Es así de sencillo y no hay más vueltas que
darle. No soy un experto en nada, ni me baso en datos estadísticos, pero veo
que este mundo se va a la mierda.
He visto con mis propios ojos el incontrolable
crecimiento de las ciudades. He visto árboles talados, montañas desnudas y ríos
contaminados. He visto basura en las calles, en la comida y en la cabeza. He
olido la contaminación que emanamos, he escuchado voces que auguran guerra y
conflicto. He sentido el dolor humano en lo más profundo de mi corazón. Me he
cruzado con miradas perdidas y ojos que tan solo albergan miedo. He palpado la
pobreza, la desigualdad, la deshumanización, la separación por clases, razas y
sexos… Pero todo esto no lo he vivido solo yo. Creo que todos nosotros, sin
importar la situación en que nos encontremos, somos testigos de esa… realidad.
Pero claro, siempre que podemos, hacemos la
vista a un lado. Y nos distraemos, con una pantalla, una persona o una cerveza,
da igual, lo que sea con tal de no ver el lado feo de las cosas. Todos nos
distraemos, porque el miedo también es una distracción, el temor a la
autoridad, a la muerte o al castigo, también son distracciones.
Así caminamos, sin mirarnos los unos a los
otros, sin detenernos, preocupados tan solo en nosotros mismos, ocupados con
nuestros éxitos y fracasos, nuestros pequeños y grandes problemas. Y así, sin
siquiera darnos cuenta (o sin querer darnos cuenta), el mundo se va a la
mierda.
Pero todos nos lavamos las manos, todos
echamos la culpa a los políticos, a las corporaciones y a los bancos, al fin y
al cabo, para eso están ¿No? Para culparlos de todos los males existentes.
Sin embargo, lo que arde admitir es que todos
nosotros somos responsables de lo que está pasando. Aquí no hay inocentes y verdugos,
por mucho que nos guste verlo de ese modo.
Pero entonces veo una niña que sonríe,
enseñando unos dientes recubiertos de metal. Y escucho a un hombre sorber una
cucharada de sopa y untar un pan con mantequilla. Y el mundo, que antes era
caótico, se ordena, naturalmente, como siguiendo una melodía. Y todo cobra
sentido. Y escucho a mi corazón y cierro los ojos y siento una luz, una luz
calientita, que me acaricia, que acaricia a todo ser vivo. Y noto una mano
sujetando la mía y empiezo a correr agarrado a esa mano, por un sendero rodeado
de pinos, pinos que se inclinan ante nosotros, saludándonos, bailando. Y siento
la vida bajo mis pies y en mis pestañas, porque de repente, soy un caballo, un
caballo hinchando las fosas nasales, listo para correr… Pero justo cuando mis
patas aceleran, vuelvo a cambiar y esta vez
son unas alas las que me elevan por un cielo sin nubes. Entonces
desciendo y a medida que aumenta la velocidad, me disuelvo, me rearmo y vuelvo
a desaparecer, fundiéndome con todo lo que respira y lo que late, porque todo
late, todo vibra…
Y ahora vuelvo aquí, a la pantalla, al texto
que empecé y lo único que se me ocurre decirte es que no tengas miedo. No hay
por qué tener miedo. No te escondas, ni tampoco pretendas destacar; no te creas
grande ni pequeño. Te diría que escuches, pero que no obedezcas, ni siquiera a
tus propios condicionamientos.
Te diría que abras los ojos y que no los
cierres cuando veas la imperfección de nuestro mundo. No escapes de esa
imperfección, no la rechaces ni pretendas cambiarla, tan solo abrázala.
Todos quieren cambiar la imperfección, todos
tienen buenas intenciones y todos quieren cambiar el mundo, pero casi nadie
quiere empezar por uno mismo.
Te diría que te vas a sentir solo y que
querrás escapar de esa soledad. Y es que estás solo; puedes buscar guías,
ampararte en creencias o seguir ideales que alivien esa soledad. Y puede que
encuentres consuelo y confort, pero si realmente ves que el problema del mundo
es tu propio problema, si no escapas y ves que el sufrimiento del mundo empieza
en ti, empezarás a cuestionarte a ti mismo, a tus acciones y a tus
pensamientos, y verás que son éstos los que están causando tanto desorden,
tanto en ti, como en todas las cosas.
Verás que tu mundo y el mundo en general, vive
de ilusiones; vive de la ilusión del poder, la ilusión de la posesión y la
ilusión de la permanencia. El mundo entero mata por poder, por posesión y por
lograr la permanencia. Pero verás que todas son ilusiones, porque empezarás por
verlo en ti. Y verás que el poder es una sombra, una desesperada invención para
creer que eres mejor que los demás o que puedes llegar a serlo. Te darás cuenta
de que no posees nada, que las posesiones son espejismos de seguridad; y que
cuando intentas poseer algo, ese algo pierde su valor, porque poseer algo es
limitarlo, encerrarlo, matarlo. Y verás que gran parte de nuestras vidas se
basa en lograr la permanencia, en alcanzar la gloria, trascender de la muerte,
en no ser olvidado; otra ilusión de la que somos presos, ya que nada permanece;
porque todo lo material, tiene un principio y un final.
Quizás al principio te resistas, tal vez
quieras volver atrás y decir que lo que has visto eran puras invenciones y que
lo que tienes que hacer es volver al mundo real. Es probable que los demás se
encarguen de recordarte tus propias dudas y tu condición de locura. Y te
volverás a sentir solo, incomprendido, quizás retrocedas y te intentes
convencer a ti mismo de que el mundo es como es y que siempre ha sido así. Te
dirás a ti mismo que tú no puedes cambiar nada, que no vale la pena el riesgo,
que es mejor no adentrarse en terreno desconocido y volver a la senda que ya
está pisada.
Pero lo que tiene la mentira es que se
derrumba por sí sola y cuando palpas un poquito de eso que es auténtico, de eso
que está latiendo en ti y en la misma vida, ya no hay vuelta atrás. Así que no
te juzgues, ni tampoco juzgues a los demás. Al fin y al cabo, los demás y tú
son la misma cosa. Y juzgarlos es juzgarte a ti mismo, mientras que amarlos es
amarte a ti mismo.
Sentirás que todo está conectado y que ninguna
acción tiene lugar en aislamiento. Todo lo que haces vibra con el universo;
cada pensamiento, cada palabra, cada idea, cada sonrisa y cada lágrima… Todo
está en interacción, como un gigantesco sistema nervioso.
Y aunque la mente no lo entienda, te darás
cuenta de que la vida no tiene ningún propósito añadido, que no estás aquí para
llegar a algún sitio o alcanzar alguna meta. Estás aquí para vivir, para amar y
para crear vida. Te darás cuenta de que eres una gota y que eres también el
océano entero y que lo pequeño y lo grande es lo mismo. Así, verás que el
sufrimiento y el desorden del mundo empieza por dentro, en pequeñito y que se
manifiesta en grande, en todas partes.
Y te darás cuenta de que el sufrimiento es
ignorancia. Porque todos sufrimos al identificarnos con nuestro ego, nuestro
insignificante ego y sus enormes aspiraciones. Creemos que somos ese ego, esa
mente, ese nombre y esa edad, esas experiencias, esos trofeos y esas derrotas…
qué insignificante es el ego y qué doloroso es identificarnos con él.
Pero nuestra esencia es algo distinto, algo
intangible e incorruptible, algo que no entiende de medidas, ni de
preocupaciones.
No tienes que hacer nada, no tienes que luchar
por nada, no hay motivos para tener miedo. Y cuando eso se convierta en una
realidad, harás lo que realmente tienes que hacer, sin conflictos ni
sacrificios, sin buscar recompensas, ni esperar resultados. Actuarás con la
inocencia del agua, que al conocer su condición infinita no se preocupa por ser
cascada o riachuelo.
Este mundo se va a la mierda y tiene que irse
a la mierda, porque no vale la pena construir sobre algo moribundo. Hay que
dejar que muera, que muera del todo y dejar que renazca, que surja algo nuevo,
algo radicalmente nuevo. Y eso, eso es inevitable.
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