miércoles, 12 de junio de 2019

Querida Lluvia:


Gracias. Gracias desde el fondo de mi corazón.
Te esperé mucho tiempo, mirando al cielo, buscando indicios de tu llegada. Pero los cielos seguían azules y la tierra seca.
A veces, no podía evitar sentirme culpable al ver que no venías. Quería pedirte perdón por cortar bosques a los que nutres y lanzar humo a tus reinos.
A veces, sentía que no te merecíamos. Pensaba que tu ausencia era una especie de castigo, uno bien merecido. Quizás lo estabas haciendo apropósito, y yo no te lo hubiera echado en cara.
No podría haberte culpado que dejaras de creer en nosotros. Quizás había otros mundos que valoraran más tu regalo, mundos lejanos que supieran apreciar lo que nos brindas.
Ese era mi mayor miedo, ¿Sabes?
Que nos abandonaras. Que todo lo que es sagrado y verdadero nos abandonara. Que te canses y digas basta. Que te vayas y no vuelvas. Que nos dejes solos, con todas las heridas abiertas.
Te necesitaba tanto que casi cada noche soñaba contigo. Soñaba con truenos, rayos y cielos oscuros. Soñaba con agua que ruge y arrastra, ríos que crecen y brotes que emergen. Pero al final siempre tocaba despertar y asumir que no estabas. Que todo seguía igual.
Hasta que un día llegaste. Lo hiciste de a poquito. Primero tan solo te dejaste sentir en gotitas pequeñas. Luego con más insistencia. Con el paso del tiempo, tus nubes fueron cubriendo el cielo, hasta que caíste con fuerza, haciéndome saber que habías vuelto, que de verdad estabas aquí. No puedo describir la alegría que tamborileaba en mi pecho. ¡Habías vuelto! Después de todo, no nos habías abandonado.
Contigo aquí, hay esperanza, hay vida, hay promesas de futuros verdes.
Luego, dando un paseo, observando tus efectos en el paisaje, por fin comprendí lo que me querías decir:
No puedes abandonarnos, porque tú y yo somos lo mismo. No estamos separados. Tú no caes del cielo y yo no estoy anclado en la tierra. Soy lluvia. Soy vida. Soy parte de este mundo.
En realidad, no tenía miedo a que tú perdieras la fe en nosotros, sino a perder la fe en mí mismo. Creer en ti es en realidad creer en mí.
Y llegaste, con rayos y truenos, tal como lo había soñado. Viniste con ranas, toda clase de escarabajos y hormigas voladoras. Trajiste barro, humedad y le diste gran volumen a mi pelo. ¡Gracias por eso!
Somos lluvia, con forma humana. Las colinas se van tiñendo de verde y yo todavía tengo miedo, esta vez, a que te vayas. Y sé que te irás. Pero hoy estás aquí y cuando te toque partir, te desearé un buen viaje y esperaré con calma tu regreso. Porque volverás. Siempre vuelves.
No necesitamos perdonarnos ante la naturaleza, necesitamos perdonarnos a nosotros mismos. Porque nosotros somos la naturaleza. No necesitamos creer que los bosques sanarán y que el agua volverá a correr cristalina. Necesitamos creer en que nosotros podemos sanar y crear el mundo en el que queremos vivir. Un mundo de tortugas marinas, ballenas jorobadas y árboles milenarios. Un mundo del que nos sintamos orgullosos, uno que podamos enseñar sacando pecho a los aún están por llegar.
Y ese mundo, querida lluvia, está aquí. Aquí mismo. En el canto de las gallinas del patio, en los gusanos que se revuelcan en el lodo y los manguitos que gotean desde sus ramas.








No hay comentarios:

Publicar un comentario