viernes, 5 de junio de 2015

¿Cómo elegir el mejor helado?

La vida actual se podría definir como una acumulación de experiencias, y dado que partimos de la primicia de que nuestro tiempo en esta vida es limitado, es frecuente pensar que cuantas más experiencias tengamos, más rica será la existencia.
¿A qué me refiero por experiencias? A los trofeos –literales y metafóricos –que  acumulamos en nuestras estanterías, a las relaciones humanas que cultivamos, a las historias que contamos después de los viajes, a las competiciones deportivas en las que participamos, a los trabajos que realizamos y los títulos que ostentamos. Todo aquello va a conformar nuestras experiencias, y si nos aventuramos a indagar un poco más, nos podemos dar cuenta de que esas experiencias también conforman nuestra identidad.
El tiempo es un factor importante en esta ecuación, ya que también ejerce el rol de las manecillas de un reloj haciendo “tic tac” en nuestros oídos, recordándonos que los segundos se están escurriendo entre nuestras manos, lo cual hace que tensionemos las mandíbulas y sintamos la necesidad de apretar el acelerador, para llegar más lejos, en el menor tiempo posible.
Tal vez por eso cada vez queremos ir más rápido; sobre cuatro ruedas antes que a pie, mejor si es con alas motorizadas. Se vive con prisa, porque hay que terminar la universidad antes de los 22, encontrar una pareja formal antes de los 30, alcanzar la plenitud económica antes de los 40 para poder llegar tranquilo a los 65.
Todo esto nos conduce al miedo, al miedo de estarnos perdiendo algo en este instante que se escapa. En su esencia, miedo a que llegue el último atardecer y que al echar la vista atrás, sintamos que podíamos haber hecho más. Porque seguro que podíamos haber hecho más; ya sea compartir más noches de locura en la juventud, pasar más domingos con la familia, cumplir más sueños, sacar notas más altas o conseguir un mejor empleo.
Sin embargo, en ocasiones, incluso haciendo lo que queremos hacer, seguimos preguntándonos si no nos estaremos perdiendo algo. Si estoy en una relación, me pregunto si no me estaré perdiendo la oportunidad de estar con otras personas; si estoy cansado y prefiero quedarme en casa antes que salir con mis amigos, tengo la sensación de que ellos se van a divertir mucho más que yo. Incluso a la hora de pedir un helado de vainilla estás dejando pasar la oportunidad de probar el de fresa, o el de chocolate.
La preguntas es, ¿Realmente me estoy perdiendo algo?
Aquí, observo dos hechos:
El primero es que por mucho que lo intente, no puedo tomar al mismo tiempo helado de vainilla, fresa y chocolate. Aunque claro, también podría pedir los tres sabores si tanto deseo tenerlo todo al mismo tiempo. Sin embargo, puede que solo tenga el dinero suficiente para comprar una bola, o incluso si me puedo permitir pedir los tres sabores, es más que probable que la heladería cuente con una variedad mucho más amplia de helados, lo cual, siempre me dejará con la incógnita de si he elegido correctamente. Parece que este ejemplo de los helados sea más bien superfluo, pero creo que es una buena metáfora de cómo afrontamos la vida.
Por ejemplo, si necesitamos un coche y elegimos uno acorde a nuestro presupuesto, puede que tengamos la sensación de que podríamos haber tenido algo mejor; y cuando tenemos la opción de invertir más dinero en nuestro futuro vehículo, volvemos a sentirnos de la misma forma; porque siempre hay algo mejor, siempre hay algo más. Por eso se dice aquello de que la ambición no tiene límites.
En segundo lugar, y de manera irónica, veo que el único caso en el que pierdes una oportunidad, es cuando deseas algo distinto a lo que haces o tienes en este momento. Es sencillo, cada vez que dedicas tu energía a pensar en lo que podrías estar haciendo, en lo que podrías cambiar o sustituir, estás abandonando el único lugar en el que realmente estás, que es precisamente este instante. De ahí que tengamos la sensación de que los segundos se nos escurren entre las manos, ¡Porque no los estamos viviendo!
Y con esto no digo que te conformes, o que te limites a agachar la cabeza y hacer lo que haces sin cuestionarte nada en absoluto. Estoy diciendo justo lo contrario, que para vivir con plenitud y descubrir qué es lo que de verdad queremos; lo primero que tenemos que hacer es poner toda nuestra atención y energía en este instante, en lo que nos está sucediendo ahora. Entonces, si de verdad tomamos conciencia del presente y nos damos cuenta de que hay algo que queremos cambiar, lo haremos de manera inmediata y sin necesidad alguna de tomar una elección. Porque elegir es renunciar, y la renuncia va de la mano del conflicto.
El cura renuncia a la relación carnal, el vegetariano renuncia a la carne, el que se casa renuncia a su libertad, la modelo renuncia a las calorías y el soldado renuncia a su propio pensar. Vivimos un mundo de renuncias y por ende, plagado de conflicto.
Luego, si la renuncia es una consecuencia directa de la elección, ¿Es posible vivir sin tomar elecciones?
En cada uno está la respuesta. Lo único que puedo decir al respecto, es que en los mejores momentos de la vida –al menos de la mía –no hay renuncia alguna. Por eso, las mejores decisiones que he tomado son aquellas en las que en realidad no tuve que decidir nada. Porque cuando siento que quiero escribir, cuando los dedos me pican y las ideas bullen por dentro, no hay elección, no hay posibles alternativas, solo acción. En esos momentos sabes lo que tienes que hacer y lo haces, porque lo que te guía es algo interno, una corazonada, una llama que arde por dentro.
¿Será que ese fuego solo se enciende por momentos? O será en cambio, que esa llama nunca se apaga y siempre está ahí para guiarnos, solo que la hemos cubierto con expectativas y temores.
Y si todos tenemos ese fueguito ardiendo dentro, ¿Por qué tenemos tanto miedo a escucharlo? Quizás porque no podemos entenderlo. ¿Cómo explicar una intuición? ¿Cómo justificar una acción que se basa en un latido? No se puede. O mejor dicho, la mente no puede. Porque lo único que ha aprendido a hacer la mente es preguntar “Cómo”. ¿Cómo voy a llegar hasta allí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Cómo voy a encontrar el amor?
Pero nadie te puede decir cómo amar, cómo llegar, cómo vivir. La mente puede aprender cómo coger un pincel y cómo mezclar colores para obtener otras tonalidades, pero no puede aprender a crear arte. El arte viene de dentro, de la pasión derramada en cada trazo sobre el lienzo. Es el corazón el que guía los movimientos y la mente la que los coordina. Solo entonces la mente deja de ser un estorbo, cuando se pone al servicio de ese fuego interno.
Ese fuego no sabe cómo llegar, pero sabe que llegará. Por eso, cuando ardemos con él, empezamos a hacer lo que amamos, mientras que la obsesión por querer hacer más y mejores cosas desaparece, ya que cuando es el amor el que te mueve, la presión del tiempo no existe. Tampoco te preocupa estarte perdiendo algo, no te cuestionas si deberías estar haciendo otra cosa, o si lo que estás haciendo es lo correcto, porque de algún modo ya lo sabes.
Así, la vida deja de definirse como una acumulación de experiencias, ya que no es más rica aquella que más ha almacenado, sino esa en la que se vive con la máxima intensidad.   
Por tanto, después de todo, quizás no necesitemos probar todos los sabores de helado para ser felices, sino más bien descubrir cuál es helado que de verdad queremos en este instante.


1 comentario:

  1. ,
    Para vivir con plenitud y descubrir qué es lo que de verdad queremos; lo primero que tenemos que hacer es poner toda nuestra atención y energía en este instante, en lo que nos está sucediendo ahora. Entonces, si de verdad tomamos conciencia del presente y nos damos cuenta de que hay algo que queremos cambiar, lo haremos de manera inmediata y sin necesidad alguna de tomar una elección

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