero no se preocupaban por el sufrimiento, no intentaban erradicarlo ni modificarlo de ninguna manera. Tan solo lo abrazaban, al igual que abrazaban a un árbol milenario de tronco rechoncho. Abrazaban el conflicto, el dolor y el miedo que provoca el egoísmo, y lo hacían como quien abraza a un anciano enfermo, cuyo irrevocable destino es la muerte.
Después de todo, no hay lugar para el egoísmo en la tierra sagrada. ¿Y cuál es la tierra sagrada?
Esta misma, la que estas pisando. Solo que el ego es demasiado pequeño y limitado como para percibirlo. Por eso el ego nace con un impulso de lucha y se mantiene vivo mientras se resiste a aceptar su pequeñez y limitación. Así, la liberación tiene lugar cuando hay una rendición total y completa, cuando dejas de luchar por tu permanencia como individuo. Es como saltar a lo desconocido, literalmente. Solo que ese desconocido en realidad somos nosotros mismos, nuestra auténtica esencia, nuestro verdadero hogar.

Y allí, en esas tierras vive la criatura que construye tornillos maleables que se ajustan y desajustan a su antojo, ayudando a la creación de edificios grandes y pequeñitos. Y ese lugar, ese en el que se camina descalzo y donde se toca tambores invisibles, es aquí mismo.


lunes, 2 de mayo de 2016

Cultura del físico

Ya desde niño dibujaba zambardos con músculos gigantescos. ¿Por qué importa tanto cómo luce el cuerpo?
En el barrio en el que estoy, hay al menos dos centros de depilación y otro par de salones de belleza por calle. En esos sitios salen mujeres aceitosas, sensuales y más flacas que un palo anémico. En cambio, los hombres que protagonizan los anuncios parecen espartanos mastodontes.
Y yo sufro. Sufro en ocasiones cuando me miro al espejo y veo un pecho peludo y a pesar de todas las flexiones que he hecho en mi vida, relativamente plano.
Si enduro el vientre, se me marcan entre la capita de grasa unos cuantos abdominales, pero desde luego no los suficientes como para presumir de ellos. Mis piernas son flacas y mis tobillos un tanto débiles.
En cambio, de lo que en ocasiones me siento orgulloso, es de mi espalda, que cuando meto aire a mis  pulmones se hincha y me da un aspecto de cobra, cuando extienden esas cosas que tienen alrededor de su cuello. Eso, por algún motivo, me hace sentir bien.
También me gustan mis dientes y que la mayoría estén rectitos. En cambio, no me gusta que sean pequeñitos y que tenga que usar una placa para evitar que se desgasten por las noches.
Siguiendo con la descripción de mi cuerpo, mi nariz es protuberante y torcidita, algunos incluso me han dicho que tengo un machete en medio de la cara. Luego tenemos los ojos, y en general suelen gustar, cuando se los mira con detenimiento, ya que así se puede apreciar sus diferentes tonalidades y las pestañas que los adornan.
A mí, de manera particular, me gustan mis brazos, sobre todo después de hacer ejercicio y cuando se me brotan las venitas de los hombros y los antebrazos. Toda la gente hipermazada tiene esas venitas brotadas, acompañando a sus músculos de toraco.
¡Ah! Y luego está mi pelo, con el que tengo una relación conflictiva. Y es que me gusta tener el pelo largo, pero también resulta que tengo poco y cada vez que se me cae uno, es un drama tremendo.
Y todas esas descripciones que he hecho las he sacado de lo que miro en el espejo y de lo que otras personas han opinado sobre mí.
Primero, en cuanto al espejo, no sé, es muy curioso lo que hacen los espejos. A veces, según la iluminación que haya o el momento del día, mirarme en el espejo es una gloria, y me siento hermoso, atractivo y fuerte; mientras que en otras ocasiones me siento un pedazo de mierda aplastada. Me veo calvo, con mollas en las caderas, una nariz de elefante, más peludo que un zorro ártico y con la guinda de algún granito coronando mi frente.
Y durante casi toda mi vida he intentado camuflar esas cosas que no me gustaban de mi cuerpo y resaltar los aspectos que a mí me parecían atractivos.
Y no sé, este es un tema del que me costaba hablar. Porque no es bonito admitir que te sientes tan identificado con tu cuerpo y que tienes tantas inseguridades acerca de éste. Es algo de lo que no se habla (o al menos de lo que yo no hablaba).
Yo quería mostrarme como una persona despreocupada por su aspecto, un  tipo seguro de sí mismo, pero a la vez sano, atlético y por qué no, atractivo. Pero, no sé, son tantas cosas de las que preocuparse, por las que ocuparse, tanto esfuerzo por mostrar algo a los demás, por intentar convencerlos, pero sobre todo, de convencerte a ti mismo de todas esas tonterías.
Y provoca sufrimiento querer ser algo que no eres, desear un cuerpo que no tienes. Pero así es el mundo en el que vivimos. El cuerpo es tu presentación y yo quería estar presentable, o incluso, destacable.
Es otro deseo más del ego. Destacar. Destacar por tu aspecto, por tu inteligencia o tu carisma, pero diferenciarte al fin y al cabo.
Pero en este momento digo: ¡A tomar por saco! Renacuajos en almíbar. Queso rallado con fideo. Leche de culebra malparida con tomates disecados a punto de explotar.
No tiene sentido. Todos mis problemas empiezan cuando quiero ser algo más, cuando ambiciono, cuando quiero ser mejor que otro, cuando quiero labrarme un nombre, cuando proyecto, cuando me amarro al pasado, cuando actúo condicionado, cuando me identifico, con cualquier cosa, da igual que sea el cuerpo, la mente o un país. Identificarte es encarcelarte.
Por eso, la libertada va desnuda. Y así quiero ir yo, en pelotas, corriendo por un río, salpicándome la piel sin pudor alguno.
Y así me siento feliz. Es algo que siempre he sabido. Desde que tengo memoria. Cuando he soltado mis miedos, cuando me he dejado ser, he disfrutado, he sentido y he llorado. Cuando he perdido la vergüenza y me he olvidado del orgullo. Cuando no quise ser nada más que yo mismo. Esa es mi esencia y siempre lo he sabido, aunque a veces me obligué a intentar olvidarlo. Pero no puedes olvidar de dónde vienes, no puedes olvidarte de quién eres.
Y cuando estoy así, que ahora lo estoy, veo mis deditos y me encantan, moviéndose ligeros por el teclado. Me salen lágrimas y sonrisas. Veo mis pies y mis tobillos huesudos. Qué belleza hay en el cuerpo, sea como sea. Y se empieza por ahí, queriéndolo. Acariciándote, mimándote, dándote besitos y haciendo bailes en honor a la vida.
No sé si soy guapo, feo, flaco o gordo. Tal vez algún día me quede calvo, o mi barriga crezca. Da igual. Da igual. Ahora tan solo escribo y vivo. Y no sé cómo terminar este texto, pero creo que ya está todo dicho.
Tan solo se me ocurre decirte, quien quiera que seas, que si en algún momento tú también has sentido rechazo o cierta inseguridad con tu cuerpo, el primer y único paso es amarte. Porque si amas el cuerpecito que te permite experimentar este mundo, sabrás qué hacer para que funcione bien. Cuando hay amor, la comida no se mide en nutrientes, sino en suspiros de sabor; el ejercicio se torna en danza. Los espejos dejan de reflejar lo que eres, porque lo que eres no se ve en un ordinario trozo de cristal (o cualquiera que sea el material por el que están compuestos los espejos). Cuando hay amor no hay necesidad de impresionar a nadie, porque no hace falta, porque en ti ya está todo, así que no necesitas que alguien te diga lo bien que te ves. Pero si alguien te lo dice, das las gracias y cuando alguien te dice que tu fealdad es mayor que la de los orcos, también lo agradeces, porque la belleza nunca fue la apariencia, sino más bien la esencia. Así pues, todo empieza y termina con el amor, no hay más vueltas que darle ni más cuentos que contarte.

Nada más, me gustaría terminar esta historia dos palabras que  leí en cierta ocasión en una nevera: Nos Amo.


domingo, 24 de abril de 2016

Verde, Blanco y Verde

Me siento vacío y lleno, con ganas de llorar y reír, recordar y olvidar. Después de despedirnos, después de ese abrazo, se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Pasaron por mi mente los diez años sin vernos, pasó la distancia que se deshizo, pasaron todos los momentos juntos, desde que correteábamos siendo renacuajos por el patio de Mamá Agarita, hasta que corríamos como salvajes condenados por las playas del río Wendá. Todo era un continuo, sin separación ni distancia, esos momentos eran pasados, pero seguían vivos, latiendo fuerte dentro de mí.
Y si te soy sincero, me entró miedo, me dio miedo de que ese continuo, ese conjunto de elementos vitales, de vida misma, se deshiciera, que se fuera y se perdiera. Tenía miedo y quizás todavía lo tenga, de no volverte a ver, de tener que esperar tanto para volver a sentir lo que sentimos. Y no sé, hay personas en la vida con las que conectas de una manera espontánea, con las que todo es fácil, o al menos, es fácil ser tú mismo.
Así me sentí en todo este tiempo en Santa Cruz, libre de ser yo mismo. Y claro, sé que eso no depende de ti ni de nadie, pero creo que influye la atmósfera que te rodea….
Y no sé, realmente ni siquiera quiero hablar de eso. No sé, quería agradecerte y escribir algo bonito, pero ahora estoy escribiendo como hablo, sin venas poéticas ni adornos literarios.
Ahora me siento feliz estando con mis hermanos. Ayer estábamos todos juntos, hablando, compartiendo anécdotas, siendo exagerados y dramáticos, riendo y masticando y escupiendo pepitas de mandarinas.
Esta mañana leí un capítulo de mi libro de Krinhamurti y me llegó. El capítulo hablaba de la verdadera vocación del ser humano, y leer eso, comprenderlo y prestar atención a lo que ocurre en mí mismo me hizo sentir en paz. Paz que quizás todavía sienta, aunque te extrañe, aunque en mi corazón haya un huequito por ver a mamá Agarita llorar, sentada en su sillita, diciéndonos que vayamos con Dios y que nos quiere mucho.
Hay tanto agradecimiento en mi corazón, tanta vida en mi piel, tanto por compartir, expresar y crear. Es mágica la vida, es mágica y me siento pequeño y grande. Y no sé, hacia ti tan solo siento amor. Es increíble que lo único que queda, cuando dejas ir todo lo demás, cuando dejas ir los conflictos, las ataduras y los condicionamientos, uno se olvida de todo, del rostro, del color de los ojos y de las manías y peculiaridades, porque lo único que permanece, latiendo con fuerza, apagándose y renovándose en cada instante es el amor.
Y ese amor se manifiesta de mil diversas formas. Por ejemplo, al salir de Santa Cruz vi uno de esos anuncios de Coca Cola, esos enormes carteles adorando las avenidas. Y por primera vez no sentí rechazo hacia esa marca, ni ese líquido negro; porque en ese anuncio, aunque fuera de Coca Cola, vi arte, te vi a ti, con tu camarita y tu tripodio, hablando de luz, contraste, saturación, enfoque y otras webadas que no entiendo, pero que aun sin comprenderlas, ahora me apasionan. Así es el amor y eso es lo que provoca, dejar de juzgar y ponerte a observar, con ojos libres, que no buscan llegar a conclusiones ni obtener resultados.
Y ahora recuerdo esa noche en la que hablábamos de nuestro viaje a Samaipata y me dijiste que te sentías feliz y lleno de esperanza.
También me ha venido a la cabeza una vez más el texto de Krisnamurthi y una frase en la que decía que la vida solo existe en relación. Me llama la atención porque él también dice que la libertad solo está en la auténtica soledad. Contradictorio, ¿Verdad?
Puede parecerlo, pero como te dije una vez, siento que es inevitable que el lenguaje se torne paradójico, porque la palabra no es la cosa, lo escrito es la superficie, la manifestación de la esencia, de lo profundo. Por eso, creo que hay que ir más allá de las palabras, sumergirse más profundo. No quedarnos con las apariencias, con ninguna; y las conclusiones son apariencias, capas de cemento que esculpimos para no seguir avanzando y descubriendo.
También, ahora siento que el frejol con arroz es la comida más deliciosa que he probado nunca. Porque es sencillo. Es sencillo andar y correr. Es sencillo inventar historias y jugar con Tiana; aunque otra cosa es cuando Trimbofnia (o como se escriba) aparece en escena. Es sencillo comer hasta que la pancita esté contenta y luego dormir una siesta.
Esa última tarde en Santa Cruz, cuando tu mamá tocó la bocina del jeep y ondeaste los brazos; no sé si lo viste, pero yo hice lo mismo y también me golpeé el pecho, no por hacerme el mono, sino porque todo lo que sentía estaba ahí, latiendo en mi pecho. Con ese gesto quería transmitirte todo lo que me ardía por dentro, y no tenía otra manera de expresarlo.
Después de eso, cuando te perdimos en la distancia, mi vista se perdió en las tres banderas cruceñas que ondeaban en la terminal. Verde, blanco y verde. Y el cielo azul, basura en el suelo, vendedores ambulantes poniendo la música al ambiente tratando de convencerte para que les compres cuñapés. Era una escena hermosa e irrepetible.
Hay esperanza primo, y no me refiero a la esperanza de refugiarse en una espera. Hablo de la esperanza que hay en el alma, esa vocecita que nos dice que las cosas saldrán bien, que incluso, en este momento ya lo están.
Sé que te gustaría ver una apocalipsis zombie para que el ser humano cambie y deje hacer el imbécil por el mundo. Pero no sé, tal vez no sea necesario, quizás solo haga falta soltar unas buenas carcajadas, cortar cebolla, picar pimentón, triturar ajo y freírlo todo en un rico ahogadito. Tal vez el mayor regalo que le podemos ofrecer al universo es ser nosotros mismos, con total sinceridad y espontaneidad; no negar nuestros tropiezos y conflictos, tampoco idealizar la perfección. Porque tal vez lo perfecto no esté después de la vida, sino en el traqueteo de unos bambús, meciéndose con el viento de Arubai.
Una vez me dijiste que hay que compartir con los demás lo que uno lleva dentro –o al menos eso creí escuchar yo –pero quizás lo verdaderamente importante sea compartirlo contigo mismo. Esa, creo yo, es la verdadera valentía, ser honesto contigo mismo, compartir contigo, expresarte en libertad contigo; porque al hacer eso ya lo estás compartiendo con todos los demás. Es como los campos mórficos esos que decía el gaucho de la reunión de la escuela. Todo está relacionado, todo es una sola cosa. Somos hojas de un mismo árbol, réplicas del universo entero en miniatura, gotas que contienen al océano… Se puede decir de muchas maneras y creo que todos hemos sentido eso de que lo que hacemos está interconectado con el todo. Y no hay que ser un experto en física cuántica para darse cuenta de ello, tan solo tirarse un pedo y ver cómo afecta eso a todo lo que te rodea.
“Hoy es un buen día para morir” dijiste al regresar de Arubai esa última vez. Y esa es la sensación que te dejan los días que se han vivido de verdad, que estás listo para morir, para que todo acabe, porque no hay cosas de las que arrepentirse, porque lo has dado todo y no te has reservado nada. Así me sentía cuando dejé la ciudad en la que nací, observando un atardecer nublado desde el autobús. Me sentía listo para morir. Pero también me daba miedo que todo acabe, porque, ¿Qué pasaría después?
Y ahora me doy cuenta de que lo único que puede ocurrir cuando mueres, es volver a nacer. Lo único que puede venir después de la noche, es el día. Después del invierno, la primavera. Una vez más suena paradójico, pero no son las palabras lo que importan, sino lo que hay detrás.
Y hay que morir, es necesario. Y no una vez, no de viejo, ni atropellado o devorado por un caimán; hay que morir cada día, con cada experiencia, para volver a nacer, para vivir lo que está ocurriendo como algo nuevo.
No sé cuándo nos volveremos a ver. Y cualquier cosa que diga para encontrar una respuesta confortable, a la vez que realista y esperanzadora, no hará otra cosa que dividirme por dentro y hacerme sentir en lucha y conflicto.
La verdad es que no sé. No sé lo que va a pasar, ni lo que haré, ni lo que tú vas a almorzar hoy, aunque hay altas probabilidades de que sea un frejol con arroz. La incertidumbre desconcierta, inquieta y preocupa, pero solo cuando quieres buscar seguridad en el futuro, y eso, veo yo que no existe.
Lo que sí sé, es que hay vida en ti y en mí. Sé que aprendemos, juntos, de nosotros, de la vida, de los caminos con espinas y de las quebradas anchas. Aprendemos al dormir y al andar, al dejar huellas y al borrarlas con la corriente del tiempo. Sé que te quiero y que este es el mejor día que ha existido para vivir. Sé que hay cargas por soltar y muchas más bromas por contar. Sé que hay mucho por escuchar, abrazos por dar y cielos por admirar. Sé que no nos necesitamos para ser felices, pero sé que saber que existes me hace feliz, o más que hacerme feliz, tu existencia es felicidad. Y lo mismo podría decir de Colleen, de mi mamá, de mi papá, de Ginóbili, de un manechi, de una orquídea, de tu gato muerde dedos y de las cascadas de Cuevas. La existencia de la vida es dicha pura, la simple existencia y ser parte de ella. Solo hay que reconocerla y reconocerte a ti mismo en ella, en ese fluir infinito.
Eres un niño grandote, que suda como chancho y saca fotos asombrosas. Eres una personita viva, con un corazón que late y un hígado que sufre de vez en cuando. Así pues, jrocotombea, zambardea y lorcea. Engulle y juega. Vive y bromea.
Y tal vez no sepamos cuando será la próxima vez que nos volvamos a juntar para hacer de las nuestras, pero sea cuando sea ese momento, es genial.
Y no me he equivocado al decir “Es” en lugar de “será”.



miércoles, 30 de marzo de 2016

Desde el Jardín

Huele a jazmín. El cielo está pálido, no hay nubes, pero tampoco hay azul. Sobre las tejas se extiende una capa verdosa que evidencia el paso del tiempo. Tiempo que no pasa o que se esfuma con la brisa, ese suave soplido que te abraza y mece a las plantas. Aquí el verde es abundante y deja un rastro de hojas caídas por el suelo.
Las fragancias se mezclan, las flores se abren y las sillas descansan, ofreciéndote un buen sitio del que observar todo el jardín.
Este es un jardín que sabe a eternidad. Aquí la niñez se respira en el ambiente, se palpan las risas que se dieron y las piernecillas que corrían entre las macetas. 
Y hoy, desde este jardín, me pregunto: ¿Por qué nunca es suficiente?
¿Por qué no basta estar aquí y ahora?, ¿por qué siempre queremos algo más?. Siempre hay algo más. La verdad, en ocasiones me encuentro deseando más cosas, más dinero, más zapatos y hasta más tiempo.
Muchas veces niego que esa ambición existe, digo que no está ahí, que yo estoy por encima de eso. Pero una vez más, toca desnudarme por dentro y bañarme en humildad. Y es que no estoy por encima de nadie ni de nada. Y durante la semana pasada sentí que nada era suficiente. No era suficiente jugar básquet con mi primo por primera vez en diez años, no era suficiente estar en este jardín mágico en el que viven mi abuelita y mi bisabuelita. No era suficiente escucharlas y desayunar juntos. No bastaba con dormir junto a una persona que amo, ni comer pomelos recién sacados del árbol.
Aun con todo eso, yo quería más, y ¿Qué era lo que quería? Simplemente más. Más tiempo, más momentos. No quería por nada del mundo que se me vaya este instante, que se vayan estas personas que quiero y los lugares en los que me hallo. Y aquí la cosa se pone aún más complicada. Porque lo que hay aquí tampoco basta. Aquí estarán mis primos, un hermano, un par de tíos, mis abuelas y la tierra en la que nací; pero a un millar de kilómetros al oeste, ya en terreno montañoso, habitan mi mamá, papá Toño, mis hermanos y nuestros amigos del Alto. Mas ahí tampoco termina el asunto, porque si salimos de Sudamérica y volamos a la península ibérica, nos encontramos a la Wallita, a mi papá, más tíos, más primos y amigos cultivados desde la adolescencia.
Y la única solución que se me ocurría a este conflicto, era la teletransportación, habilidad que todavía no poseo.
Y me enfurecía ver que el 1ro de junio hay un vuelo que me llevará a Estados Unidos, un vuelo que yo elegí reservar. Y me daba miedo cancelarlo, porque no quería perder ese dinero, porque tenía miedo a que el dinero se agote, porque en este momento no produzco billetes. Esa carencia de billetes también le añadía más hierro al asunto, porque sin billetes no podría regresar a Bolivia en el futuro, lo cual hacía de lo que estoy viviendo algo único e irrepetible. Y es curioso cómo las palabras “único” e “irrepetible” pueden tener un cariz negativo en esta circunstancia.
Y ya, para colmo de todo, no solo me preocupaba por mí, sino por lo que pensaran los demás acerca de mí. Yo no quería defraudarlos, quería estar con todos, compartir con todos, sin olvidarme de nadie, y me asustaba la idea de que alguno pensase que no me importaba o que no quisiera verlo.
Yo quería estar aquí y estar allá, con estos, con aquellos y con todos… Quería tanto, que incluso llegué a olvidar dónde estaba. Olvidé, una vez más de que ya estoy donde soñaba estar. Olvidé que hay comida en mi plato, calor en mi pecho y una cama en la que descansar.
A veces me han dicho que no me he ganado esta vida, que no he hecho nada para estar aquí, incluso yo me he sentido un tanto culpable por respirar gratis y caminar tan despreocupado.
Y desde aquí, desde este jardín, veo que la felicidad no está en el futuro. No está en lo que quieres hacer mañana, ni en el recuerdo de lo que hiciste ayer. No está en el contenido de tu cartera, ni en la gente que te rodea. Ni siquiera se encuentra en un jardín floreado obsequiando su aroma. La felicidad está en aceptar este momento, sin intentar cambiarlo, sin pretender añadirle algo más, tan solo aceptarlo y amarlo por lo que es.
Sin embargo, no tengo respuestas para ese vacío que sientes al estar lejos de alguien que amas. Lo que sí puedo decir, es que ese vacío, esa distancia, la sentía precisamente hacia las personas con las que estoy ahora. No extrañaba a los que están físicamente lejos, sino a los que están cerca, era precisamente a ellos a los que tenía miedo a perder, a dejar atrás. Tenía miedo al día de decir adiós. Pero ese día no es hoy, o tal vez lo sea, quizás no llegue o incluso puede que ya haya pasado. El miedo no era la distancia, sino el pensar sobre ésta. Y el miedo engendra ambición, esa ambición que desea retener lo que hay ahora, que busca de manera incansable la permanencia. Eso quería yo, agarrar este momento y no soltarlo, y haciendo eso, lo único que logré fue olvidarme de lo que realmente importa.
Todo para mí era limitado. Y la mayoría concibe así la vida, como algo que se agota. Tenemos miedo a que el tiempo se acabe, que el dinero se diluya, que las posesiones se gasten y que las personas se vayan. Sin embargo, todas las teorías espirituales hablan de que somos seres eternos, almas inagotables, espíritus ajenos al tiempo. Todos hablan de unicidad, de ausencia de separación, de carencia de límites… Pero, del dicho al hecho hay mucho trecho.
Yo mismo, en este blog he hablado de miles de cosas por el estilo. He hablado del vacío, de la eternidad y del alma. Pero lo que a veces me ocurre cuando leo algo que he escrito en el pasado, es que no me reconozco. Puede sonar raro, pero a veces me gusta leerme a mí mismo, sobre todo en momentos de mente nublada, y ver toda la claridad que rebozan esas palabras hace que me pregunte si fui yo el que las escribió.
Y la respuesta es no. No fui yo. No soy yo. No soy nada, y cuando dejo de buscar algo o ser alguien, siento que soy todo. Cuando eso ocurre, ya no falta tiempo, ni dinero, ni experiencias. Cuando te rindes y te abrazas, cuando dejas de tener miedo, vives. Y sientes que todo está dentro de ti y que tú estás en todo. Sientes que eres el día que madruga y la noche que se desvela, el oxígeno que entra y el dióxido de carbono que se expulsa. Y en tu corazón late una melodía, una que siempre canta y que nunca aburre, una canción que da vida y que la crea. Una flor que se abre y que se cierra, que nace y que muere, para volver a abrirse y otra vez marchitarse. Porque la vida es eso. Y cuando llega ese momento, amas, sin restricciones ni dudas. No falta nada, ni nadie. En este jardín están todos.
Y tú eres la hoja, la rama y la hormiga que navega por el tallo. Eres el caracol que se arrastra por lo húmedo y la estrella que se las apaña para brillar entre las nubes. Aunque también eres la nube, una blandita y esponjosa. Eres el abono de la tierra, el fruto verde y el que se pudre. Eres lo dulce y lo salado. Eres la paradoja de lo escrito e incluso, hasta eres el que escribe. Mas lo escrito, al igual que todo lo descrito, no te pertenece, ni nunca lo hará. Ni falta que hace, porque todo en ti está.



lunes, 28 de marzo de 2016

Carta a una amiga

Voy con un día de retraso. Ya estoy en el autobús, y éste, también va atrasado. Ahora mismo el enorme vehículo avanza más lento de lo que lo harían mis dos pies. En la vida, a menudo ocurre eso, que vamos más despacio de lo que pretendíamos o que sin darnos cuenta, ya hemos llegado. Da la impresión de que no hubiera un punto intermedio.
El tiempo es algo engorroso y estresante. Cuando creemos que tenemos mucho, nos invade cierto agobio y urgencia por aprovecharlo, porque no queremos que se nos vaya de las manos; mientras que cuando las manecillas del reloj nos presionan con premura, daríamos lo que fuera por un momento de pausa, por un pequeño espacio para poder respirar tranquilos.
Y sobre eso quiero hablarte hoy, querida amiga. Sobre el tiempo. No quiero darte consejos, ni a ti ni a nadie. No tengo respuestas ni ofrezco soluciones. Pero aun así quiero escribirte y decirte que hacerlo me llena de alegría.
Nos conocimos en un vehículo, uno mucho más pequeño que el que habito en este instante. ¿Cuántas eran las posibilidades de volver a vernos? Desde luego, no voy a ser yo el que las calcule. Después tú te fuiste, aunque volviste, y nos vimos una vez más, antes de que sea yo el que me vaya. ¡Qué lío! ¿Verdad?
Parece que haya pasado una eternidad desde que te vi por primera vez, pero al mismo tiempo, es como si hubiera sido hace un pestañeo, hace uno, nada más. Es tan relativo, el tiempo.
Yo por ejemplo, sigo quieto en este autobús, sin ninguna luz en el exterior y con la única pista de que afuera está lloviendo.
¿Sabes una cosa?
Me ha venido a la cabeza lo que me dijiste un día cuando te comenté que quería venir a Sudamérica. Sí, recuerdo que te dije que quería ver a mi mamá, recuerdo que te hablé de ella y de ese lejano sueño de venir a tierras sureñas. ¿Recuerdas cuál fue tu respuesta?
“Pues hazlo” Eso me dijiste. Así eres tú, esa es tu esencia. Fuiste quizás la primera persona que conocí, que se atrevía a considerar los sueños como algo real y completamente posible.
Y ahora estoy aquí, justo donde soñaba. Y sí, incluyo este bus atascado en el sueño. Fue contigo cuando empecé a descubrir que la realidad se construye soñando, se crea con cada pensamiento y cada latido.
Pero, ¿Sabes qué es lo más increíble de todo?
Que a veces olvido lo que acabo de decir y dejo de estar agradecido. Me preocupo, me vuelve el temor a la piel, me entran las prisas y las presiones.
Pero escuchar tu voz el otro día me devolvió de golpe al momento presente. Yo estaba lavando los platos y por una pequeña ventana, entre tejados y paredes vi un resquicio de cielo azul, algo verdaderamente hermoso.
Sentí gratitud una vez más. No sé cómo podemos vivir sin estar agradecidos. No sé cómo podemos olvidarnos del privilegio que significa respirar. Vi las rosas del jardín y las olí, una a una. Es increíble la delicadeza de sus pétalos y el contraste con sus aguerridas espinas. Vi gotitas de agua cubriendo cada brizna de hierba. Luego, esa tarde, acompañé a mi hermano a jugar baloncesto y disfruté como jabalí en el fango. Aullé, corrí, salté y no estuve muy acertado en mis tiros. Pero eso daba igual, mi hermano y yo estábamos en el mismo equipo y todos, en realidad, éramos parte de la misma escuadra. Disfruté mis canastas y las que metían mis supuestos contrincantes. Eso sí que era deporte, y era divertido y saludable.
Y después me llamó mi abuela, no la que está en España, sino la otra, una que vive aquí mismo. Y me dijo que podíamos alojarnos con ella en Santa Cruz. En ese momento no pude ni quise contener la emoción y me puse a llorar. Lloré de alegría y dije gracias hasta quedarme sin saliva. Se lo decía a mi abuela y al mundo entero.
Y es que no teníamos dónde quedarnos en Santa Cruz. No es que fuéramos parásitos en busca de un hospedaje. Es solo que si alguien te invita, con cariño en la voz, a quedarte en su casa, es algo bonito, algo que agradeces de corazón y que te abriga por dentro.
Después de colgar el teléfono, abracé a Colleen, porque quería hacerlo, pero también porque era lo más cercano que tenía en ese instante. Y ella se contagió de las lágrimas de alegría. Me dijo que había tenido una tarde un tanto estresante, pero que todo se borró en ese instante.
Bueno, con todo lo que te he dicho, te estarás preguntando qué tiene que ver esta historia contigo. Y lo único que se me ocurre decirte es que tiene todo que ver, porque todo lo mágico que ocurrió aquel día empezó con tu voz por la mañana. Fuiste tú la que hablaste, y yo el que escuché. Así empieza todo, escuchando. Tan solo hay que escuchar, y hacerlo de verdad, como lo hacía Momo, un librito que te recomiendo encarecidamente. No importa por donde empieces, da igual que escuches el canto de un pájaro o a tu mamá a la hora de la cena. Porque para escuchar de verdad, necesitas estar en silencio, y solo así, cuando ya no queda ningún ruido que distraiga, oímos al corazón, el corazón de la humanidad entera y de la vida en su totalidad. Escuchar al corazón es escucharte a ti y escuchar a todos los demás.
Así pues, el simple hecho de escuchar tu voz ha creado todo este texto. A lo cual solo puedo decir gracias, un gran GRACIAS, con todo mi ser y con infinito cariño.


P.D.: Al final, el autobús estuvo parado más de 13 horas y dejó de ser un sueño. Yo estaba tan agradecido escribiendo esto y después ¡ZAS! Calor, gente quejándose, camiones llenos de animales agonizantes, mosquitos, olores, todos parados durante ese tiempo. Pasé de la gratitud y la tranquilidad, al estrés. Dejé de disfrutar el momento y solo pensaba en el instante que lograríamos ponernos en marcha otra vez. Pero, siendo sincero una vez más, en esas 13 horas hubo tiempo para todo; Colleen y yo nos frustramos, nuestras nalgas quedaron planas, tuvimos sed, caminamos en busca de agua y tosimos el polvo de la carretera; pero también disfrutamos del paisaje, cuando nos olvidamos de nuestras quejas. Reímos, jugamos e hicimos acertijos. Y así, decir que el viaje en total duró 30 horas y que casi la mitad de ellas las pasamos estancados en un derrumbe, suena fatal; sin embargo, ahora viene al cuento algo que me dijo mi primo una vez. Según él, el sufrimiento no existe, es una invención mental; puede haber dolor, algo que se siente en este instante y que puede ser muy grande, pero que el sufrimiento viene por la anticipación a algo que no ha ocurrido, y por regodearte en algo que ya pasó, pero que en este momento no está pasando. Y para nosotros, fue cierto, sufrimos cuando pensábamos en las horas que llevábamos allí y en las que todavía quedaban para salir. Sentimos cansancio, hambre y sed, pero cuando dejamos de autocompadecernos y resistirnos a lo que estaba pasando, no digo que lo disfrutáramos, pero simplemente lo vivimos y fue, a su manera, una experiencia perfecta.