jueves, 19 de junio de 2014

Hablemos del futuro



El futuro, puedo planearlo, intentar predecirlo, comerme las uñas pensando en él, o sencillamente ignorarlo. Y lo único que jamás podré hacer, será vivirlo.
El mañana tan solo es una palabra que se convierte en hoy, a medida que se suceden los días. Por mucho que nos pasemos la mitad de nuestra existencia anticipando el porvenir, la ventaja que nos sacó desde el día en que nacimos, es inalcanzable.
Así pues, disfrutemos de lo único que existe, del presente, de este segundo que se apresura a marcharse, agarrémoslo y exprimámosle hasta la última centésima que lleva encima. No sacrifiques lo que eres por lo que llegarás a ser. No sacrifiques tu esfuerzo por una seguridad que nunca llegará. Despreocúpate de la persona que serás dentro de veinte años, y pasa un poco más de tiempo con el ser humano que eres ahora.
Haz lo que te gusta, carpe diem, sueña, y sé feliz. Y aquí podría acabar este texto, con un final feliz, el que quiero y necesito escuchar.
Lamentablemente, el mañana ya llegó. Y yo no he muerto, no ha caído ningún meteorito, ni el planeta ha decidido regalarnos una segunda glaciación. No, en lugar de eso, el solsticio de verano se acerca, las yemas de los dedos se me curten por la sequedad y por fin, la universidad se acabó. ¡Ah! Relacionado con esto último, he suspendido casi todas las asignaturas.
La carrera no me motiva, casi no he ido a clases y he mandado a freír espárragos al sistema. Dicho de otra manera, ahora mismo, soy yo el que está friendo los condenados espárragos.
Llevo dos años en los que si tan solo me juzgas por mis resultados académicos, dirías que soy un completo idiota. Un imbécil que no aprende, un irresponsable, vago y testarudo.
Si dejas de lado los estudios, te encontrarás con un joven lleno de vitalidad, un amigo leal, una persona que hace todo lo posible por causar un impacto positivo en los demás, un aventurero nato, un apasionado deportista con grandes dotes para la escritura. O al menos, eso es lo que me gustaría a mí.
La verdad es que estoy en un difuso punto intermedio entre ambos extremos. He cambiado y madurado mucho, en diversos aspectos de mi vida, soy plenamente consciente de ello. Del mismo modo, me doy cuenta de que me encanta cavar profundos hoyos, a los que me lanzo de cabeza.
Poco antes de que me tomara, descoordinadamente, doce uvas en noche vieja, mi alma me suplicaba cambiar. Mi corazón estaba desesperado por hacer algo que acelerara sus latidos, todo mi cuerpo añoraba arroparse de nuevas ilusiones. Yo estaba harto de la normalidad, hastiado de no tener planes para los domingos, de jugar a la consola o desperdiciar  mis tardes en una siesta. Sé que soy muy repetitivo en esto, pero ¡Quería vivir!
Y lo hice, vaya si lo hice. Los primeros días del año fueron trepidantes, seguidos de viajes al húmedo norte, personas nuevas, sueños que se abrían paso entre miedos pasados, amistades que se fortalecían y aprendizaje que marcaba. Mi pelo crecía en alborotados rizos, mi barba se hacía más espesa. Las camisas elegantes y mis zapatos de vestir, acumulaban polvo en el armario. Me bañé en unas cuantas cascadas, pero también  me di importantes duchas de humildad. Empecé a acostumbrarme a sonreír, a todo y a todos. La opinión de los demás dejó de importarme, degollé a mi timidez, y celebré su muerte bailando por las aceras. Mi aspecto era salvaje, y yo me sentía extremadamente orgulloso de enseñar la esencia de mi espíritu.
Cogí mi bici y busqué una montaña en la que perderme. Y me lo conseguí, perdí el sendero y deambulé solo, en medio de las colinas. Con un poco de susto encontré nuevamente el camino y no me conformé con volver, sino que subí hasta la cima. Y allí, mientras veía al sol reflejarse en las plácidas aguas de un lago, descubrí que me quería, aunque suene egoísta, es la verdad. Me quería, y mucho, y cuidaba a mi cuerpo, tenía en forma a sus músculos y le daba comida saludable. También alimenté mi mente con un puñado de buenas lecturas y descubrí la mejor forma de nutrir los latidos de mi corazón, Escribiendo.
Durante meses, cuando la gente me preguntaba cómo estaba, yo no podía responder con otra palabra que no fuera “feliz”. Era cierto, intentaba descubrir algo que me perturbara, que me quitara el sueño por las noches o que hiciera segregar algo de bilis a mi hígado, pero no había nada que me quitara las ganas de sonreír.
Yo ya empezaba a cuestionarme la veracidad de aquello de que todo lo bueno llega a su fin. Hasta que llegó la época de exámenes, ¡! Ahí el grifo del interminable arcoíris, se cerró de golpe.
Yo tan solo había ido a la facultad para hacer deporte, reflexionar sobre la vida en el trayecto de autobús, o encontrarme con algún amigo. En cuanto a la asistencia a clases, bueno, supongo que pensé que estaba demasiado ocupado siendo feliz, como para poner un pie en algún aula.
La hecatombe era inminente, y tratando de evitarla, en un intento desesperado, me colgué una pancarta en el pecho, advirtiendo al mundo entero que me embarcaría en un viaje para ser feliz, sin tener ni idea de la fecha de retorno.
Me refugié en la idea de más viajes, mejores aventuras y sueños de mayor altitud. Me dije que haría lo que realmente quería. No quiero malinterpretaciones, no pretendía vivir de la gracia divina y con los brazos cruzados. Me planteé seriamente dejar los estudios,  formar parte de algún proyecto de voluntariado, o incluso, aceptar una oferta de trabajo en el campo, cortesía de mi abuelo.
Fue entonces, cuando me di cuenta de que el futuro existe y que es un maldito incordio. No me quedó más remedio que aparcar durante un momento mi potente maquinaria emocional, y desempolvar algo de mi enterrada racionalidad. Y realmente fue un alivio, como si le hubiera añadido unos cuantos cubitos de hielo a mi visión.
Me di cuenta de que por evitar pensar en el futuro, estaba haciendo todo lo posible por mantener viva la llama del pasado. Me estaba aferrando a esos increíbles seis meses de principio de año, abrazándolos con piernas y brazos, intentando que no se fueran.
Pero del pasado, lo único que queda es el recuerdo, y si vives de recuerdos, cualesquiera que sean, te acabarán matando.
Yo ansiaba que aquella etapa de viajes, descubrimiento personal, experiencias vitales, relajación y filosofía, perduraran por siempre. Lo más gracioso de todo, es que yo quería que la vida me siguiera brindando cambios bruscos y nuevos acontecimientos, y eso fue exactamente lo que me regaló, solo que no del modo en que yo esperaba.
No me quedó otra alternativa que terminar la sanguinaria guerra entre mi cerebro y mi corazón. Ya que iba a necesitar a ambos para salir victorioso de esta batalla.
Lo primero y más importante, no me arrepiento de nada. Así soy de caradura. Este es el mejor año de mi vida, uno en el que he disfrutado como un delfín, en el que he endurecido mis abdominales de tanto reír, he llenado una bañera entera de lagrimitas de emoción, me he acercado al cielo y he terminado enamorándome del sol. Así pues, no tengo ningún pecado que confesar.
Y lo que he decidido, es que no voy a abandonar aquello que no me gusta, no voy a dejar que lo difícil me derribe. Sé que nunca seré capaz de acabar la carrera si mi única motivación es ponerme una túnica negra, subirme a un altar y recoger un papelito doblado (al menos eso es lo que ocurre en las películas). No voy a seguir en la universidad para que me ponga números más bonitos en las calificaciones finales. Tampoco lo haré por prestigio, ni por la esperanza de un mejor puesto de trabajo.
He decidido darle un enfoque completamente distinto a mi educación. Absorberé las enseñanzas que me brinden, realizaré nuevos descubrimientos y leeré autores que me cautiven. Y si hay algo en lo que no crea, algo que me parezca injusto, poco ético o simplemente, aburrido; no lo dejaré, lo cambiaré.
Durante mucho tiempo he volcado mis frustraciones sobre el sistema, pero apenas he mirado por debajo de mi piel. He criticado a la sociedad y al mundo, y me he divertido haciéndolo. Es muy terapéutico maldecir todo lo que te rodea. Desestresante e inútil al mismo tiempo, porque una crítica nunca ha cambiado nada.
Como dijo Michael Jackson, voy a empezar por el hombre del espejo. Ya que si quieres hacer de este mundo un sitio mejor, mírate a ti mismo y cambia algo.
Ya sé cómo vivir al máximo, como si cada segundo fuera el último. Mis retinas se han convertido en cámaras de alta definición, captando al detalle cada instante. Mis pies han aprendido a correr y mi alma, después de tantas tardes fundiéndose con el horizonte, por fin sabe volar. Ahora tengo que averiguar cómo mirar al futuro, sin despegar mis pies del presente. Planificar mi vida, sin dejar de vivirla. Soñar, y al mismo tiempo, trazarme objetivos. No tengo ni idea de cómo hacerlo, pero tengo muchas ganas de descubrirlo.
Así pues, me iré a ser feliz. Mañana mismo me voy, ya tengo mi billete. Pero sé exactamente cuándo volveré, porque hay un mundo entero por cambiar.



1 comentario:

  1. Apenas te conozco, pero con esto me recuerdas al genialísimo Alexander Supertramp (de la película/libro Into the Wild); tenía que decirlo.

    Pd: sí, escribes bien, bien bien.

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