sábado, 11 de noviembre de 2017

Escuchándome

Hay una fina lluvia resbalando por todas partes, formando gotas gorditas, mojando de a poco, pero mojándolo todo. La humedad se mezcla con el aire frío. Las luces opacas de las farolas se funden con la niebla. El mundo respira tranquilo y el silencio se esparce sin prisas, escuchándolo todo.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero ya siento un profundo afecto hacia esta ciudad. Me gusta abrigarme y no saber si el cielo se despejará o no. Me gusta ver colinas verdes en el horizonte y escuchar acentos cantarines.
Los árboles ya empiezan a desnudarse, preparándose para el invierno. El invierno en el Norte. Me gusta decir que vivo en el Norte. Suena épico y desafiante.
Mis días transcurren sigilosos, escabulléndose entre fechas de calendario. Doy clases, hablo inglés, preparo guisos, lavo platos, me lavo los dientes y entreno básquet a unas horas un poco extrañas.
¿Qué más da lo que yo haga? ¿A quién le importa?
A mí me importa. Y con eso es suficiente. Toda vida importa, y a veces lo olvido. En ocasiones me pierdo en pensamientos, miedos y apariencias. Pero da igual las veces que crea estar perdido, al final uno siempre vuelve al camino. Y en el camino no hay nada bueno ni malo, no hay errores ni aciertos. La vida es el camino, ese camino que no lleva a ninguna parte y aun así merece la pena ser recorrido.
Hoy sentí ganas de estar en Bolivia de nuevo, me entró un enorme deseo de estar en Arubai y hacer más excursiones con niños en la naturaleza. Y al mismo tiempo sentí un cosquilleo con sabor a Valencia, y pasar tardes con Berni y Panchito, jugar básquet en plan relajado y nada oficial. Hoy sentí ganas de estar en muchos sitios y con muchas personas. Me sentí muy lejos de la mayoría, pero al mismo tiempo, tan solo pensar en ellos me hizo sentir cerca de todos. Los sentí aquí, en Lugo, Galicia, en esta esquinita de España, tierra de gaitas, pulpos y acantilados.
Hay sueños borboteando en mis venas. Sueños de viajes e historias, sueños de abrazos y cultivos fértiles. Sueños de un mundo nuevo, un mundo libre y en el que la libertad no da miedo. Cuando sueño, siento que vivo, siento que ya existe, y tengo la extraña certeza de que lo que me late por dentro es cierto.
Voy por la vida con cierta confianza. A veces tambaleo, tropiezo y caigo, pero confío. De algún modo confío en el corazón y no lo cuestiono. O bueno, sí, lo cuestiono, pero al final siempre me rindo y dejo de intentar entender lo que soy o lo que siento. Y cuando dejo de intentar entenderme, me escucho y me comprendo, y de repente, al comprenderme, lo comprendo todo. Entonces sonrío y acepto que no sé nada.
Hay tantas posibilidades. El mundo es un lienzo en blanco, sí que lo es. Da igual que creamos que ya todo está pintado, que ni siquiera hay espacio para una sola pincelada. En realidad todo está abierto al cambio.
Quiero escribir más, pero no sé qué. No tienes que excusarte, ni tampoco dar explicaciones.
Este blog, este espacio llamado Nací para Vivir es un lugar sagrado, es un templo de la sinceridad, un lugar en el que sentirse tranquilo de ser uno mismo sin temor alguno a ser juzgado. Aquí nadie te va a juzgar, y por nadie me refiero a mí mismo. Puedes decir lo que sientes, lo que te salga, y te aseguro que no va a pasar absolutamente nada.
En ese caso Sé libre. Abre tus alas, no tengas miedo a fallar canastas, no te preocupes por los puntos, ni por los minutos que jugarás el domingo. Relájate.
Estoy agradecido. Estoy vivo. Tengo alumnitos y alumnos grandotes. No enseñes inglés por dinero. No te preocupes por ahorrar. Lo que te sea necesario llegará. No te preocupes por lo que harás después, también te llegará solo. Las respuestas no llegan cuando las buscas, sino cuando no las esperas. Volverás a ver a Daniel, y tomar fotos del estoicismo de Berni. Volverás a escuchar críticas de tu mamá. Vas a ver a Guille de nuevo, y lo vas a abrazar y vas a hablar con él de miles de cosas y cientos de reflexiones. Un día vas a bucear con el Rafo por algún mar salado y cristalino.
Las personas dejarán de tirar plástico al mar y se darán cuenta de que los pececitos son importantes. Ese cambio empieza ahora, en mí. Con lo que yo tiro a la basura y la basura que evito producir. El cambio empieza en mis pensamientos, en lo que escribo y lo que digo. El nuevo mundo está en cómo camino y la atención que pongo a mis pasos.
Un día habrá una casita con huerto, huerto y jardín. Tal vez una canasta de básquet, ya veremos. Veo niños. Veo niños en el futuro, no sé si míos. Qué tonterías digo, por supuesto que no serán míos. Yo no tengo nada. Estoy chuto como en el río Wendá.
Estoy desnudo y mi nariz rebufa como caballo. Mis patas son fuertes y ágiles, mis crines revoltosas y mi pelaje suave. Mis ojos grandes y profundos. El espíritu, indomable, libre, siempre libre.




jueves, 19 de octubre de 2017

No seas tacaño

No hablo de dinero. No seas tacaño con tus sonrisas, ni con abrazos, gestos de cariño y palabras de ánimo.
Ha habido muchas ocasiones en las que me he sentido una mierda absoluta. Me he sentido perdido, que nada tenía sentido, que lo que hacía carecía de relevancia. He atravesado momentos de soledad, de aislamiento, de sufrimiento por el simple hecho de existir, momentos en los que todo mi mundo se resquebrajaba y en los que tan solo quería desaparecer y dejar este mundo torcido y complicado.
Pero, ¿Saben qué?
En mi vida me cuesta encontrar un recuerdo en el que tan solo haya habido dolor. Porque siempre, después de cada tormenta, cuando el cielo estaba más gris y oscuro que nunca, siempre ha habido algo o alguien que abría un rayito de luz en el horizonte, una estela que calienta, que atraviesa huesos y  hace cantar a los glóbulos rojos que lleva la sangre.
Y esa luz siempre ha llegado de un gesto inesperado de calidez y amor.
Hoy, por ejemplo, estaba preguntándome una vez más si es que soy un buen profesor. Estaba dudando de mí mismo, y para colmo, en medio de una de mis clases, se abre la puerta, y el director de la academia me pregunta si puede observar la clase unos minutos.
Me sentí expuesto, desnudo y petrificado. Tartamudeé un poco al continuar hablando a mis alumnos y con cara de pánico, le dije al director que estaba un poco nervioso. Él sonrió y me dijo que hiciera como si no estuviera ahí.
Al terminar la clase, bajé las escaleras y al encontrármelo en recepción me preguntó si tenía unos minutos para hablar con él. Le dije que sí, un poco asustado, pensando en qué me iba a decir de lo que observó…
Pero no, como una sonrisa (sincera en mi opinión) me dijo que mi manera de explicar las cosas le pareció fantástica.
-Explicas la gramática mejor que yo –fueron sus palabras, queriendo añadir algo de humor y quitándole hierro al asunto. –Estamos muy agradecidos de poder contar contigo.
Es un buen tipo. Veo que quiere hacer las cosas bien y tratar a las personas con cariño y respeto. Pero seguramente él no se imagina cuánto significan esas palabras parar mí.
No es que necesite a alguien que me diga cosas bonitas, que me dé palmaditas de aprobación en la espalda o que indique el camino que tengo que recorrer. Simplemente, hay veces en las que sientes que has perdido algo, que hay algo dentro de ti que no se siente bien, y es simplemente un regalo que la vida, en forma de persona, que te recuerden que vales la pena, que eres bueno y que las cosas están bien.
Puede parecer superficial, pero la conversación con el director me trajo sensaciones pasadas, recuerdos de abrazos de desconocidos, gestos de bondad en momentos inesperados e incluso en situaciones en las que creía que no los merecía.
En mi vida ha habido tantas personitas que han sido esa luz filtrándose entre nubarrones grises. Luz que te recuerda la propia luz que hay en ti, pero que a veces olvidas que ya la llevas dentro.
Por eso, desde aquí hago un llamamiento a no tacañear esos gestos. Por lo menos a mí, en ocasiones me ha dado vergüenza soltar una sonrisa o expresar gratitud, por miedo a cómo reaccionarían los demás. Pero, ¿Por qué privar a los demás de lo mejor de nosotros?
El amor es lo que somos y es lo mejor que tenemos. Y aun así, hay veces que elegimos guardarlo en lugar de expresarlo, soltarlo, dejar que vuele, nade y que inunde.
Hoy quiero agradecer a todos los que me han regalado gestos “pequeños” de amor. Desconocidos, amigos, familiares, animales, árboles, viento, lluvia, sol, luna, planeta, estrellas, ríos, mares… A todo lo que vive y a toda la vida, gracias, de todo corazón. Gracias por estar ahí, por estar en mí.

No te guardes sonrisas, no esquives miradas, no vayas nunca con tanta prisa como para perderte la oportunidad de regalar un poquito de amor. Es ahí donde se escribe una nueva historia para el mundo, en lo cotidiano, en lo que vivimos día a día. Que el amor sea la tinta que dé forma a esta historia.


jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Cuál es tu cosa favorita en La Tierra?

No se trata de inspirar a nadie, tampoco de ayudar a otros, sentirte útil o encontrar algo que te haga feliz.
Tan solo hay que dejarse ser uno mismo. Esa es quizás la tarea más difícil y sencilla, ser uno mismo.
¿Qué carajo significa ser uno mismo?
Yo me he rajado el coco intentando averiguarlo. Me decía que tenía que hacer esto o pensar aquello, porque eso era ser yo mismo. Me he repetido que yo soy de esta manera o de tal otra, y que tengo que actuar acorde a esos parámetros, sintiéndome decepcionado y culpable cuando no los cumplo.
Pero hoy, hoy admití que estaba completamente solo. Después de una noche sin dormir y un vuelo de ocho horas viendo cinco películas, me sentí en paz con mi soledad y con la incapacidad que tengo para describirme.
Solo quiero decirte, a ti, que si quieres, puedes dejar de intentar ser algo, cualquier cosa, y limitarte a ser nada, absolutamente nada.
Yo entré en ese estado hoy, que al principio catalogué de apatía, porque era como que ya nada me importaba. Daba igual que el avión se estrellase, que mi cuerpo se destroce, que no tenga alojamiento esta noche. Todas las preocupaciones acerca del futuro, las imágenes construidas en el pasado, los recuerdos, las expectativas, los planes y los miedos, todo era insignificante, o mejor dicho, inexistente.
Yo tan solo existía para estar postrado en un asiento, con los ojos clavados en una pantalla y los oídos un tanto doloridos por la presión atmosférica.
Pero de repente, me entró hambre, y saqué mi kilo de maní para picar mientras veía mi cuarta película. En cuanto me disponía a dar el primer bocado, la señora de mi lado me extendió la mano y me sonrío con timidez, indicando que ella también quería maní.
Juro por Ginóbili y Patty Mills que me sentí tan feliz en ese momento. Ofrecerle la bolsa abierta y ver cómo los dientes de la señora crujían con los manises me llenaba de una euforia irracional.
-¡Sí, Joder! ¡De esto se trata carajo! –me decía por dentro.
Esa señora tenía un velo en su cabeza, no hablaba una palabra de español y escuchaba canciones del Corán mientras yo veía King Kong. En teoría no teníamos nada en común, pero allí estábamos, compartiendo una bolsa de manís, con una inexplicable complicidad, sonriendo como si fuéramos parientes.
Y después de eso vi mi quinta película, una que me llegó al corazoncito y que viví muy intensamente. De la película tan solo quiero decirte una pregunta: ¿Cuál es tu cosa favorita en La Tierra?
¡Qué pregunta tan hermosa! Me inspira tantas posibles respuestas, pero más que responder, la cuestión en sí me excita, me hace calentar la sangre y sentir que estoy flotando en una nube de algodonosas semillas de toborochi. No hace falta contestar nada, porque al menos yo, no puedo elegir una cosa favorita de La Tierra. Te podría decir bañarme en un río cristalino, observar un colibrí, comer guisos a la leña, escuchar una historia, reír y llorar al mismo tiempo… Hay tantas cosas que disfruto de esta vida, que es precisamente por eso que me parece tan genial esa pregunta. Porque al menos a mí, me llevó a todos los lugares, personitas, seres vivos y experiencias que hacen borbotear el alma. Y no puedo elegir ninguno de ellos.
Al salir del avión y hacer la cola para pasar por migración me empecé a matar de risa, yo solito, en medio de toda esa gente, me empecé a reír. Porque me di cuenta de que no tenía que hacer nada por nadie, ni siquiera por mí mismo, no tenía que hacer nada, ni ser nadie. Y de esa nada, siendo nadie, emergió una profunda libertad expresada en carcajadas y lagrimitas que no podían ser contenidas. ¡No sé cómo te puedo expresar el éxtasis que es llorar y reír al mismo tiempo!
Y ahora viene la parte complicada del asunto, intentar describir esa sensación indescriptible, esa revelación de claridad, ese momento eterno. No se puede, las palabras no llegan, pero aun así, el alma se expresa y aunque no tenga voz, hace eco. Y de toda esa gente, de todos esos peinados y ropajes, de todos los idiomas hablados y experiencias vividas, no había un “yo” y un “los demás”, tan solo había vida, y yo podía sentirla toda. Y la vida no puede hacer algo por otro, porque se lo está haciendo a sí misma, y al hacérselo a sí misma se lo está haciendo a los demás. Tan solo se puede expresar con contradicción, pero contradicción aparente, contradicción para la cabeza que analiza y la mente que procesa, ya que la esencia de la vida no está hecha para entenderse.
No sé lo que tú tienes que hacer, pero sé que encontrarás tu camino, porque ya estás en él, porque no puedes salirte de él, porque no hay camino, porque lo creas al andar, y el andar te lleva a donde sientes ir. Como escuché una vez: cuando aceptas la incertidumbre del camino, éste se convierte en una aventura.
No hay nada que perder, ni nada que lamentar. Hay en cambio, árboles cubiertos en musgo, de troncos añejos y raíces que inspiran sabiduría. Hay abejas que beben sudor y ríos que arrastran arena. Hay sueños que emergen invisibles, que se filtran entre poros y fluyen por la sangre, llegando hasta las uñas de los dedos gordos de los pies, impregnando de rocío el pasto fresco.  
La vida está aquí, respirando en este instante, dentro de ti. ¿Cuál es tu cosa favorita de esta vida?


miércoles, 23 de agosto de 2017

Carta al Miedo

Querido miedo:
Hoy te he vuelto a sentir y en maneras muy diversas.
Empezaste a abrirte paso con sabor a nostalgia, una que vino prematura, ya que todavía no hay nada que extrañar. Aún estoy en Bolivia, pero ya empiezo a ver el final de esta travesía.
Ya he atravesado el punto medio de mi estadía y al mirar la vista atrás veo detalles más que días, semanas o viajes. Veo risas de hermanos, escucho tenedores rozarse con cuchillos, agua escurriendo sobre platos, guisos hirviendo y manos cargando bolsas de Hipermaxi.
Venir a Bolivia ha sido olvidarme del resto del mundo, de todo lo que había hecho antes. Es como estar en otro planeta, o mejor dicho, viviendo otra vida. Al principio las avenidas me aterrorizaban, ciertos olores me chocaban y los acentos me divertían. Ahora cruzo andando con confianza, con un camión a dos metros. Mi olor es distinto, ya que se ha vestido de casa de mamá, vientos de sur y polvo. Y por supuesto, ahora mi lengua se suelta en expresiones cruceñas y me siento orgulloso cuando la gente me dice que mi acento no ha cambiado nada, salvo por los “vales” y “hostias” que ya tengo integrados.
Ya estaba empezando a armar mi rutina, disfrutando de los quehaceres de la casa, bañándome en la piscina antes de cocinar y dando paseos por la noche con mi mamá. Me comenzaba a sentir cómodo y relajado, en casa. Pero ahora, resulta que me voy de aventura, creo que una de las de verdad. Tanto así, que tengo la sensación de que no sé si volveré. Supongo que exagero, que soy un tanto dramático y cobarde, y que dentro de mí, claro que espero regresar, y volver cambiado, para compartir todo lo que captaron mis ojos y palparon mis manos.
En esta aventura también estás presente, querido miedo. Y es que voy a la selva, a un lugar donde se respira verde y en el que navegaré por ríos de verdad. Dentro de mí te mezclas con ilusión y ganas de descubrimiento.
Pero más allá de los peligros que pudieran surgir en la aventura, me asusta que al regresar ya solo me quedarán dos semanas. Me da miedo de emprender este viaje, porque esto ya significa entrar a la recta final antes de cruzar el Atlántico una vez más.
Y ahí, esperándome del otro lado, estás tú otra vez, miedo. Aguardando a que llegue, en forma de las ya clásicas preguntas: ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo voy a hacerlo? ¿A dónde estoy yendo? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Y si esta vez no todo sale bien?
Porque siento que en mi vida, he sido y soy tremendamente afortunado. Siempre que repaso lo que me ha ocurrido, no puedo encontrar motivos de queja, pero sí cientos de razones para estar agradecido por cada instante que he respirado en este mundo.
Pero tú te escabulles en esa misma sensación de fortuna, haciendo que me pregunte qué pasaría si esta vez no tengo tanta suerte.
Me da flojera volver a enviar currículums, contactar academias, sentirme insignificante, poco capaz y tener que lidiar con todo lo que conlleva empezar de nuevo, menos de un año después.
Es como que da igual lo que haga, tú siempre vuelves y yo siempre te recibo con marcado rechazo.
No tengo métodos para evitarte y nunca te he podido expulsar por la fuerza. Tú vienes, entras, haces tu trabajo y cuando menos me lo espero, ya te has ido, sin siquiera despedirte. Es una relación curiosa la que tenemos tú y yo.
Pero bueno, aquí estoy, escribiéndote.
Como en cada una de tus visitas, estás en mi pasado y en mi futuro, en lo que fue y en lo que podría ser, en las posibilidades del mañana y la nostalgia del ayer. Pero aquí, aquí mismo, en esta habitación, en el movimiento de mis dedos y en el pelo acariciando mis orejas, no estás.
Creo que ya estoy llegando al punto en el que te acepto, y me acepto a mí mismo contigo. Ese momento en el que me rindo a tu presencia, suelto una risita y continúo andando, sin culparme por tenerte conmigo.
Tal vez nunca has estado fuera, quizás no seas un visitante. Tal vez esta carta no esté escrita a alguien ajeno, sino a mí mismo.
Tengo miedo a la muerte, a lo que vendrá con ésta. Tengo miedo a que en la muerte no haya redención, y que morir no sea dejar de ser gota para fundirte en el océano. Tengo miedo a que mi esperanza en el mundo sea en vano, a que al final, después de todo, nos terminemos matando unos a otros. Tengo miedo a cosas grandes y trascendentales, y también miedos chiquitos y egoístas, como no llegar a ser reconocido o nunca publicar un libro. También tengo miedo a no ser lo suficientemente bueno, a rendirme demasiado fácil, a perder el tiempo, a tomar decisiones de las que me arrepienta, a complicarme la cabeza con trivialidades y perderme amaneceres por estar demasiado distraído.
El miedo está en mí y también en mi interior, hay amor. Hay amor hacia todo, incluso al miedo. Y sí, el miedo me detiene por momentos, me arranca lágrimas y me hace caer pelos. El amor me impulsa, me hace sentir magia y cosquilleos, me llena y me desinfla.
En mi vida parece haber mucha contradicción, una auténtica batalla por dentro. A veces me siento un auténtico loco, me siento solo y perdido. En otras ocasiones me siento seguro, valiente, decidido, con fuego en la mirada. Me siento león y renacuajo, mar y montaña, olas y roca, pasto y arena.
Tengo nudos en la garganta, palabras que se atascan, sueños que vuelan.
Por momentos me gustaría que más personas se sintieran como yo. Y en otros instantes sé que los demás experimentan lo mismo. No soy único, aunque a veces quiera serlo. Pero sí que lo soy, como todos lo somos. 
Sé que estoy vivo por un motivo, uno que no tiene por qué ser algo específico y que no tengo por qué descubrir. Basta con saber que la vida tiene sentido. De algún modo, lo tiene.
Siempre llego al mismo punto, a esa conclusión que no concluye nada, sino más bien que deja todo abierto.
A veces me avergüenza repetirme y que la gente me juzgue por ello. Pero bueno, podemos añadir “repetitivo” a la lista de adjetivos con los que definirme. Aunque en realidad, ningún adjetivo lo hace. No soy una lista de calificativos, por mucho que a veces quiera convencerme de ello. Nadie lo es, por si acaso tú también tengas la tendencia a creerte algo parecido.
No tengo muy claro quién soy. Pero sé que nací para vivir. Vine a este mundo para expresar la chispa de vida que llevo dentro y compartir esos latidos con los demás.
Está bien escribirle cartas al miedo y tener días en los que dudas de todo, incluso de tu corazón. Como decía Gandalf: No todo lo que es oro reluce, ni todo el que anda errante anda perdido.

P.D: Al final no habrá aventura en la selva. ¿Ves la ironía de todo querido miedo?

Sin embargo, no me siento triste. De algún modo, sé que ya se dará la oportunidad de vivir esa experiencia.



lunes, 14 de agosto de 2017

Bárbaros. Salvajes. Familia.

El viaje se gestó improvisando, abriendo senda por donde se podía, avanzando a trompicones y sin saber muy bien a dónde se llegaría. Lo único que estaba claro era que el viaje se realizaría.
Sin embargo, hasta el último momento, hubo la posibilidad de echarnos atrás y desempacar las mochilas.
Pero no. Después de horas de espera, buscando culpables, mirando el reloj y riendo con cierta amargura, el transporte llegó. Y así, emprendimos camino.
Justo el día anterior a partir, yo había pronunciado un discurso acerca de la belleza de la imperfección y la importancia de aceptarnos tal como somos. Nadie me dijo que iba a poder vivir en mi propia piel aquel discurso tan solo un día después.
Fuimos recorriendo curvas, serpenteando entre montañas, hasta llegar al pueblito que nos alojaría durante dos noches de luna llena.
Allí comimos queso sin tomate, y con bicarbonato en vez de sal. Subimos caminos entre pinos, persiguiendo al sol a medida que éste descendía. Corrimos, gritamos, tropezamos, hablamos y callamos.
Perdimos llaves, buscamos responsables, hallamos soluciones. Sentimos hambre, buscamos aromas a pizza, pero no pudimos degustarla. Regresamos, frustrados. Preparamos fideos, cansados, y los saboreamos, igualmente. Escuchamos relatos con atención, con ese gozo espontaneo que brota de una historia bien contada.
Dormimos y despertamos, unos más pronto que otros. Desayunamos, observamos colinas un tanto peladas, nos entretuvimos sin hacer demasiado y de repente, ya era mediodía. Coordinar y planear para ocho se hacía un poco complicado y cansador.
Al final salimos, buscamos pan y no lo encontramos. Pero sí que conseguimos arepas y empanadas veganas a precio astronómico. Me derrumbé, mi cabeza se saturó y dejé de intentar sacar el paseo hacia adelante.
Pero cuando uno cae, otro se levanta. Porque así funcionan los equipos. Eso me dijo mi primo.
Y seguimos, nos embutimos en un vehículo y nos descomprimimos para recorrer un río poblado por sanguijuelas, líquenes y vientos cantarines. En poco tiempo perdimos el refinamiento y nos dejaron de importar las alimañas que pudieran trepar nuestras piernas. Y caminamos, con el cielo azul encima nuestro, con algún que otro tajibo exhibiendo puntitos rosas en las laderas.
Nos bañamos en aguas turbias, gritamos, nos ensuciamos y sudamos con olor a comino.
Volvía a haber calma, y también hambre. Y la idea de una buena pizzeada volvía a hacer eco en las tripas. Pero surgió otro inconveniente, uno que siempre incomoda, al menos a mí. El del dinero. Yo quería invitar, pero no llevé suficiente.
Me frustré por tener billetitos en una cartera y haberlos dejado guardados para alguna ocasión que no se sabe si vendrá. Faltaban billetes y había que hacer malabares si queríamos comer pizza. Sonaba mucho más razonable quedarnos en la cabaña y preparar una comida casera. Pero las voces rogaban queso derretido, masa crocante y tomate empapándolo todo.
Decidimos varias veces ir, y varias veces decidimos quedarnos, todo esto desde la sala de la cabaña, sin hacer en realidad nada. Tan solo alzando la voz, cada cual con su opinión, y cada opinión en desconexión con las demás. Hasta que por fin se impuso el veredicto de salir.
Y fuimos. Y pedimos 6 pizzas. Y nos sentamos, observando cómo llegaban, una por una. Parecía mucho, pero al final, trocito a trocito, rompiendo unos cuantos vasos de por medio, nos terminamos hasta el último grano de choclo.
Así contentos, volvimos a la cabaña. Dentro de mí yo decía que por fin la historia terminaba bien.
Pero luego jugamos cartas. Y al principio yo ganaba, celebraba, mi ego se hinchaba. No obstante, todo lo que sube, baja. Y las siguientes partidas fueron miserables, y se me hacían la burla. La rabia crecía en mí. La adrenalina brotaba y cuanto más competitivo me ponía, peor me iba en el juego, hasta que lo inevitable sucedió y perdí de manera horrible.
Subí las escaleras, me lavé los dientes y la cara, me tiré en la cama, me cubrí con un buen puñado de mantas y acepté mi derrota, mi rabia y mi frustración por creerme por encima de la ésta.
A la mañana siguiente desperté temprano y saqué gusanos de berenjenas, mientras observaba al sol desperezarse a través de la ventana. Puse lentejas a cocer, y fuimos echando verduras hasta llenar la olla, dejando cocer el guiso sin tapa.
Hicimos arroz y adquirió un sabor a quemado que quedó delicioso. Comí tres platos y mi barriga se hinchó como una pelota. Pero no fui yo el que más engulló, ya que uno de mis hermanos comió y devoró hasta terminar la ollada de comida, todo por demostrar que podía hacerlo.
Así, con lentejas borboteando por las orejas, emprendimos camino hasta nuestra última parada. Nos dirigíamos a ese mágico lugar que trae recuerdos de infancia, por el que fluyen ríos sobre arenas rojizas y del emergen cascadas que esculpen la roca.
Andamos, y seguimos andando, cargando con trescientos bultos, abriéndonos paso entre alambres de púas y cacas de vaca. Seguimos el río, sin rumbo fijo, tan solo avanzando, movidos por la curiosidad de saber lo que se escondería detrás de la siguiente curva.
Hasta que llegamos a una playa que se abría en un codo de la corriente. Allí había un tronco caído que confería al lugar la apariencia de una isla en la que más de un náufrago había encontrado refugio.
Pero más allá de la playa, se alzaba un cañón de rocas resbalosas y en su interior fluía el río, estrechándose cada vez más, hasta formar un pozo oscuro y profundo, de apariencia tenebrosa. Y más allá todavía, atravesando el cañón y el pozo tenebroso, estaba lo desconocido.
En el camino habíamos abandonado nuestras mochilas, y con nosotros tan solo llevábamos lo puesto, los que teníamos algo puesto. Atrás quedaban las cámaras, teléfonos y dinero para retornar a la ciudad. Delante nuestro, la aventura nos llamaba. Las montañas nos cantaban canciones para que siguiéramos y las ranas del agua hacían de coro en las melodías.
Así, cruzamos, uno por uno, ya que aquella era una prueba que debíamos afrontar solos. Nos lanzamos al pozo oscuro y tenebroso, y nadamos, brazada a brazada, gritando, con el corazón latiendo y los pies pataleando, hasta llegar al otro lado. Atravesar ese pozo era muy importante para mí y creo que para todos. Era un reto, una de esas oportunidades para enfrentar miedos y nadar sin saber lo que esconde el agua. Cruzar aquel pozo, era, de algún modo, dejar atrás el pasado y empezar de nuevo, confiando en que llegaríamos.
Y llegamos. A pesar de todo, o gracias a todo. Llegamos. Llegamos con discusiones, sudor en los sobacos, desorden, falta de plata, peleas, insultos y hambre.

Después, comimos mote con queso. Nos bañamos como bárbaros salvajes y luego volvimos, juntos, en familia.



sábado, 5 de agosto de 2017

26

Queridos amigos y familiares. Queridos seres humanos de todo el planeta. Queridos peces de río y criaturas del mar, alimañas de tierra y seres alados, árboles grandes, arbustos silvestres, gracias a todos por estar aquí.
Hace tres años empecé esta tradición de escribir algo cada 4 de agosto. Acabo de leer los tres textos anteriores y me ha revuelto emociones ver todo lo que estaba experimentando en cada uno de esos momentos.
Hace tres años dejé la universidad. Hace dos estaba a punto de emprender mi viaje por las Américas. El año pasado estaba en la casa del río de Ohio, disfrutando de unos super fideos con berenjena.
Hoy vuelvo a estar por el continente Americano, en el corazón de éste. Por primera vez en más de una década, mi cuerpo celebrará su vuelta al sol desde la tierra en la que nací.
No puedo expresar la gratitud ni el cariño que siento hacia este lugar y las personas que hoy escuchan estas palabras. No puedo expresar lo afortunado que soy, en tantos sentidos.
Por eso me sentiría ridículo pidiéndoles algo más de lo que ya me dan todos ustedes.
Siento que en esta vida he recibido tanto, de tantas personitas distintas, todas ellas dispuestas a tenderme una mano, a prestar un oído, a dar un abrazo, o por qué no, a darme dinerito cuando lo necesitaba.
Con el tiempo he aprendido que no puedes hacer nada solo. Aunque no quieras, aunque a veces nos resistamos a aceptarlo, estamos todos entrelazados, compartiendo latidos, trenzando raíces, nuestras ramas mezclándose, nuestros pulmones absorbiendo el mismo aire.
Eso me hace sentir cosquillas en lo más profundo de mi ser. Saber que estamos juntos, que nada está aislado, que existe un mar común desde el que mana la vida y que todos volveremos a esa fuente, o que mejor dicho, llevamos esa fuente dentro, en cada creación, en cada paso que damos. Ojalá las palabras pudieran transmitir el amor que alberga mi pecho.
Es una sensación rara la que hay ahí dentro. Es como si hubiera mil volcanes a punto de estallar, es como un viento que te sacude, que te mueve y te refresca. Pero al mismo tiempo, también siento la quietud de un desierto en mí, una certeza serena, como el tintineo de las estrellas, como un riachuelo que despacito se abre camino entre la roca, sabiendo que inequívocamente, llegará a su destino, porque su destino está en él.
Y en este día especial, este día que es especial gracias a ustedes, quiero hacer un brindis. Hoy quiero brindar por la imperfección.
Hoy quiero brindar por las rodillas torcidas, por los codos arrugados, por los callos en los talones, por los juanetes. Quiero brindar por los berrinches, por los comentarios mezquinos, por el egoísmo que te impulsa a comer más torta que los demás. Quiero brindar por nuestros miedos más profundos y trascendentales, y también por los miedos chiquitos. Brindemos por la tristeza que albergamos, por la vulnerabilidad de nuestra piel y la fragilidad de nuestros cuerpos.
Y no quiero hacer ese brindis porque sea un bastardo masoquista asqueroso. Es todo lo contrario, quiero brindar porque todo lo anterior es parte de nosotros.
Nuestros cuerpos no son perfectos, por mucho que queramos engañarnos con los estereotipos de belleza que hemos creado. Nuestras cabecitas no son computadoras robóticas, lógicas y templadas. Nuestras vidas no son caminos de rosas, ni cuentos de hadas.
Nuestra naturaleza no se expresa en trajes impecablemente planchados. Nuestra esencia no está en la eficiencia con que realicemos cálculos, o ajustemos cuentas. Nuestra fuerza no reside en los billetes que generamos, o las propiedades que tengan nuestro nombre.
La fuerza de la vida reside en su desnudez, en la simple e imparable belleza de la vulnerabilidad.
Por eso, aunque hoy tenga puesto un short y una polera, en realidad estoy desnudo ante ustedes. Y así, desde ese corazón al descubierto, surgen estas palabras.
Hoy quiero hacer una invitación al mundo entero a desnudarse, y sentir que está bien mostrarte débil y frágil, torpe, descoordinado e ingenuo. Está bien equivocarse, pasarse con la sal en las comidas, olvidarte de fechas límite, o tener un moquito colgando de la nariz.
Está bien porque así somos. Todos, sin importar nuestra edad, procedencia o circunstancias, somos cachorritos descubriendo este mundo.
Antes, me gustaba decir que había que vivir cada día como si fuera el último. Hoy quiero proponer algo distinto, ¿Qué tal si este fuera nuestro primer día de vida?
Qué tal si este es tan solo el comienzo. ¿Y si todo es posible? ¿Y si la vida es en realidad un lienzo en blanco?
No lo es. Todos hemos ya saturado ese lienzo, de una u otra manera, y en él apenas queda espacio para colorear nada. Pero en realidad, sin importar lo que hayamos pintado hasta ahora, en este instante siempre está latente la posibilidad de empezar de nuevo. Quizás, más que un lienzo en blanco, la vida sea un único lienzo en el que todo queda plasmado, pero que al mismo tiempo, en cada respiración, cada pincelada es borrada, renovándose, dando espacio para empezar otra vez. Algo así como las huellas que dejamos en la arena, que con cada ola se difuminan hasta desaparecer y dar paso a algo nuevo.
Somos pues, cachorritos, personitas. Me gusta, me divierte y me conmueve sentir eso. Vernos como seres llenos de vida, cada cual con sus propias particularidades, talentos, dificultades y tropiezos, todos aprendiendo, evolucionando, sacando la lengua, revolviéndonos sobre hierba húmeda, ensuciándonos las patas, haciéndonos heridas, lamiéndolas, dejando que sequen y cantándoles canciones de ranas para que curen.
No puedo dejar de creer en nosotros, sencillamente no puedo hacerlo. Y no puedo, porque escucho nuestros corazones y nuestras mandíbulas masticando. Puedo ver las miradas humanas y las miles de sonrisas que expresan, unas resplandecientes, otras sin dientes, pero todas, a su manera, perfectas.
Y esa perfección no reside en la forma o apariencia, sino en la esencia, en ese algo invisible que vibra y canta, como una melodía, una que brota de las cuerdas de un violín, uno que hace eco y al que acompañan cientos de voces. Voces que cantan acerca de la vida y la muerte, juntas danzando en armonía, al son de unos tambores que retumban y te invitan a saltar y a buscar a alguien a quien abrazar, y mirar a los ojos y decir gracias. Y en medio de la música, los poros se abren y el sudor salpica, las risas escupen, las barrigas truenan. Y la comida llega, comida de la tierra, comida nuestra y de todos. Las bocas se abren, los sabores se mezclan, las muelas trituran, las narices resoplan, contentas.

Gracias por hacer de esta vida algo tan mágico y especial.


viernes, 28 de julio de 2017

EX

Hoy desperté sobresaltado. Tuve un sueño con mi ex…
En primer lugar, no me gusta esa palabra: “ex”. No me gusta porque en mi vida solo hay dos personas a las que podría otorgarle ese título, pero tan solo utilizo ese término para referirme a una de ellas.
“Ex” me suena a lejano, impersonal, dos letras que reflejan algo que se perdió y que ya no está. No me gusta esa palabra, pero menos me gusta utilizarla y que me salga de manera natural cuando hablo de la persona con la que tuve el sueño anoche.
No hablo con esa persona desde hace tres años y medio, pero casi siempre que la menciono es para recalcar lo diferentes que éramos y de cómo esa relación no iba a ninguna parte desde el principio. Además, cuando surge una conversación acerca de ella, no voy a mentir, lo hace en un tono sarcástico y burlón, centrado únicamente en mi versión de la historia.
Pero hoy, después de ese sueño, he sentido la necesidad de comunicarme con ella.
Así que, por si algún enrevesado capricho de la vida hace que acabes leyendo esto, estas palabras son para ti:
En primer lugar, lo siento. Lo siento de verdad. Es algo que nunca te dije cuando separamos nuestros caminos. Estoy seguro de que tomé la decisión correcta, no solo para mí, sino para los dos, por la sencilla razón de que yo ya no podía dar todo mi ser en la relación que teníamos; y en la vida he aprendido que algo solo puede florecer cuando te entregas con todo lo que tienes.
No te pido disculpas porque nuestra relación terminase, lo hago por lo que vino después. Siento que en los años que vinieron luego no he sabido valorar lo que tuvimos, ni honrarte en mi memoria.
La verdad es que conocerte me llenó el corazón de esperanza. Apareciste en un momento en el que me sentía muy solo, y en el que no estaba listo para afrontar esa soledad. Entraste en mi vida como un soplo de aire fresco, y todo me parecía fascinante en ti; tu nacionalidad, tu cultura, tu familia, tu manera de entender la cocina, la carrera que estudiabas. Fue un placer conocerte e irte descubriendo.
Recuerdo que al principio nunca discutíamos, y eso me extrañaba, tanto así, que un día le dije a un amigo que estaba deseando que tuviéramos nuestra primera pelea, tan solo para asegurarme de que lo que teníamos era real.
Y ese día llego. Y no fue una discusión, sino varias, por diversos temas. Creo que es justo decir que los dos nos atrincherábamos en nuestras fortalezas, y desde ahí pretendíamos convencer al otro de nuestra opinión. Esas discusiones nos desgastaban, como gotitas de agua que se derraman sobre una roca, hasta partirla.
Uno de los temas principales de discusión fueron los celos. Los dos los padecimos, pero solo puedo hacerme responsable de mis acciones, así que por eso, también lo siento. Siento haberte juzgado y haberme obsesionado con las personas que vinieron antes que yo. Siento haber sido tan egoísta y haber tenido tan poca confianza en mí mismo como para exigirte haber sido el único en tu vida y en tu corazón. Siento haber volcado mis propias inseguridades en ti y no haberte tratado con todo el cariño que merecías.
Yo tenía mucho por aprender en aquel entonces, y ahora incluso más. Pero comprendí valiosas lecciones contigo. Siempre voy a recordar esa tarde en la que yo te estaba dando una de mis charlas acerca de cómo cambiar el mundo, presumiendo de mis códigos morales y de que mi mayor prioridad en la vida era ayudar a los demás; y de repente, en medio de mi cháchara, tú te metiste a la avenida y te acercaste a un coche que estaba parado. Su conductor estaba fuera, intentando empujarlo, y tú, con total naturalidad, te ofreciste a ayudarlo. Después de sonreír con ironía, yo también me uní a la faena y el tipo pudo meterse de nuevo al auto y ponerlo en marcha.
Sin embargo, el momento por el que más te agradezco, llegó después. Era una mañana de principios de verano. El curso universitario había terminado y yo acababa de suspender 7 asignaturas. Estaba echado en tu sofá, cabizbajo y pensativo, y cuando me preguntaste qué pasaba, intenté resistirme y decirte que todo estaba bien. Pero claro, tú insististe, y al final, después de un gran suspiro, te dije que sentía que yo no valía la pena. Me empezaron a brotar riachuelos de los ojos y saqué todo lo que llevaba dentro; te hablé de mi miedo a ser considerado tan solo un número, y que si hablábamos de números, yo era un fracaso. Te hablé del sentimiento de mediocridad que me envolvía, te dije que nunca en mi vida había destacado, que siempre me había quedado a medias. Te conté mis miedos a ser juzgado y a ser considerado como alguien insignificante, pero sobre todo, te hablé de ese profundo temor a que el mundo no pudiera ver que yo era más que una persona que suspendía 7 asignaturas en un semestre. Y tú me dijiste que ya era mucho más que eso. Me miraste a los ojos, sujetaste mis manos y me dijiste que era un chico con un corazón bueno, que quería hacer el bien y que era sensible al sufrimiento de las personas. Me dijiste que daba lo mejor de mí a la gente que conocía, y que mi alegría y energía contagiaban a los demás.
Aquel día, quizás sembraste la primera semillita que me hizo dar cuenta de que las notas de la universidad no eran lo más importante en la vida.
Aunque no quisiera, eres parte de mí. Pero, ¿Sabes qué? Quiero, y te lo agradezco.
No sé qué estarás haciendo en tu vida, qué caminos estarás recorriendo o con qué personitas estarás compartiendo tus días. No sé si te volveré a ver, o si algún día volveremos a hablar, pero necesitaba decirte esto.
Además, creo que al principio no fui del todo sincero cuando dije que estas palabras eran para ti, porque en definitiva, también son para mí.
Creo que después de este relato, no necesitaré volver a referirme a ti como “ex”. Tu nombre basta, y suena mucho más bonito.

Ojalá que tu corazón siga retumbando con fuerza y que en él no lleves cargas, sino entusiasmo y ligereza.